Autor: uerati

  • Tenías razón

    Tenías razón

    Solo buscaba una excusa,
    un pretexto cualquiera
    para pedirte una foto,
    no porque me faltaran,
    ni porque mi memoria se haya desgastado
    como el paso de los días.

    No es que mi retina olvide
    el color de tu sonrisa,
    ni que el eco de tu risa
    se pierda en los rincones del tiempo.

    Pero hay algo en cada imagen,
    una promesa suspendida,
    un respiro atrapado
    entre lo efímero y lo eterno.
    Con solo mirarla,
    puedo volver a aquel instante,
    a ese espacio donde tu sonrisa
    llenaba cada rincón del mundo.

    Y es que, en el fondo,
    no buscaba una foto más,
    sino la llave para regresar
    al momento en que existías
    como si el tiempo no pasara,
    como si tu risa fuera el latido
    que marcaba mi destino.

    Así que sí, tenías razón,
    solo buscaba un pretexto
    para vivirte otra vez,
    una y otra,
    en la eternidad de lo que fuiste
    y serás en mis recuerdos.

  • Dos Colibríes II

    Dos Colibríes II

    Qué lenta se mueve la rueda del sol,
    cuando el alma despierta sofocada por la prisa febril de la vida.
    La neblina aún se siente espesa, separa aún el sueño del día.
    Y ese corazón que no late, sino aletea, como si la vibración de su impulso fuera más ave que músculo, más espíritu que carne.
    Tu mirada, tierna y extenuada por la vigilia, tu tacto frío como la tierra, aunque en tu entraña arde una hoguera, un fuego latente que ni la noche puede extinguir.
    Aletea, sí, pero no solo en su centro. Ese aleteo vibra también aquí, en el aire que nos envuelve.
    Es un colibrí, ¡como tú!.
    Sus plumas, como las tuyas, son tan suaves como la brisa. Tu mirada sugiere la delicadeza y, temo que debo admitirlo ahora, la destreza de un dios que cinceló tu ser con paciencia infinita.
    Te deslizas con gracia, ligera, como si temieras perturbar la quietud que reina en esta habitación, pero en tu paso, que pesa menos que el silencio, hay una fuerza inquebrantable.

    Su presencia es un bálsamo inesperado, una alegría que irradia como el sol en los rincones más oscuros, levantando el polvo de mis recuerdos, haciendo crujir las paredes de mi encierro. Es imposible no sonreír al verle, al verte. Eres colibrí, más allá de la criatura alada, el eco que la naturaleza envía para recordarnos su magia.
    Una belleza de jade vibrante y obsidiana discreta, pero también de fuego que no se apaga, de pasión contenida, en cada palabra que se forma sin ser dicha.
    Tu voluntad, firme como la roca, se oculta bajo esa fragilidad aparente.
    El colibrí bate sus alas sin descanso, sosteniendo su vida en un constante desafío, y así eres tú, suspendida entre lo que se ve y lo que no, entre lo tangible y lo místico.
    Y, al igual que él, te quedas. No como una simple visitante, sino como una presencia permanente, que se posa sobre mis ramas, tejiendo tus días con la misma intensidad que el amanecer.
    Fuerza no solo de cuerpo, sino de espíritu, que perdura en la calma y en la tormenta, que hace de tu paso [de mí paso] por este mundo algo más que gozoso. 

  • Cuerauáperi | Xaratanga

    Cuerauáperi | Xaratanga

    En la mitología indígena, los personajes dejan ver, mezclados, los dos sexos. Así Cuerauáperi significa también “creador”, por eso la oración del credo en tarasco dice: “…auándaeri ca echérieri Cueráhperi…” O sea, creador del cielo y de la tierra. 
    La Relación escribe Cuerauáperi; Gilberti, Cuerauáhperi; y el tarasco moderno, Cueráhperi, por lo menos en la Sierra de Michoacán, y también en este último se le da el significado masculino. Pero la palabra parece ser la misma, aunque la partícula ua que falta en el tarasco moderno, agrega el significado de “en el vientre”. Es decir; crear en el vientre; lo cual sí da una connotación de femenino a la palabra antigua. 

    Fe-11
    Xaratanga
    Fe-10
    Xaratanga
    Xaratanga

    Xaratanga

    En la niebla del alba, tu nombre resuena,
    Xaratanga, diosa de la vida y la luz,
    Como el sol que besa la tierra fértil,
    Como la luna que guía el camino nocturno.

    Tus cabellos son las aguas que danzan,
    Entre los juncos que acarician la orilla,
    Mientras el viento susurra tu canción,
    Nutriendo los campos con tu aliento sagrado.

    Xaratanga, madre de la cosecha,
    Tus manos siembran estrellas en la noche,
    Y el cielo se inclina en reverencia,
    Bajo la mirada serena de la luna.

    El sol, tu amante eterno, se desliza,
    Entre las montañas y los valles verdes,
    Derramando su fuego en la piel de la tierra,
    Despertando la vida que en ti florece.

    En cada flor, en cada árbol erguido,
    Tu espíritu danza con la brisa suave,
    Fertilizando la tierra que nos sostiene,
    Bajo la mirada clemente del cielo infinito.

    Tu esencia, Xaratanga, es la fuente,
    De la vida que fluye en la sangre del mundo,
    Un canto sagrado que nunca se apaga,
    En el corazón de la naturaleza eterna.

    Cuerauáperi

    Cuerauáperi significa, literalmente, “la que desata en el vientre”, es decir, “la que hace nacer”. Pero, cosa curiosa, los tarascos concebían la muerte como “desatarse”. Cuando alguien moría,  decían “…así es como han querido los Dioses, que ya murió y se desató  allá, murió en la guerra, hermosa muerte es…” Y el verbo cuerani significa “desatar, morir”. 
    Por todo lo anterior, Cuerauáperi es una deidad de la Vida y de la Muerte. 
    Así pues, la palabra Uarhi, que viene de uarhiri (muerte), es usada para definir a una mujer que ha dado a luz, dando a entender que es una persona que se ha desatado en el vientre. 


  • Curicaueri, Dios Solar

    Curicaueri, Dios Solar

    Entre las ancestrales cumbres que circundan el lago de Pátzcuaro, donde los espíritus milenarios de un pueblo olvidado aún parecen acechar entre la niebla, se alza un ominoso peñasco conocido como Querenda-angápeti, la Piedra del Templo. Pues en este agreste paraje los sabios ancianos veneraban en otros tiempos a los Tirípeme, temibles hermanos de la deidad primigenia Curicaueri, el Señor del Fuego Eterno.

    Las leyendas que han sobrevivido a los estragos del olvido cuentan que estos dáimones elementales moraban en las cinco míticas mansiones cósmicas desde donde regían con puño de hierro los destinos del firmamento, la tierra y las tinieblas subterráneas que cobijan el mundo de los muertos. Chupi-tirípeme, el Azul, extendía su oscuro cetro sobre las aguas primordiales del orbe. Sus hermanos Tirípeme-quarencha, Tirípeme-thupuren, Tirípeme-xungápeti y Tirípeme-caheri vigilaban respectivamente los puntos cardinales del este, oeste, norte y sur, ungidos con los colores del ocre sangriento, la blancura humeante, el resplandor amarillo y las tinieblas etruscas más negras que la noche eterna.

    Curicaueri, Dios Solar

    Mas su reinado de horror no se circunscribía al éter infinito, pues desataban sus furias también sobre la faz de la tierra que osaban hollar los hijos del Anahuac. Cuentan las crónicas que una anciana mendiga tuvo la desdicha de encontrarlos en forma corpórea cuando vagaban por la sabana al caer la noche. Al posar mis enturbiados ojos de milenaria sobre sus espantosas fauces y miembros tentaculares, serpenteantes como las escamosas colas de las Gorgonas, la infeliz enloqueció de terror, implorando con alaridos desgarradores la misericordia del propio Curicaueri, padre de las llamas primigenias.

    Aquellos impíos que han horadado los subterráneos secretos de Querenda-angápeti en pos de riquezas aborígenes aseguran haber divisado los jeroglíficos blasfemos que narran los ritos propiciatorios con que los purépechas adoraban a los Tirípeme. Se dice que, en las noches de plenilunio sangrante, legiones de iniciados semidesnudos, cubiertos de espeluznantes escarificaciones, entonaban cánticos de aborrecible arcaísmo mientras arrojaban infantes de pálidas carnes al cráter del peñasco humeante… todo para aplacar a esas intratables potencias primordiales que aún alientan desde los ignotos repliegues del cosmos, aguardando el día en que la razón humana quede extinguida por completo bajo su matriarcal abyección.

    Pues son entes de pesadilla venidos de las tinieblas antecósmicas, cuando el caos primigenio alentaba con miasmas letales previas al alumbramiento de la primera estrella. Sólo un loco o un etnarca sacrílego osaría profanar las cavernas ocultas tras los muros de Querenda-angápeti, donde los horrendos efigies anidaron en la noche milenaria aguardando su hora de volver a campar al despuntar la prístina edad olvidada…

    Desde las cúes

    Bajo la guía de Curicaueri, los ancianos sacerdotes encendían las hogueras rituales en los tres cúes del templo mayor, aguardando la epifanía del Señor del Fuego. Y cuando las brasas alcanzaban su cúspide candente, los iniciados entonaban cánticos en la antigua lengua tarasca para atraer su mirada ígnea. Curicaueri descendía entonces entre nubes de humo, materializándose en forma de un anciano de rostro encendido que portaba los símbolos de su culto: las tenazas curvas y el calabazo donde moraban las brasas eternas.

    Aquellos que contemplaban su terrible semblante sólo entre visiones oníricas eran consumidos por la locura. Pues quienes osaban mirar de frente la faz del Gran Fuego jamás volvían a ser los mismos, quedando marcados por el estigma de haber atestiguado una verdad cósmica demasiado antigua y terrible para la mente humana.

    Para complacer a sus dáimones ígneos, los purépechas ofrendaban desde mantas y alimentos hasta la propia sangre, pues se creía que el humo que emanaba de las piras rituales era el único vínculo con las deidades astrales. En las noches de sacrificio, alaridos desgarradores hendían el aire mientras los presuntuosos oficiantes arrojaban cautivos al fuego bramante para que su carne y sus vitales hálitos se convirtieran en vapores gratos a las fauces de Curicaueri y sus espantosos hermanos.

    Fatídico destino

    Los infortunados que quedaban marcados por el hierro de los sacerdotes para el sangriento rito del autosacrificio eran destinados a sustraer su propia sangre con cuchillos de obsidiana y verterla en temblorosos hilillos al fuego, pues se decía que las deidades bebían los rubíes líquidos que manaban de las heridas de los fieles. Ni los más ancianos e impíos chaman podían mirar de frente las siniestras danzas que ejecutaban los espectros de los Tirípeme entre las ondulantes llamas de los cúes…

    Tan sólo los recios guerreros y monarcas eran dignos de obtener la gracia de la cremación ritual tras su muerte, para que sus almas fueran readmitidas en el seno abrasador de las deidades de fuego. El humo que se elevaba de las piras funerarias de los tálamos era el único pasaje que permitía a los espíritus abrigarse de nuevo en las entrañas de Curicaueri.

    Toda esta demoníaca liturgia quedó extinguida con la llegada de los invasores españoles, cuyas armas de fuego y doctrina aborrecible barrieron de la faz de la tierra a los ancestrales ídolos purépechas. En los días previos a su destrucción, los ancianos tarascos presenciaron con pavor cómo las llamas del principal altar se apagaban sin razón aparente, augurio de que Curicaueri y sus blasfemos hermanos habían abandonado aquellas tierras malditas, dejando atrás un mundo que pronto sería invadido por las sombras del olvido…

  • El Corpus en las montañas

    El Corpus en las montañas

    La Invocación

    Cuando el sol de agosto calcinaba las cumbres de la Sierra P’urhépecha, un viento cálido y antiguo comenzaba a danzar entre los pinares. Era el aliento de Cuerauáperi, la señora de las nubes, despertando de su letargo anual. Sus suspiros viajaban de monte en monte, convocando a los hijos de la etnia purhé para rendir tributo una vez más.

    En los hogares humildes de Paracho, las mujeres comenzaban a engalanar sus guanengos con hilos de colores vivos. Los hombres sacudían el polvo de los huaraches y las guitarras dormidas. Porque la gran fiesta estaba próxima: el Corpus Christi, esa celebración nacida del sincretismo mágico entre dos mundos.

    Los Emisarios del Maíz

    La tarde del sábado, el pueblo se engalanó con guirnaldas de nardos y flores silvestres. Una por una, las danzas de los gremios acudieron al palacio municipal como peregrinos reunidos ante un altar ancestral. Las reboceras o azuleras abrieron el camino, sus enaguas danzando al viento como capullos de colores.

    Pero los verdaderos heraldos fueron los labradores. Hombres morenos que parecían brotar de la misma tierra, avanzaron en solemne procesión tras las huellas de sus bueyes engalanados. A sus espaldas, el fruto aún fresco de la milpa, como un mensaje sagrado para la deidad del temporal.

    Las Artes del Pueblo Purhé

    A su paso, los gremios de artesanos desplegaron sus oficios como ofrendas. Carpinteros que tallaban la madera con primoroso encanto. Guitarreros capaces de arrancar al tejamanil las más dulces armonías. Panaderos que parecían hornear el pan con magia antigua. Todos desfilando al ritmo de sones que no eran meras notas, sino un cántico ancestral que hacía danzar hasta las piedras del suelo.

    Cada grupo se presentaba con humildad ante las autoridades, como antaño lo hicieran los hauripicipecha frente a los uakusïcha o “señores águila”. Pues esta celebración entreveraba los hilos del tiempo, fundiendo los rituales purhépecha con las tradiciones cristianas en un tapiz de realismo mágico.

    Danzas de una Realidad Alterna

    Llegada la tarde del domingo, las calles se convirtieron en un escenario donde la fantasía tomó cuerpo. Primero fueron los arrieros recreando un asalto de bandidos, ataviados con prendas que parecían surgir de otra era. En un ágil revuelo, los “ladrones” ataron a sus víctimas para después ser capturados por soldados de huaraches y armas ridículas.

    Ante los ojos atónitos de los espectadores, un juez decretó la máxima condena. Pronto los “malhechores” cayeron abatidos… sólo para resucitar entre risas cómplices un instante después. Porque ésta era una realidad aparte, regida por leyes distintas a las del mundo que conocemos.

    El Gran Espíritu del Bosque

    Lo más asombroso estaba por venir cuando irrumpieron los cazadores. Algunos portaban narices desmesuradas o rostros emplumados que los hacían parecer chamanes metamorfoseados. Otros se cubrían bajo sombrerotes enormes, como si un hongo del bosque los hubiera cobijado.

    Al observarlos dispersarse entre los rumbos de la plaza, uno creía contemplar un aquelarre de criaturas livianas danzando en la penumbra del bosque. De pronto, el jaguar purhé hizo su aparición: un hombre cubierto con piel de venado que avanzaba despacio, “a gatas”, parodiando los andares del gran espíritu del monte.

    Cuando el certero disparo lo derribó al fin y los cazadores prorrumpieron en gritos de júbilo, era imposible no sentir que el mundo ordinario se había suspendido por un instante. Que la antigua frontera entre lo humano y lo salvaje, lo terrenal y lo mágico, acababa de difuminarse una vez más.

    El Legado Imperecedero

    Aún hoy, cuando llega agosto, los habitados por el reino de Cuerauáperi reviven este ciclo fantástico. Las danzas, los sones, la rememoración de viejos oficios y tradiciones, todo se entremezcla en un carnaval atemporal.

    Quizás nunca lleguemos a comprender del todo los misterios encerrados en este pueblo serrano. O tal vez sí, si aprendemos a mirar con otros ojos. Ojos purhépecha que, tras los disfraces y las alegrías bulliciosas, descubren la pervivencia de un mundo mágico apenas encubierto… como el sueño eterno de Cuerauáperi esperando renacer con cada ciclo, con cada fruto de la milpa, cada año.

    https://youtu.be/_mqfXYzTrH8

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  • Rubí Huerta y la palabra que brota

    Rubí Huerta y la palabra que brota

    Rubí Huerta es la voz poética que engalana con orgullo sus raíces purhépechas. Esta incansable mujer ha consagrado su vida a promover y fortalecer su lengua materna, convirtiéndose en baluarte de la cultura ancestral de su pueblo.

    Formada como historiadora por la Universidad de Guadalajara, Rubí también es lingüista y comunicadora en Voz de la Cultura Purépecha, además de docente del Departamento de Idiomas de la Universidad Michoacana. Su quehacer cotidiano está pletórico de acciones encaminadas a mantener viva la llama del legado purépecha.

    Ya sea realizando documentales, participando en foros, congresos y coloquios nacionales e internacionales, o impartiendo cátedra, Rubí despliega su pasión arrolladora por engrandecer el idioma de sus antepasados.

    Rubí Huerta y la palabra que brota

    Pero donde su alma realmente se sublima es en la poesía. Autora de dos libros, esta mujer de letras ha dejado su impronta lírica en numerosos encuentros y festivales a nivel nacional. Una muestra más del profundo compromiso que la une a su cultura.

    En 2014, su amor por las raíces purépechas alcanzó cumbres aún más elevadas al traducir a su lengua materna una antología de Octavio Paz para el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Un hito que reafirma su condición de guardiana de los saberes ancestrales.

    Rubí Huerta es el canto milenario que perdura, la voz indoblegable que no permite que la cultura purépecha caiga en el olvido. Es la heredera y custodia de un legado intangible, pero inmortal. Una mujer que encuentra en las palabras el vehículo perfecto para honrar a sus antepasados y labrar un sendero más luminoso para las futuras generaciones.

    Tsïntani | Resurgir

    Exéska andájpenuni ka uarhíni uanikua jurhíatechani uarhínapani jurhájkuni eska máteruecha janopirinka anhánhatakuecha ambejkamandipani t’upuriksï úkuarhintani.

    Ísi úkuarhsïndi…

    Miántskuecharhu pakárasti uandákuecha enka jindekaksï eska turhíri étskurikata enka uéchajka penchúmikuarhu imeecha enkaksï utasï arhínhatarhajka.

     Mandani kúskakua enkaksï uandákuecharhu jaka irekani ka enkaksï pakárhaka iónisï ia, ánimecha ka jánhaskakua ambe, k’uínchekua uandákueri ka jántskua ambe.

    Xanháruecha enkakï jakánkurhika, iorhékuecha enkaksï k’arini jaka juatecha enkaksï kurhúndijka, tiósïoecha enkaksï k’amandika.

    Uarhíti jindesti enka junkuajka uarhíkuarhu uératini uanikua xanharhu, tsïntasïndi eska jurhíata mandani pauani, t’intskasïndi, jorheperhantasïndi ka tsípekua íntspeni.

    Uárhi enkaksï no jakánkurhitanaantjka uekatsemakua iretecheri, enkaksï nitamakuarhu no xarájkamapaka uarhíkueri k’arhimakua jimbo Enkaksï uaxáparhakutini parhánguarhu, eranchka miiuncheni jóskuechani imeeri uarhíricheri, enkaksï tsípekua íntspeni jarhajka ka tsípekuenksï.

    Ambamantasïndiksï iorhékuechani enkakï ts’imá jikuaka, sïríkuasïndiksï imeri tánhekuechani, sïraatsïndiksï jima táecharhu, ka sutúpuechanksï késkuani tsíri uarhítiti jingoni jájkicha enkaksï sesi jájkupajka tsúntsuechani ka enka iamu ambe isi nitamajka sïríkupasïndiksï uekatsemakuani, úkuarhintasïndiksï takúsï ka kuíparhasïndiksï k’uaníndikua jimbo tsánharikuani imeecha, enkaksï ambákiti echeriri úkateka, no k’uiripiteri enka echerirhu kunkuarintaka.

    Menku ísïksï ixú jarhasti, mítistiksï sesi ixuesï, nájkiru uáni xanhariksï jatsïnhantaka ióntki túskupanksï ióntki anapu ambe jingóni eratakataksï jarháspti ixú pakarani, meni úntani iretani, tsïntani.

    Eska jurhíata enka kuatarhka t’íntskani, ka uénani iurhíri aparhini, jimajkani, kurhákuarhsïndi eska kúskakua ambe uandákuecha, enka echerirhu uératini jurhájka. Ka uénasïndiksï étskurhintani eska turhíri parhanguarhu ka erajkutasïndijtsïni, ka menderujtsïni tsípekua íntskuntani. Ísï nitamasïndi, t’upúri enka ójchakurhajka tsípiti ka uarhírichani charhárakua enka jákundijka, aparhikua, iurhíri ka no jánhaskuarhikua enka uétarhinchka katsïkuni imani ambe enkakï xani ióni antsïkupuka echerio isi, ma iriepita ka t’amu ekuatsï tembini ka sánderu.

    Uinháchakua “echeri ka sesi irekua” p’amesïndi iásï jamberi, iretecha enka kénditanaka, sïpákuanksï, uándikuanani, no xarátanhantani jimájkani jamberi kurhájkuarhinaxati ka uinhámarhini.

    ¿Nena kurhánkuni uandániata no jánhaskakua imeecheri enkaksï ánchikuarijka ka uarhípani jima enka noterhu imeecherika echeri enkaksï iúsïnharhintajka aparhita kuakantskapani?

    Tarhíata enka p’uniatapka juatecharhu, ambe enka jirhéjtanajka iurhìri úkuarhitapasïndi, jimbosï enka nema uarhíjka, arhísïndiksï eska nika ia imeri jirhéjtakua ka iurhíri imeri noteru xanhárasïndi.

    Jimájkani, ánimecha enkaksï ánimaterkuka, nóteru anhánatakua eska tarhíata enka p’uníntskajka, ka enka uandákua no kurhánkukuarhka janirhsïndi kuakarhani echerini ka úni eska tsïuataka ambe, tsïntasïndi menderu.

    ¡uárhi ch’piri!

    ¡uárhi janikua!

    ¡uárhi uandákua!

    ¡uárhi tsípekua!

    ¡uárhi uarhíkua!

    ¿Uarhíkua?

    ¿Jauá ma jurhíatikua enka niaraka jima enka mintsíkuarhintaka pínhaskakuarhu?

    ¿Exeakasï iretani ma enka sesi irentskua jauaka, enka tatá jurhíata jikuarhantaka sesikua íntsantani?
    Enka niaraka ima jurhíatikua, jimájkani ima jurhíatikua uarhíatiksï…
    pínhandintati.

    He visto nacer y morir más de quinientos soles, generaciones que van muriendo, dejando el campo libre a los que vienen después cuerpos que se descomponen y se vuelven polvo.

    Así ha pasado…

    Ha quedado la memoria en palabras que son carbones encendidos, que salen de la boca de quienes aún la nombran.

    Cada sonido en las lenguas que habitan y que han resistido, fantasmas y misterios, una gramática de fiestas y entierros.

    Calles que se nombran, ríos que se secan, bosques que se incendian, templos en ruinas.

    Mujer es la mujer que regresa de la muerte una y otra vez, como el sol resurge cada día, ilumina, da calor y vida.

    Mujeres que no son nombradas en la historia de sus pueblos, las que con el tiempo han ido desapareciendo por el hambre implacable de la muerte, las que, entre el fogón, voltean al cielo para contar las estrellas de sus muertos las que no han dejado de dar vida y ser vida.

    Limpian los ríos donde han de bañarse, bordan sus huanengos hacen humear la chimenea de sus trojes, talegos de maíz azul que bajan de sus tapancos manos que moldean las ollas y mientras todo eso pasa van bordando la historia, hacen sus telares y cargan en sus rebozos la esperanza ellas, hechas de barro fino que resisten en el polvo, no en la carne que torna a la tierra.

    Siempre han estado aquí, conocen de estos lugares, aunque han sido sepultadas entre los escombros el pasado, su destino ha sido permanecer, reconstruir su pueblo y resurgir.

    Como el sol cuando se cansa de alumbrar, comienza a sudar sangre, y en ese momento, se escuchan voces armoniosas impregnadas de tierra melancólica.
    Y vuelven a encenderse como brazas en el fogón y nos alumbran, nos vuelven a dar vida. Así ha pasado, nubes de polvo cubren a vivos y muertos el olor a pólvora, el sudor, la sangre y el afán desesperado de romper las cadenas por más de 500 años en sus territorios.

    El grito “tierra y libertad” sigue doliendo hoy en día, sus pueblos despojados, robados, matados, desaparecidos desde entonces no se ha dejado de reclamar y exigir.

    ¿Cómo comprender la angustia y desesperación de los que viven adheridos a la tierra, trabajando, muriendo en ella sin ser dueños de los surcos que van regando con su sudor?

    Los vientos que soplan a los bosques, lo que se respira se va convirtiendo en sangre, por eso cuando alguien muere dicen que se le fue el aliento y su sangre deja de correr.

    Entonces las almas que son pura alma, sin cuerpo como los vientos que soplan, cuyas voces misteriosas no podemos comprender hacen llover humedecen la tierra hasta que se hace fértil y nuevamente vuelven a resurgir.

    ¡mujer fuego!

    ¡mujer lluvia!

    ¡mujer palabra!

    ¡mujer vida!

    ¡mujer muerte!

    ¿Muerte?

    ¿Algún día llegará al lugar de reposo eterno de la quietud?

    ¿Veremos un pueblo apacible bañado de generosidad por el sol?

    Si llega ese día, solo ese día habrán muerto…

    habrá llegado el silencio.

  • Dando Voz a las Memorias Femeninas: Gabriela Mier

    Dando Voz a las Memorias Femeninas: Gabriela Mier

    Inspiración Desde lo Cotidiano

    Gabriela Mier encuentra inspiración en las historias de vida de las mujeres, específicamente en los detalles de su día a día. Para ella, narrar lo ordinario revela una belleza implícita y salvaguarda la memoria femenina colectiva del olvido.

    “Todo transcurre en un tiempo, en un espacio, en un territorio. Y narrar eso que sucede en ese tiempo/espacio/territorio nos devuelve el sentido de mirar el detalle”

    Gabriela Mier

    Su libro de crónicas literarias surgió del vínculo sentimental que las mujeres de la región lacustre de Pátzcuaro tienen con el lago, retratando un día en sus vidas junto a sus aguas ancestrales. En este libro apoyado por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través de entrevistas orgánicas Mier buscó descubrir quiénes son realmente estas mujeres, sus anhelos, penas y recuerdos arraigados al paisaje que las rodea.

    En sus propias palabras: “Las imágenes que recordamos siempre vienen colgadas de un paisaje, de un sonido, de una voz, de algún gesto de nuestra madre o de una abuela. Y todo eso adquiere un significado. Dicen que recordar y contar una historia, hace que no la olvidemos y que permanezca en nuestra memoria. Y la memoria nos sostiene.”

    El Proceso de Tejer Narrativas

    La recopilación de historias fue un proceso orgánico en el que Mier visitó siete comunidades aledañas al lago en busca de mujeres dispuestas a compartir sus vivencias cotidianas. Algunas fueron contactadas por conocidos, otras abordadas directamente, pero todas accedieron con gusto a narrar sus voces. Grabando en audio, Mier transcribió los elementos más representativos y detalles sutiles, tejiendo las crónicas al tiempo que evocaba los gestos y tonos cautivadores. “Mientras escuchaba las grabaciones, también iba recordando los gestos y el tono de voz de las mujeres cuando decían algo. Ahí me detenía”, comparte sobre su método.

    Aunque distintas, las siete historias se entrelazan con nostalgia por un lago que se aleja física y metafóricamente. “Sus historias se complementan o se completan. Yo diría que se trenzan. Todas hablan del lago como algo que se aleja, que se hace pequeño, que ya no alcanzan”, describe Mier. El proyecto de un año de duración culmina con la reciente publicación del libro impreso y una versión digital, además de una serie de podcast de siete episodios para darles voz en otros formatos.

    Temas y Anhelos Femeninos

    Las protagonistas van desde una bibliotecaria hasta una artesana, con edades entre 42 y 74 años. Sin embargo, el hilo conductor es su profundo amor y añoranza por el lago, así como la recurrencia de temas como el amanecer y las flores. “Todas sienten amor y nostalgia por el lago. Todas hablan del amanecer y de las flores”, afirma Mier. Algunas crónicas conmovieron a la autora más que otras, pero todas le hicieron apreciar la fuerza femenina de la región.

    “Me hicieron ver la fuerza que hay en las mujeres que habitamos esta región”

    Gabriela Mier

    A través de sus páginas, la autora anhela que las memorias de estas mujeres perduren y que se publiquen más libros que exploren el universo femenino. “Espero que cada vez más mujeres nos narremos a nosotras mismas, que volvamos a esos lugares, a ese pasado que yo llamo ‘pasado en sepia’, que nos veamos niñas, que nos volvamos a emocionar ante una leyenda que nos contaba nuestra madre”, manifiesta.


    Escucha el podcast de este libro

    Impacto y Trascendencia

    Con la publicación de mil ejemplares -tanto físicos como digitales- y una serie de podcast, Mier espera contribuir a la comprensión y valoración de las vidas de las mujeres lacustres. Aspira a que más mujeres se narren a sí mismas, regresen al “pasado en sepia” de sus infancias y sueños, y encuentren en el lenguaje una forma íntima de autoconocimiento. “Que cada vez más mujeres encontremos en el lenguaje una forma de conocimiento personal, íntimo”, expresa su deseo.

    Más allá de la región, la obra pretende conmover a los lectores con la fuerza y belleza implícita en las vivencias cotidianas femeninas. Mier busca provocar una reflexión profunda: “Narrar sus voces a través de mi escritura es un honor…Escribir este libro ha sido un proceso de introspección personal. Conectar con la sensibilidad de cada una de las mujeres…y traerlas en sueños, ha sido muy emotivo. Y también fue un desafío porque me enfrenté a mi propia historia.”

    La autora insta a otros escritores interesados en documentar narrativas comunitarias a trabajar con respeto, sensibilidad y creando auténticos vínculos. “Que haya respeto y sensibilidad. Que creen un vínculo con la comunidad y con las personas que ahí habitan. Que sepan escuchar”, aconseja.

    A través de su labor literaria, Gabriela Mier da voz a las memorias femeninas que corren riesgo de ser olvidadas, preservando los matices de la vida diaria que suelen pasar desapercibidos pero que en conjunto tejen la rica trama de una cultura. Su libro es un homenaje a las mujeres lacustres y una invitación a valorar la belleza de lo ordinario.


    Gabriela Mier Martínez (Ciudad de México). Radica en Michoacán desde hace treinta años. Socióloga y escritora. Egresada del Diplomado en Escritura Creativa y Crítica Literaria de la Escuela de Escritura de la UNAM. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2015 por su obra Un lugar sin alegría (Editorial Ficticia). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa 2016 por su obra El valle de las iguanas (Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán). Ha colaborado con sus textos en las revistas Pie de Página, Revista LATE, El Estornudo, Punto en Línea UNAM, Letralia Tierra de Letras, Carruaje de Pájaros, entre otras. Fue becaria del PECDAM/Creadores con trayectoria 2018. Actualmente tiene el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales para la escritura de siete crónicas literarias. Es fundadora de la organización EnraizArte. Colectivo para la Educación a través de las Artes y por el Arte. Ha desarrollado numerosos proyectos artísticos en las comunidades de la cuenca del lago de Pátzcuaro para favorecer la justicia social, ambiental y de género.

  • Entretejiendo legados: Panikua

    Entretejiendo legados: Panikua

    En el corazón de la región purépecha, Verónica Cornelio es la portavoz de una tradición familiar que se remonta a varias generaciones. Junto a su esposo Misael, ella se ha dedicado a preservar y evolucionar el oficio artesanal de las fibras vegetales, específicamente el trabajo con la panikua, un material que les ha permitido expresar su identidad, conectarse con sus raíces y mantener viva una herencia cultural que trasciende el paso del tiempo.

    Desde temprana edad, Verónica fue testigo del talento y la pasión que su padre, Antonio, imprimía en la elaboración de piezas como vírgenes, cristos y resplandores, utilizando estas fibras vegetales. Eran momentos especiales, cuando se celebraban fechas tradicionales como Semana Santa y Día de Muertos, y ella tuvo la oportunidad de participar, ayudando a su padre con los pedidos y sumergiendo sus manos en la panikua por primera vez.

    “En los inicios de la manipulación de las fibras vegetales, se hacía en las temporadas donde se festejaban fechas tradicionales como Semana Santa, Noche de Muertos, Corpus, en donde se elaboraban vírgenes, cristos y resplandores. En ese tiempo, yo ayudaba a mis padres con los pedidos y fue hasta entonces donde comencé a tener la interacción con la panikua”, recuerda Verónica.

    Entretejiendo Legados: Panikua

    Años más tarde, el padre de Verónica logró desarrollar sus propias técnicas, expandiendo el tamaño y la complejidad de sus creaciones, desde pequeños resplandores de 10 cm hasta imponentes estrellas de panikua de más de 2 metros de longitud. Esta evolución estuvo motivada por la necesidad de generar mayores ingresos económicos para la familia, especialmente después del nacimiento de una hija con una discapacidad en el hombro.

    “Esto debido a la necesidad de tener ingresos económicos mayores y con la llegada de un nuevo miembro en la familia, la hija más pequeña que al nacer por negligencia médica la lastimaron, en donde le surgió una discapacidad en su hombro derecho, teniendo como motivación más grande la necesidad del mejoramiento a la familia”, explica Verónica.

    Fue a través de una visita de un familiar que se despertó la inspiración para crear piezas cada vez más grandes y elaboradas, logrando incluso atravesar fronteras de creatividad. Esto se tradujo en un mayor ingreso económico, lo que a su vez impulsó al padre a seguir explorando y perfeccionando sus técnicas.

    “Esto surgió debido a una visita de una prima muy querida en la familia la cual preguntó a mi padre Antonio si podía hacer una pieza más grande, logrando atravesar fronteras de creatividad del maestro, en donde a la fecha la pieza tiene más de 20 años estando intacta. Mi padre recuerda haber obtenido un ingreso económico mayor, el cual lo motivó a realizar más piezas e interesarse a crear más obras, el cual utilizó para las necesidades familiares que surgían.”

    Del laboratorio al taller


    Misael y Verónica

    Después de haber obtenido una formación académica como químico farmacobiólogo y vivir una temporada en Guadalajara, Verónica decidió regresar a Michoacán, donde se casó con Misael, un hombre de la comunidad de Santa Cruz, en Tzintzuntzan. Fue entonces cuando Verónica se integró al taller de sus padres, encontrando su verdadera vocación y sintiendo que había vuelto a su lugar.

    “Yo me inicié en el oficio de la panikua debido a mi experiencia personal al trabajar de la formación académica que obtuve como químico farmacobiólogo, al trabajar en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. En el cual en esta estadía me casé con Misael B. Coria, el pertenece a la comunidad de Santa Cruz, municipio de Tzintzuntzan. Mis padres siempre me inculcaron la educación para mi formación. Gracias a ello, logré tener una perspectiva de la vida de forma diferente. El cual al mismo tiempo me llevó a regresar a Michoacán en donde comenzamos a trabajar con ellos en su taller, pues después de mi experiencia pude sentir estar en mi lugar, dedicándonos los dos al oficio de panikua.”

    Uno de los mayores desafíos que enfrentaron al incorporarse a este oficio tradicional fue el desarrollo de la propia creatividad, ya que si bien les enseñaron las técnicas utilizadas por sus predecesores, debían encontrar su propia forma de expresión. Además, la calidad del trabajo era un aspecto fundamental, pues el padre exigía que las piezas fueran realizadas con el máximo cuidado.

    “Los mayores desafíos con los que nos encontramos fue desarrollar la creatividad propia, ya que nos enseñaron técnicas utilizadas en sus obras y nosotros debíamos expresar nuestra propia creatividad, lo cual nos llevó a reconocer las obras y creatividad diversa de todos los integrantes de la familia que lo manejamos. Y a la par la calidad en el trabajo del oficio, ya que mi padre al enseñarnos nos pedía que trabajáramos con calidad al momento de ayudarle a realizar sus pedidos.”

    Confiar en el proceso


    Vero y Daisy

    El proceso de elaboración de estas artesanías implica la selección y preparación de los materiales, principalmente las diferentes variedades de semillas de trigo y paja, que se obtienen de comunidades aledañas. Luego, se clasifican y se les da el tratamiento adecuado, ya sea para la creación de figuras planas o para la construcción de piezas de gran tamaño, como los soles de panikua.

    “Existen diversas semillas de trigo utilizadas en la república, las cuales utilizan para hacer harinas de pan. La paja se la dan de alimento al ganado y hasta para hacer casas con adobes de lodo. Nosotros logramos utilizarlo para realizar artesanías. Eso nos ayuda debido a que, de acuerdo a la diversidad de semillas, estas les dan características diferentes, desde tamaño, textura y color.”

    Esta materia prima se obtiene de comunidades donde aún se conservan extensiones de tierras grandes, como Azajo, y de un proveedor agrícola del estado de México. Una vez clasificados los materiales por tamaño, grosor y color, se procede a humedecerlos y manipularlos, aplicando diferentes técnicas de tejido y armado, dependiendo de la pieza que se vaya a elaborar.

    “Al obtenerlo, nosotros nos encargamos de clasificarlo por tamaño, grosor y color, ya que al utilizarlo, debido a estas características, lo destinamos para tejido de figuras planas y otros para los soles de panikua y figuras pequeñas que utilizamos para su decoración. Al tenerlo clasificado, pasamos a mojarlo de 10 a 15 min en reposo. Debemos cuidar su humedad, ya que si lo dejamos mucho tiempo mojado se rompe o si le falta humedad se rompe.”

    Estas técnicas ancestrales, aprendidas de generación en generación, abarcan desde los tejidos tradicionales hasta los nudos utilizados para los amarres, pasando por la inspiración de la cosmovisión purépecha y la representación de elementos emblemáticos como el colibrí.

    “Técnicas de tejido para figuras planas, estas surgen de la interacción con la naturaleza que se tiene y aún se conservan en nuestras comunidades, las cuales son representativas de la región. Nos hemos dado cuenta que tejer con el popotillo es como dibujar, se puede realizar casi cualquier cosa. Las técnicas que logramos conservar son las de cintillas prehispánicas las cuales al percibirlas se pueden ver las formas de zic zac y en forma de espiral. Estas fueron aprendidas por el bisabuelo Moisés Cornelio, ya que algunas eran utilizadas para elaboración de artesanías tradicionales.”

    “Para los soles de panikua, logramos tener la inspiración de la cosmovisión purépecha, ya que a través de la misma reconocemos al dios Tata Curiata, que a simple vista nuestras piezas a la vista parecieran ser un sol. Y así mismo con las piezas que logramos personalizar con la decoración que utilizamos.”

    “Los colibrís que utilizamos para el diseño lo hacemos con alusión de transmitir la localización del lugar de donde somos, pues Tzintzuntzan significa ‘lugar de colibrí’, es por ello que en la mayoría de nuestros diseños decoramos con colibrís. El nudo que utilizamos para nuestros amarres surgió de la práctica de remendar las redes para pesca al momento de romperse, pues mi padre recuerda a mi bisabuelo remendarlas con un nudo que él mismo llamó ‘nudo de puerco’, este por ser práctico y resistente al emplearse fue muy adecuado utilizarlo en cada amarre de nuestras piezas.”

    Fortalecer la tradición

    Para Verónica y su familia, preservar esta tradición significa mucho más que una simple actividad económica. Es una forma de expresar su identidad, de conectarse con sus raíces y de transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos y valores que han sido parte de su legado familiar.

    “Es un gran orgullo poder conservar las prácticas ancestrales transmitidas por nuestra familia, además de la transmisión de conocimientos, para nosotros es una forma de poder expresarnos que va desde un pensamiento, recuerdo, idea y sucesos que nos van marcando en la vida misma. Nos damos cuenta que podemos transmitir parte de nuestro ser, esto libera una sensación de bienestar y orgullo.”

    “Para nosotros significa gratitud, compromiso, amor y alegría el poder conservar y mejor las técnicas que adquiridas. Darnos cuenta que formamos parte de esta bella cultura nos hace entender mucho de lo que somos, vivimos y lo que nos han inculcado nuestros padres. Una forma de entendernos en voltear un poco al pasado.”

    Aunque el futuro de las artesanías de fibras vegetales en Tzintzuntzan puede parecer incierto, la esperanza radica en el interés que muestran algunas familias jóvenes por retomar estas prácticas tradicionales. Verónica y su esposo creen que las nuevas generaciones pueden encontrar en este oficio un camino de descubrimiento personal y de preservación de su herencia cultural.

    “Se podría decir que el futuro de Tzintzuntzan es incierto, pero al mismo tiempo se conserva la esperanza, pues nuevas familias se ven interesadas en practicar las fibras vegetales. Yo creo que las nuevas generaciones pueden tomar iniciativa y descubrirse a sí mismos por este camino. La vida da mil vueltas y saber que existen jóvenes que aún interactúan con la artesanía me llena de esperanza.”

    En cuanto a la comercialización de sus productos, la familia ha adaptado algunas estrategias, como el uso de redes sociales y la recepción de grupos de turistas en su taller, donde ofrecen una experiencia de manipulación del popotillo. Sin embargo, aún dependen en gran medida de intermediarios que les permiten llegar a diversos mercados.

    “No de manera formal, contamos con redes sociales, como Instagram y Facebook, y nuestro taller, ubicado en la comunidad de Tzintzuntzan, con domicilio Tariacuri s/n, en el cual logramos recibir grupos de turistas en el cual implementamos una experiencia con la manipulación del popotillo como una explicación del mismo, allí mismo exponemos algunas de nuestras piezas que están a la venta. Mandamos a todas partes del mundo. En su mayoría contamos con vendedores intermediarios.”

    Algo más vendrá

    En el futuro, esta familia de artesanos sueña con poder contar con un espacio más céntrico y formal, como una galería, donde puedan exponer y comercializar sus creaciones. Además, les gustaría poder colaborar con otros artesanos de la región y desarrollar nuevas propuestas, como una línea de vestimenta hecha con panikua.

    “Nos gustaría poder contar con espacio más céntrico donde puedan ubicarnos y darle un plus a nuestro centro de trabajo, una galería de manera formal. También nos gustaría poder tener colaboraciones con otros artesanos de la región y poder realizar obras especiales. De la misma forma nos gustaría presentar una gama de diseños de vestidos hechos de panikua.”

    Para los jóvenes, Verónica y su familia tienen un mensaje claro: no dejen pasar la oportunidad de aprender oficios tradicionales, pues en ellos se encuentra un universo de valor, reconocimiento y bienestar personal.

    “Nos gustaría poder mostrar nuestra experiencia, pues aunque nos enfocamos en diversos intereses, logramos encontrar nuestro camino volteando a ver las pequeñas cosas con las cuales siempre tuvimos contacto, no hay como elegir cosas que le den bienestar a nuestro ser, y si alguno tiene la oportunidad de aprender algún oficio además de estudiar no dejarlo pasar, recordar que tenemos una gran oportunidad de conocer un nuevo mundo lleno de mucho valor y reconocimiento, es no dejar morir nuestro legado pues recibimos parte del ser de nuestros familiares y amigos que nos enseñan en las prácticas de artesanías, es como no dejar apagar ese fuego.”

    En Tzintzuntzan, la familia de Verónica Cornelio sigue tejiendo su historia, hilando cada fibra con el cariño y la determinación de quienes se han propuesto preservar una tradición que trasciende el tiempo y les permite conectarse con su esencia más profunda. Un legado que aspira a ser transmitido a las generaciones venideras, para que la panikua siga siendo el hilo conductor de una cultura que se niega a desvanecerse.

  • Un gran robo

    Un gran robo

    Un gran robo

    Había una vez un pueblo mágico donde la música era el aire que todos respiraban y las danzas el latido del corazón. Un lugar pintoresco donde talentosos artistas cantaban con voces de ángeles y bailarines de pies ligeros danzaban sobre las calles adoquinadas.
    En este pueblo singular vivía gente extraordinaria, un sastre que bordaba notas musicales con hilos de oro, una panadera cuyos panes olían a melodías recién horneadas, y un viejo artesano que tallaba la madera con los ritmos de tambores ancestrales. Eran guardianes felices de una cultura vibrante que habían atesorado por generaciones.

    Llegó el mal

    Pero un día, un hombrecillo taimado, Alfredo el Astuto, llegó furtivamente al pueblo. Con una sonrisa maliciosa y un gesto veloz, robaba las tradiciones con su bolsa encantada capaz de tragarse cualquier cosa. Silbaba una tonada y la música de las calles acudía a su bolsa como mosquitos a una lámpara. Chasqueaba los dedos y los trajes de danza más bellos caían en su saco mágico sin remedio.

    Alfredo trabajaba con una pandilla de rufianes espectrales, fantasmas hoteleros con aire engolado y demonios empresarios de mirada codiciosa. Juntos engañaban y embrujaban a los desprevenidos aldeanos para que entregaran sus tesoros culturales.

    Al principio nadie se percataba, hasta que un día un grupo de jóvenes descubrió al pícaro Alfredo robando los instrumentos de la banda municipal con todo y músicos. “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” gritaban, pero sus voces se apagaban misteriosamente, como si un hechizo les hubiera cerrado la boca.

    Por más que los adultos vigilaban, Alfredo siempre se escabullía con sus bolsillos repletos de cultura robada. Un día se llevó las recetas ancestrales de los panaderos. Al otro, los cuentos e historias de los abuelos contadores se esfumaban de sus memorias.

    Nadie sabía que hacer

    Finalmente, sólo quedaba un viejo músico ciego que tocaba su guitarra a la luz de la luna. Alfredo ya había robado todo lo demás. “Ni lo pienses, malandrín, esto es un gran robo” advirtió el anciano cuando oyó los furtivos pasos de Alfredo. Tocó una melodía en su guitarra mágica, y de repente todo el pueblo despertó. Rápidamente los más sabios del pueblo huyeron para encontrar la forma de detener al malvado Alfredo, se reunieron todos dentro de una escuela vacía y comenzaron a escuchar las ideas.
    “¿Por qué no difundimos nosotros mismos los detalles de nuestra cultura? Podemos apoyar a las comunidades para que creen sus propios canales de comunicación, como sitios web, redes sociales, podcasts, etc., donde puedan compartir su cultura de manera autónoma y sin intermediarios.”. Dijo un joven entusiasmado, pero todos negaron con la cabeza, “eso no funcionaría”, dijeron algunos.
    “¿Y si creamos alianzas y redes de colaboración entre las comunidades originarias, organizaciones culturales, instituciones educativas y autoridades locales para trabajar de manera coordinada en la difusión y preservación de la cultura de forma respetuosa?”, preguntó una muchacha tímida, “eso es todavía menos útil, nadie participaría”, le respondieron entre abucheos.
    “¡Ya sé!” dijo uno de los grandes pensadores “vamos a crear panfletos hechizados que lo hagan reflexionar, le diremos que está mal lo que hace y que además, ni siquiera pueden asistir todos los que quieren ”. Un murmullo de aprobación se extendió rápidamente y comenzaron a escribir.

    “¡Alfredo es un malvado ladrón de culturas!”

    decían los papeles que los habitantes de este pueblo repartían por todos lados, algunos aún sin leerlos ni reflexionarlos, rápidamente lo compartían con sus
    vecinos y pronto todo mundo estaba en la misma sintonía. Un pequeño niño, Pablo, aprovechando la confusión, invocó el espíritu de un abogado el cual demandó a Alfredo, pero no por el despojo cultural a su pueblo ni por el uso indebido de las artes tradicionales, sino por tocar una canción que según él había compuesto su padre, al parecer Pablo nunca aprendió a trabajar y hacer cosas por sí mismo.

    Los aldeanos se organizaron en un gran coro, cantando y danzando con una fuerza tan poderosa que las ventanas y puertas de la aldea comenzaron a temblar y resquebrajarse. Los fantasmas hoteleros salieron volando, los empresarios codiciosos huyeron despavoridos, y la bolsa encantada de Alfredo reventó como un globo, vomitando todas las tradiciones que había devorado tan codiciosamente.

    Con lágrimas en los ojos, Alfredo contempló aquella explosión de alegría, color y melodías que lo rodeaban. En ese momento se dio cuenta de que la verdadera magia no estaba en robar las tradiciones de otros, sino en atesorarlas y celebrarlas con el corazón. Arrepentido, Alfredo se unió a la gran fiesta, aprendiendo las danzas, cantando las canciones y compartiendo los viejos cuentos con un renovado aprecio.

    Desde aquel día, la cultura de ese mágico pueblo brilló con más fuerza que nunca, imbatible ante ladrones y codiciosos. Y por las noches de luna llena, dicen que aún se puede ver a Alfredo bailando alegremente junto a sus nuevos amigos, finalmente en paz con su espíritu reformado.

  • Andrea Zalapa y La Amargura

    Andrea Zalapa y La Amargura

    De las aulas del Tecnológico de Morelia a las cervezas artesanales de La Amargura, Andrea Zalapa ha recorrido un camino disruptivo y apasionante. Esta mujer originaria de Paracho, con raíces también en Los Reyes, Michoacán, estudió Ingeniería Bioquímica, una carrera difícil pero que, sin dudas, volvería a elegir “una y mil veces” pues ahí descubrió la creatividad para desarrollar productos.

    Y fue precisamente esa creatividad la que la llevó a incursionar en el mundo de la cerveza artesanal, a pesar de que inicialmente ni siquiera le gustaba la cerveza. “Estaba fascinada por el proceso bioquímico que había detrás”, comenta Andrea, quien empezó a estudiar, probar cervezas y elaborar sus primeras creaciones hasta que, junto con su familia, encontraron el nombre perfecto: La Amargura.

    El proceso

    El proceso creativo detrás de las cervezas de La Amargura es único y espontáneo. Andrea se inspira en los sabores, olores y personalidad que desea plasmar en cada estilo, buscando siempre representar su pueblo en las etiquetas y los sabores. “Soy muy espontánea y mi método de medición es el tanteo”, explica.

    Pero la cerveza no es el único emprendimiento de esta ingeniera. Durante la pandemia, nació Sïrankua, su línea de cosméticos naturales. “Empezamos este proyecto con amigas para visibilizar la cosmética ancestral y medicina tradicional, pero sobre todo a precios justos y concientizando sobre el impacto ambiental”, relata Andrea.

    Andrea Zalapa y La Amargura

    Un día típico en su vida como emprendedora y cervecera artesanal comienza con ejercicio y café. Por las mañanas se dedica a La Amargura, lavando botellas, barriles y elaborando cerveza, mientras que por las tardes se enfoca en Sïrankua, completando pedidos y formulando nuevos productos.

    Sin embargo, el camino no ha sido fácil para Andrea, quien ha tenido que enfrentar retos como mujer en industrias tradicionalmente dominadas por hombres. “Empezó siendo difícil, ya que era de las poquitas cerveceras en Michoacán o al menos de las que se aventó al ruedo con tan poquito tiempo de experiencia”, recuerda. A sus 22 años, sentía cómo la hacían “chiquita” entre tantos cerveceros y llegaba a escuchar comentarios horribles sobre su cerveza y sobre ella misma, haciéndola sentir que debía dejar de hacer cerveza. Pero su perseverancia y orgullo la llevaron a continuar.

    La constancia

    Hoy, Andrea organiza eventos como el Amargo Fest edición morras, con el objetivo de dar a conocer la cultura cervecera y empoderar a las mujeres en esta industria. “El saber que hay mujeres cerveceras me hace sentir acompañada y por lo tanto también el impulsarnos la una a la otra, es necesario”, afirma.

    Además, busca visibilizar a las emprendedoras y creadoras, resaltando el valor de sus productos y creaciones. En cuanto a La Amargura Taproom Bar, ofrece un espacio lleno de bonitas experiencias, cerveza, comida y música, creando un ambiente armónico donde los clientes se vayan “con un mundo nuevo en la cabeza”.

    La próxima edición del Amargo Fest edición morras promete ser un evento emocionante, con cerveza artesanal hecha por mujeres, comida, emprendedoras, creadoras, artistas, cantantes y poetas. Habrá juegos, actividades y la oportunidad de convivir y apoyar este proyecto.

    Emprendedora

    Andrea no solo ha logrado combinar su formación como ingeniera bioquímica con su pasión por la cerveza artesanal y los cosméticos naturales, sino que también ha enfrentado desafíos en cuanto a la distribución y comercialización de sus productos. Pero su determinación la ha llevado a planear una expansión este año, con el objetivo de abarcar más mercado en Michoacán y fuera del estado, aumentando la producción de La Amargura y Sïrankua.

    Con ingredientes locales como el nurite y los frutos rojos, técnicas tradicionales e innovadoras, y un equipo de trabajo en constante crecimiento, Andrea Zalapa ha demostrado que la química y la cerveza artesanal pueden ser una combinación ganadora. Su legado en Michoacán es una cerveza única y de calidad, así como una comunidad de emprendedoras y creadoras que encuentran en ella una voz y un apoyo invaluable.