Categoría: Música

  • La Endiablada: Música de Tamborita

    Este martes tuve la fortuna de grabar algunas piezas con el conjunto de música de tamborita La Endiablada, un proyecto nacido en la Tierra Caliente de la cuenca del río Balsas. La Secretaría de Cultura nos abrió las puertas del patio de la Casa Natal de Morelos, en Morelia, y ahí, entre paredes antiguas y ese eco tan particular que guardan los patios viejos, se dio la grabación. El sonido de los instrumentos parecía acomodarse solo entre los arcos y la piedra, como si ese lugar hubiera estado esperando la llegada de esta música.

    El conjunto está formado por Edgar Adrián Lara Pérez en el violín, Manuel Alejandro Santos Bucio en la guitarra, Cloe Xochitl Pérez Valladares en la tamborita y Abraham Bautista Salinas en el tololoche. Cuatro jóvenes con un sonido firme, orgulloso de su raíz, pero con un modo muy propio de sentir la música.

    Interpretaron cinco piezas hermosas: De Huétamo a Pachuca, paso doble de Socorro Galván; Gusto Federal, atribuida a Juan Bartolo Tavira y Vicente Rivapalacio; Tortolita, también atribuida a Tavira; San Lucas, gusto calentano de Magdaleno H. Mondragón; y La Endiablada, gusto de autor desconocido, interpretado aquí a partir de la versión de Bardomiano Flores Frías y su conjunto. Cada pieza fue un viaje pequeño, de esos que duran unos minutos pero dejan un sabor largo.

    Escuchar música de las distintas regiones de Michoacán siempre es un regalo. Aquí, donde uno está más acostumbrado a los sones, abajeños y pirekuas, pareciera que los estilos de otras zonas quedan lejos, aunque formen parte del mismo estado. Hace años, por azares de la vida, empecé a escuchar música de muchos rumbos: sones jarochos, huastecos, música andina… y así llegué a la Tierra Caliente. Al principio pensé que era una sola, que aquello que oía de Apatzingán y el arpa grande representaba toda la región. Pero no. Hay otra Tierra Caliente allá por Huétamo, San Lucas, Churumuco, Coyuca, hacia el límite con Guerrero, donde la tamborita, el violín y la guitarra cuentan historias distintas, con otra luz, con otro pulso.

    Los violines ahí parecen tener otra alma: veloces, precisos, a ratos juguetones y a ratos melancólicos. Las letras pueden ser románticas, o narrar sucesos, o simplemente pintar escenas de la vida diaria. Y, aunque cada pieza sigue su propio camino, todas comparten esa nostalgia que corre por dentro, esa sensación que aparece como si uno recordara un lugar en el que nunca ha estado.

    Quizás esa es la magia de esta música: te hace imaginar el calor sofocante de la región, la luz que se va apagando al final del día, la gente que se junta cuando por fin cae un poco de brisa, el baile que empieza casi sin pensarlo, las voces que de pronto se enredan con el violín. No sé cómo explicarlo mejor: simplemente ocurre. Se siente.

    He tenido la oportunidad de visitar la Tierra Caliente por el lado de Apatzingán, Nueva Italia, Buenavista, y siempre me sorprende. El paisaje es asombroso, lleno de verdes distintos, de ríos que se esconden y reaparecen, de montes que parecen flamear bajo el sol. Y el calor… ese calor que no se parece a nada. Donde vivo estamos más acostumbrados al fresco, al viento frío de la mañana, a la lluvia que cae sin avisar. Llegar a un sitio donde el sol se queda ahí plantado, sin moverse, es una experiencia poderosa. Pero también ahí, entre ese clima intenso, la gente es cálida de una manera que cuesta explicar: activa, sonriente, franca. Uno se siente bien recibido incluso antes de saludar.

    A lo largo de los años he conocido personas de esta región que recuerdo con mucho cariño. Pienso ahora en Héctor, allá en Coyuca, o en Mary, o en la doctora Mayi, de San Lucas. Gente que te enseña, sin decirlo, que el país está hecho de muchos países, que dentro de México caben un montón de mundos distintos. Siempre me pesa lo fácil que es hablar del “país” como si fuera uno solo. Es un error viejo, muy repetido. En realidad convivimos entre naciones pequeñas, pueblos diversos, formas de vivir completamente distintas. A veces ni siquiera conocemos lo que tenemos cerca: nuestro municipio, las comunidades vecinas, los caminos que cruzamos sin mirar. Y basta recorrer un tramo del estado para descubrir que la música cambia, el habla cambia, los gestos cambian. Todo se transforma.

    Por eso grabar con La Endiablada significó tanto. No todos los días se tiene la oportunidad de convivir con músicos que guardan una identidad tan clara y, al mismo tiempo, tan poco conocida para muchos. Ojalá quienes escuchen estas grabaciones puedan percibir un poco de lo que vivimos ahí: la cercanía, la sensibilidad, la manera en que la música llenó el espacio de colores y memoria.

    Tal vez para algunos esta música sea familiar; para otros, completamente nueva. Pero si algo de lo que sentimos —aunque sea un destello— alcanza a llegar al público, habrá valido la pena.

    https://youtu.be/4Fy8s0LatNo
  • La cuerda que no se rompe

    Fue casi por cosa del destino la primera vez que entré a las Jornadas de Investigación de las Guitarras; una amiga, Gaby, me dijo así, de volada: «vamos, te va a gustar, van a hablar de la historia de las guitarras, entre otras cosas». Fui sin muchas expectativas, como quien cruza la plaza sin proponérselo, y llegamos el último día; nos sentamos en una ponencia y luego en un concierto de guitarra séptima, y ahí, de pronto, me encontré con algo que no sabía que existía en mi pueblo: la guitarra séptima. No es que antes no hubiera oído hablar de cosas parecidas, pero ver aquel instrumento, conocer su forma, y sobre todo escucharlo en vivo, fue una especie de descubrimiento íntimo, algo que se me quedó pegado en la memoria como un trozo de madera pulida: me pareció bonito, me pareció maravilloso, y me quedé con la sensación de que algo se me había abierto por dentro.
    A partir de esa tarde empecé a volver a las jornadas; no fui constante al principio, porque yo era de los que esperaban con ansia la feria de la guitarra —salir a ver los desfiles, las calles llenas, las botellas vaciándose— pero poco a poco me di cuenta de que esos espacios no eran sólo para guitarristas ni para guitarreros; eran para cualquiera que quisiera saber de dónde vienen las cosas, para quienes sentimos curiosidad por el origen de los sonidos. Empecé a enterarme de historias: de la guitarra y el mariachi, de grupos de música tradicional, de compositores; escuché hablar de guitarrerías que yo ni imaginaba, en lugares tan distintos a mi pueblo como la zona de Tepalcatepec, la Huasteca Potosina, e incluso Chiapas, y me sorprendí de que en tantos lados hubiera la misma paciencia para encontrar la forma justa de una caja armónica. Yo siempre había visto a Paracho como algo único en el mundo, como un sitio especial donde el oficio estaba tan arraigado que parecía natural encontrar madera secándose en las calles, gente en los aserraderos y charlas sobre maderas y barnices en la tienda de materiales. Pero enterarme de que había coincidencias, ver cómo no solo en Europa siguen haciendo guitarra de maneras que conversan con lo nuestro, y comprobar que a veces las mismas ideas nacen lejos y se parecen, me cambió la forma de ver todo; me dio un choque de pensamientos que terminó por gustarme.

    Con el tiempo, el maestro Abel García y el doctor Víctor Hernández me invitaron a colaborar en los carteles y los programas del evento. Acepté con gusto; me parecía pecado decir que no. Empecé a pasar más tiempo entre convocatorias y programas, a pensar imágenes para anunciar sonidos, y aquello me fue metiendo de lleno en la mecánica del evento. Los últimos años no sólo asistí a las conferencias de fines de julio, sino también a las convivencias que se armaban al término: conversaciones más ligeras, sí, pero que no por eso dejaban de estar llenas de información; eran como vasos donde uno iba probando distintos tragos de conocimiento hasta entender un poco más lo que se hablaba en las salas formales. 

    Ver cómo esas charlas nutrían lo que uno sabe y lo que uno puede hacer me ayudó a investigar mis propios temas, a escribir sobre ellos, a entender cómo otras gentes en otros lugares miran aquello que nosotros creemos cotidiano —la construcción de guitarras— con ojos impresionados. Para mucha gente de fuera, ver gente llevando guitarras al hombro o una guitarra gigante de cobre es algo enternecedor; para nosotros es tan natural que a veces ni lo consideramos un suceso. Gracias a las jornadas conocí a personas muy interesantes que, sin proponérselo algunas veces, influyeron en mis decisiones y en las cosas que hago.
    Este año fue especial: además de diseñar para las jornadas, me invitaron a formar parte del área de diseño del Festival Internacional de Guitarra de Paracho —el festival en su edición número cincuenta— y el maestro Abel fue elegido como su director. Platicamos ideas para el cartel, yo mandé varias propuestas, trabajé sobre una que me dio, la rematé, y el resultado nos encantó; quedó bonito y se difundió bastante. Desde entonces me tocó asistir a conciertos, a concursos del festival, hacer fotografías —ahora estoy editando esas imágenes, y al verlas vuelven los recuerdos—, y vivir la experiencia de estar metido en ambas cosas: jornadas y festival. No sabía qué expectativas tenía; a decir verdad, durante años yo había asistido a eventos sueltos, a conciertos del CIDEG, al festival en algunos momentos, pero nunca había estado de lleno en las etapas del concurso. Estar ahí fue una cosa maravillosa.

    Hay momentos en que no entiendo del todo lo que se dice, cuando las pláticas son profundamente musicales o teóricas; a veces me pierdo en términos y en partituras; son mínimos esos lapsos, pero están. Lo que sí trato de entender, y lo que sí alcanzo, es la forma en que todas aquellas personas viven la música: cómo la llevan adentro, cómo se sustenta en su vida. En el taller para cantautores, por ejemplo, fue precioso escuchar las propuestas y la retroalimentación de Pablo Echeverri y del maestro Manuel García; pero eso no acabó ahí: esa noche nos juntamos y escuchamos a Pablo cantar «La Luna» con su guitarra, a Manuel García interpretar «Ojalá» de Silvio Rodríguez, «Agua de Río» de Macario de la Peña, «Abril» de Lobezno, y a Yunuén Bautista dar una «Paloma Negra» que cerró la velada como si hubiéramos tocado con la punta de los dedos algo profundo. Fue épico, así de simple; todos callados, con los ojos y los oídos dispuestos, como si la música fuera un animal que pasa cerca y hay que quedarse quieto para verlo.

    Las jornadas siguieron su curso, cada vez con más gente que antes; me contaron de la guitarra en Uruguay, en Argentina, de padecimientos que afectan a los músicos, de cómo la guitarra ha llevado a algunos a lugares insospechados o a escribir sobre su propia experiencia. Me quedé con la memoria de las ponencias de Antonio López, Alejandro Rodríguez y las intervenciones de Gerardo Taméz; con la presentación de la maestra Mirta Álvarez y ese documental, «El sonido de antes», que me pareció espléndido, una cosa que no me imaginaba y que me hizo pensar en las cosas cotidianas que no siempre miramos con el gusto o la intención de explorar. Ver cómo las jornadas se convertían poco a poco en festival me parecía natural y, a la vez, extraordinario.
    Cuando llegó el concierto de Manuel García y la sala se llenó, sentí una comunión rara entre la investigación y la música en vivo; Manuel lo dijo, él ya es michoacano, pero de Paracho, y escucharlo ahí, con esa voz y esa guitarra que ya nos sonaban familiares, fue como encontrarse con un viejo. amigo. La Camerata del Festival, con la dirección de Rodrigo Nefthalí, dio su ensayo y luego su puesta en escena; escuchar a Alejandro Córdova entre ellos fue algo increíble. Yo creo que es uno de los conciertos más interesantes que se han presentado aquí en años porque aún me deja escalofríos la participación de Abel García Ayala con el concierto en pirekua de Gerardo Taméz: algo que cuando se estrenó en Morelia yo no alcancé a ver, y de lo cual me arrepentí, porque ver fragmentos en video no es lo mismo; verlo en vivo fue de esos momentos que no sé explicar, si alguien me preguntara qué es eso de lo extranormal le diría que esto se le parece.

    Después vino Deion Cho con un programa que iba desde lo barroco y la música española hasta piezas latinoamericanas escritas en París; cruzamos de Robert Visé a Bach, de Tárrega a Albéniz, de Manuel M. Ponce a Heitor Villa-Lobos, y la gente salió como encaramada de entusiasmo por el carisma del intérprete. También Arody García, que comenzó con piezas que me hicieron recordar la fila de nombres que a uno le van enseñando a respetar: Antonio Laguna, Barrios Mangoré, Joaquín Rodrigo, Vicente Asencio, Marco Ferreira, y hasta un tema de Piazzolla; Arody es músico excelente y su concierto fue una de esas cosas que uno tiene en la cabeza por días.

    Estuve en las etapas del concurso: las eliminatorias de Profesional, Intermedios, Juvenil e Infantil. En Profesional participaron veintisiete guitarristas; en Intermedios treinta y tres; en Juvenil doce; en Infantil cinco. Todos me impresionaron; desde los profesionales hasta los niños, hay actuaciones que te dejan sin fuerza. Recuerdo una interpretación de «Fuoco» que me voló la cabeza, la participación de Elyud García que ganó el segundo lugar en Intermedios, y el hecho de que el primer lugar en la categoría Profesional haya sido compartido, que habla de una calidad que asusta y emociona a la vez. Ver a niños de siete años con manos firmes y talento me da ganas de hacer más cosas: me motiva, me pone hambre.

    Todos los conciertos inolvidables: la maestra Mirta Álvarez desde Argentina, trayendo tango con Gardel y Piazzolla y piezas suyas, piezas que movieron algo íntimo en la sala; Jorge Luis Zamora, con quien pude hablar en una de las convivencias, una persona humilde y carismática, y verlo tocar fue una transformación que dejó a la gente pidiendo más, hasta hacerle volver dos veces al escenario. Su Guajira a mi madre, la historia detrás de la pieza, todo quedó en la memoria de muchos.
    Yo, que me encargué de diseñar carteles y programas, que me desvelé terminando algún diseño, que dormí pocas horas por salir tarde de los conciertos y volver temprano a las etapas del concurso, que comí rápido para regresar al siguiente evento, no sentí cansancio, o al menos no el que pesa; fue un consumo distinto, uno que yo repetiría una y otra vez. Esto me llena de emoción: ver que Paracho puede reunir a tanta gente, que podamos pensar en ampliar o mejorar esto, que exista la posibilidad de hacerlo más grande. Me cambió la manera de ver lo que hago; la música no es mi oficio principal, pero sí me transforma.
    Ahora estoy editando las fotografías, escuchando de nuevo las piezas mientras escribo esto; hoy es la noche final, la premiación y la clausura y el último concierto del maestro Adriano del Sal. No sé qué esperar de ese momento, porque siento que lo he visto todo, y sin embargo los festivales me enseñan siempre que puede haber algo más: una interpretación que te sacude, una pieza que se queda, una conversación que abre nuevos caminos. Me siento afortunado por haber estado en medio de todo eso, por las personas que conocí, por las que me enseñaron sin saberlo, por la música que se pegó a la piel y que ahora llevo como un olor a madera y a resina en las manos. Y me queda esa hambre: ganas de más jornadas, de más conciertos, de más diseño, de más fotos, de más encuentros donde la música nos haga el milagro de juntarnos y, por un rato, hacernos sentir que todo eso que vemos en las calles y damos por sentado —la madera, el barniz, el aserradero, el amigo que vende, el amigo que hace— es, en realidad, una historia entera que nos espera para contarse de nuevo.

  • IX Jornadas de Investigación sobre las Guitarras en Paracho

    Desde hace varios años, Paracho —corazón guitarrero de México— ha sido sede de un evento que no solo honra la maestría de sus lauderos, sino que también amplía el entendimiento sobre todo lo que rodea a este noble instrumento: la guitarra. Las Jornadas de Investigación sobre Guitarras, Guitarreros, Guitarristas y Guitarrerías llegan este 2025 a su novena edición, reafirmando su relevancia como un espacio de encuentro entre saberes tradicionales, investigación académica, procesos creativos, industria y cultura viva.

    Este año, el programa se llevará a cabo del 30 de julio al 2 de agosto en el Centro para la Investigación y Desarrollo de la Guitarra (CIDEG), reuniendo a investigadores, lauderos, intérpretes, escritores, terapeutas, cineastas y gestores culturales de diversas partes de México, así como de Argentina, Uruguay y Canadá.

    Las jornadas son una iniciativa del Dr. Víctor Hernández Vaca, profundo conocedor de la historia guitarrera de nuestro país, y del Maestro Abel García López, laudero parachense reconocido internacionalmente por su trabajo de altísima calidad y por su labor de preservación y transmisión de la tradición.

    Una historia que se construye cuerda a cuerda

    Las jornadas nos recuerdan que la historia de la guitarra en Paracho no es solo la historia de un instrumento, sino de todo un universo cultural: desde los inicios con la construcción de instrumentos como vihuelas, rabeles o guitarras tuás, hasta la especialización y profesionalización de las guitarrerías en Paracho, que hoy abastecen tanto a músicos populares como a concertistas clásicos de alto nivel.

    Pero este evento no se limita a hablar del pasado. Es también una mirada profunda al presente y al futuro de la guitarra como industria, como arte, como objeto simbólico y como medio de transformación.

    Un programa diverso y enriquecedor

    El miércoles 30 de julio, las actividades arrancan con un taller para cantautores impartido por el músico uruguayo Pablo Etcheverri, quien también ofrecerá un concierto el viernes 1 de agosto.

    El jueves 31, después de la inauguración oficial, se presentarán mesas temáticas sobre las guitarrerías de Paracho, la presencia de la guitarra en Argentina, la corporalidad en la ejecución musical y experiencias de guitarristas e investigadores mexicanos. Destacan nombres como Mirta Álvarez con un homenaje a las guitarras de Carlos Gardel; Yael Szmulewicz, con la proyección de El sonido de antes; y Julio César Jiménez, quien presentará su disco La Guitarra Infantil de México.

    El viernes 1 de agosto, la jornada estará dedicada a temas como la guitarra en Michoacán, los procesos creativos de los intérpretes, y el papel de las mujeres en el mundo guitarrístico. Habrá presentaciones de libros, conciertos, documentales, y una mesa especial para celebrar los 30 años del CIDEG, institución clave en el estudio y desarrollo de la guitarra.

    Finalmente, el sábado 2 de agosto, las jornadas cerrarán con un concierto del reconocido músico chileno Manuel García, a las 20:00 horas.

    Estas jornadas no podrían realizarse sin la participación activa de una amplia red de instituciones educativas y culturales como la Universidad de Guanajuato, la Universidad Veracruzana, la Universidad de Buenos Aires, la UNAM, la Universidad Michoacana, entre muchas otras. Juntas, con el H. Ayuntamiento de Paracho y la comunidad guitarrera, hacen posible este espacio de reflexión y diálogo en torno al arte de la guitarra.

    Te invitamos a ser parte

    La guitarra en Paracho no es solo un oficio ni un producto: es una forma de vida, un legado que sigue creciendo con cada nueva cuerda, con cada nueva historia. Las IX Jornadas de Investigación son una oportunidad única para escuchar esas historias, aprender de ellas y, por qué no, inspirarse para escribir las propias.

    Del 30 de julio al 2 de agosto, Paracho suena más fuerte. Y tú estás invitado.

  • Sonar: la música como motivo de encuentro

    En el artículo “Cherán Atzicuirín: Perspectiva de un leones”, hablé sobre cómo dos agrupaciones de distintas regiones del país, tuvieron un encuentro, donde el principal objetivo era hacer música. Este encuentro, realizado en 2023, no fue el único que llevó a cabo la agrupación leonesa Sonar Las Joyas. Este artículo es una pequeña crónica de esos valiosos encuentros que, reflejan el poder del arte para tejer lazos entre comunidades diversas.

    EL CONTEXTO DE SONAR LAS JOYAS.

    Sonar las Joyas, es una orquestá comunitaria y uno de los proyectos sociales impulsados por la asociación civil AUGE, que desde hace más de diez años trabaja en la zona de Las Joyas, ubicada en la zona norte de León, una de las zonas con mayor complejidad social en la ciudad. Este proyecto musical se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la asociación, que uno de sus objetivos es fomentar el desarrollo personal y social a través de la música.

    En entrevista con el Lic. David Herrerías, directivo de AUGE, destáco que la zona de Las Joyas está aun en crecimiento, lo que conlleva a tener el potencial de poder construir un futuro mejor para la zona. Por ello, la implementación de proyectos sociales resulta esencial para mejorar la calidad de vida no solo de quienes participan directamente en ellos, sino también de toda la comunidad que habita en la zona.

    DESDE LOS BOSQUES DE MICHOACÁN HASTA LA SIERRA MIXE DE OAXACA.

    La música, como motivo de encuentro, va mucho más allá de lo estrictamente musical. Desde mi perspectiva, resulta impresionante y profundamente significativo cómo dos agrupaciones que no se conocían, y que en muchos casos tienen marcadas diferencias culturales, pueden reunirse con un solo propósito: hacer música.

    Sonar Las Joyas ha participado en diversos encuentros con agrupaciones de distintas regiones del país, generando experiencias que trascienden las notas y los escenarios. Algunos de estos encuentros incluyen:

    Orquestá Infantil y Juvenil de Santiago de Querétaro (2018,2019,2022, Santiago de Querétaro, Querétaro)

    Orquestá Sinfónica Infantil y Juvenil de Uruapan (2018, Uruapan, Michoacán)

    Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec (2019, Oaxaca)

    Orquestá Tarhiata Jimpanhe (2023, Cherán Atzicuirín)

    Cada encuentro realizado por la agrupación, en cada estádo visitado, dejaba experiencias y aprendizajes invaluables. Las particularidades de cada comunidad y agrupación anfitriona, lejos de ser barreras que impidieran la convivencia, revelaban la riqueza de la diversidad y el poder de la música para crear lazos de armonía más allá de las diferencias.

    Uno de los encuentros con mayor contraste cultural fue el que Sonar Las Joyas tuvo con la Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec, en septiembre de 2019. El encuentro entre dos mundos culturales tan distintos fue, para muchos de los presentes, una experiencia profundamente cautivadora. En aquel escenario se entrelazaron los Sones y Jarabes Mixes con Finlandia, de Jean Sibelius: un diálogo musical entre los jamás conquistados y quienes habitan el Bajío. Fue un momento inolvidable, que dejó huella en quienes tuvieron la fortuna de presenciarlo o formar parte de ese encuentro.

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    El encuentro con la orquestá Thariatha Jimpanhe fue otro ejemplo de un profundo contraste cultural entre agrupaciones. Sin embargo, como en ocasiones anteriores, estás diferencias no fueron motivo de asilamiento, sino, una oportunidad para la convivencia. La experiencia de convivir, tocar juntos esos ritmos abajeños, el observar aquellos bosques llenos de niebla cada mañana, compartir los alimentos, compartir tradiciones, fue transformadora para muchos. La música, una vez más, se convirtió en el puente que unión mundos distintos, demostrando que el arte no solo se interpreta, sino que también se vive, y se comparte.














  • Nomás el silencio (a Santa Cecilia)

    No tengo guitarra.
          Ni garganta.
              Ni manos obedientes.

    Nomás tengo el silencio,
          y el oído,
              ese animal terco
                  que siempre quiere más.

    Los veo.
    Sacan el violín y se hace la fiesta.
          Le sacan voz a la madera,
                  le sacan alma al aire.

    Las veo.
          Con trompetas,
              con guitarras,
                  con tambor.
    Los veo y me dolería menos no verlos.

    Ellas nomás abren la boca
          y se cae el mundo.
    Se ablanda el corazón más duro.
                  Hasta el perro deja de ladrar.

    Y yo aquí,
    tragando envidia.
          No de ellos.
              De mí.

    Porque quise.
                  Mucho quise.

    Pero mis dedos eran de piedra,
              mi voz un gallinero
    y mi paciencia se me murió chiquita.

    Santa Cecilia,
    ¿por qué no me diste aunque
              fuera un poquito?
    Un rastro,
    una migaja de canto.
    ¿No viste cómo me brillaban los ojos de puro anhelo?

    Les tengo coraje.
          No a ellos.
              No a ellas.
                    A mí.

    Porque no supe hacer magia.
    Porque nomás me tocó mirar.
    Mirar cómo hacen lumbre del aire,
          cómo convierten la nada
              en algo que consuela.

    Yo nomás tengo el oído,
    ese pozo sin fondo,
    y se me va la vida oyendo.

    Y no puedo,
          no puedo con tanto.
    Tanto que suena,
          tanto que me falta.

  • Afinando el camino: Sule Vega

    Hay caminos que parecen elegirse solos. A veces no hay una razón clara, solo una chispa, un impulso, una decisión que parece casual pero que se convierte en el eje de toda una vida. Así comenzó la historia de Suleyma Vega con la trompeta. Tenía nueve años, estaba en la primaria, y le pidieron elegir un instrumento para una actividad extracurricular. No sabía muy bien por qué la trompeta. Tal vez fue su forma, su brillo, su sonido desafiante, o quizá un eco inconsciente de su abuelo trompetista. Lo cierto es que la eligió sin saber que ese gesto marcaría su destino.

    Hoy, años después, Sule no solo ha hecho de ese instrumento su voz principal, sino que también se ha convertido en una figura clave en la escena musical de Michoacán. No por los aplausos o los reconocimientos —aunque no han faltado—, sino por su compromiso con el arte, la educación, la cultura y, sobre todo, por su firme deseo de abrir camino en un terreno históricamente dominado por hombres: los metales.

     

    “Mi mayor inspiración siempre ha sido sobresalir en un campo donde casi no había mujeres”

    Sule Vega

    Al principio, no tenía referentes femeninos cercanos. Fue hasta que ingresó, a los 12 años, a la Orquesta Filarmónica Juvenil de Morelia (LAOFIM), cuando conoció a la maestra Jenny Cárdenas, cornista de la Orquesta Sinfónica de Michoacán. Esas primeras clases con ella fueron determinantes. No solo aprendió técnica; aprendió que era posible, que sí había mujeres como ella en el mundo de los metales, aunque fueran pocas.

    En LAOFIM, Sule tuvo su primer contacto con la experiencia sinfónica formal. Rodeada de estudiantes del Conservatorio y de la Facultad Popular de Bellas Artes, ensayaba, compartía, aprendía. “A mis 12 años me parecía que era el mejor trabajo del mundo”, recuerda. Era más que música: era comunidad, entusiasmo, juego, crecimiento. Y ese sentimiento, más que desaparecer, se ha transformado con los años en un compromiso aún más profundo con la música y con su entorno.

    Uno de los hitos más importantes de su trayectoria fue su concierto de titulación en la Facultad Popular de Bellas Artes. “Fue el momento más emocionante de mi vida”, dice con una sonrisa que aún se percibe en su voz. No es para menos: años de esfuerzo y disciplina concentrados en una sola presentación, en un solo día que resume tantos otros.

    Otro momento clave llegó con su nombramiento como directora de la Orquesta Purépecha Nicolaita “Juchari Uinapekua”. Para Sule, este proyecto representa mucho más que una agrupación: es un espacio vivo de creación, identidad y resistencia cultural. “La música tradicional me ha acompañado desde siempre, y estar al frente de esta orquesta me emociona muchísimo”, comparte. Aquí, junto a sus compañeros, tienen la libertad y el impulso para componer, interpretar, reinventar. Hacen música desde su raíz, desde su historia, desde sus preguntas.

    La relación de Sule con su instrumento también ha evolucionado. Ha tomado clases magistrales, ha navegado entre distintos géneros, ha aprendido de muchos maestros. Su trompeta ha sonado en contextos clásicos, populares, tradicionales. Y en cada escenario, ella ha puesto algo suyo: una visión, una sensibilidad, una forma de decir que la música es tan diversa como quienes la ejecutan.

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    Hoy, además de su trabajo con la orquesta, Sule tiene la mirada puesta en seguirse formando y consolidando como trompetista solista. Quiere tocar en más escenarios, llevar su música a otros rincones de Michoacán, compartir ese lenguaje que ya no necesita traducción.

    Pero su voz no se queda en la ejecución. También quiere dejar un mensaje: “Necesitamos ser más mujeres las que toquemos instrumentos de metal. Al final, los instrumentos no tienen género.” Su presencia —y la de otras trompetistas que van abriendo camino— busca romper estereotipos, cambiar las narrativas, mostrar que la fuerza y el virtuosismo también tienen rostro femenino.

    La Orquesta Purépecha Nicolaita, además, tiene una misión clara: difundir la música purépecha en espacios universitarios, donde muchas veces sigue siendo desconocida. Interpretan piezas de grandes compositores purépechas, pero también crean las suyas, nutriendo así el legado musical con nuevas voces y sensibilidades. Suleyma reconoce que ha habido un auge reciente de orquestas de música purépecha, y lo celebra. Cada una, a su manera, fortalece la identidad cultural de la región y da lugar a nuevas generaciones de músicos que no solo interpretan, sino que también crean.

    A lo largo de su camino, los desafíos no han sido pocos, pero Sule los ha enfrentado con determinación y con alegría. Porque sí, aunque hay barreras, también hay amor por lo que hace, convicción, y una comunidad que la acompaña. En su proceso creativo, el entorno local es clave. La cultura, las tradiciones, el sentido colectivo de la música, todo eso se cuela en sus proyectos. La comunidad no solo escucha, también inspira, impulsa, transforma.

    Al preguntarle qué iniciativas de la región merecen más apoyo, no da una lista. Pero sí deja entrever algo más profundo: para que un proyecto cultural funcione en una comunidad, debe tener raíces, debe vincularse con su gente, debe ser espacio para la memoria y la imaginación. Y eso es justo lo que hace Sule con su música: teje vínculos, abre puertas, construye desde lo propio.

    Escuchar a Sule es descubrir no solo una gran trompetista, sino también una mujer que ha hecho de su instrumento una herramienta de cambio. Al verla dirigir, tocar, crear, una cosa queda clara: su historia no fue fruto del azar. Tal vez no supo por qué eligió la trompeta, pero la trompeta —desde siempre— sí supo por qué la eligió a ella.

  • Que siga sonando Tata Mateo

    Ayer por la noche, me llegó la noticia: Tata Mateo Rodríguez se había ido.

    No éramos amigos íntimos, ni parientes, ni siquiera vecinos, pero esa noticia, como la nota final de un acorde, se quedó sonando un rato.

    En el correr de mis días, entre la rutina y las ideas aferradas a la memoria, se percibe la presencia de algo más. Uno se convierte en algo difícil de entender, como parte de una canción que no termina de sonar. La música, siempre al acecho, nos acompaña, y cuando de repente se apaga, se siente la ausencia, como cuando uno bajando una escalera, se salta un escalón.
    Imagino esa hoja en la que quedó escrito el último abajeño de Tata Mateo; imagino el instrumento, olvidado, sin el temblor de sus manos ni su aliento que lo hacían hablar. Y ese silencio, tan espeso, pesa como la última nota de una guitarra que se apaga, y como un trombón que aguarda el soplo que ya no llegará.
    ¿Alguien irá a tocar esas últimas piezas? ¿Llegaremos a conocerlas y entender así un poco más de como escuchaba él la vida? 

    Tata Mateo se fue en su pueblo Ahuirán, un lunes de abril en el calor preclaro de la Semana Santa, bajo un cielo azul que parecía querer reflejar la eternidad. Con la música que tanto amaba y que él mismo compuso, se le despidió; el bajo chicoteaba, y entre abajeños que querían, a lo lejos, invitar al baile, se oían gritos que, lejos de alegrar, lloraban la pérdida. ¿Pero es acaso una pérdida definitiva? La huella de Tata Mateo es eterna, se perpetúa en su familia, en sus amigos y, sobre todo, en aquellas notas que hacía brotar del papel con gozo, como si supiera que, al tocar, la vida se haría inmortal.

    La despedida no se dio en un silencio solemne ¿Cómo le vas a presentar tus respetos con silencios a quien vivió cantando?. No, el adiós se dio entre violines, trombones, bajos y guitarras, y en cada lágrima que se mezclaba con el polvo levantado a lo lejos, como zapateos en la tierra.
    Los lamentos se volvieron pirekuas; se cantaron con la voz ronca de quienes saben que se canta para marcarse la memoria.

    Los que le quisieron se reunieron, recordándolo alegre y virtuoso, entre historias que lo hicieron famoso, aquella en que, con picardía, apodó su abajeño “¿cómo te quedó el ojito?” o cuando le pidió a su misma orquesta que tocaran piezas propias.
    Así, mientras lo devuelven a la tierra, la vida lo recoge, y en el firmamento, los mirasoles blancos se transforman en nubes que, con tenue compasión, lo llevan de esta existencia a la siguiente.

    Y en medio de este canto fúnebre, se percibe que aunque la música se apague en un instrumento, sigue vibrando en aquellos que se atreven a escuchar, a sentir, y a recordar. Porque Tata Mateo, como todos los que aman la música, nunca se irá del todo; se hará semilla y se hará eco.

  • Don Fransciso Bautista y el Grupo Purhembe

    En un pueblo que respira leyendas y canta sus nostalgias, se esconde la historia de un hombre cuya vida entera se funde con la música de su tierra. Francisco Bautista Ramírez, Panchito, como cariñosamente lo llaman, es un testigo vivo de la tradición purépecha, un artesano del sonido que ha tejido, con hilos de melancolía y esperanza, la esencia de Paracho y sus alrededores.

    Los Primeros Acordes en la Sierra

    Todo comenzó en el año 1948, cuando un joven Francisco, con la mirada llena de sueños y el alma sedienta de armonía, se adentró en el mundo del solfeo. Fue en esa época cuando tuvo la fortuna de estudiar con Emilio Valerio, un prodigioso clarinetista parachense y heredero de la maestría de Jesús Valerio Sosa, uno de los músicos más habilidosos que este pueblo ha conocido. Jesús, autor del Año Musical de la Sierra, había recopilado las melodías que parecían nacer del mismo corazón de la tierra: piezas como Flor de Canela o el tradicional Corpus. 

    Ya en esos días, Francisco se formó en la troje de don Emilio, donde, entre el murmullo del viento y el crujir de la tierra, se escuchaban las notas del piano y del chelo. Fue allí donde el joven músico comenzó a entender que la música no era solo un sonido, sino una forma de recordar, de soñar y de conectar con sus raíces. Con el tiempo, se unió al Grupo Erandi, conformado por él y sus hermanos –Joaquín, Juan, Javier y Carlos–, bajo la dirección de su padre Francisco, quien supo guiar sus primeros pasos en un camino de tradición y esfuerzo.

    Voces y Ecos de la Tradición

    Don Panchito siempre ha sostenido que la música de las cuatro regiones purépechas es vital para entender la identidad de su pueblo. Recuerda con intensidad aquellas jornadas en que, al compás de viejas canciones y nuevos acordes, las fronteras se desvanecían y el alma del purépecha se manifestaba en cada nota. En sus propias palabras, relata:

    “Me inspiró que la sierra era parte importante de la música purépecha, luego escuché las obras de don Emilio Valerio que fue mi maestro de solfeo. Me inspiró la música de la sierra, tiene una poética tristeza, una alegría extasiante”.

    Estas palabras resuenan en el silencio del campo, donde la escasez del agua y la dureza del terreno han forjado un carácter único, marcado por la melancolía y a la vez por una alegría que brota en los momentos más insospechados. Mientras en la región lacustre se celebra la abundancia del lago, de las flores y de la vida, en la sierra se siente la voz del volcán y la tierra reseca, que dejan en cada interpretación un suspiro, un eco de lo que fue y lo que siempre será.

    Durante esos primeros años, Francisco aprendió a escuchar la diversidad de su tierra. “Cuando empecé en el grupo Erandi con mis hermanos, nos inspirábamos con la música de diferentes lugares, de Aranza y de aquí, de Zacán, de Ahuiran, Nahuatzen, sobre todo inspirados por la música de Sevina que es muy expresiva, muy melancólica. La música de la región lacustre es más festiva ¿por qué es más festiva? Ellos tienen todo: Tienen el lago, flores hermosas, tienen agua, el pescado, todo eso se refleja en la mentalidad de ellos. Nosotros, en la sierra, no teníamos ni agua, nuestro suelo era muy limitado para las producciones agrarias, y además, el volcán. Y ahí se refleja la melancolía de Paracho, todo eso lo reflejo yo en mis interpretaciones”.

    Así, en medio de ensayos y reuniones, el joven músico comenzó a esculpir su arte, dejando que la nostalgia y la esperanza se mezclaran en cada compás. En las conversaciones, no faltaban los nombres de los grandes compositores que habían dejado su impronta en la historia musical de la región. “Aquí en Paracho, además de Jesús Valerio Sosa, hubo otros compositores importantes, como Aristeo Mercado, Francisco Sosa, don Cesareo Sosa. Lo mismo en el lago de Pátzcuaro, tuve la fortuna de conocer a don Nicolás Bartolo Juárez, un compositor excelente, a su primo Emilio Lopez Bartolo, Rafael Trinidad Bartolo de Janitzio, Tata Gabito Secundino de San Andrés Tzirondaro. De nuestra región Juan Victoriano de San Lorenzo, de Quinceo Juan Crisostomo y Francisco Salmerón, de Sevina Tata Cruz Jacobo. De Ahuiran Hernando Hernández, de Aranza Doroteo Equihua, Arturo Equihua. De Ichán la familia Granados. Tata Domitilo Alonso de Tirindaro. Varios varios más, de momento no puedo recordar a todos, pero los admiro”.

    Las palabras de don Panchito, cargadas de admiración y respeto, son como una vieja leyenda que se cuenta al calor del fuego, recordando a los maestros que supieron esculpir el alma musical del purépecha.

    Los Caminos del Mundo y el Eco de la Tierra

    El destino llevó a Don Panchito y al Grupo Erandi a recorrer caminos que lo habían visto crecer entre la tierra y el cielo. En el año de 1973, el grupo emprendió un viaje que marcaría un antes y un después en su vida musical: una travesía a China. Allí, en el majestuoso Gran Salón del Pueblo (人民大会堂) en Pekín, el presidente de la república, Luis Echeverría, fue el maestro de ceremonias en un evento que unió oriente y occidente en una misma melodía. La emoción de ese viaje quedó impregnada en el recuerdo de don Panchito, como un suspiro que viaja a través de continentes y que narra la universalidad de la música.

    Poco después, las rutas los llevaron a los Estados Unidos y a Europa, donde París, Copenhague y Praga se convirtieron en escenarios de un encuentro entre culturas. En tierras lejanas, algunas de sus obras encontraron un eco especial. Canciones como “Cara de pingo”, “Arriba Pichataro” y “El Aplauso” de Nicolás Bartolo se hicieron populares, dejando en el corazón de quienes las escucharon la impronta de una tradición que, aunque distante, sigue viva en el latido de cada pueblo.

    El Renacer de un Legado

    El tiempo pasó y la vida de Francisco Bautista Ramírez se fue entrelazando con la historia misma de la música purépecha. Con cada viaje, cada concierto, se fue consolidando su figura como uno de los grandes guardianes de un patrimonio inigualable. Su paso por instituciones de prestigio –como la Escuela Popular de Bellas Artes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y el Conservatorio Nacional de Música– y su participación en agrupaciones tan emblemáticas como el Ballet Folklórico de México, lo convirtieron en un embajador de su cultura.

    Pero el compromiso de don Panchito no se limitó a la interpretación. En 1989, impulsado por la convicción de que la música era el alma de su gente, fundó el Grupo Purhembe, un ensamble familiar que, con humildad y pasión, se ha dedicado a rescatar y difundir el legado musical indígena de la región. Este grupo, formado en gran parte por miembros de su familia, ha realizado grabaciones discográficas –entre ellas Sentimiento de un pueblo y Con aroma a nuriten– y se ha consolidado como un referente cultural, no solo en Michoacán, sino en todo México.

    Además, Francisco Bautista ha dedicado parte de su vida a la enseñanza, siendo asesor musical del Ballet Folklórico de Michoacán y profesor de violín en la Casa de la Cultura de Morelia. 

    Ecos del Pasado en el Presente

    Recientemente, tuve la oportunidad de conversar con Don Panchito, de tomar unas fotografías junto a él y su familia. En ese encuentro, pude notar cómo cada gesto, cada sonrisa, era un homenaje silencioso a una tradición que se resiste al olvido. La música, para él, no es solo un conjunto de notas, sino un puente que une el pasado con el presente.

    A lo largo de su relato, don Panchito nos recuerda que, en su vasto repertorio, no hay una composición favorita. Al serle preguntado, responde con una humildad que revela la grandeza de su corazón:

    “No podría decirlo. Sería subestimar las otras creaciones y prefiero tener el concepto de que toda la música que componen es excelente. Me gustan los sonecitos,  pero no puedo decir, este es más bonito que otro, todos tienen su belleza”.

    Estas palabras, simples y sinceras, reflejan la profunda convicción de que cada obra, cada melodía, es un tesoro que enriquece la identidad de un pueblo. Es en esa diversidad de sonidos donde se halla la verdadera riqueza cultural, en la armonía de las diferencias y en el abrazo fraterno de todas las voces que cantan a la vida.

    Un Relato que Sigue Sonando

    La historia de Francisco Bautista Ramírez es una leyenda viva, contada entre susurros y acordes en los rincones de Paracho y más allá. Desde sus humildes inicios en la sierra, donde la escasez de agua y la presencia imponente del volcán moldearon una melancolía singular, hasta los escenarios internacionales donde su música viajó a Asia y Europa, cada capítulo de su vida es un testimonio del poder de la tradición para trascender el tiempo y el espacio.

    Hoy, al recorrer las calles de Paracho, se siente el eco de aquellos viejos acordes que aún vibran en el aire. La brisa que recorre los campos parece llevar consigo fragmentos de viejas canciones, y en cada rincón se percibe el espíritu indomable de un pueblo que se enorgullece de su identidad.


    Mientras las fotografías capturadas aquel día aún reposan en mi cámara, me doy cuenta de que lo que realmente perdura es esa conexión inquebrantable con la tierra, con la historia y con el alma del purépecha. La música, en sus palabras y en sus silencios, se convierte en el lenguaje universal que narra desde las carencias del pasado hasta la esperanza de un mañana lleno de vida.

    En la sencillez de sus relatos y en la profundidad de sus recuerdos, Don Panchito Bautista nos invita a detenernos, a escuchar y a dejar que la tradición nos hable. Es un llamado a valorar lo simple, lo auténtico, y a entender que, en cada nota, se esconde el alma de un pueblo que ha sabido encontrar belleza en la adversidad y en la constancia de sus raíces.

  • La doble moral disfrazada de gusto musical

    ¿Quién lleva la corona (y por qué nos importa?)

    ¿Qué tienen en común Michael Jackson y Bad Bunny? Además de vender millones y romper récords, ambos son imanes de polémicas. Mientras MJ acumula títulos póstumos como “el artista más premiado de la historia”, Benito Antonio Martínez Ocasio —alias Bad Bunny— es nombrado por Forbes “el nuevo rey del pop”, y ¡zas!, el internet estalla en memes y diatribas.

    Aquí el chiste se cuenta solo: los puristas del Thriller se escandalizan porque un tipo que canta sobre “perreo” y sandalias Crocs ose compararse (o le comparen) con el genio del moonwalk. Pero ¿sabían que MJ tuvo que aguantar críticas similares en los 80? Lo llamaban “comercial” y “vulgar” por mezclar pop con rock. Hoy, sus detractores olvidan que Bad (1987) colocó cinco temas en el #1 del Billboard, algo que ni The Beatles lograron. Bad Bunny, por su parte, superó récords con 23 entradas simultáneas en el Hot 100. La diferencia es que a uno se le canoniza y al otro se le cuestiona.

    Streaming vs. nostalgia: ¿Qué mide el éxito?

    Bad Bunny arrasa en plataformas digitales (fue el más escuchado en Spotify de 2020 a 2022), mientras MJ sigue vendiendo álbumes físicos como pan caliente. ¿Qué define el triunfo? ¿Discos de platino o reproducciones en TikTok? La respuesta es tan subjetiva como preguntarle a un millennial y a un boomer qué es “música de verdad”. Spoiler: ambos terminarán citando a sus ídolos de adolescencia.

    Según los expertos de redes, la “música de verdad” es aquella que requiere “talento real”: ópera, jazz, rock clásico… básicamente, todo lo que no suene en una fiesta de Generación Z. Curiosamente, estos críticos suelen tener un repertorio más limitado que una lista de Spotify gratis: mencionan Stairway to Heaven y Bohemian Rhapsody como si fueran contraseñas para entrar a un club exclusivo.

    El problema no es la preferencia, sino la superioridad moral. Mientras compositoras como Caroline Shaw reinventan la música clásica en 2024, los puristas insisten en que Bad Bunny “denigra el arte” por hacer perreo. Pero esperen: ¿acaso Every Breath You Take de The Police —un himno sobre obsesión— no se corea en bodas como si fuera romántico? La doble moral es tan evidente como un drop de reggaetón.

    Elitismo sonoro: Cuando los “buenos gustos” esconden complejos de superioridad

    Detrás de la máscara de los “buenos gustos” musicales suele esconderse un complejo tan repetitivo como un riff de guitarra de los 80. ¿Qué tienen en común el reguetón y los solos de rock clásico? Ambos se basan en estructuras simples, pero solo uno es aplaudido como “arte sublime”. Mientras los puristas veneran Sweet Child O’ Mine —cuyo riff inicial fue creado en 5 minutos como ejercicio de calentamiento—, tachan de “vacíos” los beats de Tití Me Preguntó. La ironía, según estudios sociológicos, es que géneros asociados a clases populares o minorías son sistemáticamente despreciados, mientras los vinculados a la cultura dominante se consideran legítimos, y como vivimos entre gente que siente que está más cerca de Elon Musk que del loquito del centro, es obvio que se desprecia lo del pueblo y se añora lo sofisticado. 

    El colmo llega cuando un niño de 10 años toca Smells Like Teen Spirit en YouTube y los comentarios se llenan de “¡esto sí es música de verdad!”. ¿Recibiría el mismo entusiasmo un cover de Me Porto Bonito? Difícil. El rock y el metal han sido históricamente territorios masculinos y eurocéntricos, donde la “autenticidad” se mide por cuántos acordes distorsionados aguantas, no por la diversidad de influencias. Y ni hablar de la hipocresía: canciones como Under My Thumb de los Rolling Stones —que glorifican el control misógino— son celebradas como clásicos, mientras el perreo, surgido de barrios marginados de Puerto Rico, es tachado de “vulgar” sin reconocer su raíz como expresión de resistencia cultural.

    Discriminación auditiva

    El clasismo musical no solo juzga sonidos, sino también geografías. Los corridos tumbados —criticados por “glorificar la violencia”— son hijos naturales de Sinaloa, una región marcada por la desigualdad. Pero cuando Pumped Up Kicks de Foster the People narra un tiroteo escolar con melodías indie, se convierte en himno de festivales. ¿La diferencia? El código postal del artista.

    Incluso la industria refuerza esta jerarquía. Artistas con recursos o conexiones heredadas —hijos de estrellas o graduados de escuelas élite— suelen recibir contratos antes que talentos de barrios marginados, perpetuando un ciclo donde el éxito se mide en contactos, no en creatividad. Y aunque el streaming democratizó el acceso, persiste el prejuicio: Bad Bunny rompió récords globales con un español crudo y callejero, pero aún hay quien insiste en que “el reguetón no es música”

    Cuando la tradición se vuelve cárcel

    El clasismo no es exclusivo de los géneros comerciales. En las comunidades purépechas de Michoacán, la pirekua —canto tradicional— fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010. Pero la celebración duró poco: muchos músicos tradicionales protestaron. “Nos convirtieron en souvenir turístico, pero no vimos beneficios reales”, decían. Y aunque a través de distintos festivales dentro y fuera del estado se presenta esta música tradiconal se tacha de “inauténtica” a su versión moderna, llamémosla con cariño neopirekua.

    La pirekua clásica nació a capela, luego adoptó guitarras. Pero en los 90, jóvenes purépechas añadieron bajos eléctricos, teclados y ritmos más rápidos para cantar y bailar. Los guardianes de la tradición reaccionaron como si les hubieran puesto reggaetón en un velorio: “¡Eso no es pirekua!”. Olvidan que sus abuelos también fueron tachados de modernos por usar bajo y hasta violines.

    ¿Qué es más purépecha: un joven que rapea en su lengua materna sobre las cosas que vive día a día o un “purista” que repite jucheti mintsita por enésima vez en una misma canción? La respuesta duele: hasta en las comunidades indígenas, el esnobismo musical divide.

    La farsa de la autenticidad

    La “autenticidad” es un arma arrojadiza. A Beethoven lo tildaron de revolucionario peligroso; hoy es sinónimo de “alta cultura”. ¿Y adivinen qué? En su época, mezclaba folclore popular con estructuras clásicas, algo que Rosalía hace hoy con el flamenco y el trap. Pero mientras a él se le perdona, a ella la acusan de “apropiación”.

    El sesgo de nostalgia es cómplice. Los boomers defienden a Queen como “música compleja”, olvidando que Another One Bites the Dust es un loop de bajo repetido por tres minutos. Y sí, Bohemian Rhapsody es una obra maestra, pero ¿por qué no se aplica el mismo estándar a Turista de Bad Bunny, que fusiona reguetón con samples de bolero? Criticar el arte desde la moralidad —y no desde su contexto— es un ejercicio de privilegio.

    Músicos sin fronteras: Cuando el talento no tiene prejuicios

    Un dato incómodo: muchos músicos profesionales escuchan tanto a Peso Pluma como a Mahler. Algunas de las artistas más talentosas que conozco lo mismo interpretan rancheras que trap, y son fanáticas tanto de Amparo Ochoa como de Nathy Peluso, algunos de los más talentosos que conozco lo mismo tocan a Bach o Los Chapás de Comachuén que a La Sekta Core. ¿El común denominador? Ninguno se cree dueño de la “verdad musical”. ¿Cómo tomar en serio a un rockerillo de internet que desprecia la música actual si solo cita a Guns N’ Roses?

    Incluso en la élite académica hay sorpresas. En 2024, el 12.3% de los conciertos en Francia incluyeron obras de compositores vivos, mezclando sin complejos lo tradicional con lo experimental. Hasta la Sinfónica de Toronto se atrevió a renovar su repertorio. Moraleja: cuando dejas el esnobismo, descubres que una banda sinaloense y una sinfonía pueden coexistir… ¡No solo en la misma playlist!

    Gimnasia para el alma (sin jueces)

    Al final, la música es como el humor: si te hace reír o bailar, funciona. Los puristas pueden seguir discutiendo pero el resto estaremos aquí, disfrutando de un mix de La Deuda, cumbias sonideras y corridos tumbados.

    Como diría Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Y ya saben: en el gimnasio, lo importante es moverse, no juzgar la rutina del de al lado. Así que la próxima vez que alguien hable de “música de verdad”, recuérdenle que hasta Bach usaba basso continuo (el autotune del barroco) y que, como dijo un sabio de internet: “Si suena bien, es bueno; si no, también.”.

  • La noche que murió Chicago

    La noche que murió Chicago

    En el año de 1974 la banda británica Paper Lace publicaba esta canción que pronto alcanzaría los primeros lugares en las estaciones de radio: The Night Chicago Died.

    En ella, relatan la historia de un tiroteo entre criminales y policías, basado en la Masacre de la noche de san Valentín, en la que miembros de la banda de Al Capone asesinaron a 7 miembros de la banda de Bugs Moran, dos de los cuales estaban disfrazados de policías.
    Sí, básicamente, es un corrido.

    La historia

    Al Capone, el verdadero Scarface, el Gángster Americano, el Enemigo Público Número 1, fue un líder criminal del que todos hemos escuchado y no. Resulta que allá por el año 1919 varios grupos religiosos y de defensa de las “buenas costumbres” creyeron que la mejor forma de resolver los problemas que tenía la sociedad era evitar que la gente se embriagara. Fue así que con la 18a enmienda, en los Estados Unidos prohibieron la fabricación, importación, transporte y venta de bebidas alcohólicas.
    Obviamente esto no funcionó como esperaban, ¡no puedes quitarle el chupe a la gente y esperar a que se porten bien así nada más!
    Si bueno, los casos de cirrosis bajaron significativamente, el abandono de los empleos bajó del 10% al 3%, pero fue un duro golpe para la economía del país y sobre todo, potencializó el crimen.
    Y es que su idea era que, si no había alcohol, no habría gente pensando en hacer el mal. Lo que crearon, fueron bandas de traficantes de alcohol y destilerías clandestinas, y al frente de uno de los sindicatos del crimen más importantes de la época, Al Capone.
    En este negocio como en tantos otros, había competencia claro, y Al Capone y los suyos no iban a dejar el control de uno de sus mercados más importantes, el de Chicago, en manos de sus competidores, por lo que el 14 de febrero de 1929 a eso de las 10:30 de la mañana dos ametralladoras Thompson y dos escopetas acabarían con 7 miembros de la North Side Gang.
    Este hecho, aunque un poco distorsionado por la forma en que viajaban las noticias de los Estados Unidos a Inglaterra, llegó a oídos de Peter Callander y Mitch Murray quienes, de una forma un tanto romántica, escribieron esta canción donde un chico relata como veía a su madre llorar mientras escuchaba las noticias en la radio sobre los tiroteos entre policías y criminales.

    Las nuevas versiones

    En el mismo año, la cantante venezolana Mirla Castellanos grababa una versión en español de esta canción, así también lo hizo el grupo mexicano Banda Macho y en 1975 haría lo propio Virve Rosti, una cantante de Finlandia. Estas tres versiones son muy similares a la orginal, aunque integran algunos detalles propios de cada agrupación, es innegable que respetan ese sentimiento y emoción que transmite la original, como una historia que alguien podría contarte como anécdota de la infancia.
    Pero si estamos aquí, no es por alguna de esas versiones, sino por la que, a mi parecer es la mejor de todas, incluso mejor que la original.
    Nochistlán es un pequeño pueblo mágico de Zacatecas donde en la década de los 90s Saúl Esqueda formaría Banda Toro, una agrupación de tecnobanda, bolero, cumbia y ranchera que para 1992 grabaría este tema en una versión ampliamente conocida por todos llegando al punto, de que muchos no sabían que esta había sido reversionada en varias ocasiones.

    ¡Dale duro Banda Toro!

    La versión de Banda Toro alcanzó muchísima popularidad para la época, incluso el mismo Saúl confiesa en una entrevista:
    cuando entonces me di cuenta que estaba sonando la canción en todas radios de USA y México mi asombro fue Tal que me quedó en estado de Shock porque ni siquiera tenía músicos para la banda, es así que el primer disco de banda toro en la fotografía aparecen varias personas en su mayoría jornaleros que pasaban por ahí se les pago para tomarse una foto.

    La canción original tiene este sonido de tambores al principio acompañado de un sintetizador que emula los sonidos de las sirenas de policía, continúa con una narración “My daddy was a cop on the east side of Chicago…” y de pronto, la tensión generada se libera y cambia por completo el ritmo de la canción, con una voz suave y melodiosa comienza la historia “In the heat of a summer night…” Algo que recuerda más a una canción de Vaselina (Grease para los puristas) que a la narrativa de un crimen. Incluso la parte donde menciona Chicago died lo hace sonar tan gentil que contrasta mucho con la mención en una voz más áspera de “a man named Al Capone” y a partir de ahí la canción se mantiene en ese mismo esquema de contar la historia suavemente y en el coro entra una guitarra y algunas voces que le respaldan así como el tic tac de un reloj en la parte de “but the clock upon the wall”.

    Pero, la versión de Banda Toro, vaya acierto.

    Podemos escuchar en su introducción un clásico sonido de uno de los teclados usados en la tecnocumbia acompañado de tuba y percusiones así como la profunda voz que narra “Papá trabajaba, cuando vivía en Chicago, siempre policía el fue, siempre al lado de la ley” y la transición a la melodía principal se siente tan natural y mantiene siempre ese ritmo, con trompetas haciendo lo que antes hacía una guitarra eléctrica. Ese toque nostálgico que da el escuchar “Mi madre oí llorar”.

    Después nada sonó, solo el reloj se escuchó: hay un tic tac que las percusiones hacen acompañado del mítico “¡Dale duro Banda Toro!”.

    No sé ustedes, pero para mi, esta es la forma correcta de hacer un cover, de darle un estilo propio y al mismo tiempo, no perder la esencia del original. Claro que, “en las calles de murieron policías más de cien” es algo que no gustó de la canción original, e incluso, Richard Daley, el alcalde de Chicago en los tiempos en que se estrenó la canción les sugirió a los escritores que se lanzaran al rio, sumergieran su cabeza tres veces, pero solo las sacaran dos.

    Banda Toro con La noche que murió Chicago fueron piezas clave para la popularización de la tecnobanda en México y Estados Unidos, una canción que referencia a la época de la prohibición y que sin duda, más de uno ha escuchado, cantado y bailado con alguna copa encima.