Categoría: Poesía

  • El sueño del comal

    Tengo un plan para esta noche:
    repetiré el sueño de hace algunos días.

    Te hallaré allá,
    en esa casa repleta de yerbas,
    sol y retratos viejos.

    Más allá del patio recién barrido
    donde algunas tercas hojas
    insisten en bailar suavemente,
                                                          estarás tú.

    Ahí en la cocina,
    junto al comal,
    torteando la masa azul.

    A tu lado una olla de café
    hará alboroto con su vaporcillo que se eleva.

    Entraré despacito,
    silbando alguna de esas melodías que suenan
    cada vez que te me acercas.

    Voy a sonreír harto,
    esperando que tú hagas lo mismo,
    que te contagies de ese gusto
    que se siente tan mío.

    Te llevaré rebozo.
    Fino, suave,
    como tu cabello, como el cielo,
    negro y añil.

    No será un regalo,
    te lo voy a cobrar,
    ¡a un beso!,
    es todo lo que vas a pagar.

    Ya me siento envuelto
    en esa tela urdida
    por manos cariñosas.

    Pero encontraré más cobijo
    en la sombra de tus brazos.

    Y ahí, acurrucado,
    me he de beber el café,
    el humeante, el del barro,
    y el más bello: el de tu piel.

     

  • Hay un hueco en mi pecho

    Desde hace años camino en este terregal,
    con la sensación de que mis pasos no dejan huella.
    Que si un día dejo de andar,
    el viento nomás barrería el polvo
    y nadie sabría que hubo vida aquí.

    Nunca fui el centro de nada.
    En las fiestas me hacían espacio porque era cortesía,
    no porque mi ausencia pesara.
    Las conversaciones seguían sin mí
    igual que el río sigue su corriente
    cuando una piedra se hunde hasta el fondo.

    Yo evitaba desde joven a arrimarme a la sombra ajena,
    pero igual me acostumbré a escuchar más que hablar,
    a sostener a los otros cuando titubeaban,
    a ofrecer mi hombro como si ahí descansaran mejor
    las penas que no eran mías.

    Y cuando ya no me necesitaban,
    ni gracias decían.
    Solo se iban, como quien deja una herramienta
    que ya no sirve para el trabajo del día.

    Me quedé tantas veces mirando la puerta cerrarse
    que terminé creyendo que esa escena era mi retrato.
    Los días pasaban sin que mi nombre fuera pronunciado
    y el silencio se me volvió casa,
    aunque siempre olió a abandono.

    A veces alguien me hablaba,
    y yo, ingenuo como un niño que encuentra una luciérnaga,
    creía que quizá esta vez sería distinto,
    que alguien vería mi luz aunque fuera chiquita.
    Pero la luciérnaga se apagaba pronto
    y el cuarto volvía a ser un pozo donde solo resuena mi voz.

    La soledad es vieja compañera mía.
    Se sienta a mi lado cada noche
    como un perro que no entiende de órdenes
    y me mira con esos ojos de hambre
    que uno tiene que aceptar porque no hay remedio.

    Duele, sí.
    Duele ver que el mundo no se quiebra sin mí,
    que los planes siguen, que las risas corren,
    que todo funciona con la misma facilidad
    con la que entra la luz por la ventana abierta.
    Y yo acá, esperando que a alguien se le ocurra
    que mi presencia también cuenta.

    Pero sigo caminando.
    Aunque el hueco en el pecho me arda.
    Aunque el frío de diciembre se meta en mis huesos.
    Aunque los años me hayan enseñado
    que pertenecer no siempre es cosa de uno.
    Sigo, porque algo dentro de mí,
    pequeño y terco como una brasa escondida,
    todavía imagina el día en que alguien verá mi fuego
    y le dará cobijo en su propia noche.

    Mientras tanto, aquí estoy,
    hablando con el viento,
    nombrando lo que siento para no olvidarme de mí,
    para no creer que soy nada.
    Aquí estoy escribiendo tal vez para nadie.
    Porque aunque el mundo no me note,
    yo sí sé que existo,
    y mi voz, aunque tiemble,
    todavía busca un lugar donde pueda descansar.

  • Rebozo III

    ¿Y si eso somos?
    Hilos.

    Hilos del vientre de la tierra,
        unos con sangre,
            otros con barro,
                otros con cielo.

    Nos vamos trenzando despacio,
    como quien apenas aprende
    a tejer un rebozo.

    Desde el ombligo empieza el telar,
    y el aire mismo ayuda.

    Pasa el hilo
    —izquierda, derecha—,
           se jala, se aprieta,
                  se vuelve a pasar.

    Nadie ve el patrón todavía,
    pero algo se va formando,
    la vida no se teje sola
    si no somos parte del telar. 

  • Solo un poco más

    Por ahí, estoy seguro, en lo más hondo del P’urhépecherio,
    vive una mujer de la que pocos hablan,
    y los que lo hacen bajan la voz,
    porque pronunciar su nombre se siente casi como un pecado.

    Su casa está más allá del último camino,
    ahí la tierra ya no tiene un nombre
    y los árboles se inclinan al pasar uno,
    porque saben que ya no se camina en tierra cualquiera.

    Para llegar a ella hay que cruzar el bosque,
    ese que huele a ocote y encino, a yerbabuena, árnica y manzanilla,
    a resina fresca y a eternidad.
    Hay que seguir el cauce del río por toda la cañada,
    ver cómo el agua resplandece con la luz que se filtra entre las ramas,
    y caminar todavía más,
    hasta que la ciénega se abre como una herida verde,
    y luego, donde el lago se tiende manso,
    con su espejo roto por el vuelo de las garzas.

    Allá vive.
    Y aunque nadie me lo contó con certeza,
    yo la he soñado tantas veces que ya no sé si la inventé
    o si simplemente la recordé.

    Tiene la piel morena,
    esa morenez que guarda el calor del barro recién horneado.
    Y cuando el sol se posa sobre ella,
    su piel reluce con un brillo leve,
    como si respirara luz desde dentro.

    Su cabello es oscuro y largo,
    y cuando el viento sopla, se mueve como una sombra viva,
    como si quisiera extenderse sobre los pasos que ha dado.
    Hay noches en que juro que el cielo no es más que el reflejo de su pelo,
    esparcido sobre el mundo para que no olvidemos la calma.

    Y no son solo sus rasgos —no, eso sería injusto—,
    porque su hermosura no termina en el cuerpo.
    Está en la manera en que camina,
    en cómo parece escuchar lo que la tierra le dice al pasar.
    Está en sus ojos,
    color de tierra húmeda cuando la tarde cae,
    donde uno puede perderse y no querer regresar.

    Tiene lunares en la piel que dibujan el cielo entero,
    y cuando sonríe —esa sonrisa que no es de este tiempo—
    parece que se abren todas las flores que habían olvidado su nombre.

    Hasta su carne, justa y medida,
    parece haber sido colocada con cuidado,
    como si el dios que la creó,
    cansado de hacer estrellas
    hubiera querido esculpir en ella su último milagro.

    Pero lo que de verdad me quiebra no es verla,
    sino escucharla.
    Porque sus palabras… oh, sus palabras,
    salen de su boca con esa suavidad que solo tienen las cosas peligrosas.
    Son como el humo del copal:
    se alzan despacio, se enredan en el aire
    y al final caen sobre uno, dejando su olor en el alma.

    Habla poco,
    pero cada palabra suya parece venir de otro tiempo.
    Hay días en que dice cosas simples —sobre el clima, las cosechas, el pan recién hecho—,
    pero uno siente que está diciendo algo más,
    algo que no cabe en el idioma de los hombres.

    Y pienso en ella sin remedio.
    En sus manos que huelen a hoja tierna,
    en sus piernas que conocen la forma de los caminos,
    en su espalda que podría cargar el silencio del mundo sin quebrarse.

    Pienso en ella cuando el sol cae sobre las montañas,
    cuando el río canta o cuando el fuego se apaga despacio, despacito.
    Porque su presencia se mete en todo,
    como la humedad en los muros viejos,
    como la raíz entre las piedras,
    como la luz en las mañanas quietas,
    como la nostalgia en los que han amado.

    Tiene una rebeldía mansa,
    esa que no se anuncia con gritos,
    sino con la firmeza de quien sabe quién es.
    Es la misma rebeldía del agua,
    que no se deja atrapar,
    o del viento, que cuando nadie lo ve, todo lo toca.

    Y tal vez sea eso lo que me mantiene,
    lo que me hace levantarme cada día,
    saber que allá, detrás de los cerros,
    vive una mujer que da sentido a mi andar.

    No busco tenerla —no, qué error sería ese—.
    Solo quisiera más tiempo.
    Tiempo para mirarla sin que el día se me acabe,
    para grabar en mis ojos su forma de mirar,
    para aprender su modo de estar en el mundo,
    como quien aprende un rezo largo.

    Quisiera guardar sus palabras en un cántaro,
    llevarlas conmigo como quien carga brasas envueltas en hojas secas,
    para que cuando llegue el invierno del alma
    pueda encenderlas y recordar su voz.

    Porque hay amores que no se poseen:
    solo se contemplan a la distancia,
    como se mira el fuego sin meter la mano.
    Y hay presencias que bastan por sí solas
    para hacer que la tierra vuelva a florecer.

    Ella es así.
    Una flor que no se corta,
    una hoguera que no se toca,
    un misterio que el cielo dejó caer sobre la sierra
    para recordarnos que la belleza no se explica,
               solo se siente.

    Y si alguna vez me preguntaran qué deseo de ella,
    diría:
    —Nada, solo su existencia.
    Porque mientras exista, el mundo estará completo.

    Y si algún día el viento la trae hasta mi puerta,
    no pediré más que verla pasar,
    como pasa la lluvia o el amanecer,
    dejando detrás de sí
    la certeza de que lo divino también tiene rostro,
    y vive, todavía,
    en una mujer de carne morena
    que habita detrás de los montes,
    allá donde el alma se aquieta
    y el tiempo,
                  al verla,
                            se detiene.

  • Nudo

    Hoy no quiero llorar.
    Pero aquí, en la garganta,
    se me atora tu nombre,
                       hilito quebrado que no sé desatar.

    Los ojos se me llenan de agua:
                  charcos de lluvia tuya
    que me agarró desprevenido.
    ¿Pero es que, cómo les digo
                 que ya no volverán a verte?

    Tu voz me llama
            cuando busco silencio.
    Tu voz cruza el aire,
                   me nombra.
    Tu mano se siente
    cuando el aire me toca.

    No terminaste.
          Te fuiste de a poco.
               Como el humo que se queda en el fogón
                     aunque la leña ya no arda.

  • Xaratanga

    Exordio

    Te he visto,
    y siento los ojos llenos de espinas,
    penitencia debe ser,
    porque siento he pecado.
    Y aun así vuelvo a mirarte,
    vuelve la lengua a la llaga,
    porque hay dolores que enseñan a rezar mejor.
    Tu cuerpo…
    tiene la forma de las tierras fértiles después de la lluvia:
    todo en ti florece,
    todo en ti huele a fruta abierta,
    a leña encendida,
    a tierra removida por el arado de mis manos.
    Hay en tu piel el vapor tibio de la mañana,
    ese humo lento que se levanta del suelo
    cuando el sol empieza a creer en el día.
    Tus cabellos caen
    como agua por la ladera de mis pensamientos.
    Yo los he seguido,
    como quien baja al río
    buscando no morir de sed.
    Se ondulan como nubes cansadas,
    como ramas que se mecen sin prisa,
    como el mar cuando no quiere herir la orilla.
    En ese vaivén mi cabeza aprende a callar.
    De esto no quiero redención,
    yo quiero quedarme en tu noche.
    Beber de ti como quien bebe mezcal
    a sabiendas que el amanecer se cierne.
    Quedarme ahí,
    donde el aliento es tibio
    y el mundo deja de girar.
    Hacer de tu sombra mi único refugio.
    Porque tú no eres mujer,
    eres conjuro,
    eres monte donde el diablo reza,
    eres cuerpo donde Dios
    no se atreve a poner los ojos
    por miedo a arder.

    I. Los ojos

    Tus ojos no miran, encienden.
    No hay noche más honda
    que tus ojos cuando callas.
    Y no hay río más limpio
    que cuando ríes con ellos,
    como si el mundo se volviera menos duro,
    menos seco.
    En ellos cabe el cielo entero,
    lo grande y lo pequeño,
    como si el universo se hubiera quedado a vivir
    en dos lagos quietos.
    Tus ojos no miran, encienden.
    Son brasas vivas en la cara de la luna.
    Y yo, como tonto, me acerco a esa lumbre
    sabiendo que me va a quemar,
    pero buscando el calor que sólo dan
    los que aman sin miedo.
    Allí he visto el relámpago
    y la ternura.
    He visto al animal libre
    y a la madre que perdona.
    He visto una niña que sueña
    y una bruja que conjura.
    A veces no brillan,
    sólo reflejan.
    Y aun así, uno entiende todo.
    Tus ojos, morena,
    no son dos.
    Son todos los ojos
    que me han devuelto la fe.

    II. La boca

    Tu boca es donde empiezan los milagros.
    Tu boca no dice: invoca.
    No pronuncia palabras: da sentencia,
    como si lo que saliera de ella no fuera aliento,
    sino verdad escrita con sangre.
    De ella nace un calor manso,
    un soplo que acomoda el alma.
    Cuando se acerca, el miedo se sienta,
    y el pecho aprende a descansar.
    Cuando ríes,
    el maíz florece,
    y cuando callas,
    los perros del silencio se tumban a esperarte.
    Tu boca huele a pan recién hecho
    y a promesa sin cumplir.
    Tiene el color de la tuna madura
    y la forma del pecado
    que uno comete sabiendo que
    es justo el castigo que ha de recibir.
    Tus besos no son caricia: son pacto.
    Y si los das, ya no hay Dios que me salve.

    III. El cuello

    Tu cuello es el camino que sube al cielo,
    pero con niebla y sin regreso.
    Hay un suspiro que se atora
    cada vez que miro tu cuello.
    Es alto como torre de iglesia,
    pero no está hecho pa’ rezar,
    sino pa’ perderse mirándolo
    como quien va subiendo a ver si allá arriba
    está la salvación.
    Allí se posa el sudor
    como el rocío de los pinos.
    Allí muerde el sol cuando cae,
    y el viento baja la voz.
    A veces tiembla,
    como si guardara palabras
    que no se atreven a salir.
    Y yo —culpable y agradecido—
    quisiera dormir allí,
    donde termina tu voz
    y empieza el temblor.

    IV. Los hombros

    Tus hombros cargan más que tu cuerpo.
    Ahí, en tus hombros,
    he visto descansar el mundo.
    Son anchos, morenos,
    hechos para llevar el peso de las cosas
    que otros no quisieron sostener:
    el llanto del hijo,
    la rabia del pueblo,
    el silencio de la tierra.
    También cargan la tarde,
    el cansancio,
    las preguntas sin respuesta.
    Tus hombros no fueron tallados,
    fueron labrados,
    como se labra la milpa con coraje.
    Y aun así,
    cuando te desnudas,
    son dos lunas redondas
    que invitan al descanso y al naufragio.

    V. Los pechos

    Allí donde se inicia la ternura.
    Tus pechos no son carne: son cosecha.
    No hay quien los mire
    sin recordar a una madre,
    ni quien los toque
    sin temblar como niño perdido.
    Allí pastan los ciervos del deseo,
    y se arrodilla la sed.
    Son abrigo y temblor,
    agua y fuego
    aprendiendo a convivir.
    No los alabo por su forma,
    sino porque en ellos duerme la vida,
    y se despierta la fiebre.

    VI. El vientre

    Tu vientre es tierra con memoria.
    Tu vientre no es vientre,
    es fogón que aún guarda
    el calor de antiguas historias.
    Allí se ha sembrado la vida
    y también el hambre.
    Allí se enreda la luna
    cuando baja a dormir.
    A veces suda,
    y ese sudor me nombra.
    Me recuerda que sigo vivo.
    Tu ombligo es pozo,
    donde me miro
    y no me reconozco.
    Porque cuando beso tu vientre,
    me vuelvo otro:
    más hombre,
    más bestia,
    más sombra.

    VII. Las manos

    Tus manos saben más que la palabra.
    Tus manos son pájaros cansados,
    y aun así, siguen volando.
    Con ellas has curado heridas
    que ni el tiempo quiso mirar.
    Con ellas sembraste maíz,
    bordaste el cielo,
    y acariciaste a los muertos.
    Cuando rozan la piel,
    queda un hormigueo,
    una luz breve que no se olvida.
    Tus manos huelen a tierra,
    a agua de río,
    a herida que no duele más.
    Y si me tocan,
    aunque sea un segundo,
    yo me convierto en fuego.

    VIII. Las caderas

    Tus caderas mueven el mundo.
    No hay campana que suene
    más hondo que el vaivén de tus caderas.
    Cuando caminas,
    tiemblan las piedras del camino,
    y los perros del pueblo se callan por respeto.
    Se mueven como olas lentas,
    como promesa que no se apura.
    Tus caderas son curvas
    donde la lógica se pierde,
    y el alma se moja.
    Ahí se agita el deseo,
    ahí duerme el temblor.
    Y cuando bailas,
    hasta los santos giran la cara
    por no pecar de mirar.

    IX. Las piernas

    Tus piernas son caminos sin retorno.
    Tus piernas son los cerros
    que uno sube sin mapa.
    Y aun así, vale la pena perderse.
    Son fuertes como encino,
    firmes como tu palabra.
    Y cuando se cruzan,
    no hay llave ni rezo que las obligue a abrirse.
    Guardan el pulso del andar,
    el ritmo antiguo del viaje.
    Pero si te dan paso,
    te llevan al cielo,
    o al infierno, según el día.

    X. Los pies

    Tus pies han caminado siglos.
    Tus pies no pisan: bendicen.
    Cada huella tuya
    queda marcada como si la tierra supiera
    que por ahí pasó la madre,
    la amiga,
    la hechicera.
    Tus talones conocen el polvo,
    las veredas,
    el cansancio.
    Y aun así, bailan.
    Bailan como quien sabe que
    aunque el cuerpo caiga,
    el alma sigue andando.

    XI. El alma

    No sé de qué está hecha tu alma,
    pero cuando hablas,
    hasta el viento se sienta a escucharte.
    Tiene algo de río viejo,
    que sabe a dónde va aunque se enrede en mil piedras.
    Y algo de fuego manso,
    que no quema, pero abriga.
    Tu alma no entra en palabras,
    pero con las tuyas
    has curado más dolores
    que todos los santos del pueblo juntos.
    Hay luz en ti,
    de esa que no ciega,
    sino que alumbra justo lo necesario
    para que uno sepa por dónde seguir.
    Y cuando te enojas,
    el cielo truena,
    pero solo para limpiar el aire.
    Eres espíritu sembrado en tierra buena.
    Eres lo que queda
    cuando el cuerpo duerme
    y el amor sigue de pie.
    Yo te he visto
    como se mira un milagro que no necesita explicación.
    No porque seas perfecta,
    sino porque aún en tu sombra
    hay belleza que no se rinde.

  • Ya lo sé

    Ya lo sé,
         me dijiste que no te conozco.
    Pero yo sé que eres tú
         cuando huele a putsuti
             y el cerro está tierno de lluvia.

    Te he probado en el maíz uaroti
    recién volcado del comal,
    en ese humo azul que sube despacio,
             como el recuerdo.

    Pisé el uinumo fresco
         pensando en ti,
    como si tus pasos también
             hubieran hollado ese suelo de fiesta.

    Estabas en el nurite
             hirviendo lento
    cuando mi abuela rezaba
    y el mundo se hacía más pequeño
             y más sagrado.

    Te vi en las xenguas,
    rojas, colgando
         como si cada fruto
             fuera un secreto tuyo.

    Y aunque me digas que no,
    yo ya te tengo
         como se tiene la lluvia
         cuando empapa sin querer.

    Aunque te escondas,
    sé que estabas ahí
    cuando el primer trueno partió el cielo
    y mi pecho se abrió
          como mazorca lista para ser desgranada.

    No, no te conozco como dices,
    pero te he sentido
          en lo más hondo
    de las cosas simples.

    Como el silencio
          que se guarda entre los surcos,
    como la nostalgia
          de algo que todavía no pasa.

  • Muñequita

    Pinche gente güera.
    Todo lo quieren desabrido,
         todo lo pintan pálido
             como si el alma no tuviera color.

    A su Dios lo hicieron blanco,
    igualito que a sus vírgenes,
    que a sus muñecas de vitrina
                 que no sienten
                     ni abrazan
                         ni lloran.

    Pero tú no.
    Tú sí eres de aquí.
    Muñequita de hoja de milpa,
    barro cocido en horno,
    risa que moja la tierra.

    Tu piel no pide permiso,
    tu color no se disculpa.
    Eres lo que ellos no entienden
    porque jamás lo han sentido.

    Eres Lupita de cartón,
    hecha de color,
    de risa,
     o de madera viva.

    Tu pelo es la noche,
    no por oscuro,
    sino por lo que guarda.
    Porque ahí duermen los sueños.
    Porque ahí empieza el mundo.

    Por eso rezo así:

    Bendita seas tú,
    morena de maíz y luna,
    santa de monte y de corazón curtido.

    Que nunca se te aclare la piel,
    que nunca se te achique el alma,
         que sigas tan tú,
             tan llena de sabor,
                  tan nuestra.

    Y que si alguien te dice
    “muñequita”,
    sea sabiendo
    que estás hecha de lo que dura,
         de lo que sabe,
             de lo que arde,
                 de lo que sana.

    Amén
    y que les arda.

     

  • Si es mi destino

    Si mi destino
         es estar solo,
             pues que así sea.

    Pero entonces,
                 quita de mí
    esta sed de ser querido.

    Porque no duele
               la soledad,
      duele el anhelo.

    Duele este querer abrigo
    sabiendo que no hay cobija,
         ni sombra,
         ni voz que diga:
                             “aquí estoy”.

    Si me has de dejar solo,
         déjame seco,
    como tierra sin lluvia.
    Sin esperanza,
           sin deseo,
                  sin eso que en las noches
    me hace doler el pecho.

    Porque si no voy a tener,
    entonces no quiero querer.
    No por orgullo,
         sino por no vivir
             mendigando ternura
    donde no hay.

    Nomás eso te pido.
             Quita el hambre
                     si no hay pan.

  • Anhelo

    I

    La pienso.
    A cada rato.
    Cuando el mundo calla.
    Cuando el mundo grita.
    Cuando el café se enfría,
    cuando el viento se mete por la rendija
    y no hay más qué hacer que aguantar.

    La pienso aunque no quiera.
    Aunque me duela.
    Aunque el cuerpo pida olvido
    y la mente se niegue a obedecer.

    La pienso como se piensa una herida:
    con rabia,
    con ternura,
    con sed,
    con todas las pinches ganas de que cicatrice.

    Y de pronto,
    así nomás,
    una palabra suya —dicha al pasar,
    sin saber lo que hacía—
    llega.
    Se mete entre las costillas
    y me sana.

    No del todo.
    No para siempre.
    Pero sí lo suficiente para aguantar otro día.

    Bendita sea esa hora.
    Aunque luego vuelva el silencio
    y me haga pedazos otra vez.

    II

    No le dices a la nube
    cómo ha de llover.
    Ella baja sola
    cuando mayo se parte en dos,
    y se deja caer.

    No le dices al mirasol
    cuándo abrirse al cielo.
    Él despierta en septiembre,
    y el campo —de pronto—
    cambia de forma.

    La escarcha no pregunta.
    Nomás llega.
    Y en diciembre,
    los tejados amanecen
    como si hubieran soñado
    con el cielo.

    Y tú tampoco preguntas.
    Nomás llegas.
    Y se me deshace el alma.

    Apenas me miras
    y ya se me acaba el mundo.
    Como si fueras
    junio, neblina, flor,
    agosto, granizo,
    tierra mojada,
    bruma en la milpa,
    el viento en las jacarandas,
    el relámpago antes del trueno,
    el canto del grillo al borde del sueño,
    la primera hoja que cae en octubre,
    la voz del río en enero,
    el humo del fogón en noviembre,
    la tristeza callada de febrero.
    El temblor del campo en marzo,
    el olor a lumbre en la ropa,
    el eco del gallo a deshoras,
    el polvo de abril en los caminos,
    el sol rajando las piedras en julio,
    la sombra tibia de una enramada,
    la fruta madura cayendo sola,
    el crujido de la noche,
    la nostalgia de algo que aún no ha pasado
    pero que ya está siendo,
    otoño, invierno, primavera, verano.

    Nomás sucede.
            Como tú.
                  Como esto.
    Como querer sin remedio.

    III

    Desperté sin el sudor de siempre.
          El frío andaba cerca,
                pero no me tocó.

    El cielo
    —gris, bajo, cansado—
    se derramó en silencio.

                   Y yo,
             por dentro,
    me dejé llover.

    IV

    El hombre nace bueno.
       Pero entonces ve esos ojos
         marrones, hondos,
           como bosques en otoño,
    como vino derramado en la penumbra,
           ojos que lloran y arden,
         que suplican y condenan,
       ojos de miel oscura,
    de sombra que acaricia.
         Y son ellos los que lo corrompen.

    V

    Quizá no me responde
    porque no sabe qué hacer con la ternura.
    Se le escurre entre los dedos
    como agua que no pidió para su amargura.

    A ella no le dicen cosas bonitas.
         No le llegaron flores
             ni palabras hechas sombra
                 para el sol de sus días.
    Así que cuando le hablo
    —cuando le digo que es
    como la lluvia buena en tierra seca—
                                 se espanta,
    como si le hablara el viento
    o un muerto que regresa nomás para decir:
         “Mira, también hay amor aquí.”

    Pero yo sigo.
         Sigo porque sé
    que un día sus ojos van a creerme.
         Y ese día,
             el mundo será menos árido.

    VI

    No es por falta de carne,
         ni por miedo a tocarla.
    Es que lo que nace en mí cuando la veo
              no tiene forma de llama,
                         sino de brisa.

    La pienso con una canasta de naranjas,
    caminando descalza por un patio tibio,
    riendo por cualquier tontería que le diga.
    La pienso sentada a mi lado
    mientras el sol se esconde lento
                                         tras el cerro,
    y el café se enfría en la mesa
    porque su voz me entretiene más que el sorbo.

    No quiero su cuerpo,
         lo que quiero es su sombra junto a la mía
                 en la tierra seca,
    y su paso firme cuando vamos al río.
    Quiero que me diga cómo se llaman las flores,
    que me enseñe a hacer tortillas delgadas,
    a remendar costuras deshilachadas,
    que se ría cuando el maíz no me obedece,
    que me cante alegre cuando amanece.

    La deseo, sí,
    pero como se desea la lluvia en mayo:
    para que lo que llevo dentro florezca.
    La deseo como se desea un silencio compartido,
    como se quiere una piedra donde sentarse al atardecer
    y mirar sin prisa cómo el día se va cayendo.

    Quiero que me cuide con los ojos,
                 que me nombre sin hablar,
    que me guarde en la palma como se guarda
                  una semilla buena.

    La pienso para cosas largas:
    para tardes de pan con miel,
    para caminatas por calles viejas,
    para charlas de nada,
    para dormirme oyéndola contar
    cómo era su infancia.

    No es deseo lo que me arde.
                Es cariño.
    Y el cariño no quema:
                             ilumina.