Categoría: Letras

Cuentos, poesía, literatura en general concebida en la región.

  • Pregón

    Pregón

    Señor, señora, acérquese.

    Hoy andamos recibiendo
    todo aquello de lo que quiera deshacerse.

    Arrímese sin pena.
    Traiga aquello con lo que ya no puede.
    Aquí se recibe sin preguntar,
    se recibe sin juzgar.

    Le venimos comprando nombres,
     de esos que ya no se pronuncian,
      que se quedan atorados en la garganta,
       que arden si uno los dice en voz alta,
        que salen en bocas ajenas
         y ya no parecen de uno.
    Nombres que uno esquiva
    por no despertar el sabor amargo que dejan.
    Se reciben nombres de personas
    que ahora son unos desconocidos,
    nombres de lugares
    a los que uno ya no piensa volver,
    cosas que ni se atreven a pensarse.

    Lugares que dejaron de recibirnos,
    que ya no son casa,
    que ya no se sienten reales.
    Se reciben también las frases que se pegaron,
    las líneas de libro que abren como herida,
    los diálogos que regresan sin que uno los llame,
    las letras que duelen cada vez que suenan.
    Palabras que levantan ánimas,
    que desentierran cuerpos.
    Se reciben recuerdos doblados,
    flores secas olvidadas entre páginas,
    papeles que fueron testigos de otro tiempo,
    boletos de viaje que ya no llevan a ningún lado.
    Imágenes que no se repiten,
    paisajes que ocurrieron una sola vez,
    cielos que no volvieron a formarse,
    luces que ya no caen igual.
    Momentos que no regresan
    aunque uno los llame.
    Pásele, acérquese.
    Traiga también los caminos
    que se caminaron por última vez,
    las calles que ya saben
    que no va a volver,
    los trayectos que se cerraron sin aviso.
    Se reciben olores guardados en la memoria,
    los que anuncian una ausencia,
    los de la despedida,
    los de la llegada.
    Aromas que ya no encuentran
    si le pertenecieron a alguien,
    a un lugar,
    a un rato.
    El aire de la primera vez,
    el rastro de la última,
    el perfume que se quedó
    después de un abrazo largo.
    Y sí,
    también se reciben abrazos,
    los que no sabían que eran los últimos,
    los que se quedaron a medias,
    los que todavía pesan,
    los que no se repiten.
    Se reciben nostalgias,
    con nombre y sin nombre,
    de esas que llegan sin avisar,
    que se meten en el cuerpo,
    que lo hacen temblar,
    que le sacan una lágrima
    sin que uno sepa bien por qué.
    Se reciben escombros
    de todo lo que ya no es,
    restos de uno mismo que se fueron quedando,
    historias que no terminaron,
    ecos de lo que alguna vez importó.
    Chistes que dejaron de contarse,
    palabras que se apagaron,
    promesas que se rompieron
    sin que nadie las tocara.

    Se reciben miedos,
    los que se duermen con uno
    y amanecen antes que la luz,
    los que llevan años viviendo aquí adentro
    sin pagar renta.
    Miedos al silencio,
    miedos al ruido,
    miedos a quedarse,
    miedos al olvido.

    Se reciben culpas también,
    de las que pesan aunque ya prescribieron,
    de las que uno carga
    aunque el otro ya perdonó,
    de las que no tienen a quién devolverse
    porque ese alguien ya no está.

    Tráigalas como están,
    sin limpiar,
    sin acomodar.

    Se reciben rencores sin fecha,
    corajes que se fueron fermentando,
    envidias que dan vergüenza nomás de pensarlas.
    Se reciben las esperas,
    las de ventana,
    las de puerta que no se abrió,
    las que uno dejó de contar
    pero el cuerpo no.
    Se recibe el cansancio de parecer bien,
    la fatiga de explicarse,
    de caber,
    de no llorar donde alguien pueda verlo.
    Todo eso que no sabe cómo se llama
    pero sí sabe cómo pesa.

    Aquí no le preguntamos de dónde viene.
    No le pedimos que lo justifique.
    No le decimos ya supérelo,
    no le decimos eso fue hace mucho,
    no le decimos otros la tienen peor.
    Solo recibimos.

    Le compramos nudos de garganta,
    pedacera de corazón,
    excesos de bilis,
    males de ojo y salación.
    Excusas gastadas,
    mentes cerradas,
    fes agotadas
    y toda clase de desilusión.

    No necesita decir nada.
    Háganos una seña
    y nosotros llegamos.
    Un suspiro sirve,
    de esos que salen solos.
    Un suspiro de esos
    y ya sabemos que andamos en el lugar correcto.

    Nos vamos por esta calle,
    doblamos en la siguiente.
    Pero si nos necesita,
    ya sabe cómo llamarnos.

  • Epitafio

    Llevo días escribiendo lo que espero sea mi epitafio.
    No porque crea que alguien vaya a leerlo. Tampoco porque piense que estas palabras puedan aliviarle el peso a nadie. Uno aprende pronto que cada quien carga su propia cruz y bastante tiene con ella.
    Pero quizá, cuando se sepa que me he ido, cuando la noticia llegue como llegan todas las noticias, tarde, incompleta y sin importancia, alguien se pregunte por qué.

    No fue por amor. Sería demasiado sencillo culpar a los amores.
    Algunos llegaron para quedarse apenas una estación.
    Otros permanecieron años enteros.
    Algunos me enseñaron a nombrar cosas que antes no sabía que existían.
    Otros me obligaron a conocer partes de mí mismo que jamás habría descubierto en soledad.
    Los amores han sido apenas sombras cruzando el patio. Algunos dejaron huellas.
    Otros ni siquiera eso.
    Llegaron, ocuparon un rincón de la casa y después se fueron, como se va el agua derramada en tierra sedienta.
    Hubo quienes me enseñaron la ternura.
    Hubo quienes me enseñaron la pérdida.
    Hubo quienes me enseñaron a esperar.
    Y hubo quienes me enseñaron a marcharme.
    Todos dejaron algo.
    Una palabra.
    Una costumbre.
    Una cicatriz.
    Una forma distinta de mirar el mundo.
    No podría reprocharles nada.
    Si hoy soy quien soy, es porque una parte de mí se fue quedando en cada uno de ellos.
    Por eso sé que no fueron la causa.
    Ninguna ausencia ha sido tan grande como para justificar mi partida.
    Ningún recuerdo pesa tanto.
    Ningún nombre tiene esa clase de poder.
    Tampoco fue miedo.
    ¿Miedo de qué?
    Le tuve miedo a los truenos cuando era niño.
    Le tuve miedo a las sombras que se acumulaban detrás de las puertas.
    Le tuve miedo a los pasos que parecían escucharse en habitaciones vacías.
    A los perros que ladraban hacia la oscuridad.
    A los nombres que se pronuncian en voz baja.
    A los muertos.
    A los fantasmas.
    A los gritos que llegan desde ninguna parte cuando la noche es demasiado larga.
    Pero el tiempo termina desgastando incluso los espantos.
    Después vinieron otros miedos.
    El miedo al rechazo.
    El miedo a decepcionar.
    El miedo a no estar a la altura.
    El miedo a que la familia te mire como a un extraño.
    El miedo a que tu trabajo no sirva para nada.
    El miedo a dedicar la vida entera a una pasión y descubrir que nadie la necesitaba.
    El miedo a hablar y no ser escuchado.
    El miedo a quedarse solo.
    Conocí todos esos miedos.
    Los vi de frente.
    Dormí junto a ellos.
    Y comprendí algo.
    Ninguno era tan terrible como parecía.
    Porque incluso el miedo termina por acostumbrarse a uno.
    Lo verdaderamente insoportable no fue el miedo.
    Fue el desgaste.
    Si algo me trajo hasta aquí fue el cansancio.
    Me cansé de llamar y encontrar siempre el mismo silencio del otro lado.
    Me cansé de sentir que hablaba desde el fondo de un pozo mientras los demás caminaban arriba sin escucharme.
    Me cansé de esperar respuestas que nunca llegaron.
    Me cansé de tener que preguntarme primero si mi presencia incomodaba a alguien. Si mi voz era demasiada. Si mis deseos eran un estorbo. Si mi existencia podía ser tolerada unos minutos más.
    Porque así fue siempre.
    Parecía que para todos había un lugar reservado desde antes de nacer.
    Todos menos yo.
    A unos los elegían.
    A otros los buscaban.
    A otros los esperaban.
    Yo, en cambio, pasé la vida llenando formularios para demostrar que merecía estar aquí.
    Y siempre faltaba algo.
    Una firma.
    Un sello.
    Una autorización.
    Un permiso para ser quien era.
    Quizá haya hombres más inteligentes que yo. Más fuertes. Más hermosos. Más necesarios.
    Nunca me preocupó eso.
    El mundo está lleno de personas mejores que uno.
    Lo que me rompió fue otra cosa.
    Fue pasar la vida entera convirtiéndome en alguien más.
    No porque quisiera, sino porque parecía necesario.
    Para algunos era demasiado callado.
    Para otros demasiado ruidoso.
    Demasiado serio.
    Demasiado intenso.
    Demasiado distante.
    Demasiado cercano.
    Siempre había algo que corregir.
    Algo que suavizar.
    Algo que esconder.
    Algo que sacrificar.
    Y cada vez que lograba transformarme lo suficiente para cruzar una puerta, descubría que la puerta ya no estaba allí.
    La habían movido más lejos.
    Entonces volvía a empezar.
    Otra vez.
       Y otra.
          Y otra.
    Buscando una versión de mí mismo que pudiera pertenecer a algún sitio.
    Pero después de tantos cambios ocurrió algo extraño.
    Ya no sabía cuál de todas aquellas versiones era realmente yo.
    La que escribía.
    La que sonreía.
    La que callaba.
    La que soñaba.
    La que fingía.
    La que resistía.
    La que se quedaba sola.
    Todas parecían auténticas.
    Y al mismo tiempo ninguna lo era por completo.
    Hay un cansancio particular en vivir así.
    El cansancio de quien pasa tanto tiempo construyéndose que nunca alcanza a habitarse.
    Y uno puede luchar contra el dolor.
    Puede luchar contra la pobreza.
    Puede luchar contra la desgracia.
    Pero llega un momento en que ya no sabe cómo luchar contra una ausencia.
    Contra la sensación de que nadie lo está esperando en ninguna parte.
    Por eso escribo esto.
    Porque conozco a la gente.
    Porque sé cómo funcionan estas cosas.
    Mientras uno vive, apenas ocupa espacio.
    Es una voz más.
    Una cara más.
    Una llamada perdida.
    Una conversación que puede responderse mañana.

    Pero basta con desaparecer para que comiencen las preguntas.
    Entonces recordarán las veces que estuve allí.
    Las cosas que dije.
    Las cosas que callé.
    Las puertas que toqué.
    Las veces que pregunté si podía entrar.
    Y algunos dirán que era una buena persona.
    Otros dirán que tenía talento.
    Habrá quien asegure que siempre vio algo especial en mí.
    Lo dirán con honestidad.
    Y precisamente por eso resultará tan extraño.
    Porque esas palabras llegarán cuando ya no puedan alcanzarme.
    Es una costumbre curiosa de los vivos.
    Guardar las flores para después del entierro.
    Guardar los elogios para después del silencio.
    Guardar la atención para después de la ausencia.
    Tal vez así tenga que ser.
    Tal vez sólo la muerte vuelve visibles ciertas cosas.
    Tal vez uno necesita convertirse en recuerdo para que los demás se detengan a mirarlo.

    Durante años fui yo quien esperó.
    Esperé respuestas.
     Esperé visitas.
      Esperé cartas.
       Esperé invitaciones.
        Esperé el regreso de personas que prometieron volver.
         Esperé oportunidades.
          Esperé afectos.
           Esperé señales.
            Esperé un lugar.
    Ahora, por primera vez, seré yo quien no llegue.
    Seré yo quien falte a la cita.
    Seré yo quien deje una silla vacía.
    Y quizá entonces comprendan algo.
    No sobre mí.
    Sobre la espera.
    Sobre todo el tiempo que puede perderse aguardando una puerta que nunca se abre.
    Sobre todo lo que se marchita mientras uno permanece inmóvil mirando el camino.
    Quién sabe.
    Tal vez algún día alguien espere mi regreso.
    Como se espera a los muertos en noviembre.
    Mirando de vez en cuando hacia la oscuridad del patio.
    Creyendo escuchar unos pasos.
    Pensando que esta vez sí voy a volver.
    Y esa será la última ironía.
    Pasé la vida esperando a los demás.

    Y al final serán los demás quienes se queden esperando por mí.

  • Qué pasaría

    No hay tormento más preciso
    que el de una decisión suspendida,
    no el error, no la caída,
    sino ese gesto que nunca llegó a existir.

    Uno habita entonces un pasillo estrecho,
    entre lo que fue
    y lo que, en silencio, insiste en no haber sido.
    Un lugar sin puertas,
    o peor aún, con puertas que jamás se abrieron.

    Decidimos, sí,
    como llenando formularios invisibles,
    marcando casillas de utilidad,
    de conveniencia,
    de una prudencia que se disfraza de certeza.
    Y sin embargo, algo se filtra,
    una grieta diminuta
    por donde escapa la sospecha.

    ¿Qué habría pasado?

    La pregunta se instala rápidamente.
    Se sienta con nosotros a la mesa,
    duerme en el borde de la cama,
    respira con una paciencia que inquieta.

    No existe el “hubiera”, dicen,
    pero insiste,
    como una deuda que nadie reclama
    y que, sin embargo, crece.

    Estamos atados,
    no tanto a lo que hicimos,
    sino a aquello que permitimos no hacer.
    A las palabras que no se dijeron
    por considerarlas innecesarias,
    al tiempo que no se ofreció
    porque parecía abundante,
    al esfuerzo que se pospuso
    como si la vida aceptara prórrogas.

    Nuestra realidad es firme,
    tangible,
    pero la mente,
    la mente es un archivo desordenado
    de versiones alternativas
    que se rehúsan a archivarse.

    ¿Qué habría pasado
    si hubiéramos insistido un poco más?
    Si no hubiéramos llegado tarde,
    o peor aún,
    si no hubiéramos decidido no llegar.

    No se trata de actuar sin medida,
    de lanzarse sin cálculo
    como si el impulso fuera virtud. No.
    Se trata, quizá,
    de mirar con más detenimiento
    antes de cerrar la puerta,
    de comprender el peso exacto
    de cada gesto omitido.

    Porque el error tiene forma,
    se puede señalar,
    se puede nombrar.
    Pero lo no hecho
    carece de cuerpo
    y, aun así,
    oprime.

    Me pregunto,
    y la pregunta no espera respuesta,
    qué habría sido de mí
    si hubiera pensado antes,
    si hubiera comprendido a tiempo
    lo que ahora parece tan evidente.

    ¿Habría salvado algo?
    ¿O habría perdido otras cosas
    que hoy, sin saberlo, me sostienen?

    Tal vez la vida no ofrece equilibrio,
    solo intercambios invisibles.

    Entonces,
    ¿qué nos queda?

    Vivir, dicen,
    aferrarse al presente
    como si bastara.
    O avanzar,
    calculando beneficios
    como si el futuro pudiera domesticarse.

    Pero las respuestas
    no son dóciles.

    Arrepentirse es humano,
    una forma de reconocer
    que alguna vez vimos la puerta
    y no cruzamos.
    Detenerse, en cambio,
    es permitir que esa puerta inexistente
    se convierta en muro.

    Y el muro, a diferencia de la duda,
    sí es definitivo.

  • El del espejo

    Me miré en el espejo,
    pero el hombre no se apartó.
    Se quedó ahí, terco,
    como si la casa fuera suya
    y yo apenas un visitante.
    No supe decirle nada.
    Tampoco él habló.
    Nomás me sostuvo la mirada,
    con unos ojos que ya no recordaba
    haber visto antes.
    Uno cambia despacio,
    como el camino cuando uno lo empieza a andar,
    sin que se note el momento exacto
    en que se transforma en una nueva vereda.
    Pero yo no sentí ese cambio.
    Nomás un día ya no fui el mismo.
    A veces creo que fue por cosas pequeñas:
    una canción que se me quedó pegada,
    una plática que no buscaba,
    una imagen que me siguió hasta la noche.
    Cosas así,
    que no pesan por si mismas,
    pero se juntan.
    Luego uno se acostumbra,
    como se acostumbra al frío,
    a decir que todo está en su lugar,
    aunque por dentro algo se haya movido
    sin pedir permiso.
    Antes había cosas que me parecían imposibles.
    Luego fueron difíciles.
    Luego se quedaron lejos,
    como cerros azules que uno mira desde la ventana.
    Y sin darme cuenta,
    ya estaba yo allá arriba,
    sin saber bien cómo.
    No extraño del todo al que fui.
    La verdad, no volvería.
    Ese hombre ya no sabría vivir aquí,
    ni yo sabría cargar con lo que él cargaba.
    Nos estorbaríamos el paso.
    Pero a veces,
    cuando la tarde se queda muy callada,
    sí me acuerdo de ciertas cosas:
    de sentirme acompañado,
    de creer que lo que hacía
    importaba en algún sitio.
    De las palabras haciendo eco en alguien
    y no solo en la pared.
    De que lo primero al despertar fuese una sonrisa.
    No duele ya.
    Eso es lo raro.
    Ahora hago otras cosas,
    y me salen mejor de lo que esperaba.
    Como si alguien,
    ese del espejo quizá,
    hubiera aprendido en secreto
    todo lo que yo apenas voy entendiendo.
    Y aquí sigo,
    mirándolo de frente,
    sin saber si algún día
    me va a dejar pasar.

  • Lástima

    No entienden, no.
    Les pones el corazón en las manos,
    como si fuese una fruta madura,
    y lo miran como quien mira una piedra
    que estorba en el camino.

    Ellos, que viven de sobras,
    de palabras dichas al aire,
    de caricias mecánicas,
    de promesas huecas.
    Ellos, que se duermen con las migajas
    que otros dejan caer de la mesa,
    y se sienten llenos,
    y se sienten contentos.

    Uno les dice: “Toma, aquí está mi sol,
    mi tiempo, mi silencio junto al tuyo,
    mi mano cuando haga frío,
    mis ojos pa’ cuando oscurezca.”
    Y ellos retroceden
    como si el querer de verdad ardiera.
    Como si el cariño sin trampa
    fuera cosa obscena, cosa de otro mundo,
    cosa que no se ve ni se toca.

    Prefieren la cueva conocida,
    el aire tibio que no cambia,
    el amor que no duele porque no es nada.
    Y andan por ahí, juntando yescas,
    contentos con su media verdad,
    con su trato a medias,
    con su pan duro de todos los días.

    Y a mí, que me duele el alma de verlos,
    nomás me sale decir:
    qué lástima, Señor,
    qué lástima de gente.
    Tan cerca del agua y con sed.
    Tan cerca del fuego y con frío.
    Tan cerca de querer bien
    y echándose a correr
    como si el amor fuera un perro bravo.

    Yo no tengo riquezas,
    no tengo tierras ni ganados,
    pero tengo esto que les sobra:
    ganas de estar, de escuchar,
    de no soltar la mano cuando tiembla.
    Y ellos, no.
    Ellos prefieren las sobras,
    lo poquito, lo ubsípido,
    lo que no pide nada porque no da nada.

    Por eso, cuando los veo
    irse por el camino angosto
    con su pasito resignado,
    nomás me sale decir, con toda la tristeza:
    qué lástima, qué pena,
    qué vergüenza de vivir así.

  • La volví a ver

    La volví a ver.
    Igualita, nomás más lejana.
    Su piel, neblina en la mañana.
    Su pelo, agua en la sequía.
    Y esos hoyitos en la espalda
    como promesas que no eran para mí.
    ¿Pa’ qué me la muestras, Dios?
    ¿Pa’ qué si es lejana como el cielo?

    Pero antes, Diosito, antes…
    antes no era aire, ni humo,
    ni esa nube alta que no alcanzo.
    Antes era mi compañía en la mesa,
    su mano estaba tantito así de la mía,
    cerca como la lumbre en diciembre
    que alcanzas a sentir si estiras los dedos.

    Cómo olvidar ese olor…
    no era perfume de botella fina, no señor.
    Era olor a tierra recién llovida,
    a manzanilla hervida con canela,
    ese que se te queda en la chamarra
    y luego buscas en la almohada antes de dormir.

    Y ese ruidito de adentro, ese tambor callado…
    Era un suave galopar en su pecho.
    Cuando arrimaba yo la oreja,
    se me olvidaba hasta el hambre.
    Ahora me arrulla el zumbido de un mosco,
    y los ladridos lejanos de un perro más solitario que yo.

    ¿Pa’ qué me diste el recuerdo
    del peso calientito de su trenza en mi cara?
    ¿Pa’ qué supe lo que es tener la miel ahí nomás, en la boca,
    si ahora todo sabe a ceniza, a hiel?

    La volví a ver, sí.

    Pero soñada es querer detener el sol con las manos.
    Y uno sabe que se va.
    Uno sabe que la noche es perra negra que todo se lo traga.
    Por más que te aferres al cerro,
    la oscurana llega puntual como la muerte.
    Se la traga el monte y te quedas temblando,
    con el resplandor todavía colgado de las pestañas.

    Ay, mujer de mis sueños.
    Qué ganas de no despertar nunca.
    Qué ganas de que la noche no exista
    y que amanezca siempre con tu pelo enredado en mí.
    Pero aquí estoy,
    con el gallo cantando mentiras
    y la cama vacía de ti.

  • Caso 38

    Me dedico a desmentir hechos sobrenaturales.

    Durante años he visto de todo:
    fantasmas en casas embrujadas,
    pinturas malditas,
    cuevas llenas de voces que susurran,
    criaturas mitológicas
    y variaciones cada vez más elaboradas del mismo engaño.

    Nada de eso resiste observación prolongada.

    Pero hay algo que la gente se niega a soltar:
    los milagros.

    He desacreditado treinta y siete.
    Más de la mitad parecían no tener explicación.
    Los devotos los usan para llenar vacíos,
    para sostener la idea
    de que existe algo superior
    observándolos.

    Entre todos esos casos
    hay uno que decidí archivar aparte.

    No porque sea más complejo,
    sino porque es el más aceptado:

    el amor.

    Para desacreditarlo necesito evidencia.
    Y la evidencia abunda.

    He visto manos temblar
    como si ocultaran algo.

    Ojos a punto de derramarse
    sin que exista herida visible.

    Sonrisas nerviosas,
    actos de bondad que se extienden demasiado,
    conductas que imitan lo sagrado
    con una precisión inquietante.

    He escuchado promesas elevarse,
    hincharse,
    deformarse en el aire
    hasta perder toda forma reconocible.

    He visto palabras repetirse tanto
    que terminan por vaciarse.

    He documentado latidos acelerados
    atribuibles al miedo,
    silencios que no contienen paz
    sino cálculo,
    abrazos que se desgastan
    cuando se repiten demasiado.

    He registrado coincidencias improbables:
    dos cuerpos que se inclinan al mismo tiempo,
    dos voces que se quiebran en la misma sílaba,
    dos historias que comienzan igual
    y terminan contradiciéndose.

    He visto cómo se construyen las certezas:
    lentas,
    frágiles,
    dependientes de la mirada del otro.

    He llamado reflejo a la ternura,
    dependencia a la compañía,
    síntoma a la permanencia.

    He reducido incendios a química,
    la espera a una distorsión del tiempo,
    los nombres repetidos en la mente
    a una forma leve de obsesión.

    He visto lo que ocurre después:

    rupturas que dejan residuos,
    personas que pierden el sueño,
    la concentración,
    el apetito,
    la fe,
    la voluntad.

    He visto a alguien vaciarse por completo
    sin que haya sangre.

    He visto a alguien sobrevivir
    sin que eso signifique estar vivo.

    He interrogado a los implicados.
    Ninguno admite haber mentido.
    Ninguno logra sostener su versión completa.

    Siempre hay inconsistencias:
    recuerdos alterados,
    tiempos que no encajan,
    detalles que cambian
    dependiendo de quién los diga.

    Y aun así,
    ambos insisten
    en que fue real.

    Anoche,
    después de una jornada extensa,
    decidí detener la investigación.

    No por falta de evidencia,
    sino por saturación.

    Me senté a observar.

    Fue entonces cuando ocurrió.

    Una pareja,
    a unos metros de distancia,
    intercambió un gesto mínimo.

    Nada extraordinario.

    Ningún juramento,
    ninguna manifestación evidente.

    Solo un movimiento breve,
    casi imperceptible.

    Pero suficiente.

    Algo en ese gesto
    no coincidía con el patrón.

    No respondía al miedo,
    ni a la costumbre,
    ni a la necesidad.

    No parecía cálculo.

    Por un instante
    consideré que tal vez
    había estado equivocado.

    Que quizá el amor
    sí era un milagro.

    Pero no.

    Los milagros no dejan este tipo de rastro.

    Esto…

    esto se parecía más a otra cosa.

    Abrí el expediente.
    Revisé cada caso.
    Busqué lo que todos tenían en común.

    Y lo encontré.

    El amor no comienza como un fraude.

    Comienza como una coincidencia legítima:
    dos cuerpos que se encuentran,
    dos voces que encajan,
    dos soledades que, por un momento,
    dejan de serlo.

    Eso es real.
    Eso ocurre.

    Pero con el tiempo
    algo cambia.

    Uno de los dos
    empieza a ceder más,
    a creer más,
    a quedarse más tiempo del necesario.

    Y entonces el fenómeno se deforma.

    Se inclina.

    Se convierte.

    El amor no es un milagro.

    Es un fraude que ocurre lentamente.

    Un acuerdo tácito
    donde ambos participan,
    pero solo uno
    termina pagando el costo completo.

    El otro se queda con algo:
    la experiencia,
    la certeza,
    a veces incluso nada.

    Pero uno pierde más.

    Pierde el sueño,
    la calma,
    la confianza,
    la forma en la que entendía el mundo.

    Pierde cosas que no se recuperan con el tiempo.

    Eso es lo que dicen los casos.
    Eso es lo que demuestra la evidencia.

    Pero no es
    lo único que he visto.

    También he visto lo contrario.

    He visto a alguien quedarse
    cuando todo indicaba que debía irse.

    He visto cuerpos sanar más rápido,
    personas levantarse,
    volver a hablar,
    a caminar,
    a respirar distinto
    por la presencia de alguien más.

    He visto familias sostenerse
    en condiciones imposibles.

    He visto gente sobrevivir
    gracias a algo
    que no logro medir.

    El efecto existe.

    Es real.

    Pero no es constante.
    No es transferible.
    No es eterno.

    Y eso lo vuelve imposible de probar.

    Por eso sigo investigando.

    No para desmentirlo.

    Sino para encontrar
    una forma de demostrar
    que no fue un caso aislado.

    Porque yo también lo he visto.

    Porque yo también lo he sentido.

    Y si estoy en lo correcto,
    mañana volveré a archivar
    un nuevo expediente.
    Le pondré el mismo nombre.
    No lo cerraré.

  • El sueño del comal

    Tengo un plan para esta noche:
    repetiré el sueño de hace algunos días.

    Te hallaré allá,
    en esa casa repleta de yerbas,
    sol y retratos viejos.

    Más allá del patio recién barrido
    donde algunas tercas hojas
    insisten en bailar suavemente,
                                                          estarás tú.

    Ahí en la cocina,
    junto al comal,
    torteando la masa azul.

    A tu lado una olla de café
    hará alboroto con su vaporcillo que se eleva.

    Entraré despacito,
    silbando alguna de esas melodías que suenan
    cada vez que te me acercas.

    Voy a sonreír harto,
    esperando que tú hagas lo mismo,
    que te contagies de ese gusto
    que se siente tan mío.

    Te llevaré rebozo.
    Fino, suave,
    como tu cabello, como el cielo,
    negro y añil.

    No será un regalo,
    te lo voy a cobrar,
    ¡a un beso!,
    es todo lo que vas a pagar.

    Ya me siento envuelto
    en esa tela urdida
    por manos cariñosas.

    Pero encontraré más cobijo
    en la sombra de tus brazos.

    Y ahí, acurrucado,
    me he de beber el café,
    el humeante, el del barro,
    y el más bello: el de tu piel.

     

  • Hambre de quererse

    Yo no sabía qué cosa era la envidia.
    La miraba pasar todas las tardes
    como gente que se cruza uno en el camino:
    sin nombre, sin cara, sin ruido.

    Yo estaba entero.
    O eso creía.
    El mundo no me debía nada.
    Ni una casa, ni un cuerpo, ni una risa.
    Y aunque iba con mis manos vacías
    para todo me alcanzaba.

    Hasta que vi.

    Vi a la gente juntarse como se junta el agua.
    Vi dos sombras hacerse una sola.
    Vi bocas buscándose
    como animales que se reconocen en la noche.
    Vi manos quedarse.
    Pechos aprenderse.
    Nombres volverse hogar.

    Entonces algo se me abrió adentro
    como se abre una grieta en la tierra.

    No era coraje.
    No era odio.
    Era un hueco.
    Un dolor.
    Como de hambre, pero en el corazón.

    Y supe
    que eso era lo que yo envidiaba:
    no los cuerpos,
    no las risas,
    no las fotos felices clavadas en los muros,
    sino eso invisible que los sostenía.
    Eso que los hacía quedarse.

    Yo me envejecí sin arrugas.
    Me envejecí de ganas.

    De ganas amontonadas.
    De ganas sin salida.
    De ganas echadas a perder.

    Todo me quedó lejos.
    Las canciones.
    Las carcajadas.
    Las manos entrelazadas.
    Me quedé mirando desde la orilla
    como quien mira pasar el río
    sin saber nadar.

    Me duele ver cómo se abrazan otros,
    como si no doliera.
    Como si el mundo no mordiera cuando junta dos almas.
    Me duele porque yo también tengo brazos,
    pero no tengo a quién rodear.

    Es envidia, digo.
    Pero a veces parece otra cosa.
    Parece hambre, y parece, que muero de ella.

    Hambre de querer bonito.
    Hambre de ser casa.
    Hambre de que alguien me nombre
    sin que yo tenga que pedirlo.

    Me lloro para adentro.
    Se me hacen nudo las tripas.
    Se me hace desierto la boca.

    Yo quisiera decirle palabras
    que no sonaran rotas.
    Hacerle un retrato con la tarde.
    Darle una flor que no se marchite al tocarla.
    Una canción o
    un silencio donde quepan dos.

    Pero aquí estoy,
    solo,
    mirando cómo el cariño se le va
    a quien no lo cuida.
    Y yo,
    atragantado de estas ganas.

    Ganas de todo.
    Ganas de nada.
    Ganas de ella.

    Yo la vi.
    No una vez.
    Muchas.
    En muchos rostros.
    Como si el mismo fuego
    se asomara por distintas ventanas.

    Supe que le gustaba la tierra.
    Y me volví manos.
    Me volví semilla.
    Me volví surco.

    Aprendí a arar.
    A sembrar.
    A cuidar.
    A esperar.
    A cosechar.

    Me llené de tierra las uñas.
    De sol la nuca.
    De silencios largos los días.

    Pero lo único que pasó
    fue que me pisó.
    Y ni siquiera supo
    que era yo el polvo que se le subía al zapato.

    Luego supe que le gustaba la música.
    Y me volví oído.
    Y me volví garganta.

    Escuché a los pájaros
    partirse el pecho en la mañana.
    A la lluvia desbaratar los techos.
    Al viento decir su nombre
    entre las ramas.

    Aprendí a cantar.
    No bonito.
    No fuerte.
    Pero cantaba.

    Hice una música para ella.
    Una música chiquita.
    Una música que cabía en la palma.

    No me escuchó.
    Se tapó los oídos con su propio ruido.
    Y se fue otra vez.

    Después supe que le gustaban los libros.
    Y me volví palabra.

    Fui poniendo una tras otra,
    como pétalos en flor.
    Escribí una carta.
    Dos.
    Un cuaderno.
    Un libro.
    Una vida entera en renglones torcidos.

    Escribí hasta gastarme.
    Hasta quedarme sin tinta ni voz.

    Nunca me leyó.
    Quizá no entendió
    el idioma en que me rompía.

    Entonces me senté a pensar
    qué más podría gustarle.
    Qué más podría ser yo.

    Si le gusta el atardecer,
    seré el sol cayéndose detrás del cerro,
    dejándose morir lento,
    sangrando oro y naranja
    para que alguien lo mire.

    Si le gusta la lluvia,
    seré nube negra,
    vientre lleno,
    golpe en el techo.

    Si le gusta el mar,
    seré arena,
    para que en mí se le apague la furia
    aunque me borre.

    Quiero adivinarla.
    Quiero hacerme cosa.
    Quiero borrarme
    para caber en su deseo.

    Pero el deseo no se fabrica.
    Y los ojos no se obligan.

    Hoy entiendo
    que hay distancias que no son de pasos.
    Que hay nombres que no nos pertenecen.
    Que hay fuegos que no fueron hechos
    para calentarnos.

    Tal vez debería rendirme.
    No como se rinde el cobarde,
    sino como se rinde la tarde:
    entera,
    sin ruido,
    dejando que la noche haga lo suyo.

    No importa lo que yo haga.
    No importa en qué me convierta.
    Hay miradas que no saben pronunciar nuestro rostro.

    Y aquí sigo,
    con mi hambre sentada a un lado,
    mirando cómo el mundo se quiere
    sin darse cuenta
    de los que aprendimos tarde
    que también se puede vivir
    de mirar llover sobre tierras ajenas.

  • Máscaras

    No sé cuántas vidas he tenido.
    En algún punto dejé de llevar la cuenta,
    como cuando ya no sabes
    si un recuerdo es tuyo
    o te lo contó alguien más.

    Hay días en los que siento
    que he vivido demasiado
    para alguien que sigue aquí,
    sentado, respirando,
    esperando algo que no sabe nombrar.
    Otras veces pienso lo contrario:
    que no he vivido nada
    y que todo fue un ensayo mal hecho.

    Los recuerdos no llegan en orden.
    No se forman como una historia.
    Aparecen de golpe,
    como luces que se prenden y se apagan
    en un edificio viejo.
    Un pasillo.
    Un rostro.
    Una decisión tomada sin pensar.
    Otra que pensé tanto
    que terminó por no pasar.

    Cuando trato de acercarme a esas imágenes
    algo se rompe.
    Se sienten mías
    y al mismo tiempo ajenas,
    como ver una foto antigua
    y no reconocer del todo
    a la persona que está ahí parada.
    Sé que soy yo,
    pero no recuerdo cómo pensaba,
    ni qué quería,
    ni por qué estaba tan seguro de todo.

    En esas vidas he sido muchas cosas.
    He sido el que recibe el golpe
    y el que lo da.
    El que se justifica.
    El que se queda callado.
    He sido frío,
    he sido cruel sin querer admitirlo.
    También he sido torpe,
    ingenuo,
    ridículamente bueno
    cuando nadie lo pedía.

    Y lo más extraño es esto:
    no puedo borrar ninguna.
    Porque en todas hay algo que se repite.
    Una especie de núcleo duro,
    una insistencia,
    una manera de sentir el mundo
    aunque el mundo cambie de cara.
    Eso, supongo,
    es lo que llaman humanidad
    cuando no saben decir otra cosa.

    Todo eso me trajo hasta aquí.
    A este punto exacto
    donde ya no sé
    si estoy empezando
    o si solo estoy cansado.

    He entregado vidas enteras.
    No simbólicamente.
    Enteras.
    A personas,
    a ideas,
    a promesas que sonaban bien
    cuando todavía tenía fe en las palabras grandes.
    Hoy veo hacia atrás
    y entiendo que muchas de esas causas
    no me querían de verdad.
    O no me necesitaban tanto
    como yo creía.

    Lo que queda después de eso
    no es tristeza pura.
    Es algo más raro.
    Una especie de espacio vacío
    pero estable.
    Como si algo se hubiera ido
    y al mismo tiempo
    hubiera dejado forma.
    Me siento libre,
    sí,
    pero también fijo,
    geométrico,
    como una figura que no termina de rodar
    ni de quedarse quieta.

    A veces pienso
    que quizá así se siente estar muerto.
    No como desaparecer,
    sino como quedarse suspendido.
    Con todas las posibilidades intactas
    y ninguna dirección clara.
    No hay una voz que diga
    “esto sigue ahora”.
    No hay instrucciones.
    Solo continuidad.

    Hace poco leí sobre las máscaras.
    Sobre cómo permiten ser
    lo que no se puede a cara descubierta.
    No solo monstruos o dioses.
    También versiones aceptables de uno mismo.
    La máscara no tapa:
    reemplaza.
    Y quien la usa
    termina por olvidar
    qué había debajo.

    Yo siento que llevo una
    que no puedo quitarme.
    No sé cuándo apareció.
    No sé si me la puse
    o si alguien más lo hizo por mí.
    No la veo.
    No la siento como objeto.
    La siento como piel.
    Como algo que creció conmigo
    y ahora finge ser yo.

    Los demás ven algo.
    Siempre ven algo.
    Pero no sé qué.
    Yo solo sé
    que cuando intento mostrarme
    algo se interpone.
    No es mentira.
    No es actuación.
    Es costumbre.

    He intentado cambiar.
    De verdad.
    He intentado ser mejor,
    ser distinto,
    ser lo que se espera.
    He seguido reglas,
    he roto reglas,
    he escuchado consejos,
    he hecho exactamente lo contrario.
    Nada termina de encajar del todo.
    Siempre queda una grieta.
    Siempre algo rechina.

    Ahora estoy aquí,
    sin saber si buscar otra máscara,
    quedarme con esta
    o aprender a no usar ninguna.
    No sé qué más vivir.
    No sé si seguir viviendo
    es una decisión
    o solo una inercia bien disfrazada.

    Solo sé esto:
    sigo aquí.
    Con todas mis versiones sentadas alrededor,
    mirándome en silencio,
    esperando a que elija
    cuál de ellas
    va a hablar mañana.