Autor: uerati

  • Pregón

    Pregón

    Señor, señora, acérquese.

    Hoy andamos recibiendo
    todo aquello de lo que quiera deshacerse.

    Arrímese sin pena.
    Traiga aquello con lo que ya no puede.
    Aquí se recibe sin preguntar,
    se recibe sin juzgar.

    Le venimos comprando nombres,
     de esos que ya no se pronuncian,
      que se quedan atorados en la garganta,
       que arden si uno los dice en voz alta,
        que salen en bocas ajenas
         y ya no parecen de uno.
    Nombres que uno esquiva
    por no despertar el sabor amargo que dejan.
    Se reciben nombres de personas
    que ahora son unos desconocidos,
    nombres de lugares
    a los que uno ya no piensa volver,
    cosas que ni se atreven a pensarse.

    Lugares que dejaron de recibirnos,
    que ya no son casa,
    que ya no se sienten reales.
    Se reciben también las frases que se pegaron,
    las líneas de libro que abren como herida,
    los diálogos que regresan sin que uno los llame,
    las letras que duelen cada vez que suenan.
    Palabras que levantan ánimas,
    que desentierran cuerpos.
    Se reciben recuerdos doblados,
    flores secas olvidadas entre páginas,
    papeles que fueron testigos de otro tiempo,
    boletos de viaje que ya no llevan a ningún lado.
    Imágenes que no se repiten,
    paisajes que ocurrieron una sola vez,
    cielos que no volvieron a formarse,
    luces que ya no caen igual.
    Momentos que no regresan
    aunque uno los llame.
    Pásele, acérquese.
    Traiga también los caminos
    que se caminaron por última vez,
    las calles que ya saben
    que no va a volver,
    los trayectos que se cerraron sin aviso.
    Se reciben olores guardados en la memoria,
    los que anuncian una ausencia,
    los de la despedida,
    los de la llegada.
    Aromas que ya no encuentran
    si le pertenecieron a alguien,
    a un lugar,
    a un rato.
    El aire de la primera vez,
    el rastro de la última,
    el perfume que se quedó
    después de un abrazo largo.
    Y sí,
    también se reciben abrazos,
    los que no sabían que eran los últimos,
    los que se quedaron a medias,
    los que todavía pesan,
    los que no se repiten.
    Se reciben nostalgias,
    con nombre y sin nombre,
    de esas que llegan sin avisar,
    que se meten en el cuerpo,
    que lo hacen temblar,
    que le sacan una lágrima
    sin que uno sepa bien por qué.
    Se reciben escombros
    de todo lo que ya no es,
    restos de uno mismo que se fueron quedando,
    historias que no terminaron,
    ecos de lo que alguna vez importó.
    Chistes que dejaron de contarse,
    palabras que se apagaron,
    promesas que se rompieron
    sin que nadie las tocara.

    Se reciben miedos,
    los que se duermen con uno
    y amanecen antes que la luz,
    los que llevan años viviendo aquí adentro
    sin pagar renta.
    Miedos al silencio,
    miedos al ruido,
    miedos a quedarse,
    miedos al olvido.

    Se reciben culpas también,
    de las que pesan aunque ya prescribieron,
    de las que uno carga
    aunque el otro ya perdonó,
    de las que no tienen a quién devolverse
    porque ese alguien ya no está.

    Tráigalas como están,
    sin limpiar,
    sin acomodar.

    Se reciben rencores sin fecha,
    corajes que se fueron fermentando,
    envidias que dan vergüenza nomás de pensarlas.
    Se reciben las esperas,
    las de ventana,
    las de puerta que no se abrió,
    las que uno dejó de contar
    pero el cuerpo no.
    Se recibe el cansancio de parecer bien,
    la fatiga de explicarse,
    de caber,
    de no llorar donde alguien pueda verlo.
    Todo eso que no sabe cómo se llama
    pero sí sabe cómo pesa.

    Aquí no le preguntamos de dónde viene.
    No le pedimos que lo justifique.
    No le decimos ya supérelo,
    no le decimos eso fue hace mucho,
    no le decimos otros la tienen peor.
    Solo recibimos.

    Le compramos nudos de garganta,
    pedacera de corazón,
    excesos de bilis,
    males de ojo y salación.
    Excusas gastadas,
    mentes cerradas,
    fes agotadas
    y toda clase de desilusión.

    No necesita decir nada.
    Háganos una seña
    y nosotros llegamos.
    Un suspiro sirve,
    de esos que salen solos.
    Un suspiro de esos
    y ya sabemos que andamos en el lugar correcto.

    Nos vamos por esta calle,
    doblamos en la siguiente.
    Pero si nos necesita,
    ya sabe cómo llamarnos.

  • Epitafio

    Llevo días escribiendo lo que espero sea mi epitafio.
    No porque crea que alguien vaya a leerlo. Tampoco porque piense que estas palabras puedan aliviarle el peso a nadie. Uno aprende pronto que cada quien carga su propia cruz y bastante tiene con ella.
    Pero quizá, cuando se sepa que me he ido, cuando la noticia llegue como llegan todas las noticias, tarde, incompleta y sin importancia, alguien se pregunte por qué.

    No fue por amor. Sería demasiado sencillo culpar a los amores.
    Algunos llegaron para quedarse apenas una estación.
    Otros permanecieron años enteros.
    Algunos me enseñaron a nombrar cosas que antes no sabía que existían.
    Otros me obligaron a conocer partes de mí mismo que jamás habría descubierto en soledad.
    Los amores han sido apenas sombras cruzando el patio. Algunos dejaron huellas.
    Otros ni siquiera eso.
    Llegaron, ocuparon un rincón de la casa y después se fueron, como se va el agua derramada en tierra sedienta.
    Hubo quienes me enseñaron la ternura.
    Hubo quienes me enseñaron la pérdida.
    Hubo quienes me enseñaron a esperar.
    Y hubo quienes me enseñaron a marcharme.
    Todos dejaron algo.
    Una palabra.
    Una costumbre.
    Una cicatriz.
    Una forma distinta de mirar el mundo.
    No podría reprocharles nada.
    Si hoy soy quien soy, es porque una parte de mí se fue quedando en cada uno de ellos.
    Por eso sé que no fueron la causa.
    Ninguna ausencia ha sido tan grande como para justificar mi partida.
    Ningún recuerdo pesa tanto.
    Ningún nombre tiene esa clase de poder.
    Tampoco fue miedo.
    ¿Miedo de qué?
    Le tuve miedo a los truenos cuando era niño.
    Le tuve miedo a las sombras que se acumulaban detrás de las puertas.
    Le tuve miedo a los pasos que parecían escucharse en habitaciones vacías.
    A los perros que ladraban hacia la oscuridad.
    A los nombres que se pronuncian en voz baja.
    A los muertos.
    A los fantasmas.
    A los gritos que llegan desde ninguna parte cuando la noche es demasiado larga.
    Pero el tiempo termina desgastando incluso los espantos.
    Después vinieron otros miedos.
    El miedo al rechazo.
    El miedo a decepcionar.
    El miedo a no estar a la altura.
    El miedo a que la familia te mire como a un extraño.
    El miedo a que tu trabajo no sirva para nada.
    El miedo a dedicar la vida entera a una pasión y descubrir que nadie la necesitaba.
    El miedo a hablar y no ser escuchado.
    El miedo a quedarse solo.
    Conocí todos esos miedos.
    Los vi de frente.
    Dormí junto a ellos.
    Y comprendí algo.
    Ninguno era tan terrible como parecía.
    Porque incluso el miedo termina por acostumbrarse a uno.
    Lo verdaderamente insoportable no fue el miedo.
    Fue el desgaste.
    Si algo me trajo hasta aquí fue el cansancio.
    Me cansé de llamar y encontrar siempre el mismo silencio del otro lado.
    Me cansé de sentir que hablaba desde el fondo de un pozo mientras los demás caminaban arriba sin escucharme.
    Me cansé de esperar respuestas que nunca llegaron.
    Me cansé de tener que preguntarme primero si mi presencia incomodaba a alguien. Si mi voz era demasiada. Si mis deseos eran un estorbo. Si mi existencia podía ser tolerada unos minutos más.
    Porque así fue siempre.
    Parecía que para todos había un lugar reservado desde antes de nacer.
    Todos menos yo.
    A unos los elegían.
    A otros los buscaban.
    A otros los esperaban.
    Yo, en cambio, pasé la vida llenando formularios para demostrar que merecía estar aquí.
    Y siempre faltaba algo.
    Una firma.
    Un sello.
    Una autorización.
    Un permiso para ser quien era.
    Quizá haya hombres más inteligentes que yo. Más fuertes. Más hermosos. Más necesarios.
    Nunca me preocupó eso.
    El mundo está lleno de personas mejores que uno.
    Lo que me rompió fue otra cosa.
    Fue pasar la vida entera convirtiéndome en alguien más.
    No porque quisiera, sino porque parecía necesario.
    Para algunos era demasiado callado.
    Para otros demasiado ruidoso.
    Demasiado serio.
    Demasiado intenso.
    Demasiado distante.
    Demasiado cercano.
    Siempre había algo que corregir.
    Algo que suavizar.
    Algo que esconder.
    Algo que sacrificar.
    Y cada vez que lograba transformarme lo suficiente para cruzar una puerta, descubría que la puerta ya no estaba allí.
    La habían movido más lejos.
    Entonces volvía a empezar.
    Otra vez.
       Y otra.
          Y otra.
    Buscando una versión de mí mismo que pudiera pertenecer a algún sitio.
    Pero después de tantos cambios ocurrió algo extraño.
    Ya no sabía cuál de todas aquellas versiones era realmente yo.
    La que escribía.
    La que sonreía.
    La que callaba.
    La que soñaba.
    La que fingía.
    La que resistía.
    La que se quedaba sola.
    Todas parecían auténticas.
    Y al mismo tiempo ninguna lo era por completo.
    Hay un cansancio particular en vivir así.
    El cansancio de quien pasa tanto tiempo construyéndose que nunca alcanza a habitarse.
    Y uno puede luchar contra el dolor.
    Puede luchar contra la pobreza.
    Puede luchar contra la desgracia.
    Pero llega un momento en que ya no sabe cómo luchar contra una ausencia.
    Contra la sensación de que nadie lo está esperando en ninguna parte.
    Por eso escribo esto.
    Porque conozco a la gente.
    Porque sé cómo funcionan estas cosas.
    Mientras uno vive, apenas ocupa espacio.
    Es una voz más.
    Una cara más.
    Una llamada perdida.
    Una conversación que puede responderse mañana.

    Pero basta con desaparecer para que comiencen las preguntas.
    Entonces recordarán las veces que estuve allí.
    Las cosas que dije.
    Las cosas que callé.
    Las puertas que toqué.
    Las veces que pregunté si podía entrar.
    Y algunos dirán que era una buena persona.
    Otros dirán que tenía talento.
    Habrá quien asegure que siempre vio algo especial en mí.
    Lo dirán con honestidad.
    Y precisamente por eso resultará tan extraño.
    Porque esas palabras llegarán cuando ya no puedan alcanzarme.
    Es una costumbre curiosa de los vivos.
    Guardar las flores para después del entierro.
    Guardar los elogios para después del silencio.
    Guardar la atención para después de la ausencia.
    Tal vez así tenga que ser.
    Tal vez sólo la muerte vuelve visibles ciertas cosas.
    Tal vez uno necesita convertirse en recuerdo para que los demás se detengan a mirarlo.

    Durante años fui yo quien esperó.
    Esperé respuestas.
     Esperé visitas.
      Esperé cartas.
       Esperé invitaciones.
        Esperé el regreso de personas que prometieron volver.
         Esperé oportunidades.
          Esperé afectos.
           Esperé señales.
            Esperé un lugar.
    Ahora, por primera vez, seré yo quien no llegue.
    Seré yo quien falte a la cita.
    Seré yo quien deje una silla vacía.
    Y quizá entonces comprendan algo.
    No sobre mí.
    Sobre la espera.
    Sobre todo el tiempo que puede perderse aguardando una puerta que nunca se abre.
    Sobre todo lo que se marchita mientras uno permanece inmóvil mirando el camino.
    Quién sabe.
    Tal vez algún día alguien espere mi regreso.
    Como se espera a los muertos en noviembre.
    Mirando de vez en cuando hacia la oscuridad del patio.
    Creyendo escuchar unos pasos.
    Pensando que esta vez sí voy a volver.
    Y esa será la última ironía.
    Pasé la vida esperando a los demás.

    Y al final serán los demás quienes se queden esperando por mí.

  • Qué pasaría

    No hay tormento más preciso
    que el de una decisión suspendida,
    no el error, no la caída,
    sino ese gesto que nunca llegó a existir.

    Uno habita entonces un pasillo estrecho,
    entre lo que fue
    y lo que, en silencio, insiste en no haber sido.
    Un lugar sin puertas,
    o peor aún, con puertas que jamás se abrieron.

    Decidimos, sí,
    como llenando formularios invisibles,
    marcando casillas de utilidad,
    de conveniencia,
    de una prudencia que se disfraza de certeza.
    Y sin embargo, algo se filtra,
    una grieta diminuta
    por donde escapa la sospecha.

    ¿Qué habría pasado?

    La pregunta se instala rápidamente.
    Se sienta con nosotros a la mesa,
    duerme en el borde de la cama,
    respira con una paciencia que inquieta.

    No existe el “hubiera”, dicen,
    pero insiste,
    como una deuda que nadie reclama
    y que, sin embargo, crece.

    Estamos atados,
    no tanto a lo que hicimos,
    sino a aquello que permitimos no hacer.
    A las palabras que no se dijeron
    por considerarlas innecesarias,
    al tiempo que no se ofreció
    porque parecía abundante,
    al esfuerzo que se pospuso
    como si la vida aceptara prórrogas.

    Nuestra realidad es firme,
    tangible,
    pero la mente,
    la mente es un archivo desordenado
    de versiones alternativas
    que se rehúsan a archivarse.

    ¿Qué habría pasado
    si hubiéramos insistido un poco más?
    Si no hubiéramos llegado tarde,
    o peor aún,
    si no hubiéramos decidido no llegar.

    No se trata de actuar sin medida,
    de lanzarse sin cálculo
    como si el impulso fuera virtud. No.
    Se trata, quizá,
    de mirar con más detenimiento
    antes de cerrar la puerta,
    de comprender el peso exacto
    de cada gesto omitido.

    Porque el error tiene forma,
    se puede señalar,
    se puede nombrar.
    Pero lo no hecho
    carece de cuerpo
    y, aun así,
    oprime.

    Me pregunto,
    y la pregunta no espera respuesta,
    qué habría sido de mí
    si hubiera pensado antes,
    si hubiera comprendido a tiempo
    lo que ahora parece tan evidente.

    ¿Habría salvado algo?
    ¿O habría perdido otras cosas
    que hoy, sin saberlo, me sostienen?

    Tal vez la vida no ofrece equilibrio,
    solo intercambios invisibles.

    Entonces,
    ¿qué nos queda?

    Vivir, dicen,
    aferrarse al presente
    como si bastara.
    O avanzar,
    calculando beneficios
    como si el futuro pudiera domesticarse.

    Pero las respuestas
    no son dóciles.

    Arrepentirse es humano,
    una forma de reconocer
    que alguna vez vimos la puerta
    y no cruzamos.
    Detenerse, en cambio,
    es permitir que esa puerta inexistente
    se convierta en muro.

    Y el muro, a diferencia de la duda,
    sí es definitivo.

  • I saw her again

    I saw her again.
    Just the same, only farther away.
    Her skin, morning mist.
    Her hair, water in a drought.
    And those little dimples on her back —
    like promises that were never meant for me.
    Why show her to me, God?
    Why, if she’s as distant as the sky?

    But before, God, before…
    before she wasn’t air, or smoke,
    or that high cloud I can’t reach.
    Before, she was my company at the table,
    her hand just this close to mine —
    close as the fire in December
    that you can feel if you stretch out your fingers.

    How could I forget that smell?
    It wasn’t fine perfume from a bottle, no sir.
    It was the smell of earth after a fresh rain,
    of chamomile boiled with cinnamon —
    that smell that clings to your jacket
    and that you look for on the pillow before sleeping.

    And that little inside sound, that quiet drum…
    It was a soft galloping in her chest.
    When I put my ear to her,
    I’d forget even my hunger.
    Now I’m lulled by the buzzing of a fly,
    and the distant barking of a dog lonelier than me.

    Why did you give me the memory
    of the warm weight of her braid against my face?
    Why did I ever know what it’s like to have honey right there, in my mouth,
    if now everything tastes like ash, like gall?

    I saw her again, yes.

    But dreamed, she’s like trying to stop the sun with your bare hands.
    And you know she’ll leave.
    You know the night is a black bitch that swallows everything.
    No matter how hard you cling to the mountain,
    the darkness comes on time, like death.
    The mountain swallows her, and you’re left trembling,
    with the afterglow still hanging from your eyelashes.

    Oh, woman of my dreams.
    How I wish I’d never wake up.
    How I wish the night didn’t exist,
    and that dawn would always come with your hair tangled in mine.
    But here I am,
    with the rooster crowing lies
    and the bed empty of you.

  • Case 38

    I make a living debunking supernatural claims.

    Over the years I’ve seen it all:
    ghosts in haunted houses,
    cursed paintings,
    caves full of whispering voices,
    mythological creatures,
    and increasingly elaborate variations of the same deception.

    None of it withstands prolonged observation.

    But there’s one thing people refuse to let go of:
    miracles.

    I’ve debunked thirty-seven of them.
    More than half seemed to have no explanation.
    The devout use them to fill voids,
    to support the idea
    that something higher
    is watching over them.

    Among all those cases,
    there’s one I decided to file separately.

    Not because it’s more complex,
    but because it’s the most widely accepted:

    love.

    To debunk it, I need evidence.
    And evidence is abundant.

    I’ve seen hands tremble
    as if hiding something.

    Eyes on the verge of spilling over
    with no visible wound.

    Nervous smiles,
    acts of kindness that stretch too far,
    behaviors that mimic the sacred
    with unsettling precision.

    I’ve heard promises rise,
    swell,
    deform in the air
    until they lose all recognizable shape.

    I’ve seen words repeated so often
    they end up hollow.

    I’ve documented racing heartbeats
    attributable to fear,
    silences that hold not peace
    but calculation,
    embraces that wear thin
    when repeated too many times.

    I’ve recorded improbable coincidences:
    two bodies leaning at the same time,
    two voices breaking on the same syllable,
    two stories that start the same
    and end in contradiction.

    I’ve seen how certainties are built:
    slow,
    fragile,
    dependent on the other’s gaze.

    I’ve called tenderness a reflex,
    companionship a dependency,
    persistence a symptom.

    I’ve reduced fires to chemistry,
    waiting to a distortion of time,
    names repeated in the mind
    to a mild form of obsession.

    I’ve seen what happens after:

    breakups that leave residue,
    people losing sleep,
    concentration,
    appetite,
    faith,
    will.

    I’ve seen someone completely emptied
    without a drop of blood.

    I’ve seen someone survive
    without that meaning they’re alive.

    I’ve interrogated those involved.
    None admit to lying.
    None can hold onto their full version.

    There are always inconsistencies:
    altered memories,
    timelines that don’t match,
    details that change
    depending on who tells them.

    And still,
    both insist
    it was real.

    Last night,
    after a long day’s work,
    I decided to stop the investigation.

    Not for lack of evidence,
    but out of saturation.

    I sat down to observe.

    That’s when it happened.

    A couple,
    a few feet away,
    exchanged a minimal gesture.

    Nothing extraordinary.

    No oath,
    no obvious manifestation.

    Just a brief movement,
    almost imperceptible.

    But enough.

    Something about that gesture
    didn’t fit the pattern.

    It didn’t respond to fear,
    or habit,
    or need.

    It didn’t seem like calculation.

    For a moment
    I considered that maybe
    I had been wrong.

    That perhaps love
    really was a miracle.

    But no.

    Miracles don’t leave this kind of trace.

    This…
    this felt more like something else.

    I opened the file.
    Reviewed every case.
    Looked for what they all had in common.

    And I found it.

    Love doesn’t begin as a fraud.

    It begins as a legitimate coincidence:
    two bodies that meet,
    two voices that fit,
    two solitudes that, for a moment,
    stop being solitary.

    That is real.
    That happens.

    But over time
    something changes.

    One of the two
    starts giving more,
    believing more,
    staying longer than necessary.

    And then the phenomenon deforms.

    It tips.

    It transforms.

    Love is not a miracle.

    It’s a slow-motion fraud.

    A tacit agreement
    where both participate,
    but only one
    ends up paying the full cost.

    The other walks away with something:
    the experience,
    the certainty,
    sometimes even nothing.

    But one loses more.

    Loses sleep,
    calm,
    trust,
    the way they understood the world.

    Loses things that time doesn’t heal.

    That’s what the cases say.
    That’s what the evidence shows.

    But that’s not
    the only thing I’ve seen.

    I’ve also seen the opposite.

    I’ve seen someone stay
    when everything said they should leave.

    I’ve seen bodies heal faster,
    people get up,
    start talking again,
    walking,
    breathing differently
    because of someone else’s presence.

    I’ve seen families hold together
    under impossible conditions.

    I’ve seen people survive
    thanks to something
    I cannot measure.

    The effect exists.

    It’s real.

    But it’s not constant.
    Not transferable.
    Not eternal.

    And that makes it impossible to prove.

    That’s why I keep investigating.

    Not to debunk it.

    But to find
    a way to show
    it wasn’t an isolated case.

    Because I’ve seen it too.

    Because I’ve felt it too.

    And if I’m right,
    tomorrow I will file
    a new case.
    I’ll give it the same name.
    I won’t close it.

  • What a pity

    They don’t get it, no.
    You put your heart in their hands,
    like a ripe fruit,
    and they look at it like a stone
    that’s just in the way.

    Them, who live on leftovers—
    on words tossed into the air,
    on mechanical caresses,
    on hollow promises.
    Them, who fall asleep on the crumbs
    others drop from the table,
    and feel full,
    and feel just fine.

    You say to them: “Here, take my sun,
    my time, my silence next to yours,
    my hand when it gets cold,
    my eyes for when it grows dark.”
    And they step back
    as if truly wanting burned.
    As if love without a trick
    were something obscene, something from another world,
    something you can’t see or touch.

    They prefer the familiar cave,
    the lukewarm air that never changes,
    the love that doesn’t hurt because it’s nothing.
    And they walk around, gathering tinder,
    content with their half-truth,
    with their halfway deal,
    with their daily stale bread.

    And I, whose soul aches just watching them,
    can only say:
    what a pity, Lord,
    what a pity of people.
    So close to water and still thirsty.
    So close to fire and still cold.
    So close to loving well
    and yet they run away
    as if love were a fierce dog.

    I have no riches,
    no lands, no cattle,
    but I have what they have too much of:
    the will to be there, to listen,
    not to let go of a trembling hand.
    And they don’t.
    They prefer the leftovers,
    the tiny bit, the tasteless,
    the thing that asks for nothing because it gives nothing.

    So when I see them
    walking down the narrow path
    with their resigned little steps,
    all I can say, with all my sadness, is:
    what a pity, what a shame,
    what a disgrace to live like that.

  • The one in the mirror

    I looked at myself in the mirror,
    but the man didn’t step aside.
    He stayed there, stubborn,
    as if the house were his
    and I just a visitor.

    I didn’t know what to say to him.
    He didn’t speak either.
    He just held my gaze
    with eyes I didn’t remember
    having seen before.

    You change slowly,
    like a path as you start walking it,
    without noticing the exact moment
    it becomes a new road.
    But I didn’t feel that change.
    One day, I just wasn’t the same anymore.

    Sometimes I think it was small things:
    a song that got stuck in my head,
    a conversation I wasn’t looking for,
    an image that followed me into the night.
    Things like that,
    things that don’t weigh much on their own,
    but they add up.

    Then you get used to it,
    the way you get used to the cold,
    to saying everything is in its place,
    even though inside something has shifted
    without asking permission.

    Before, there were things that seemed impossible.
    Then they became difficult.
    Then they stayed far away,
    like blue hills you gaze at from a window.
    And without realizing it,
    I was already up there,
    not really knowing how.

    I don’t entirely miss who I was.
    Truth is, I wouldn’t go back.
    That man wouldn’t know how to live here anymore,
    and I wouldn’t know how to carry what he carried.
    We’d just get in each other’s way.

    But sometimes,
    when the evening grows very quiet,
    I do remember certain things:
    feeling accompanied,
    believing that what I did
    mattered somewhere.
    Words echoing in someone
    and not just off the wall.
    Waking up first thing to a smile.

    It doesn’t hurt anymore.
    That’s the strange part.

    Now I do other things,
    and I do them better than I expected.
    As if someone—
    maybe that man in the mirror—
    had secretly learned
    everything I’m just beginning to understand.

    And here I stay,
    looking at him face to face,
    not knowing if one day
    he’ll let me pass.

  • El del espejo

    Me miré en el espejo,
    pero el hombre no se apartó.
    Se quedó ahí, terco,
    como si la casa fuera suya
    y yo apenas un visitante.
    No supe decirle nada.
    Tampoco él habló.
    Nomás me sostuvo la mirada,
    con unos ojos que ya no recordaba
    haber visto antes.
    Uno cambia despacio,
    como el camino cuando uno lo empieza a andar,
    sin que se note el momento exacto
    en que se transforma en una nueva vereda.
    Pero yo no sentí ese cambio.
    Nomás un día ya no fui el mismo.
    A veces creo que fue por cosas pequeñas:
    una canción que se me quedó pegada,
    una plática que no buscaba,
    una imagen que me siguió hasta la noche.
    Cosas así,
    que no pesan por si mismas,
    pero se juntan.
    Luego uno se acostumbra,
    como se acostumbra al frío,
    a decir que todo está en su lugar,
    aunque por dentro algo se haya movido
    sin pedir permiso.
    Antes había cosas que me parecían imposibles.
    Luego fueron difíciles.
    Luego se quedaron lejos,
    como cerros azules que uno mira desde la ventana.
    Y sin darme cuenta,
    ya estaba yo allá arriba,
    sin saber bien cómo.
    No extraño del todo al que fui.
    La verdad, no volvería.
    Ese hombre ya no sabría vivir aquí,
    ni yo sabría cargar con lo que él cargaba.
    Nos estorbaríamos el paso.
    Pero a veces,
    cuando la tarde se queda muy callada,
    sí me acuerdo de ciertas cosas:
    de sentirme acompañado,
    de creer que lo que hacía
    importaba en algún sitio.
    De las palabras haciendo eco en alguien
    y no solo en la pared.
    De que lo primero al despertar fuese una sonrisa.
    No duele ya.
    Eso es lo raro.
    Ahora hago otras cosas,
    y me salen mejor de lo que esperaba.
    Como si alguien,
    ese del espejo quizá,
    hubiera aprendido en secreto
    todo lo que yo apenas voy entendiendo.
    Y aquí sigo,
    mirándolo de frente,
    sin saber si algún día
    me va a dejar pasar.

  • Lástima

    No entienden, no.
    Les pones el corazón en las manos,
    como si fuese una fruta madura,
    y lo miran como quien mira una piedra
    que estorba en el camino.

    Ellos, que viven de sobras,
    de palabras dichas al aire,
    de caricias mecánicas,
    de promesas huecas.
    Ellos, que se duermen con las migajas
    que otros dejan caer de la mesa,
    y se sienten llenos,
    y se sienten contentos.

    Uno les dice: “Toma, aquí está mi sol,
    mi tiempo, mi silencio junto al tuyo,
    mi mano cuando haga frío,
    mis ojos pa’ cuando oscurezca.”
    Y ellos retroceden
    como si el querer de verdad ardiera.
    Como si el cariño sin trampa
    fuera cosa obscena, cosa de otro mundo,
    cosa que no se ve ni se toca.

    Prefieren la cueva conocida,
    el aire tibio que no cambia,
    el amor que no duele porque no es nada.
    Y andan por ahí, juntando yescas,
    contentos con su media verdad,
    con su trato a medias,
    con su pan duro de todos los días.

    Y a mí, que me duele el alma de verlos,
    nomás me sale decir:
    qué lástima, Señor,
    qué lástima de gente.
    Tan cerca del agua y con sed.
    Tan cerca del fuego y con frío.
    Tan cerca de querer bien
    y echándose a correr
    como si el amor fuera un perro bravo.

    Yo no tengo riquezas,
    no tengo tierras ni ganados,
    pero tengo esto que les sobra:
    ganas de estar, de escuchar,
    de no soltar la mano cuando tiembla.
    Y ellos, no.
    Ellos prefieren las sobras,
    lo poquito, lo ubsípido,
    lo que no pide nada porque no da nada.

    Por eso, cuando los veo
    irse por el camino angosto
    con su pasito resignado,
    nomás me sale decir, con toda la tristeza:
    qué lástima, qué pena,
    qué vergüenza de vivir así.

  • La volví a ver

    La volví a ver.
    Igualita, nomás más lejana.
    Su piel, neblina en la mañana.
    Su pelo, agua en la sequía.
    Y esos hoyitos en la espalda
    como promesas que no eran para mí.
    ¿Pa’ qué me la muestras, Dios?
    ¿Pa’ qué si es lejana como el cielo?

    Pero antes, Diosito, antes…
    antes no era aire, ni humo,
    ni esa nube alta que no alcanzo.
    Antes era mi compañía en la mesa,
    su mano estaba tantito así de la mía,
    cerca como la lumbre en diciembre
    que alcanzas a sentir si estiras los dedos.

    Cómo olvidar ese olor…
    no era perfume de botella fina, no señor.
    Era olor a tierra recién llovida,
    a manzanilla hervida con canela,
    ese que se te queda en la chamarra
    y luego buscas en la almohada antes de dormir.

    Y ese ruidito de adentro, ese tambor callado…
    Era un suave galopar en su pecho.
    Cuando arrimaba yo la oreja,
    se me olvidaba hasta el hambre.
    Ahora me arrulla el zumbido de un mosco,
    y los ladridos lejanos de un perro más solitario que yo.

    ¿Pa’ qué me diste el recuerdo
    del peso calientito de su trenza en mi cara?
    ¿Pa’ qué supe lo que es tener la miel ahí nomás, en la boca,
    si ahora todo sabe a ceniza, a hiel?

    La volví a ver, sí.

    Pero soñada es querer detener el sol con las manos.
    Y uno sabe que se va.
    Uno sabe que la noche es perra negra que todo se lo traga.
    Por más que te aferres al cerro,
    la oscurana llega puntual como la muerte.
    Se la traga el monte y te quedas temblando,
    con el resplandor todavía colgado de las pestañas.

    Ay, mujer de mis sueños.
    Qué ganas de no despertar nunca.
    Qué ganas de que la noche no exista
    y que amanezca siempre con tu pelo enredado en mí.
    Pero aquí estoy,
    con el gallo cantando mentiras
    y la cama vacía de ti.