Categoría: Letras

Cuentos, poesía, literatura en general concebida en la región.

  • Amor de mis amores

    No sé bien cuándo fue que escuché por primera vez esa frase. Tal vez fue en una canción, o en boca de alguien que hablaba con nostalgia: “amor de mis amores”.

    En aquel entonces no entendí gran cosa. Era solo un decir bonito, pensé. Una de esas frases que suenan a novela o a bolero. Nunca me detuve a pensar en lo que quería decir de veras.

    Pero ahora si me di el tiempo de pensarlo.
    Y me di cuenta de que uno va aprendiendo a querer muchas cosas a lo largo de la vida.
    No solo personas, también momentos, canciones, paisajes, comidas calientes, libros que lo abrazan a uno por dentro.
    Uno ama sin saber que está amando.

    Yo he amado, por ejemplo, la forma en que canta la tierra cuando llueve.
    He amado las caminatas en silencio, cuando el sol se va cayendo detrás del cerro.
    He amado un verso leído a escondidas, el olor de una cocina abierta, una palabra dicha con ternura cuando no tenía fuerzas ni para levantar los ojos.

    He amado también la forma en que ciertas canciones me sostienen por dentro.
    Y he amado días enteros, días que parecían no acabar nunca de tan buenos.
    He amado años que se me fueron volando, pero que me dejaron una semilla en el pecho.

    Y de entre todas esas cosas,
    de entre todo eso que me hizo sentir vivo,
    estás tú.

    Porque contigo no es un amor más.
    No es una cosa entre tantas.
    Eres la suma.
    El canto y el silencio.
    El plato servido con cariño.
    El sitio donde el alma descansa.

    Decirte amor de mis amores es decirte que estás por encima del resto.
    Que en ti se reúnen mis memorias más dulces, mis deseos más callados,
    las ganas que me quedan de seguir creyendo en la ternura del mundo.

    No es porque seas perfecto —nadie lo es—
    sino porque contigo se me junta todo lo que alguna vez me sostuvo.
    Y cuando te miro,
    te miro con los ojos que han amado muchas cosas,
    pero que te reconocen a ti
    como el centro.

    Tú eres ese amor.
    El que no grita.
    El que no exige.
    El que está ahí.
    Como la tierra.
    Como el fuego bajo la ceniza.
    Como el frío tras la ventana esperando a entrar.
    Como la sangre corriendo a través de mí.

    Así que si alguna vez me oyes decirte “amor de mis amores”,
    ya sabes.
    No es solo un decir.
    Es mi manera de decirte que estás en todo lo que me ha hecho bien.

    Con todo lo que soy,
    con lo poco que tengo,
    te escribo esto.

    Nomás pa’ que lo sepas.

  • Anhelo

    I

    La pienso.
    A cada rato.
    Cuando el mundo calla.
    Cuando el mundo grita.
    Cuando el café se enfría,
    cuando el viento se mete por la rendija
    y no hay más qué hacer que aguantar.

    La pienso aunque no quiera.
    Aunque me duela.
    Aunque el cuerpo pida olvido
    y la mente se niegue a obedecer.

    La pienso como se piensa una herida:
    con rabia,
    con ternura,
    con sed,
    con todas las pinches ganas de que cicatrice.

    Y de pronto,
    así nomás,
    una palabra suya —dicha al pasar,
    sin saber lo que hacía—
    llega.
    Se mete entre las costillas
    y me sana.

    No del todo.
    No para siempre.
    Pero sí lo suficiente para aguantar otro día.

    Bendita sea esa hora.
    Aunque luego vuelva el silencio
    y me haga pedazos otra vez.

    II

    No le dices a la nube
    cómo ha de llover.
    Ella baja sola
    cuando mayo se parte en dos,
    y se deja caer.

    No le dices al mirasol
    cuándo abrirse al cielo.
    Él despierta en septiembre,
    y el campo —de pronto—
    cambia de forma.

    La escarcha no pregunta.
    Nomás llega.
    Y en diciembre,
    los tejados amanecen
    como si hubieran soñado
    con el cielo.

    Y tú tampoco preguntas.
    Nomás llegas.
    Y se me deshace el alma.

    Apenas me miras
    y ya se me acaba el mundo.
    Como si fueras
    junio, neblina, flor,
    agosto, granizo,
    tierra mojada,
    bruma en la milpa,
    el viento en las jacarandas,
    el relámpago antes del trueno,
    el canto del grillo al borde del sueño,
    la primera hoja que cae en octubre,
    la voz del río en enero,
    el humo del fogón en noviembre,
    la tristeza callada de febrero.
    El temblor del campo en marzo,
    el olor a lumbre en la ropa,
    el eco del gallo a deshoras,
    el polvo de abril en los caminos,
    el sol rajando las piedras en julio,
    la sombra tibia de una enramada,
    la fruta madura cayendo sola,
    el crujido de la noche,
    la nostalgia de algo que aún no ha pasado
    pero que ya está siendo,
    otoño, invierno, primavera, verano.

    Nomás sucede.
            Como tú.
                  Como esto.
    Como querer sin remedio.

    III

    Desperté sin el sudor de siempre.
          El frío andaba cerca,
                pero no me tocó.

    El cielo
    —gris, bajo, cansado—
    se derramó en silencio.

                   Y yo,
             por dentro,
    me dejé llover.

    IV

    El hombre nace bueno.
       Pero entonces ve esos ojos
         marrones, hondos,
           como bosques en otoño,
    como vino derramado en la penumbra,
           ojos que lloran y arden,
         que suplican y condenan,
       ojos de miel oscura,
    de sombra que acaricia.
         Y son ellos los que lo corrompen.

    V

    Quizá no me responde
    porque no sabe qué hacer con la ternura.
    Se le escurre entre los dedos
    como agua que no pidió para su amargura.

    A ella no le dicen cosas bonitas.
         No le llegaron flores
             ni palabras hechas sombra
                 para el sol de sus días.
    Así que cuando le hablo
    —cuando le digo que es
    como la lluvia buena en tierra seca—
                                 se espanta,
    como si le hablara el viento
    o un muerto que regresa nomás para decir:
         “Mira, también hay amor aquí.”

    Pero yo sigo.
         Sigo porque sé
    que un día sus ojos van a creerme.
         Y ese día,
             el mundo será menos árido.

    VI

    No es por falta de carne,
         ni por miedo a tocarla.
    Es que lo que nace en mí cuando la veo
              no tiene forma de llama,
                         sino de brisa.

    La pienso con una canasta de naranjas,
    caminando descalza por un patio tibio,
    riendo por cualquier tontería que le diga.
    La pienso sentada a mi lado
    mientras el sol se esconde lento
                                         tras el cerro,
    y el café se enfría en la mesa
    porque su voz me entretiene más que el sorbo.

    No quiero su cuerpo,
         lo que quiero es su sombra junto a la mía
                 en la tierra seca,
    y su paso firme cuando vamos al río.
    Quiero que me diga cómo se llaman las flores,
    que me enseñe a hacer tortillas delgadas,
    a remendar costuras deshilachadas,
    que se ría cuando el maíz no me obedece,
    que me cante alegre cuando amanece.

    La deseo, sí,
    pero como se desea la lluvia en mayo:
    para que lo que llevo dentro florezca.
    La deseo como se desea un silencio compartido,
    como se quiere una piedra donde sentarse al atardecer
    y mirar sin prisa cómo el día se va cayendo.

    Quiero que me cuide con los ojos,
                 que me nombre sin hablar,
    que me guarde en la palma como se guarda
                  una semilla buena.

    La pienso para cosas largas:
    para tardes de pan con miel,
    para caminatas por calles viejas,
    para charlas de nada,
    para dormirme oyéndola contar
    cómo era su infancia.

    No es deseo lo que me arde.
                Es cariño.
    Y el cariño no quema:
                             ilumina.

  • Tsakapuiri Echeri

    Tsakapu, la tierra de las Piedras

    Me apedrean y me hunden cada vez que intento salir.
    Me expulsaste desde el comienzo, y regresé.
    Me quedé, y me seguiste rechazando.
    Me fui con una idea, y me recibiste con una sonrisa burlona.
    Volví a irme —esta vez, juré que sería definitivo—.

    “Jamás te volveré a ver”, dije.

    Y si lo hago, será solo para restregarte mi orgullo en la cara.
    Me ignoraste. Me fui. Al fin, pensé. Lo logré.
    Pero no. Volví. Traté de hacer las paces.
    Traté de ayudarte…
    De ayudarte a quererme, a aceptarme,
    a que pudiéramos llevarnos bien,
    porque al fin y al cabo, yo vengo de ti.

    Pero tú sigues sin aceptarme. ¿Por qué?
    Dejando a un lado mi ego,
    yo solo quiero verte florecer.
    Quiero que saques tu esencia verdadera
    y la portes con dignidad.
    Pero eres un padre ausente, negligente.
    No levantas la voz, no haces nada.
    Así que esta es mi última súplica:

    Húndete.
    Húndete en medio de la laguna,
    con tu iglesia dorada de medianoche,
    esa que, según dicen, está llena de tesoros,
    pero que nunca saldrá del agua estancada.
    Quédate ahí, entre la niebla y las piedras,
    mientras la leyenda marchita de tus días gloriosos te regocija en silencio,
    porque prefieres hundirte en tu mito
    antes que despertar a tu verdad.

  • Donde la tierra habla: sembrando esperanza

    Este escrito lo dedico con admiración y respeto para los señores Jorge Villanueva Gutiérrez, Luis Cázares y para todos aquellos campesinos que aún labran la tierra.

    La mañana se despereza con un aliento tibio, y el cielo, aún indeciso entre la noche y el día, se tiñe de una claridad opaca. No hay cantos de gallos ni campanas de iglesia que marquen el inicio de la jornada; lo que despierta al campesino es el llamado profundo de la tierra. Esa voz antigua que no se oye, pero se siente en el cuerpo. En los huesos. En el alma.

    El hombre aparece como un trozo más del paisaje. Lleva un sombrero ancho que le guarda la frente curtida del sol implacable, y un gabán heredado, tal vez de un padre, tal vez de un abuelo. Bajo el gabán, la camisa de manta y el pantalón de mezclilla sucia. En los pies, nada: sólo piel, barro y costumbre. Camina con una dignidad sin ruido, sin apuro, como si cada paso no fuera sólo hacia adelante, sino hacia adentro: hacia la historia, hacia el recuerdo.

    La tierra se abre en surcos bajo su andar. No se trata de violencia, sino de diálogo. El campesino no hiere la tierra: la persuade. La corteja con herramientas viejas pero fieles, con manos callosas que no olvidan cómo se sostiene una esperanza tan pequeña como una semilla, pero tan grande como el porvenir.

    En su palma reseca descansa el maíz, ese grano sagrado que no es sólo alimento, sino identidad. No lo lanza al suelo con la soberbia del dueño, sino que lo entrega con la reverencia del hijo. Porque el campesino no se siente amo del campo: se siente parte de él. Sabe que el maíz no se impone; se pide. No se exige; se cultiva.

    Los cerros, impasibles y eternos, lo observan desde su altura. Son testigos mudos de generaciones que han pasado por ese mismo surco, con las mismas ilusiones, los mismos rezos y las mismas derrotas. Pero también con la misma terquedad amorosa de seguir. Porque en el campo no se triunfa, se resiste. No se presume, se persiste.

    No hay promesas en la siembra. No hay garantía de lluvia, ni de cosecha, ni de venta justa. El campesino lo sabe. Lo supo su padre, y lo supo el padre de su padre. Pero aun así, siembra. No por necedad, sino por fe. Una fe que no se proclama en templos, sino en la tierra húmeda, en las uñas negras, en los surcos rectos. Una fe silenciosa y profunda como la raíz del mezquite.

    No se deja llevar por el reloj, ese invento de ciudad que impone prisa y ansiedad. Su tiempo lo dicta la tierra: cuando se raja, cuando se empapa, cuando se esponja. Él la observa, la huele, la palpa. Le escucha los murmullos con la sabiduría que sólo da el convivir. Porque sí, el campesino convive con la tierra como con una compañera: la respeta, la espera, la entiende.

    El sol se asoma finalmente con todo su peso, y el sudor comienza a brotar. Cada gota es una ofrenda. No hay aire acondicionado, ni oficina, ni pausa para café. El descanso se gana cuando el cuerpo ya no da, y aun así se sigue. Porque hay que terminar el surco. Porque mañana hay más.

    A veces no hay cosecha. A veces, lo que el cielo da en lluvia lo arrebata en granizo. A veces, el precio del maíz no cubre ni la semilla. Pero no hay lamento. Sólo silencio. Un silencio lleno de orgullo, de dignidad, de fuerza. El campesino no se queja: trabaja. Y cuando se sienta a la sombra de un mezquite a comer tortillas con sal, lo hace con la paz de quien ha hecho lo correcto.

    En el corazón del campo mexicano, el campesino no es un personaje olvidado ni un romántico de postal. Es la base. Es el que da de comer a todos sin pedir aplausos. Es el que sabe que la tierra no traiciona a quien la honra. Que en el barro también hay belleza. Que la vida, cuando nace del esfuerzo, tiene otro sabor.

    Este capítulo no lo escriben los libros de historia. No lo graban las cámaras ni lo narran los discursos. Pero está vivo en cada milpa, en cada canal de riego, en cada espiga de maíz que crece desafiante entre piedras y sequía.

    Y mientras el campesino se aleja, surco tras surco, su silueta se funde con la tierra que lo sostiene. Y uno entiende, por fin, que no hay diferencia entre el hombre y el campo: ambos están hechos del mismo barro, de la misma memoria, de la misma voluntad de renacer. Siempre. Aunque duela. Aunque canse. Aunque no se vea. Porque, al final, ese es su destino: sembrar futuro donde todos sólo ven pasado.

  • Nomás el silencio (a Santa Cecilia)

    No tengo guitarra.
          Ni garganta.
              Ni manos obedientes.

    Nomás tengo el silencio,
          y el oído,
              ese animal terco
                  que siempre quiere más.

    Los veo.
    Sacan el violín y se hace la fiesta.
          Le sacan voz a la madera,
                  le sacan alma al aire.

    Las veo.
          Con trompetas,
              con guitarras,
                  con tambor.
    Los veo y me dolería menos no verlos.

    Ellas nomás abren la boca
          y se cae el mundo.
    Se ablanda el corazón más duro.
                  Hasta el perro deja de ladrar.

    Y yo aquí,
    tragando envidia.
          No de ellos.
              De mí.

    Porque quise.
                  Mucho quise.

    Pero mis dedos eran de piedra,
              mi voz un gallinero
    y mi paciencia se me murió chiquita.

    Santa Cecilia,
    ¿por qué no me diste aunque
              fuera un poquito?
    Un rastro,
    una migaja de canto.
    ¿No viste cómo me brillaban los ojos de puro anhelo?

    Les tengo coraje.
          No a ellos.
              No a ellas.
                    A mí.

    Porque no supe hacer magia.
    Porque nomás me tocó mirar.
    Mirar cómo hacen lumbre del aire,
          cómo convierten la nada
              en algo que consuela.

    Yo nomás tengo el oído,
    ese pozo sin fondo,
    y se me va la vida oyendo.

    Y no puedo,
          no puedo con tanto.
    Tanto que suena,
          tanto que me falta.

  • El arte (dicen) no es para todos

    Durante siglos, el arte ha sido considerado un privilegio reservado a una minoría: reyes, iglesias, museos y coleccionistas privados han decidido qué se exhibe, quién lo consume y, sobre todo, quién lo produce. En nuestra región —y en especial en municipios como Paracho, Michoacán— esta lógica se ve reflejada en la casi total ausencia de espacios institucionales para la creación y difusión artística. A falta de políticas públicas que fortalezcan y democraticen el acceso al arte, los creadores locales se ven obligados a depender de iniciativas privadas o de voluntad propia, sorteando limitantes económicas y sociales para compartir su obra.

    Por contraste, los recientes recortes y medidas de censura cultural en Estados Unidos demuestran que privar a las comunidades de nuevos espacios de expresión no solo empobrece el tejido social, sino que consolida un mercado del arte especulativo, donde los dueños de “tesoros” antiguos elevan su valor ante la escasez de propuestas nuevas. Frente a este escenario, se vuelve imperativo impulsar acciones individuales y colectivas que recuperen y multipliquen los espacios para el arte, garantizando que personas de todas las edades y contextos puedan crear, exponer y conectar con su comunidad.

    El arte como botín de élites y su especulación

    Desde el mecenazgo renacentista hasta los grandes museos europeos y las subastas en Estados Unidos, el arte ha sido mercantilizado y controlado por élites políticas y económicas. Quienes poseen colecciones antiguas —pinturas, esculturas, manuscritos— se benefician de que la producción de obra nueva permanezca bajo mínimos, ya que la escasez eleva el valor de sus piezas. Así, el arte se convierte en un activo financiero, desvinculado de su verdadero propósito: comunicar ideas, emociones y cuestionar el statu quo.

    El sistema de galerías de lujo, ferias internacionales y casas de subasta establece barreras de entrada para quienes carecen de contactos, estudios formales o recursos económicos. A jóvenes artistas, creadores indígenas o de zonas rurales se les exige “legitimidad” a través de títulos, reseñas en prensa especializada o ventas previas. De este modo, la narrativa cultural se homogeneiza y se relega el arte popular, comunitario y experimental.

    Lecciones desde Estados Unidos: recortes y censura cultural

    Con el inicio de su segunda presidencia el 20 de enero de 2025, Donald Trump firmó varias órdenes ejecutivas para recortar fondos a las principales agencias culturales de Estados Unidos: el National Endowment for the Arts (NEA) y el National Endowment for the Humanities (NEH). Bajo la etiqueta de “eficiencia gubernamental”, el flamante Department of Government Efficiency (DOGE), liderado por Elon Musk, detuvo más de 80 % de las subvenciones y puso en licencia al mismo porcentaje del personal de la NEH, redirigiendo millones de dólares a proyectos patrióticos como el “National Garden of American Heroes” (Artnet News).

    Pese a que la producción artística no cesa, las restricciones a iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) han obligado a instituciones como el Smithsonian a cerrar oficinas dedicadas a estos programas, cancelar exposiciones de mujeres, minorías raciales y artistas LGBTQ+, e incluso borrar menciones transgénero de sitios web oficiales (Wikipedia, la enciclopedia libre). Curadores y directores, temerosos de represalias o de perder subvenciones, optan por la autocensura, evitando mostrar obras críticas con el gobierno.

    Además de la cancelación de becas y exposiciones, los aranceles a importaciones artísticas encarecen materiales —desde pigmentos hasta equipos de sonido— y obstaculizan la circulación de creadores internacionales. Los grandes centros culturales ceden terreno al mercado privado, mientras el público masivo ve reducidas las ofertas gratuitas o de bajo costo.

    Paracho y el confinamiento cultural

    Paracho cuenta con la sala de conciertos del CIDEG y el Museo del Club de Lauderos, pero ambos funcionan de manera muy limitada: una sola temporada anual de conciertos (Festival Internacional de la Guitarra, primera semana de agosto) y una exposición permanente que no se renueva. Los dos cines municipales dependen de control eclesiástico —uno convertido en “centro de oración” y el otro apenas activo para eventos esporádicos—, lo que demuestra la ausencia de políticas culturales municipales que garanticen continuidad y diversidad.

    En este contexto, los músicos, pintores, muralistas y poetas de Paracho deben autoorganizarse: alquilar espacios, asumir costos de materiales, gestionar permisos y promocionarse sin apoyo institucional. Al carecer de un mercado local estable, muchos migran a otras actividades económicas o ven limitado su desarrollo creativo.

    Desde temprana edad, a quienes muestran inclinación artística se les advierte: “Escoge una carrera de verdad” o “algo que te dé para vivir”. El arte se minimiza como hobby o pasatiempo, rara vez como profesión digna. Esta mentalidad reproduce el elitismo cultural: solo quienes “hacen arte” de manera formal y respaldada por instituciones son considerados artistas de verdad.

    Por qué el arte debe democratizarse

    • Derecho universal: El Convenio de la UNESCO sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales reconoce el acceso a la cultura como un derecho humano fundamental.
    • Cohesión social: Proyectos comunitarios de arte —murales, talleres, festivales locales— fortalecen el tejido social, fomentan el sentido de pertenencia y reducen la violencia y el aislamiento.
    • Salud mental y bienestar: Crear y contemplar arte mejora la salud emocional, desarrolla la creatividad y ofrece herramientas para procesar realidades difíciles.
    • Desarrollo económico: Industrias creativas generan empleos directos (artistas, docentes, gestores) e indirectos (turismo cultural, venta de artesanías, gastronomía).

    Al restringir el arte, se priva a la comunidad de estos beneficios. Cuando el Estado y las instituciones no cumplen su rol, el mercado vuela al rescate… pero con lógicas especulativas que elevan precios y concentran la producción en pocos actores.

    Propuestas de acción

    • Autogestión artística: Organizar muestras en patios, mercados o avenidas principales; producir fanzines, podcasts o videos que difundan el trabajo propio y de colegas.
    • Formación uno a uno: Grupos informales de estudio y práctica (cineclub, coro comunitario, taller de dibujo, pintura, etc.) donde los propios artistas impartan y compartan conocimientos sin costos elevados.
    • Uso de plataformas digitales: Crear canales de YouTube, cuentas de Instagram o blogs colectivos para exhibir obras, promover eventos y generar micromecenazgo.

    Acciones comunitarias

    • Ferias y festivales autogestivos: Emular al Festival Internacional de la Guitarra pero con artes visuales, performance, danza y teatro local, organizados por colectivos vecinales y asociaciones civiles.
    • Murales comunitarios: Con el apoyo de escuelas y comerciantes, destinar muros públicos a proyectos de intervención artística que reflejen la identidad local y refuercen el orgullo de pertenencia.
    • Asambleas culturales: Espacios regulares de diálogo entre creadores, autoridades municipales y ciudadanía para definir políticas culturales mínimas: dotación de espacios, concesión de becas locales, integración de artes en planes de desarrollo.
    • Convenios con instituciones educativas: Incorporar talleres artísticos en todos los niveles escolares, reconociendo la creación como parte esencial de la formación integral de niñas y niños.
    • Presupuestos participativos: Proponer y votar proyectos culturales en los procesos de asignación de recursos municipales, asegurando financiamiento para iniciativas independientes y comunitarias.
    • Redes de colaboración regionales: Vincular Paracho con otros municipios michoacanos (Pátzcuaro, Uruapan, Morelia) a través de circuitos artísticos itinerantes, compartiendo espacios y audiencias.
    • Alianzas con organizaciones internacionales: Solicitar apoyos de ONGs y fondos culturales globales que financien capacitación, intercambio y becas para creadores locales.

    El arte como camino de liberación

    El arte no es un adorno ni un lujo; es una herramienta de conocimiento, resistencia y transformación. A través de la creación artística, podemos:

    • Visibilizar injusticias: Retratar problemáticas sociales y ambientales que suelen quedar fuera de los discursos oficiales.
    • Construir memoria colectiva: Rescatar tradiciones orales, artesanías y rituales que fortalecen nuestra raíces culturales.
    • Fomentar el pensamiento crítico: Los lenguajes artísticos invitan a cuestionar estructuras de poder y a imaginarnos futuros posibles.
    • Tejer comunidad: Actividades artísticas compartidas generan vínculos de solidaridad y empatía entre participantes.

    Cuando abrimos los espacios del pueblo al arte del pueblo, rompemos las ataduras de un sistema que intenta silenciarnos. Cada mural, cada canción compartida en la plaza, cada texto leído en voz alta es un acto de emancipación.

    La exposición colectiva del aniversario de Uërani no es solo una muestra de obras; es un manifiesto: el arte es de todos y para todos. Al democratizar el acceso a la creación y a la contemplación, desmontamos el elitismo cultural y transformamos nuestros territorios en espacios vivos donde florecen nuevas ideas y se robustecen los lazos comunitarios. Inspirados en las lecciones de Estados Unidos —donde las medidas de censura y recorte priman la acumulación de activos culturales— proponemos una ruta de autogestión, colaboración y exigencia de políticas públicas inclusivas. Solo así lograremos que el arte deje de ser un lujo para convertirse en el motor de liberación y dignidad que nuestra región merece.

  • ¿Qué es el amor?

    Una raíz que no se ve.
         El olor del maíz cuando revienta en la lumbre.
             Flor que nadie sembró, creciendo sola al borde del camino.
    Sombra de nube en la tierra sedienta.
                 Vela encendida sin razón.
             Silencio de noche con estrella.
         Papel viejo lleno de palabras.
    Aroma de leña cuando empieza a arder.
         El barro que recuerda tus dedos.
             Una caricia que no esperabas.
                 Mirada que dura más que el día.
                     Brisa que llega cuando ya no podías más.
                 Comer algo rico cuando no lo pediste.
             Un trago de agua clara.
         El canto de un pájaro que no sabías que estaba ahí.
    Ropa tendida oliendo al sol.
    Tierra mojada después de mucho tiempo.
                   Una puerta que se abre despacio.
              El roce de una mano en el mercado.
              Un perro que te sigue sin conocerte.
         La sombra de un pino a mediodía.
    Una estrella que se deja ver justo antes de dormir.
             La palabra que no se dijo pero se entendió.
                     Un abrazo largo sin explicación.
    La voz que te nombra en lo bajo.
             Una cicatriz que ya no duele.
                     Luz entrando por la rendija.
             Una cobija doblada en la esquina.
    La promesa que no se rompió.
             Una flor en el sombrero del muerto.
                     Piedra tibia en el río.
             Una silla vacía que espera.
    El ruido del metate en la madrugada.
             Una canción que escuchas de lejos.
                     Café servido sin preguntar.
             La espera sin desesperación.
    El recuerdo que no da tristeza.
         La calma después del trueno.
             Un “quédate tantito más.”
                 La luna bajando sobre la troje.
                     Una palabra escrita con torpeza.
                         El cielo que huele a uinumo.
                             Una planta que crece fuerte, sin nadie que la cuide.
    Tierra oscura.
         El sol que no quema, sólo alumbra.
             Una lágrima que no cae.
                 El silencio que acompaña.
                     El barro cocido.
                         El pan recién horneado.
    La estrella brillante.
                 La noche que no da miedo.
         El alma que no se va.
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  • IRMA: Fuego Inextinguible

    La luz del atardecer se filtra entre las rendijas de la ventana, tiñendo de oro viejo las paredes de la vieja casa de adobe. En el aire, flota todavía el aroma de la fruta fresca: mangos jugosos, guayabas dulces, el perfume inconfundible de la naranja. Y allí, en el centro de aquel escenario, está ella: Irma Hernández Aguilera, la portadora de la vida, la guardiana de mi corazón.

    Desde su niñez, mi madre supo transformar un extenso solar en un reino de sueños. Con sus manos pequeñas, recogía el barro y la hierba, moldeando columpios en las ramas de un aguacate centenario que se alzaba como un árbol guardián. ¿Pueden imaginar su risa, jugueteando en aquel asiento improvisado, mientras el viento jugaba con su cabello? ¿Cómo se sentía la libertad cada vez que el columpio la elevaba hacia el cielo naranja del crepúsculo?

    Me habla de su padre, mi abuelo Feliciano, un roble en medio de la llanura. Tras su arduo jornal, llegaba con un cargamento de frutas variadas, un tesoro que disolvía el cansancio y reunía a la familia alrededor de un banquete improvisado. ¿Qué palabras pronunciaba él mientras partía la sandía con su cuchillo de mango pulido? ¿Cómo sus historias de campo tejían la magia que luego ella heredó?

    Las muñecas de elote y las casitas de cartón que creaba con ingenio materno cobraban vida en su mundo infantil. Cada trastecito era un universo donde ella era princesa, señora de aquel solar. ¿Acaso ya intuía entonces la grandeza de su papel como protectora?

    Hoy, al recostar mi cabeza en su regazo, desaparecen mis miedos. Su abrazo es mi refugio, un santuario donde sé que todo estará bien. ¿Han experimentado alguna vez esa sensación de paz absoluta, cuando el latido de un corazón ajeno se sincroniza con el propio? Su calor no solo calienta mi cuerpo, sino que enciende una llama permanente en mi pecho: el fuego inextinguible de su amor.

    Aun cuando las carencias económicas la obligaron a abandonar sus estudios, se convirtió en enfermera de mi cuerpo y de mi alma. Con manos de madre y mirada de psicóloga, sabe exactamente cómo aliviar mi dolor: un té de hierbas, un consejo oportuno, una canción suave arrancada de su memoria. Es chef, maestra, confidente… ¿Cómo describir con palabras la magnitud de tal entrega?

    Pese a mis errores, mis rabietas y mis silencios, ella nunca deja de procurarme. ¿No es acaso infinitamente valioso quien te acoge aún en tu peor versión? Cada gesto suyo es un recordatorio de que una madre es mucho más que una palabra: es un abrazo que desafía la distancia, un abrazo que trasciende el tiempo.

    Y en su rostro se dibujan las huellas de la vida compartida: surcos de risas, arrugas de preocupaciones, manchas de lágrimas veladas. Sin embargo, su mirada sigue brillando con la fuerza de una llama antigua. ¿Cómo puede un solo ser portar en su mirada la ternura y el coraje al mismo tiempo?

    “Dios bendijo a las siervas mansas, y a las lobas que llevan la garra en el alma también las bendijo”, me dice, al más puro estilo de Catalina Pastrana. Y en esa frase veo el equilibrio perfecto: la humildad de quien da sin esperar, y la ferocidad de quien defiende con uñas y dientes lo más sagrado: la familia.

    Preguntas para la reflexión

    1. ¿Qué momentos de tu infancia te hicieron sentir protegido, y quién fue el artífice de esa sensación?
    2. ¿Cómo transformas los recursos disponibles a tu alrededor en algo significativo para los tuyos?
    3. ¿De qué manera el sacrificio silencioso de una persona cercana ha moldeado tu propio carácter?
    4. ¿Qué gesto de amor materno (o paternal) ha quedado grabado para siempre en tu memoria?
    5. Si tuvieras que describir con una metáfora el amor inextinguible de quien te cuida, ¿cuál elegirías y por qué?
    6. ¿De qué forma reconoces y celebras a aquellas “loberas” —mujeres valientes y tiernas— que pueblan tu vida?

    Así concluye este escrito dedicado a quien me enseña día tras día que el amor es un fuego que nunca se apaga: mi madre, Irma Hernández Aguilera. Que estas páginas sirvan como ofrenda a su fuerza silenciosa y a ese cobijo tan suyo, tan mío, tan eterno.

  • Areli: El aliento del saxofón

    Esta obra es dedicada para mí estimada Maestra Areli Alejandra Cortés Figueroa.

    En el crepúsculo dorado de Tingambato, donde la tierra vibra al compás de viejas leyendas y la música se funde con el alma, se alza una mujer cuyo saxofón es el eco mismo de la vida. Ella no solo toca; ella despierta en cada nota el resurgir de una esencia milenaria, la identidad de un pueblo que, como ella, sabe que la esperanza nace en el dolor y en la lucha.

    En la penumbra de un escenario humilde, donde las luces titilan como estrellas que caen del firmamento, su instrumento se convierte en el lazo que une historias y sentimientos. Cada soplo se eleva como un suspiro, narrando las vicisitudes de generaciones que han aprendido a transformar el llanto en canto, la adversidad en poesía. ¿No es acaso en el murmullo de su música donde encontramos la llave de nuestro propio ser?

    La mujer del saxofón es la personificación de la resiliencia. Su mirada, intensa y serena, refleja el fuego inextinguible de una fuerza interior. Con cada acorde, convoca a los espíritus de aquellos que han transitado senderos de soledad y abandono para hallar en la comunión de notas un refugio seguro. Su saxofón se transforma en un puente entre el pasado y el presente, un recordatorio de que la cultura es un torrente interminable que fluye en el alma del que se atreve a soñar. ¿Qué nos dice su melodía sobre la esencia de la libertad?

    En la vastedad del escenario, donde la penuria y la dicha se entrelazan en una danza eterna, el instrumento se erige como arma y como escudo. Es el testimonio palpable de que la fortaleza de una mujer no reside únicamente en su capacidad para soportar las tempestades de la vida, sino en su decisión de transformar cada golpe en una nota vibrante, en un canto de resistencia y transformación. Así, el saxofón se convierte en símbolo de cambio positivo, en esa esperanza tangible que tanto anhelamos y que se manifiesta en la sinfonía de cada ser. ¿Podemos escuchar en cada nota el llamado a renacer y a reinventarnos?

     Tingambato, tierra de músicos, acuna a un sinfín de mujeres de espíritu indomable. Aquí, cada calle, cada rincón, vibra con la fuerza de quienes se han atrevido a convertir sus anhelos en realidades. Mujeres líderes, de mirada firme y corazón generoso, que entienden que lo único que se necesita es querer hacer para transformar ideas en acciones, para convertir el dolor en cobijo y la soledad en música. La ciudad es un lienzo donde se pintan historias de amor, de lucha y de solidaridad, en las que cada nota es un grito de libertad y un homenaje a la vida. ¿No es en la osadía de comenzar, en el simple acto de querer, donde se forja el destino?

    La historia de esta mujer y su saxofón invita a reflexionar sobre la capacidad humana de renacer. Cada acorde es un recordatorio de que la música no es solo sonido, sino un lenguaje universal que une corazones, que sana heridas y que transforma el dolor en belleza. En ella, la fragilidad se funde con la fortaleza, y el silencio se ve roto por un torrente de esperanza. Así, la mujer se erige como guardiana de la memoria, narradora de los amores, de las luchas y de los logros, con el saxofón como único y fiel compañero. ¿Qué lecciones nos deja la valentía de transformar el miedo en melodía?

    Este capítulo es un tributo a todas aquellas mujeres que, con su arte, desafían las convenciones y se atreven a ser portadoras de un legado ancestral. Su música es el espejo en el que se refleja la complejidad de nuestra identidad, la amalgama de culturas que nos hacen únicos, la mezcla de raíces y sueños que configuran nuestro presente. En cada nota resuena el grito silencioso de un pueblo que ha sabido sobrevivir a las tempestades, un llamado a la renovación constante, a la búsqueda incesante de ese cambio positivo que transforma las sombras en luz. ¿Acaso no encontramos en cada acorde la fuerza necesaria para reinventar nuestro destino?

    El saxofón, en manos de esta mujer, se convierte en el arma más poderosa contra la indiferencia. Es un símbolo de la capacidad de transformar el vacío en un canto lleno de vida, de convertir la soledad en un abrazo colectivo, de hacer del dolor una fuente de inspiración. En el eco de su música se esconde la promesa de un mañana mejor, donde cada nota invita a la reflexión, donde cada vibración es un paso hacia la libertad. ¿Será que la verdadera revolución se teje en el silencio que antecede a la nota perfecta, en ese instante efímero donde la realidad se funde con el sueño?

    Mientras las luces se desvanecen y el aplauso se convierte en un murmullo colectivo, la mujer y su saxofón permanecen como guardianes del tiempo. En Tingambato, su legado trasciende el mero acto de tocar; es un manifiesto de vida, un recordatorio de que en cada ser humano existe una melodía única que merece ser escuchada. Su arte es la llave que abre puertas a mundos insospechados, a rincones del alma que se iluminan con la fuerza de la pasión y la determinación. ¿No es, entonces, la música la más pura forma de rebeldía, la más dulce y poderosa expresión del espíritu humano?

    En este viaje musical, se nos invita a contemplar el milagro de la existencia a través del prisma de la resiliencia y la creatividad. La mujer del saxofón es un faro que guía a quienes buscan un refugio en la tormenta, una señal de que, incluso en los momentos más oscuros, la luz de la esperanza puede brillar con fuerza. Su melodía es un llamado a la acción, a la valentía de transformar el dolor en arte, de convertir la adversidad en una sinfonía que celebre la vida en toda su complejidad. ¿Estaremos dispuestos a dejar que la música nos muestre el camino hacia la libertad y el cambio?

    Que este capítulo sirva de espejo y de puente, una invitación a descubrir en cada uno de nosotros la fuerza de una mujer, la determinación de un pueblo y el poder transformador de una melodía. En cada nota del saxofón se esconde la promesa de un renacer, la certeza de que en el arte y en la vida, el verdadero poder reside en el amor, en la pasión y en el inquebrantable espíritu de quienes se atreven a soñar.

    Reflexión:

    • ¿Cómo transforma el arte las adversidades en fuentes de esperanza?
    • ¿Qué significa para ti escuchar en una nota el eco de la identidad y la cultura de un pueblo?
    • ¿De qué manera el acto de iniciar un sueño se convierte en la chispa de una revolución personal y colectiva?

    Este es el legado de las mujeres de Tingambato, guardianas de una historia que sigue escribiéndose en cada compás, en cada latido y en cada suspiro que se escapa al resonar de un saxofón. Siempre música, siempre vida.

  • ¿Ya lloró la Virgen?

    “¿Ya lloró la Virgen?” Es una frase que desde niño he escuchado y dicho cada viernes de Dolores. La tradición del Altar de Dolores, o altar a la virgen de los Dolores, y ese recorrido en busca de las casas que lo montan, para preguntar “¿Ya lloro la virgen?” para recibir una paleta o un vaso de agua fresca, es algo a lo que le tengo un cariño invaluable.

    Al igual que otras tradiciones religiosas, los significados guardados en los pequeños detalles y elementos del altar, nos brindan información acerca de la tradición misma. En el altar predominan dos colores: el morado, que representa el luto y la penitencia de la Virgen María; y el blanco, símbolo de su pureza, al igual que se llena papel picado del mismo color, veladoras y macetas con germinados de trigo o chía, que simbolizan la vida nueva y esperanza y el agua de frutas o nieve, que significan las lagrimas que derramó la virgen por la pasión de cristo.

    Qué linda es Dolores en Cuévano

    Con cada visita que hago a la ciudad de Guanajuato Capital, o como la llamó Jorge Ibargüengoitia en sus libros: Cuévano, me maravilla la cantidad de imágenes de la virgen de los Dolores, que encuentro durante mis recorridos de la misma. Aparecen en nichos, fachadas, esquinas o en altar principal del mercado Hidalgo, como una presencia silenciosa pero constante.  Me parece interesante el punto anterior ya que son muchas más que otras representaciones religiosas que he llegado a observar en la ciudad en cada una de mis visitas y eso me lleva a pensar en la profunda devoción popular que en esta figura mariana ha sembrado en el corazón de la ciudad y región.

    Foto de estadoluz.com
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    Cada Viernes de Dolores, en Cuévano, se celebra el Día de las Flores, una tradición que al igual que otras tradiciones en el país, combina lo religioso con lo festivo, lo intimo con lo colectivo. Ese día, el centro histórico, se transforma: las calles y fachadas se adornan con flores y papel picado. Las familias o comercios, montan altares en honor a la virgen, decorados con elementos simbólicos típicos que se mencionan al inicio.

    Durante la tarde y noche, se realizan procesiones y pequeños desfiles donde se llevan en andas imágenes de la Virgen, bellamente adornada con flores naturales. En este día es común observar familias y turistas visitando el centro histórico en específico el jardín de la unión donde se montan comercios vendiendo flores, u algunos altares donde te regalen un vaso de agua o una paleta como en representación de las lagrimas de la virgen de los Dolores

    El Día de las Flores, con el paso de los años, ha dejado de ser solo un homenaje a la virgen de los Dolores, ahora también es una celebración donde se mezcla, historia, arte, religiosidad popular y sentido comunitario.

    Dolores

    La tradición heredada por mi abuela materna de montar un altar a la Virgen de los Dolores y regalar agua de horchata con fresas a todo aquel que llegue tocando la puerta y pregunte: “¿Ya lloro la virgen?”, es algo que ha marcado profundamente mi vida.

    Aunque no me considero religioso en su máxima expresión, esta costumbre siempre me ha llenado de emoción, por todo lo que implica: desde la preparación del altar, el cuidado y elección de las flores, hasta la elaboración del agua fresca, todo hecho con esmero y cariño, acompañando y ayudando a mi madre.

    Es un proceso que, más allá del aspecto devocional, se convierte en un acto de comunidad, de encuentro y memoria. Montar el altar no es solo decorar un rincón de la casa; es honrar una costumbre que ha pasado de generación en generación, que nos invita a detenernos, a mirar con otros ojos y recordar aquellos conceptos que van más allá  de la fe, pero derivan de la misma, como la hospitalidad y comunidad.

    Pero la pregunta aquí, para el lector es:

    Tons, ¿Ya lloró la virgen?