Categoría: Poesía

  • Tsakapuiri Echeri

    Tsakapu, la tierra de las Piedras

    Me apedrean y me hunden cada vez que intento salir.
    Me expulsaste desde el comienzo, y regresé.
    Me quedé, y me seguiste rechazando.
    Me fui con una idea, y me recibiste con una sonrisa burlona.
    Volví a irme —esta vez, juré que sería definitivo—.

    “Jamás te volveré a ver”, dije.

    Y si lo hago, será solo para restregarte mi orgullo en la cara.
    Me ignoraste. Me fui. Al fin, pensé. Lo logré.
    Pero no. Volví. Traté de hacer las paces.
    Traté de ayudarte…
    De ayudarte a quererme, a aceptarme,
    a que pudiéramos llevarnos bien,
    porque al fin y al cabo, yo vengo de ti.

    Pero tú sigues sin aceptarme. ¿Por qué?
    Dejando a un lado mi ego,
    yo solo quiero verte florecer.
    Quiero que saques tu esencia verdadera
    y la portes con dignidad.
    Pero eres un padre ausente, negligente.
    No levantas la voz, no haces nada.
    Así que esta es mi última súplica:

    Húndete.
    Húndete en medio de la laguna,
    con tu iglesia dorada de medianoche,
    esa que, según dicen, está llena de tesoros,
    pero que nunca saldrá del agua estancada.
    Quédate ahí, entre la niebla y las piedras,
    mientras la leyenda marchita de tus días gloriosos te regocija en silencio,
    porque prefieres hundirte en tu mito
    antes que despertar a tu verdad.

  • Nomás el silencio (a Santa Cecilia)

    No tengo guitarra.
          Ni garganta.
              Ni manos obedientes.

    Nomás tengo el silencio,
          y el oído,
              ese animal terco
                  que siempre quiere más.

    Los veo.
    Sacan el violín y se hace la fiesta.
          Le sacan voz a la madera,
                  le sacan alma al aire.

    Las veo.
          Con trompetas,
              con guitarras,
                  con tambor.
    Los veo y me dolería menos no verlos.

    Ellas nomás abren la boca
          y se cae el mundo.
    Se ablanda el corazón más duro.
                  Hasta el perro deja de ladrar.

    Y yo aquí,
    tragando envidia.
          No de ellos.
              De mí.

    Porque quise.
                  Mucho quise.

    Pero mis dedos eran de piedra,
              mi voz un gallinero
    y mi paciencia se me murió chiquita.

    Santa Cecilia,
    ¿por qué no me diste aunque
              fuera un poquito?
    Un rastro,
    una migaja de canto.
    ¿No viste cómo me brillaban los ojos de puro anhelo?

    Les tengo coraje.
          No a ellos.
              No a ellas.
                    A mí.

    Porque no supe hacer magia.
    Porque nomás me tocó mirar.
    Mirar cómo hacen lumbre del aire,
          cómo convierten la nada
              en algo que consuela.

    Yo nomás tengo el oído,
    ese pozo sin fondo,
    y se me va la vida oyendo.

    Y no puedo,
          no puedo con tanto.
    Tanto que suena,
          tanto que me falta.

  • Palabra y sombra

    I

    La realidad
    es una casa
    habitada por soledades
    pura sombra
    donde no crecen
    los yuyos
    el aire
    tiene miedo de ser
    una versión
    de la memoria
    en el umbral
    solo tinieblas
    inocentes
    sin voz.

    II

    la desolación
    es una ciudad
    vacía de aire
    lleva por nombre
    una paradoja
    donde nadie
    es inocente.

    III

    la palabra
    caverna del fuego primitivo
    apaga la noche
    para desnudar la cicatriz
    al nombrar
    transforma en luz
    lo inabarcable.

    IV

    nos ha sido dado:
    la lengua que no dice 
    los ojos que no miran 
    para desvestirnos
    el viento engendra
    la noche blanca.

    V

    el cuerpo
    arraigado país
    de ficciones
    con mi sangre
    proclama
    los enigmas
    del comienzo
    niega
    la pureza
    de la materia.

    VI

    la honestidad
    es una tortuga
    boca arriba
    con la elegancia
    del fracaso
    nadie ofrece
    su cuerpo
    abrirse al cuchillo
    o la espera.