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  • El fuego, Xakuarhu y yo

    Poco más de un año atrás, mis pasos me llevaron a Santa Clara por vez primera. Aquel viaje me dejó una huella indeleble, una especie de preludio a lo que vendría. Cuando se anunció en Ocumicho, que este año Santa Clara sería la sede, mi corazón se encendió con emoción. No se trataba de una simple visita; era el llamado a reencontrarme con raíces, a redescubrir la esencia que une a nuestras comunidades, a sentir el palpitar del pasado que se funde con el presente.

    Paso a paso

    Eran las 4:30 de la mañana cuando llegué a Santa Clara del Cobre. La noche anterior había sido una sucesión de emociones intensas, y 24 horas de insomnio se acumulaban en mi cuerpo, resultado de la excitación y de los nervios del día 31, en el que desperté antes del alba para dejar todo en orden. Para la madrugada se había colado en mis oídos el canto del Cupatitzio, una letanía que se convirtió en mi única compañía mientras mi mente se debatía entre el sueño y la vigilia. El frío, que no imaginé enfrentar, se presentó con crudeza, especialmente al descubrir que mi gabán se había quedado en casa de mi abuela. Sin embargo, entre 8 kilos de equipo fotográfico, mi espalda halló una pálida protección; no me calentaban, pero sí me recordaban que en cada paso persistía la voluntad de seguir.

    Emprendí la marcha en una procesión hacia la Ceremonia del Amanecer, el camino parecía susurrar. Las calles, normalmente llenas de vida y que recordaban a las de cualquier comunidad, se mostraban vacías y enmudecidas, la noche las había envuelto en su manto. El eco de los pasos sobre la gravilla, la tenue luz de pocas lámparas y los murmullos dispersos se amalgamaban en una atmósfera que rozaba lo místico. Pocos eran los sonidos, salvo el crujir del camino, el sonido de algunos caracoles y el eco de risas lejanas, lo que hacía que cada instante se sintiera suspendido en un tiempo propio, ajeno al bullicio diario.

    Mientras avanzábamos, las indicaciones de “No puedes grabar con esto, ni con aquello” se hicieron presentes, como un recordatorio de que ciertos momentos deben vivirse en carne y alma, sin mediación de aparatos o registros fríos. Yo, ingenuo ante el peso del ritual, asumí que ya había comenzado todo el espectáculo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la verdadera ceremonia apenas se asomaba, invitándonos a una hora de silencio sepulcral, interrumpido solo por esporádicos comentarios sobre “qué frío hace”.

    El anhelo dorado

    A medida que la oscuridad se disipaba, y el cielo comenzaba a teñirse de un dorado tímido, la indicación de voltear la mirada hacia el oriente hizo que todos nos detuviéramos, expectantes, como si estuviésemos en la antesala de un milagro. Miré al horizonte y, aunque solo escuché fragmentos de palabras en medio del murmullo, el primer grito de Juchari Uinapikua rasgó el silencio, el segundo cortó el frío y el tercero encendió la emoción. Fue un sonido que, en su crudeza, parecía convocar a las almas dormidas, haciendo vibrar la esencia del lugar. Aun cuando los instrumentos y los cantos jipis intentaron retomar la vida, unos enérgicos “shhh” impusieron el silencio sagrado, obligando a que el tiempo se detuviera en un instante de comunión.

    La luz, ya casi plena, bañaba nuestros rostros y disipaba el frío. Los compañeros de viaje, esos rostros familiares de Erongarícuaro, Uricho, Zacapu, Uruapan y tantas otras comunidades, se animaban entre sí con sonrisas cómplices y abrazos breves pero cargados de significado. Tras la inminente autorización de fotografiar, la banda comenzó a entonar melodías que invitaban al baile. Los cargueros entregaban cuelgas a los nuevos encargados y todo cobró vida.

    Xakuarhu

    Fue en ese momento cuando, mientras caminábamos de regreso a Santa Clara —o, como hoy prefiero llamarlo, Xakuarhu—, cada conversación y cada encuentro se convertían en un tributo a la vida. Los vecinos salían a la calle a desearnos buenos días, los niños se asomaban con curiosidad y el sol, implacable en su resplandor, parecía acelerar el compás del reencuentro.

    Llegar a la plaza de Xakuarhu fue como arribar a un universo en miniatura, un escenario donde la cultura y la tradición se manifestaban en cada rincón. Artesanos de diversas comunidades ya estaban presentes, exhibiendo sus creaciones para trueque o venta. Los aromas se mezclaban en el aire: el olor a carnitas, atoles recién preparados, pan y las tradicionales tortas de tostada, que tentaban a los caminantes con promesas de calidez y sabor. El entorno se vestía de colores: verde, amarillo, azul, morado; cada tonalidad era un reflejo de la identidad y el orgullo de quienes habitamos estos rincones de la tierra. En el centro, la yácata, custodiada por los cargueros, aguardaba con paciencia la llegada del anochecer, como una centinela que guarda los misterios del rito venidero.

    Frente al teclado, aún trataba de asir con palabras la magnitud de lo vivido. Había quedado atrás el frío, el desvelo, la voz que me recordaba “esos zapatos no están hechos para caminar tanto tiempo”, la sed y el hambre. En su lugar, se hacía presente una realidad extraordinaria: la presencia de tantos amigos, conocidos y almas afines que se cruzaban en el camino, cada uno con su historia, su lucha y su risa. En cada “¿Cómo estás?” se esbozaba la posibilidad de un encuentro profundo, y mi corazón se abría en un acto casi desbordante de gratitud y alegría. Fue entonces que comprendí por qué este encuentro había trascendido el tiempo y se había convertido en algo imprescindible, en un ritual que desde que comencé a asistir en 2013 se ha ido transformando y enriqueciendo, no como un retorno al pasado, sino como la celebración de lo que somos en el ahora.

    Durante años, conversaciones con organizadores y asistentes me habían permitido entender que esta celebración no busca revivir un modelo arcaico, sino conectar lo que nos une en el presente: la mirada compartida, el intercambio de costumbres, el diálogo entre regiones, la magia de descubrir en el otro un reflejo de la propia historia. Cada comunidad, cada rostro, cada vestimenta y cada voz eran piezas de un rompecabezas que, al unirse, creaban una imagen más grande y vibrante de lo que significa ser parte de esta gran familia.

    Mojtakuni ka Uanopikua

    Hubo trueque en cada rincón, una fiesta de intercambios que se mezclaba con el aroma de la comida casera; se compartían anécdotas, platillos, objetos varios, y en cada puesto se encontraba la esencia de una cultura viva, en permanente diálogo con el presente. El camino, largo y sinuoso, se convirtió en un puente que unía a desconocidos y conocidos, y en ese recorrido la emoción y la alegría se desplegaban con naturalidad, como si el destino nos hubiera convocado para celebrar la vida en cada encuentro fortuito.

    Cuando la Uanopikua comenzó, fue como si el universo se hubiera vestido de gala: cientos y cientos de personas se agolparon en las principales calles, ansiosas por presenciar el espectáculo de colores y tradiciones que anunciaba la llegada de cada comunidad. Era un reencuentro de almas, un recibir con los brazos abiertos a aquellas sedes que en otros tiempos habían sido anfitrionas, y aunque algunas ausencias se hacían notar, la presencia de otros rostros cálidos llenaba el ambiente de una grata melancolía y esperanza renovada.

    Para mí, fue especialmente conmovedor ver la participación de la Comunidad Indígena de Paracho, cuyo involucramiento despertó en mí sueños largamente anhelados. Empecé a imaginar la yácata erguida en nuestra propia plaza o, quizá, en el interior del antiguo internado, un santuario donde la tradición pudiera reencontrarse con el presente. Me dejé llevar por la fantasía de caminar, en comunión con todos, hasta llegar al “ánima sola” para la ceremonia del amanecer, visualizando cómo la Uanopikua se deslizaría, de manera casi poética, desde el sonido profundo de la guitarra de cobre hasta el imponente monumento de la madre purépecha, y de regreso, cerrando un círculo que celebrara la unión y la memoria. Soñar en ese instante fue tan natural como respirar.

    En medio de esa vorágine de emociones, me encontré huyendo, entre risas y anécdotas, de los harinazos característicos de Cherán, y en mi prisa, logré capturar en imágenes el danzar de las chicas de Cuanajo, quienes se movían al ritmo de los abajeños. Las Ireris de Uruapan me regalaron sonrisas, y los amigos de Erongarícuaro se hicieron presentes con la calidez de un reencuentro largamente esperado. No pude dejar de fotografiar a la gente de Tirindaro, y entre la multitud se destacaban también los contingentes de Ocumicho, Ihuatzio, Capacuaro, así como aquellos que aspiraban a ser la nueva sede: Purépero, Acachuén, Zacapu, Tingambato… Una alegría inmensa inundaba el ambiente al ver tanta diversidad reunida, cada rostro y cada paso contaban la historia de un pueblo que, en su pluralidad, se reafirma en la unión y la tradición.

    Somos yesca y pedernal

    La tarde avanzaba con una prisa casi juguetona, mientras el ambiente se llenaba de trueques, risas y danzas que parecían moverse al ritmo de un fuego interior. La música no cesaba y, en medio de esta algarabía, se respiraba una expectativa casi palpable: la inminente llegada del encendido del fuego. ¿Por qué esa atracción por lo desconocido? Quizá porque en el fuego se esconde la promesa del renacer, la capacidad de vencer la adversidad, recordando que el hombre le teme a la oscuridad, es por eso que desgarra sus bordes con las llamas.

    Y al fin, el momento llegó. Con un estruendo suave que se transformó en un murmullo compartido, el fuego se encendió. Las llamas, danzantes y libres, se compartieron de mano en mano, mientras el sonido rítmico del martilleo sobre el cobre anunciaba la culminación del rito. En ese instante, Kanekua sesisti minkuarhentani p’urhepecheni se elevó en un coro de voces, un himno que trascendía palabras y tiempos. Fue entonces cuando el cansancio, el frío, la sed y el hambre se disiparon; lo único que quedaba era la entrañable armonía de un encuentro que alcanzaba, por fin, esa paz y alivio tan anhelados.

    El anuncio de la nueva sede —Tinganio— se deslizó entre los murmullos, como una semilla de esperanza que promete nuevos comienzos y nuevas historias. En ese instante comprendí que arder no es sinónimo de extinguirse. Arder es dejar una marca imborrable, transformar el entorno, consumir aquello que nos rodea para, a la vez, iluminarlo con la intensidad de nuestro ser. Es brillar, serlo todo a la vez, y saber que incluso si la llama se apaga, siempre existe la posibilidad de reavivarla.

    Hoy, al volver a transcribir estas vivencias, me doy cuenta de que Xakuarhu, el fuego y yo seguimos siendo parte de una gran narración de reencuentros, de desafíos y de renovadas esperanzas. Que el fuego nunca se apague en nuestros corazones, y que, si llega a extinguirse, sepamos que siempre guardamos la semilla para volver a encenderlo.

    Que la llama de la vida siga ardiendo, recordándonos que en cada chispa se esconde la fuerza de nuestras raíces y la promesa de un mañana lleno de encuentros y renovadas alegrías.

  • De papel y música

    Andaba por San Felipe en una fiesta, tras pasar de aquí a allá, terminé por sentarme un rato, y alguien me contó la historia, junto al fogón. Decía que era verdad, que él mismo había visto los restos de confeti entre las piedras y que, si uno caminaba de noche por el cerro, podía escuchar la tambora retumbando entre las jaras.

    —Tú no me crees —dijo el viejo—, pero así pasó.

    Y comenzó a contarme la historia de Gabriela.

    I

    Gabriela nació en una canoa, flotando en las aguas de Cocón, cuando la luna estaba en todo su esplendor. Su madre, dicen, la vio venir al mundo entre árnica y nurite, mientras la corriente la mecía con la suavidad de un arrullo. Desde niña tuvo la risa fácil y un corazón abierto como el horizonte. Ya más grande, el mezcal le hizo segunda.

    Aprendió pronto que la vida se baila y mejor aún si se toca el violín, y ella lo tocaba con el alma. Las cuerdas bajo sus dedos soltaban notas que llenaban de colores los rincones grises del mundo. Las flores en el lago se abrían más pronto cuando ella tocaba, y los borrachos dejaban la botella para ponerse a bailar. Era una mujer de fiesta, de convites, de largas charlas alrededor del fuego, en un tronquito o donde fuera.

    Cuando creció, Gabriela se volvió más hermosa que la luna reflejada en el agua. Su cabello negro caía como cascada sobre sus hombros, y sus manos, siempre ligeras, sabían bordar, hacer tortillas y arrancar de las cuerdas de su violín los lamentos más dulces. Pero, más allá de la música, era una amiga fiel, de esas que están siempre dispuestas a brindar por la vida.

    Fue en un fandango donde conoció a Luis David. Serio al principio, huraño, casi esquivo, con la mirada afilada y las palabras medidas. Pero cuando agarraba un instrumento, cualquiera que fuera, se transformaba. No había cuerdas, teclas o metales que no supiera hacer sonar. De pronto, su conversación se extendía como un camino sin fin, saltando de una idea a otra con la rapidez de un venado en la montaña. Gabriela, que amaba la música tanto como la amistad, supo en ese instante que había encontrado un compañero para la vida.

    II

    Una noche fueron a tocar a una fiesta en Zacán. Había música, risas, aguardiente y baile hasta que el sol amenazó con salir. Nadie sabe por qué, pero en algún punto Gabriela se alejó del bullicio y comenzó a subir el cerrito. Tal vez buscaba ver desde lo alto las luces de la fiesta, echarle un ojo desde ahí al Paricutín o tal vez fue el viento quien la llamó con su susurro. Lo cierto es que subió, y cuando estuvo en la cima, sintió que el aire la empujaba, como si quisiera arrancarla del suelo.

    Entonces cayó.
    Y el agua la tragó.

    Cuando despertó, su piel ya no era piel, sino papel de china, delgado y frágil como las flores de cempasúchil de noviembre. Sus huesos no eran de carne y médula, sino de carrizo hueco. En su cabeza, enredadas entre sus cabellos, aparecieron flores y cohetes de colores.

    Intentó gritar, pero en lugar de voz, de su boca salió el estallido de ristras y cohetones. Su pecho tembló con el eco de la tambora, sus pasos retumbaban como tubas y, a cada movimiento, el suelo se llenaba de confeti.

    Quiso llorar, y su llanto sonó como un clarinete triste, deslizándose por el viento hasta perderse en la noche.

    III

    Entonces escuchó el trombón.

    Era un sonido grave y ronco, como si la tierra misma hablara, como si desde el fondo de los cerros despertaran antiguas voces llamándola por su nombre. Gabriela asomó la cabeza entre las ramas y vio una melena rizada moviéndose a lo lejos.

    Era Luis David.

    El chino andaba por ahí con su trombón al hombro, refunfuñando entre dientes:

    —Pinchi Gaby, ¿pa’ dónde se fue?

    Había estado buscándola toda la noche, sorteando la maleza con pasos firmes, siguiendo un rastro que solo él parecía ver. En su mente, la fiesta aún seguía, pero algo en su pecho le decía que debía encontrarla, que no podía dejarla ir. Era hombre de corazón grande, de esos que no abandonan a los suyos, y aunque su seriedad a veces lo hacía parecer distante, la verdad era que pocas personas en este mundo sabían escuchar como él. Conocía la tristeza de la gente y también sus silencios; sabía leer miradas y entender palabras nunca dichas.

    Gabriela quiso responderle, pero cuando abrió la boca, su risa explotó en luces de colores. Luis David se quedó helado.

    —¿Quién anda ahí?

    El viento se llenó de murmullos. Gabriela corrió hacia él, cada paso dejando atrás un rastro de papel picado y chispas. La tierra bajo sus pies tembló con un ritmo desconocido, y cada vez que su cuerpo se movía, sonaba un acorde invisible en la noche.

    Luis David echó a correr, pero al voltear, la reconoció al instante. Aún entre la negrura del monte, entre los destellos de confeti y el fulgor del papel de china, supo que esos ojos eran los mismos. Los había visto tantas veces, iluminados por la música, por la risa, por la vida misma.

    Su pecho se apretó.

    El trombón cayó de su hombro, pero él no lo sintió.

    Frente a él estaba Gabriela, hecha de luz y fiesta, como si la misma noche la hubiera convertido en su hija. Pero seguía siendo ella. En su mirada seguía ardiendo la misma chispa.

    IV

    Respiró hondo y lo pensó todo con calma.

    —No sé qué chingados te pasó, Gaby, pero sé cómo arreglarlo.

    Se acercó. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de nervios.

    —Te voy a dar un beso —dijo—, así se arreglan las ranas en los cuentos, ¿no?

    Y la besó.

    El mundo se detuvo un instante. No se oía otra cosa que la respiración fuerte, la música a lo lejos ahogada y los ruidos que el cerro hace siempre.

    Cuando Luis David abrió los ojos, se sintió ligero. Su piel se volvió de papel, su cuerpo de carrizo. Su melena rizada se llenó de listones de colores.

    —No chingues, Gaby, ahora yo también soy mojiganga.

    Al principio se quedó pasmado. Su ceño se frunció, su boca se torció en una mueca de desconcierto. Pero entonces vio a Gabriela, viéndose a sí misma en sus brazos, tocando su cara de papel, mirando sus manos de carrizo. Y cuando ella comenzó a reír, algo en su pecho se aflojó.

    Primero fue un resoplido, luego una risa baja, después una carcajada que retumbó con la fuerza de una trompeta en plena fiesta. Se miraron, aún temblando, aún maravillados por el absurdo de la situación, y sin pensarlo dos veces, se tomaron de las manos y comenzaron a bailar.

    Giraron y saltaron, dejando una estela de colores en el aire, hasta que el cielo empezó a aclarar. Cuando los primeros rayos del sol tocaron sus rostros, sintieron un cosquilleo recorrer sus cuerpos. Sus huesos volvieron a ser carne, sus cabellos se deshicieron de los listones y el viento arrastró el último puñado de confeti al horizonte.

    Se quedaron mirándose, jadeantes, con las mejillas encendidas por la risa.

    —Vámonos, antes de que se acabe la fiesta —dijo Gabriela.

    Se apresuraron a bajar el cerro, recogieron sus instrumentos y corrieron de nuevo hacia el fandango, con el eco de su risa aún flotando en el aire.

    Dicen que si caminas de noche por el cerro, aún puedes escuchar la tambora retumbando entre las jaras.

     

  • La doble moral disfrazada de gusto musical

    ¿Quién lleva la corona (y por qué nos importa?)

    ¿Qué tienen en común Michael Jackson y Bad Bunny? Además de vender millones y romper récords, ambos son imanes de polémicas. Mientras MJ acumula títulos póstumos como “el artista más premiado de la historia”, Benito Antonio Martínez Ocasio —alias Bad Bunny— es nombrado por Forbes “el nuevo rey del pop”, y ¡zas!, el internet estalla en memes y diatribas.

    Aquí el chiste se cuenta solo: los puristas del Thriller se escandalizan porque un tipo que canta sobre “perreo” y sandalias Crocs ose compararse (o le comparen) con el genio del moonwalk. Pero ¿sabían que MJ tuvo que aguantar críticas similares en los 80? Lo llamaban “comercial” y “vulgar” por mezclar pop con rock. Hoy, sus detractores olvidan que Bad (1987) colocó cinco temas en el #1 del Billboard, algo que ni The Beatles lograron. Bad Bunny, por su parte, superó récords con 23 entradas simultáneas en el Hot 100. La diferencia es que a uno se le canoniza y al otro se le cuestiona.

    Streaming vs. nostalgia: ¿Qué mide el éxito?

    Bad Bunny arrasa en plataformas digitales (fue el más escuchado en Spotify de 2020 a 2022), mientras MJ sigue vendiendo álbumes físicos como pan caliente. ¿Qué define el triunfo? ¿Discos de platino o reproducciones en TikTok? La respuesta es tan subjetiva como preguntarle a un millennial y a un boomer qué es “música de verdad”. Spoiler: ambos terminarán citando a sus ídolos de adolescencia.

    Según los expertos de redes, la “música de verdad” es aquella que requiere “talento real”: ópera, jazz, rock clásico… básicamente, todo lo que no suene en una fiesta de Generación Z. Curiosamente, estos críticos suelen tener un repertorio más limitado que una lista de Spotify gratis: mencionan Stairway to Heaven y Bohemian Rhapsody como si fueran contraseñas para entrar a un club exclusivo.

    El problema no es la preferencia, sino la superioridad moral. Mientras compositoras como Caroline Shaw reinventan la música clásica en 2024, los puristas insisten en que Bad Bunny “denigra el arte” por hacer perreo. Pero esperen: ¿acaso Every Breath You Take de The Police —un himno sobre obsesión— no se corea en bodas como si fuera romántico? La doble moral es tan evidente como un drop de reggaetón.

    Elitismo sonoro: Cuando los “buenos gustos” esconden complejos de superioridad

    Detrás de la máscara de los “buenos gustos” musicales suele esconderse un complejo tan repetitivo como un riff de guitarra de los 80. ¿Qué tienen en común el reguetón y los solos de rock clásico? Ambos se basan en estructuras simples, pero solo uno es aplaudido como “arte sublime”. Mientras los puristas veneran Sweet Child O’ Mine —cuyo riff inicial fue creado en 5 minutos como ejercicio de calentamiento—, tachan de “vacíos” los beats de Tití Me Preguntó. La ironía, según estudios sociológicos, es que géneros asociados a clases populares o minorías son sistemáticamente despreciados, mientras los vinculados a la cultura dominante se consideran legítimos, y como vivimos entre gente que siente que está más cerca de Elon Musk que del loquito del centro, es obvio que se desprecia lo del pueblo y se añora lo sofisticado. 

    El colmo llega cuando un niño de 10 años toca Smells Like Teen Spirit en YouTube y los comentarios se llenan de “¡esto sí es música de verdad!”. ¿Recibiría el mismo entusiasmo un cover de Me Porto Bonito? Difícil. El rock y el metal han sido históricamente territorios masculinos y eurocéntricos, donde la “autenticidad” se mide por cuántos acordes distorsionados aguantas, no por la diversidad de influencias. Y ni hablar de la hipocresía: canciones como Under My Thumb de los Rolling Stones —que glorifican el control misógino— son celebradas como clásicos, mientras el perreo, surgido de barrios marginados de Puerto Rico, es tachado de “vulgar” sin reconocer su raíz como expresión de resistencia cultural.

    Discriminación auditiva

    El clasismo musical no solo juzga sonidos, sino también geografías. Los corridos tumbados —criticados por “glorificar la violencia”— son hijos naturales de Sinaloa, una región marcada por la desigualdad. Pero cuando Pumped Up Kicks de Foster the People narra un tiroteo escolar con melodías indie, se convierte en himno de festivales. ¿La diferencia? El código postal del artista.

    Incluso la industria refuerza esta jerarquía. Artistas con recursos o conexiones heredadas —hijos de estrellas o graduados de escuelas élite— suelen recibir contratos antes que talentos de barrios marginados, perpetuando un ciclo donde el éxito se mide en contactos, no en creatividad. Y aunque el streaming democratizó el acceso, persiste el prejuicio: Bad Bunny rompió récords globales con un español crudo y callejero, pero aún hay quien insiste en que “el reguetón no es música”

    Cuando la tradición se vuelve cárcel

    El clasismo no es exclusivo de los géneros comerciales. En las comunidades purépechas de Michoacán, la pirekua —canto tradicional— fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010. Pero la celebración duró poco: muchos músicos tradicionales protestaron. “Nos convirtieron en souvenir turístico, pero no vimos beneficios reales”, decían. Y aunque a través de distintos festivales dentro y fuera del estado se presenta esta música tradiconal se tacha de “inauténtica” a su versión moderna, llamémosla con cariño neopirekua.

    La pirekua clásica nació a capela, luego adoptó guitarras. Pero en los 90, jóvenes purépechas añadieron bajos eléctricos, teclados y ritmos más rápidos para cantar y bailar. Los guardianes de la tradición reaccionaron como si les hubieran puesto reggaetón en un velorio: “¡Eso no es pirekua!”. Olvidan que sus abuelos también fueron tachados de modernos por usar bajo y hasta violines.

    ¿Qué es más purépecha: un joven que rapea en su lengua materna sobre las cosas que vive día a día o un “purista” que repite jucheti mintsita por enésima vez en una misma canción? La respuesta duele: hasta en las comunidades indígenas, el esnobismo musical divide.

    La farsa de la autenticidad

    La “autenticidad” es un arma arrojadiza. A Beethoven lo tildaron de revolucionario peligroso; hoy es sinónimo de “alta cultura”. ¿Y adivinen qué? En su época, mezclaba folclore popular con estructuras clásicas, algo que Rosalía hace hoy con el flamenco y el trap. Pero mientras a él se le perdona, a ella la acusan de “apropiación”.

    El sesgo de nostalgia es cómplice. Los boomers defienden a Queen como “música compleja”, olvidando que Another One Bites the Dust es un loop de bajo repetido por tres minutos. Y sí, Bohemian Rhapsody es una obra maestra, pero ¿por qué no se aplica el mismo estándar a Turista de Bad Bunny, que fusiona reguetón con samples de bolero? Criticar el arte desde la moralidad —y no desde su contexto— es un ejercicio de privilegio.

    Músicos sin fronteras: Cuando el talento no tiene prejuicios

    Un dato incómodo: muchos músicos profesionales escuchan tanto a Peso Pluma como a Mahler. Algunas de las artistas más talentosas que conozco lo mismo interpretan rancheras que trap, y son fanáticas tanto de Amparo Ochoa como de Nathy Peluso, algunos de los más talentosos que conozco lo mismo tocan a Bach o Los Chapás de Comachuén que a La Sekta Core. ¿El común denominador? Ninguno se cree dueño de la “verdad musical”. ¿Cómo tomar en serio a un rockerillo de internet que desprecia la música actual si solo cita a Guns N’ Roses?

    Incluso en la élite académica hay sorpresas. En 2024, el 12.3% de los conciertos en Francia incluyeron obras de compositores vivos, mezclando sin complejos lo tradicional con lo experimental. Hasta la Sinfónica de Toronto se atrevió a renovar su repertorio. Moraleja: cuando dejas el esnobismo, descubres que una banda sinaloense y una sinfonía pueden coexistir… ¡No solo en la misma playlist!

    Gimnasia para el alma (sin jueces)

    Al final, la música es como el humor: si te hace reír o bailar, funciona. Los puristas pueden seguir discutiendo pero el resto estaremos aquí, disfrutando de un mix de La Deuda, cumbias sonideras y corridos tumbados.

    Como diría Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Y ya saben: en el gimnasio, lo importante es moverse, no juzgar la rutina del de al lado. Así que la próxima vez que alguien hable de “música de verdad”, recuérdenle que hasta Bach usaba basso continuo (el autotune del barroco) y que, como dijo un sabio de internet: “Si suena bien, es bueno; si no, también.”.

  • Algunos apuntes sobre Paracho II

    Todo este cuestionamiento partió de lo que ya expuse en la primera parte: ¿De dónde sacan que Paracho es una palabra de origen chichimeca? Honestamente, ¿alguien conoce alguna lengua chichimeca viva o extinta que utilice la palabra Paracho como sinónimo de “ofrenda”? No, ¿verdad? Pero como buenos repetidores en automático, seguimos recitando la misma cantaleta que encontramos en Wikipedia o en el sitio oficial del ayuntamiento: “El nombre de Paracho proviene de una palabra chichimeca que significa ‘ofrenda’”. Y ahí muere la conversación, sin fuentes, sin pruebas, sin más.

    Voy a insistir —necio que soy— con el origen purépecha de Paracho. Primero, porque la lógica más básica nos dice que un pueblo rodeado de otros pueblos purépechas muy probablemente también sea purépecha. Y segundo, porque las evidencias contrarias son inexistentes o, como mucho, vagas y mal documentadas.

    Vagando entre leyendas

    Claro, está la narrativa de Eduardo Ruiz en Michoacán: Paisajes, tradiciones y leyendas, donde se menciona el éxodo teco desde Chapala. Suena pintoresco, pero, como ya vimos, hay demasiados cabos sueltos. Así que mejor sigamos el principio de la navaja de Occam: la explicación más sencilla suele ser la correcta.

    Pero, ¿cómo reconciliamos esto con la pérdida de identidad cultural que tan cómodamente hemos abrazado? Porque seamos sinceros: en Paracho somos expertos en despreciar lo propio. Nos encanta idealizar lo ajeno. Desde la ropa “de paca americana” hasta las maderas “exóticas” que buscan los lauderos; desde los anglicismos innecesarios hasta el reguetón que reemplazó a los sones. Todo lo que huele a purépecha parece incompatible con nuestra idea de progreso.

    Si seguimos escarbando en la historia del pueblo, nos topamos con un enorme vacío. Más allá de la Relación de Michoacán de 1541 y los datos de Juan José de Lejarza de 1822, hay un silencio ensordecedor sobre Paracho hasta el siglo XIX. ¿Qué pasó en esas décadas? ¿Dónde están los documentos que cuenten algo relevante? Ni idea. Es como si, en algún momento, alguien hubiera decidido que nuestra historia no merecía ser escrita.

    El espejo roto de la identidad

     

    Afortunadamente, aparecen pequeñas joyas documentales aquí y allá. Por ejemplo, El Año Musical de la Sierra (1865), una recopilación de la música que sonaba en Paracho y sus alrededores. O Unknown México (1903), un texto fascinante de Carl Lumholtz, un explorador noruego que pasó cinco años recorriendo el país. Lumholtz llegó a Paracho y conoció a Jesús Valerio Sosa, coautor del Año Musical de la Sierra.

    Lumholtz describe su llegada al pueblo con una mezcla de asombro y curiosidad:

    “EL 18 de setiembre me despedí de los benévolos habitantes de Parangaricutiro y el mismo día llegué á Paracho. Este nombre, formado de la palabra tarasca parani (envolver), significa calzones, y probablemente se deriva de los que usualmente se ponen los habitantes. Al principio de nuestra jornada nos fue muy difícil avanzar por aquel camino, pues desde el plan de Tierra Caliente, el suelo, formado de arena y barro, se había puesto por la abundancia de las lluvias en extremo resbaladizo, pero la superficie se yuelve á secar en pocas horas. Paracho se halla en el corazón de la región tarasca, pero habiéndose mezclado mucho sus naturales con los blancos, se encuentran mucho más civilizados que los de Parangaricutiro y han perdido casi por completo sus antiguas costumbres. Existe el suficiente comercio para que se haya constituído á dicho lugar en capital de la Sierra, bien que por su exterior no llama la atención del visitante. Su situación en una llanura expuesta á los crudos vientos de las montañas es desfavorable, pero sus alrededores son deliciosos como en toda la Sierra. Tiéndese casi al pie del alto cerro de Cuitzeo, llamado en tarasco Tarestzuruan, “Cerro de los Antiguos” (tarés), y hay otras eminencias cubiertas de pinos rodeando el paisaje, cuyos nombres recuerdan la historia antigua de los tarascos. Dícese que los indios de Paracho llegaron originariamente de Zamora, de donde fueron arrojados durante la conquista de Michoacán por Nuño de Guzmán. Llamáronlos tecos, palabra que, según mi informante, significa uñas de los dedos (tæki), aludiendo al hecho de que tenían las uñas pintadas de añil, porque su principal industria era la tintorería. Si mi informante estuvo en 10 justo, hay todavía en Zamora un barrio nombrado Teco, cuyos habitantes tienen actualmente uñas azules debido á que son tintoreros de añil. La primer parte donde los inmigrantes se pudieron detener fue en el Mal País (así designado por lo volcánico del terreno), á tres leguas de Paracho; pero después se establecieron en la presente ciudad. Paracho es triste y sus calles parecen desiertas. La gente anda con negligencia, hablándose en voz baja y sin energía para oponer la menor objeción á nada; pero, como todos los tarascos, es inteligente é industriosa. Lo que particularmente fabrican son hermosos re bozos azules con bordados de seda figurando pájaros y animales. El costo de algunos de ellos pasa de treinta pesos. La ciudad es igualmente famosa por sus artísticas fajas, así como por sus guitarras, algunas de las cuales, verdaderos y bonitos juguetes, sólo tienen algunas pulgadas. Todos son ahí músicos y tienen su guitarra, corno en Italia. No hay, en efecto, en el Estado de Michoacán quien rivalice con los indios de Paracho en este punto. El director de orquesta, tarasco de pura sangre y oscura piel, es un compositor de mérito nada escaso. Toca, según las propias palabras del cura, cualquier instrumento que se le dé. Aun en los más pequeños pueblos tarascos encuentra uno por lo menos dos bandas, una de música de viento y otra de instrumentos de cuerda, y ambas tocan bien. En todas las fiestas, casamientos y entierros, se acostumbra contratar á todos los músicos di ponibles. La música tarasca es característicamente triste y quejosa. Para aquella gente no existen los aires alegres, y ante un scherzo ó un rondó pern1anecerían del todo indiferentes. Me refirió Don Eduardo Ruiz que las mujeres de edad son quienes con1ponen tanto las piezas religiosas con10 las eróticas de la tribu. A menudo he podido observar que en toda la República Mexicana no parece haber nadie, indígena español ni mestizo, que carezca de la percepción musical. En donde quiera ye uno los domingos: y aun una ó dos veces en el curso de la semana gente bien vestida codeándose con los pobres harapientos, unos y otros reunidos en la plaza para deleitarse con el arte de Orfeo. Esta devoción por la música imprime en México al carácter general de las masas cierta gentileza y refinamiento de modales que las distingue favorablen1ente de la plebe de las grandes ciudades del norte. Hay muchos indios capaces de componer música que cautivaría á cualquier auditorio de personas civilizadas, y el número de composiciones musicales que anualmente producen los mexicanos es mucho mayor de lo que se puede suponer. ¿Quién de los que visitaron la Exposición de Chicago no recuerda con gusto la ejecución musical de la banda mexicana? El agua es escasa y á menudo salobre en la Sierra. Segun la tradición, las mujeres de Paracho iban antiguamente por ella á distancia de seis millas. Entonces como ahora, acostumbraban las Rebecas ir en grupos para abreviarse el camino, charlando en su sonora lengua ; pero hoy tienen cerca de la ciudad un pozo cuya poética leyenda me refirió el cura del modo siguiente: Había una joven llamada Tzitzic (flor), que era sacerdotiza del Sol. Como era muy hermosa, causaba grande admiración á los mozos. A veces que iba sola por agua, se reunía con su novio, y tanto se entretenían, que á su regreso la regañaban sus padres porque volvía tan tarde. A pesar de todo, los enamorados continuaban juntándose, y tanto se olvidaron del tiempo cierta ocasión, que le hubiera sido imposible á la muchacha llegar hasta la fuente. Llena de angustia se puso á invocar al Padre Sol, suplicándole que le concediera encontrar agua cerca para no incurrir en la cólera de sus padres. Estando en ello, vio salir un pajarito de entre el zacate, sacudiendo las alas como si acabara de bañarse y arrojando gotas de agua; comprendió al punto que el Padre Sol le habla otorgado lo que le pedía, haciéndola encontrar una fuente, y rebosante de alegría llenó su tirímacua y se encaminó á toda prisa á su casa. Sus padres quedaron sorprendidos al verla tan pronto de vuelta y supusieron que el novio le habría ayudado con el cántaro; pero ella les dijo que no había tal, sino que en el mismo camino por donde hacía muchos años iban las mujeres por agua, había encontrado una nueva fuente. Todas las personas principales acudieron á oír el maravilloso relato y fueron á visitar el manantial donde abrieron un pozo de doce varas de hondo, que hasta el día constituye para la ciudad su principal depósito de agua. Hállase situado al este de Paracho, á menos de una milla del centro, y los habitantes lo llaman Queritziaro (quer = grande; itzi = agua; aro = donde hay); en otras palabras: “La gran fuente.” Si la joven tarasca hubiera sabido la historia de Josué, hubiérale también pedido al sol que se parara. Pero ¿quién de ambos invocó su divina ayuda con más noble propósito, el guerrero que quería vengarse de su enemigo, ó la doncella que sólo trataba de conciliar su amor con su deber filial?”

    Carl Lumholtz – Unknown Mexico II

    Y bueno…

    ¿Calzones? Así, sin más, el hombre nos regala una versión que jamás se nos habría ocurrido (aunque ahora que lo pienso, podría tener sentido, en algún momento preguntando al buen Ricardo Campos de Quinceo, el mencionó el Parache, una especie de taparrabo que se utilizaba para cubrir las prendas de ensuciarse, algo así como un delantal para el delantal). Claro, es más probable que la explicación sea un malentendido o una interpretación muy libre del noruego, pero aún así, es interesante pensar en cómo nos percibían los extranjeros.

    Lo más irónico de todo esto es que, aunque llevamos siglos aquí, todavía no sabemos quiénes somos. Nos hemos apropiado de las historias más convenientes, ignorando las que nos hacen reflexionar sobre nuestro verdadero origen. La identidad cultural en Paracho parece haberse fracturado en algún punto, y esa grieta se ha llenado con indiferencia y olvido.

    Y aquí estamos, rodeados de un legado cultural inmenso que apenas reconocemos. Nuestras calles, nuestros nombres, nuestras tradiciones —todo lleva una huella purépecha que fingimos no ver. Porque, al final, es más fácil negar el pasado que enfrentarlo.

    Así que la próxima vez que alguien diga que Paracho significa “ofrenda” en chichimeca, pregúntenle: ¿Qué pruebas tienes? ¿Qué lengua hablas tú? Porque la historia no se escribe con mitos cómodos ni con silencios. Se escribe cuestionando, buscando, y, sobre todo, aceptando lo que somos.

  • Que las palabras me sepulten

    Que las palabras me sepulten

    ¡Que las palabras que se enroscan
    como serpientes en mi garganta
    jamás encuentren escape!
    Que sus lenguas de tinta me estrangulen lentamente,
    que sus sílabas se afiancen como grilletes de plomo
    alrededor de mis pulmones hasta robarme el último hálito.
    Prefiero mil veces ser consumido por la marea de versos no nacidos,
    ahogado en un océano de frases no pronunciadas,
    antes que sucumbir al filo implacable de tu lengua,
    cuya crueldad es tan fría como la indiferencia que emana de tus ojos vacíos.

    Deja que la pira de mi prosa arda con una intensidad desesperada,
    que mi cuerpo sea cenizas llevadas por los vientos del olvido,
    antes que mi existencia se pierda bajo el polvo insensible de tu memoria.
    Cada línea que se queda atrapada,
    cada rima que se retuerce como un insecto moribundo en la penumbra de mi mente,
    es un recordatorio de que la vida se escapa de mí en un goteo constante,
    lento e inexorable.

    No hay tinta que fluya ni plumas que tracen;
    no hay horas malditas ante el blanco de la página
    que espera ser profanada por el alma del escritor.
    Sin embargo, dentro de mí,
    las letras se amontonan como ruinas de una civilización perdida,
    construyendo laberintos de significado donde se oculta mi cordura.
    Las palabras, esas infames traidoras,
    se arrastran como espectros por las grietas de mi conciencia,
    clamando por nacer, por romper las cadenas del silencio
    que yo mismo he sellado con la cera negra de la desesperación.

    ¿Será que estas frases no pronunciadas son el germen de mi destrucción,
    la señal de que mi espíritu no pertenece ya a este mundo?
    Quizá sea mi destino ser devorado por el hambre insaciable
    de una prosa que jamás verá la luz,
    un sacrificio para las sombras que crecen en mi pecho.
    Porque no hay redención ni sosiego en esta prisión de palabras no dichas,
    sólo el eco interminable de mi tormento que resuena como un lamento eterno.

    Siento que mis latidos, cada vez más molestos,
    no son sino golpes de martillo
    contra el barro frágil que compone este corazón malherido.
    Late con una terquedad insensata,
    como si ignorara que está hecho de cerámica horneada,
    destinada a quebrarse con el más leve contacto con lo desconocido.
    Y, sin embargo, cada pulsación parece un presagio,
    un eco hueco que resuena en las cámaras vacías de mi pecho,
    amenazando con desgarrar el fino velo
    que separa mi ser del desasosiego.

    Las grietas comienzan a formarse,
    pequeñas fisuras que serpentean como raíces de un árbol maldito.
    Por ellas se asoma la verdad, esa criatura esquiva
    que no encuentra lugar en la oscuridad que habita en mí.
    ¿Qué podría ver alguien más en estas fracturas,
    en estas heridas abiertas por el roce de una nueva vida?
    Tal vez un mapa de mi ruina, o quizá el rastro de un viajero perdido
    en un desierto de emociones desgastadas.

    El barro que soy —esa sustancia humilde,
    moldeada con manos temblorosas y fuego implacable—
    no está hecho para resistir las tormentas del espíritu.
    Cada grieta es un recordatorio de mi fragilidad,
    de la inevitable descomposición que me aguarda.
    Pero hay algo perversamente hermoso
    en el modo en que estas fisuras se ensanchan,
    dejando entrever las sombras que se arremolinan dentro de mí.
    Sombras que no son oscuridad pura, sino un mosaico de recuerdos,
    deseos insatisfechos y esperanzas que tiemblan como hojas en un vendaval.

    ¿Qué monstruo o qué redentor
    encontrará su reflejo en estas grietas abiertas?
    Es imposible saberlo. Sólo sé que el latido continúa,
    implacable y voraz, llevando consigo fragmentos de mi ser,
    desmoronando con cada pulso el precario equilibrio que alguna vez creí tener.

    Si pudiera detenerlo, lo haría;
    si pudiera tomar mis propias manos
    y sellar las grietas con un pacto de silencio, no dudaría.
    Pero el barro se resiste,
    el fuego que me dio forma también dejó cicatrices,
    y las palabras que pugnan por liberarse se convierten
    en dagas que cortan mi lengua antes de llegar al aire.

    En este estado de agonía latente,
    me doy cuenta de que las grietas no son el final,
    sino el principio de algo más.
    Son portales hacia un territorio que no conozco,
    un reino donde el olvido y la memoria danzan en un vals macabro.
    Y mientras este corazón de barro cocido se fragmenta,
    pienso que tal vez no hay redención
    para los que vivimos entre las sombras de lo no dicho,
    sólo el consuelo de ser consumidos
    por las brasas de nuestra propia fragilidad.

     

  • La noche que murió Chicago

    La noche que murió Chicago

    En el año de 1974 la banda británica Paper Lace publicaba esta canción que pronto alcanzaría los primeros lugares en las estaciones de radio: The Night Chicago Died.

    En ella, relatan la historia de un tiroteo entre criminales y policías, basado en la Masacre de la noche de san Valentín, en la que miembros de la banda de Al Capone asesinaron a 7 miembros de la banda de Bugs Moran, dos de los cuales estaban disfrazados de policías.
    Sí, básicamente, es un corrido.

    La historia

    Al Capone, el verdadero Scarface, el Gángster Americano, el Enemigo Público Número 1, fue un líder criminal del que todos hemos escuchado y no. Resulta que allá por el año 1919 varios grupos religiosos y de defensa de las “buenas costumbres” creyeron que la mejor forma de resolver los problemas que tenía la sociedad era evitar que la gente se embriagara. Fue así que con la 18a enmienda, en los Estados Unidos prohibieron la fabricación, importación, transporte y venta de bebidas alcohólicas.
    Obviamente esto no funcionó como esperaban, ¡no puedes quitarle el chupe a la gente y esperar a que se porten bien así nada más!
    Si bueno, los casos de cirrosis bajaron significativamente, el abandono de los empleos bajó del 10% al 3%, pero fue un duro golpe para la economía del país y sobre todo, potencializó el crimen.
    Y es que su idea era que, si no había alcohol, no habría gente pensando en hacer el mal. Lo que crearon, fueron bandas de traficantes de alcohol y destilerías clandestinas, y al frente de uno de los sindicatos del crimen más importantes de la época, Al Capone.
    En este negocio como en tantos otros, había competencia claro, y Al Capone y los suyos no iban a dejar el control de uno de sus mercados más importantes, el de Chicago, en manos de sus competidores, por lo que el 14 de febrero de 1929 a eso de las 10:30 de la mañana dos ametralladoras Thompson y dos escopetas acabarían con 7 miembros de la North Side Gang.
    Este hecho, aunque un poco distorsionado por la forma en que viajaban las noticias de los Estados Unidos a Inglaterra, llegó a oídos de Peter Callander y Mitch Murray quienes, de una forma un tanto romántica, escribieron esta canción donde un chico relata como veía a su madre llorar mientras escuchaba las noticias en la radio sobre los tiroteos entre policías y criminales.

    Las nuevas versiones

    En el mismo año, la cantante venezolana Mirla Castellanos grababa una versión en español de esta canción, así también lo hizo el grupo mexicano Banda Macho y en 1975 haría lo propio Virve Rosti, una cantante de Finlandia. Estas tres versiones son muy similares a la orginal, aunque integran algunos detalles propios de cada agrupación, es innegable que respetan ese sentimiento y emoción que transmite la original, como una historia que alguien podría contarte como anécdota de la infancia.
    Pero si estamos aquí, no es por alguna de esas versiones, sino por la que, a mi parecer es la mejor de todas, incluso mejor que la original.
    Nochistlán es un pequeño pueblo mágico de Zacatecas donde en la década de los 90s Saúl Esqueda formaría Banda Toro, una agrupación de tecnobanda, bolero, cumbia y ranchera que para 1992 grabaría este tema en una versión ampliamente conocida por todos llegando al punto, de que muchos no sabían que esta había sido reversionada en varias ocasiones.

    ¡Dale duro Banda Toro!

    La versión de Banda Toro alcanzó muchísima popularidad para la época, incluso el mismo Saúl confiesa en una entrevista:
    cuando entonces me di cuenta que estaba sonando la canción en todas radios de USA y México mi asombro fue Tal que me quedó en estado de Shock porque ni siquiera tenía músicos para la banda, es así que el primer disco de banda toro en la fotografía aparecen varias personas en su mayoría jornaleros que pasaban por ahí se les pago para tomarse una foto.

    La canción original tiene este sonido de tambores al principio acompañado de un sintetizador que emula los sonidos de las sirenas de policía, continúa con una narración “My daddy was a cop on the east side of Chicago…” y de pronto, la tensión generada se libera y cambia por completo el ritmo de la canción, con una voz suave y melodiosa comienza la historia “In the heat of a summer night…” Algo que recuerda más a una canción de Vaselina (Grease para los puristas) que a la narrativa de un crimen. Incluso la parte donde menciona Chicago died lo hace sonar tan gentil que contrasta mucho con la mención en una voz más áspera de “a man named Al Capone” y a partir de ahí la canción se mantiene en ese mismo esquema de contar la historia suavemente y en el coro entra una guitarra y algunas voces que le respaldan así como el tic tac de un reloj en la parte de “but the clock upon the wall”.

    Pero, la versión de Banda Toro, vaya acierto.

    Podemos escuchar en su introducción un clásico sonido de uno de los teclados usados en la tecnocumbia acompañado de tuba y percusiones así como la profunda voz que narra “Papá trabajaba, cuando vivía en Chicago, siempre policía el fue, siempre al lado de la ley” y la transición a la melodía principal se siente tan natural y mantiene siempre ese ritmo, con trompetas haciendo lo que antes hacía una guitarra eléctrica. Ese toque nostálgico que da el escuchar “Mi madre oí llorar”.

    Después nada sonó, solo el reloj se escuchó: hay un tic tac que las percusiones hacen acompañado del mítico “¡Dale duro Banda Toro!”.

    No sé ustedes, pero para mi, esta es la forma correcta de hacer un cover, de darle un estilo propio y al mismo tiempo, no perder la esencia del original. Claro que, “en las calles de murieron policías más de cien” es algo que no gustó de la canción original, e incluso, Richard Daley, el alcalde de Chicago en los tiempos en que se estrenó la canción les sugirió a los escritores que se lanzaran al rio, sumergieran su cabeza tres veces, pero solo las sacaran dos.

    Banda Toro con La noche que murió Chicago fueron piezas clave para la popularización de la tecnobanda en México y Estados Unidos, una canción que referencia a la época de la prohibición y que sin duda, más de uno ha escuchado, cantado y bailado con alguna copa encima.

  • Some Notes on Paracho I

    Some Notes on Paracho I

    Some time ago, I realized I know nothing about Paracho.

    We all know the myths about its origin, but none of those stories truly satisfy our curiosity. Some say we are Tecos who moved from El Paracho over by Lake Chapala, others that Friar Francisco de Castro secured these lands for us by requesting them from Aranza, Ahuiran, Quinceo, and Pomacuarán. Still others claim it was the Santo Entierro (Holy Burial) that decided we should stay here after the Old Paracho burned down…

    In short, we don’t know the truth. And I, not being an authority on history or a serious researcher, don’t presume to give you the definitive version. However, I’ll try to share what I’ve learned by questioning historians, musicians, researchers, and by reviewing various documents.

    It starts with a doubt

     

    In 1860, a document was presented to the Mexican Society of Geography and Statistics by Dr. José Guadalupe Romero. This document compiled various data about the towns of Michoacán. The book, titled Noticias para formar la historia y la estadística del obispado de Michoacán (News to Form the History and Statistics of the Diocese of Michoacán), provides us with the following information about Paracho:

    A town located in the Pátzcuaro highlands at 2° 45′ longitude and 19° 29′ 0” latitude from the Mexico meridian. It already existed at the time of the conquest; its name in the Tarascan language means Old Clothes, according to some, or Offering, according to others, depending on the word from which it is derived.
    In the year 1534, the indigenous people of this region were baptized by Franciscan friars Fr. Martín de la Coruña and Fr. Francisco de Lisboa.

    Sr. Dr. D. José Guadalupe Romero

    Paracho was already in its current location by the time the Spanish established the colony, which dismisses the idea that Paracho was formed due to Nuño de Guzmán driving the Tecos from their territory. Additionally, we can ascertain from some texts that the name “Paracho” appears to have a P’urhépecha/Tarascan origin.

    19. Parácho, San Pedro, (ó Paráche, ropa bieja; (*) El B. D. Manuel de la Torre Lloreda, honor de este partido. aunque créo viene de Parándi, ofrenda),

    Análisis Estadístico de la Provincia de Mechuacan 1822 Juan José de Lejarza

    Paracho. Paratsi-o, lugar de mantas hechas a
    mano, de lengua tarasca: la final de lugar o, y la radical
    parahtsi, manta o pieza de vestido.

    Nomenclatura Geográfica de México, 1897, Dr. Antonio Peñafiel

    As for the term “Chichimeca,” I find no further evidence beyond what is repeated over and over, from Wikipedia to the official website of the Paracho City Council, where, unsurprisingly, no sources are cited for this information.

    Walking backwards

    So, how do we uncover the P’urhépecha origin of our town if we have always believed a different version?

    In the Relación de Michoacán (1541), Chapter XXXI: How Hirípan, Tangánxoan, and Hiquíngare Conquered the Entire Province with the Islanders and How They Divided It Among Themselves and What They Ordered, it is mentioned:

    And Hirípan, Tangánxoan, and Hiquíngare entered their council and said:
    “Let us appoint lords and chiefs for the towns, as it will please the gods and bring peace to the people.”
    And they went through all the towns and appointed chiefs.
    The islanders took one part in the hot lands, and the Chichimecas another part on the right-hand side, in Xénguaro, Cherani, Cumachen; and thus, they pacified everyone. And a kingdom was formed. They also conquered Tacámbaro, Hurapan, Parochu, Charu, Hetóquaro, Curupu hucazio.

    This account further supports the idea that Paracho was already established by the time the Spanish arrived, having been conquered at some point by Tangánxoan and later becoming part of the Tarascan kingdom.

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    As we move forward in the history of the town, we encounter blank periods, with little to no information for decades. So, let’s think: why do we still believe we don’t belong to this territory? Why do we still have that idea in our minds that we are not P’urhépecha?

    There are many factors that have contributed over the years to this way of thinking among the people of Paracho. The very loss of identity has led us to neglect our communal ties and focus solely on individual benefits. It has made us feel detached from our own surroundings and, even worse, we have excluded ourselves from our culture.

    A complicated path

    There is something that is often heard in Paracho: the phrase “No one is a prophet in their own land.” It seems that here they take it so seriously that they push you to fulfill it.

    There is a popular belief that foreign things are better. We see this in people who always seek American clothes, the luthiers who look for imported wood, those who prefer listening to Sinaloan music over Michoacan music, those who always seek English words instead of their regional equivalents. In short, the pop culture presented to us by cinema and television has swept away what once identified us as members of the P’urhépecha society. Women no longer wear naguas and rebozos as before, nor do men wear hats and sandals. In fact, it’s very likely that few people even know what the traditional attire in Paracho was, let alone ask for it to be used again. Our native language is no longer spoken, and even worse, there are many who deny their origins—those who proclaim that their birth certificate says they were born in Uruapan, Morelia, or Zamora, and despise their homeland.

    So, it’s not surprising that we don’t know where we come from, and because of that, we can’t complain about not knowing where we are going.

  • Algunos apuntes sobre Paracho I

    Algunos apuntes sobre Paracho I

    Hace tiempo me di cuenta de que no sé nada sobre Paracho.
    Todos conocemos los mitos sobre su origen, pero ninguna de esas historias realmente satisfacen nuestra curiosidad, que si somos indios tecos que se mudaron desde El Paracho allá por el lago de Chapala, que si Fray Francisco de Castro nos consiguió estas tierras pidiendolas a Aranza, Ahuiran, Quinceo y Pomacuarán, que si fue el Santo Entierro que decidió que nos quedaramos aquí al incendiarse el Paracho Viejo… En fin, no sabemos cuál es la realidad, y yo, al no ser una autoridad en historia o un investigador serio, no creo ser quien les de a ustedes la versión correcta, pero voy a intentar hacerlo conforme a lo que a través de cuestionar a historiadores, músicos, investigadores y tras revisar varios documentos, he aprendido.

    Todo empieza con la duda

    En el 1860 fue presentado un documento A la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística por el Sr. Dr. D. José Guadalupe Romero, en el cual se reunieron datos diversos acerca de los pueblos michoacanos, el libro titulado Noticias para formar la historia y la estadística del obispado de Michoacán, nos muestra pues esta información sobre Paracho:

    Pueblo situado en la sierra de Pátzcuaro a los 2° 45′ de longitud y 19° 29′ 0” de latitud del meridiano de México. Existía ya en tiempo de la conquista; su nombre en idioma Tarasco significa Ropa vieja según unos, o según otros Ofrenda, conforme a la palabra de donde lo derivan.
    En el año de 1534 fueron bautizados los indios de esta serranía por los religiosos franciscanos Fr. Martín de la Coruña y Fr. Francisco de Lisboa.

    Sr. Dr. D. José Guadalupe Romero

    Paracho estaba ya en su ubicación actual para la época en que los españoles establecieron la colonia, lo que descarta la idea de que Paracho se formó por causa de Nuño de Guzman quien ahuyentara a los tecos de su territorio. También nos damos cuenta, gracias a algunos textos, de que el nombre de Paracho parece tener un origen p’urhépecha/tarasco.

    19. Parácho, San Pedro, (ó Paráche, ropa bieja; (*) El B. D. Manuel de la Torre Lloreda, honor de este partido. aunque créo viene de Parándi, ofrenda),

    Análisis Estadístico de la Provincia de Mechuacan 1822 Juan José de Lejarza

    Paracho. Paratsi-o, lugar de mantas hechas a
    mano, de lengua tarasca: la final de lugar o, y la radical
    parahtsi, manta o pieza de vestido.

    Nomenclatura Geográfica de México, 1897, Dr. Antonio Peñafiel

    Y bueno, de la palabra chichimeca no encuentro más testimonio que lo que se repite una y otra vez desde Wikipedia hasta el sitio oficial del Ayuntamiento de Paracho donde, obviamente, no se mencionan fuentes para esa información. 

    Volvemos sobre nuestros pasos

    Entonces ¿cómo encontramos el origen p’urhépecha de nuestro pueblo si desde siempre creímos en una versión distinta? Pues bien, en la Relación de Michoacán (1541), en el capítulo XXXI Cómo Hirípan y Tangánxoan y Hiquíngare conquistaron toda la provincia con los isleños y cómo la repartieron entre sí y de lo que ordenaron se menciona:Y entraron en su consejo Hiripan y Tangáxoan y Hiquíngare y dijeron:
    “hagamos señores y caciques por los pueblos, que placerá a los dioses que sosiegue la gente”. Y fueron por todos los pueblos y hicieron caciques,
    y los isleños tomaron una parte en la tierra caliente y los chichi-
    mecas otra parte a la man[o] derecha, en Xénguaro, Cherani, Cumachen; y así sosegaron todos. Y se hizo un reino. Conquistaron así mesmo a Ta-
    cánbaro, Hurapan, Parochu, Charu, Hetóquaro, Curupu hucazio.

    Otro dato más que nos da a entender que, efectivamente, Paracho estaba ya establecido a la llegada de los españoles, conquistado en algún momento por Tangánxoan y después pasara a ser parte del reino tarasco.

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     Avanzando un poco en la historia del pueblo nos toparemos con lapsos en blanco, con poca o nula información durante décadas. Pensemos entonces, ¿por qué seguimos pensando que no pertenecemos a este territorio? ¿por qué aún tenemos esa idea en la cabeza de que no somos p’urhépecha? Hay muchos factores que han contribuido a través de los años para que los parachenses adoptemos esa manera de pensar, la misma perdida de identidad nos ha llevado a dejar de lado la comunalidad y buscar solamente el beneficio individual, nos ha hecho sentirnos ajenos a nuestro propio entorno, y aún peor, auto excluirnos de nuestra cultura.

    Un camino complicado

    Hay algo que suena muy seguido en Paracho, la frase esa de Nadie es profeta en su propia tierra. Al parecer, aquí se lo toman tan en serio que te orillan a cumplirlo.

    Existe la creencia popular de que lo extranjero es mejor, lo vemos desde la gente que busca siempre ropa americana, el laudero que busca maderas importadas, aquellos que prefieren escuchar la música sinaloense en lugar de la michoacana, los que buscan siempre los anglicismos en lugar de su equivalente regional, en fin, la cultura pop que nos muestran el cine y la televisión han arrasado con lo que nos identificaba como miembros de la sociedad p’urhépecha. Ya no se ve a las mujeres usando naguas y rebozo como antes ni a los hombres con sombrero y huaraches, de hecho, es muy probable que muy poca gente sepa cual era el atuendo tradicional en Paracho, sería mucho pedir que se siguiera utilizando. Ya no hay quien hable nuestra lengua materna y más feo aún, abundan los que niegan su origen, los que proclaman que su acta de nacimiento dice que nacieron en Uruapan, Morelia o Zamora y desprecian el terruño.

    Entonces no es algo sorprendente encontrarnos con que no sabemos de donde venimos y por lo mismo, no podemos quejarnos de no saber a donde vamos.

  • El día que conocí al Diablo

    Hace poco conocí al Diablo, y ya que me dio el permiso de hacerlo, les voy a contar como fue. 

    Lo había visto en otras ocasiones, era de lo más común. Le gusta pasearse por la calle de la amargura buscando algún desobediente borrachito que atormentar con una cruda, golpetea las ventanas con sus nudillos haciendo que los jóvenes no concilien el sueño cuando sabe que deben madrugar o susurra cizañases a los oídos de los enamorados para ver con regocijo como pelean. Uy, cuanta maldad, podrá algún ingenuo pensar, pero es qué el Diablo si es malo, pero no es el malo que provoca guerras o desastres naturales, unas son del hombre y los otros de la tierra. El Diablo es en cambio, más sencillo, disfruta los pequeños detalles de la vida, sobre todo, aquellos que conllevan sufrimiento para los demás, pero un sufrimiento suave, cotidiano, así que cuando lo estás pasando mal, pero no tan tan mal, es porque él está detrás, es un chingaquedito dicen por ahí.

    Lo conocí en una de esas caminatas a mi casa donde por costumbre voy hablando de lo que me pasa. En medio de una frase algo gastada noté que me veía desde el otro lado de la calle. Me molestó un poco que me espiara, sabía que lo hacía pero nunca me había interrumpido con palabras. Y no, no fue grosero, al contrario, se portó bastante cortés, de esas veces que alguien es tan amable que te es imposible ignorarlo para no quedar mal. 

    -Buenas noches Eduardo, espero no interrumpir -dijo mientras mi cara de hartazgo aparecía- pero te escuché hablar y quise saludar. 

    -No te preocupes, no interrumpes, buenas noches. 

    -¡Ay!, pero ¿Qué perturba tu paz? Si hace unos minutos hablabas jovial, ¿te ofendí? -preguntó con su siniestra sonrisa. 

    -Para nada, pero normalmente no saludas y no quisiera desconfiar…

    -No, no, no, tú tranquilo, no te pongas suspicaz, es solo que te oí hablar pero pensabas en otra cosa y quería saber si te podía ayudar. 

    -Ándale… ¿Desde cuando el Diablo ayuda? ¿A poco ya haces caridad? 

    -No claro que no, va contra mis principios no se te olvide, es solo que me aburro un poco y nunca está de más querer trabajar. 

    Se sentó en la banqueta y extendió su brazo izquierdo señalando donde me podía sentar. Ahora que lo pienso bien, esa cara de estoy-haciendo-esto-pero-sin-ganas-de-hacerlo-la-verdad, pareció divertirlo más que incomodarlo, ahí debí sospechar que todo esto no era casual. 

    -Pues bien, te oí hablar de planes, de ideas y demás -dijo agitando su mano como apartando todo eso- pero pensabas en que ya no tenías la emoción que otras veces habías mostrado. ¿Qué te hizo cambiar? -con una mano sujetó su muñeca, descansó sus brazos sobre sus piernas y hasta su espalda se relajó, pinche Diablo, estaba esperando escuchar todo mucha atención. 

    -¿Para qué te lo digo si ya lo sabes? Hasta llegué a pensar que habías sido tú.

    -Oh no, claro que no, y no porque no me hubiera gustado, pero uno se ocupa de repente y la verdad no he encontrado un buen reemplazo -dijo alzando las cejas y mirando hacia el cielo estrellado. 

    -Creo que entonces solo me quiero adelantar ahora a los planes, o por lo menos a que fallen -contesté sinceramente. 

    -Bien ahí muchacho con ese pensamiento tan realista, pero aguas, que se convierte en pesimismo. 

    -Que va, ¿por qué habría de ser pesimista? Solo es ser precavido.

    -Claro, claro, precavido -se rascó arriba de la sien y continuó- yo solo digo que, si me permites hacer esta publicidad, te puedo ayudar.

    -¿Y a cambio de qué? -dije un poco más exaltado- Porque con tus negocios ya no se sabe, y eso de vender el alma no sé ni como está…

    -¡Ja!, como si las almas tuvieran valor, ni que se tratara del gas. No, si te voy a cobrar, pero no es como que me tengas que dejar algo o perderlo todo. Pues si, es negocio, pero yo me ofrecí a ayudar. Digamos que solo te voy a cobrar el material. 

    -Ah, que barato está el boleto al infie…

    -¡No! -me interrumpió- ni siquiera ahí vas a parar.

    -Entonces cuéntame, ya estoy aquí, nada me cuesta escuchar.

    -Vamos a verlo como un juego, porque ya sabes que a mi me gusta apostar -sacó de algún lugar un revoltijo de notas y una pluma, pasó las hojas a una en blanco y se dispuso a apuntar- ¿Cuántas horas al día duermes?

    -Cuando no estás chingando con la ventana, molestando a los perros para que ladren o invitando a hacer fiestas en mi calle… Unas cuatro horas si bien me va. 

    Me miró, sonrió como quien acaba de recibir un cumplido y anotó. Tarde ya era, así que daba igual apurarme o no, así que ya me iba a dejar llevar. 

    -Muy bien, ¿y las ganas de morirte cuantas veces al día te dan?

    -Ah ya veo, también revisas mi Whatsapp -se me subió la vergüenza a la cara, nunca nadie me lo había mencionado así- pues no creo que se puedan contar, siempre son las mismas ¿no?

    -Si, si, tienes razón -hizo unos garabatos como de doctor y siguió- ¿A cuantas personas les cuentas lo que te pasa?

    -Uhm, pues no sé, quizá unas cinco o seis que son de confianza.

    Chasqueó la lengua algo incrédulo, pero igual lo anotó. Cruzó las piernas y apoyó sobre ellas sus papeles, esto parecía una versión rara del censo de población. 

    -Si pudieras tener cualquier cosa -se aclaró la garganta para sonar casi solemne- y estoy hablando de cualquier cosa eh, la fama o la riqueza o el poder y todo eso ¿Qué pedirías?

    Yo miraba la pared de ladrillo de la casa de enfrente, y todas esas palabras puedo jurar que se veían proyectadas ahí. Recuerdo entrecerrar los ojos para distinguirlas mejor, como si eso fuera a darme una respuesta a lo que sería mi hipotético deseo. Se me atravesó por la cabeza ese asunto de la fama, ser conocido por todas partes por mi obra o por mi gracia, y qué debería sentirse eso de tener fans y entregar firmas que tuvieran un valor. Pero me vi también siendo acosado, juzgado y hasta odiado por gente que no sabría de donde salí, imaginé el horror de ver mi imagen replicada cientos de miles de veces y tener que soportarla y así ese deseo se esfumó. 

    El diablo me miraba atento, era obvio que sabía lo que pensaba porque no me apresuró a contestar, estaba disfrutando eso, ¡disfrutaba hacerme dudar!. 

    Pensé entonces en la riqueza, en como sería eso de no preocuparse por gastar. ¿Te imaginas? Yo pudiendo comprar todo lo que siempre había soñado, sin carencias ni nada. El torrente de imágenes comenzó a llegar, cámaras y autos, casas y viajes, novedades y lujos, y luego, otra vez se comenzó a opacar. ¿A quién iba a fotografiar con todo ese equipo o con quien iba a manejar?, ¿A que hora viviría en una de esas casas si me la pasaría de aquí para allá? y ¿Quién me querría acompañar?, ¿para qué tendría lo más nuevo, lo más brillante, si no podría en nadie confiar?. Claro, no más viajes a la tienda a buscar comida en descuento, al fin una almohada decente y no rellena de ropa vieja, no más preocuparse por si hay agua caliente o no, pero tampoco habría con quien perderse horas hablando y riendo al buscar las ofertas, ni con quien dormir juntito para descansar o con quien ahorrar agua en una sola ducha. Y amargamente me reí. 

    ¿Y el poder? ¿sería capaz de negarme al poder?. Cuantos antes de mi habrán deseado todo el poder, y ahora se me ofrecía así, sin más, en una banqueta apenas iluminada por un foco amarillento. Pero la voz dentro de mi cabeza se cayó, no quiso enumerar las posibilidades, porque sabe bien que el poder no es negociable, que jamás va a ceder sin pelear.

    -Vaya, creí que sería una pregunta fácil -dijo el Diablo un poco decepcionado- son los deseos más pedidos, aunque claro, también quedan algunos más como la vida eterna o la paz -dijo poniendo los ojos en blanco- y ese montón de cositas que uno ve en las películas. ¿Me vas a decir que tú eres especial y que no te dejas llevar por lo mundano? Digo, no te voy a juzgar pero como que a ti no te queda eso de ser… -entrecerró sus ojos y movió su cabeza de lado a lado como tratando de encontrar la palabra correcta.

    -¿Mamón? Pues no, pero conociéndote, y conociendo lo que ha pasado, no creo que ese tipo de deseos acarreen solo cosas buenas.

    -Y dale con los clichés, ya te lo dije, eso es de películas y esto es un negocio. -se inclinó un poco más hacia el frente y me miró desafiante- Pero si te interesa el talento, el amor, la venganza y cualquiera de esas cosas más oscuras, también se pueden cumplir.

    -No gracias, creo que eso lo podría lograr solo ¿no? O sea, un deseo al Diablo debe ser para algo que no sea tan fácil de lograr.

    -Si bueno, tampoco es como que la tengas tan fácil en esas cosas ¿o si? 

    Otra vez me reí, ya más por amargura que por una diversión verdadera. 

    -Pues no, la verdad no, pero no veo caso a desear alguna de esas cosas. A mi me gustaría más algo como, no sé, solo ser bueno ¿sabes? Es decir, quiero hacer muchas cosas si, pero tampoco es como que quiera ser el mejor y tal cosa ¿de donde sacaría inspiración si fuera el mejor en lo que hago?

    Por primera vez, el Diablo se notó interesado, no sé si solamente no leyó las cosas antes de que las dijera o era una sorpresa genuina. 

    -Entonces, si entendí bien ¿quieres ser bueno pero no tan bueno? ¿deseas ser mediocre? 

    -Vamos a decir que si. 

    -Digo, si quieres te puedo curar de esos pensamientos tan idiotas, también entra como deseo…

    -Pero es que no son pensamientos idiotas, es solo que, si yo no me detuviera a admirar a nadie y en cambio tuviera todas las miradas en mi, lo que hago ya no tendría sentido. 

    -No creí decir esto hoy pero, cuéntame más -dejó de lado sus notas, apoyó los codos sobre sus rodillas y su cabeza sobre sus manos y atento me miró. 

    -A ver, existen canciones grandiosas, óperas increíbles, sinfonías maravillosas, y están inspiradas en muchas cosas, no siempre en lo perfecto, y el hecho de que sus creadores no hayan alcanzado la perfección, no quiere decir que sus obras sean menos válidas ¿no? -hizo una pequeña mueca e inclino la cabeza como diciendo que estaba de acuerdo- creo que con todo lo que se crea es así. Uno puede hacer cosas muy buenas aunque no necesariamente sea el mejor, y no es necesario ser el mejor o hacer lo mejor, porque al final, para todo hay público. Ahora bien, no te voy a negar que a veces quiero tener o hacer más cosas, pero no porque no lo logre mi vida es miserable. Aunque falle muchas veces, eso me ayuda a que, cuando al fin lo logre, sienta satisfacción. 

    -Ya, pero ¿Cuándo se volvió esto un discurso motivacional?

    -Bueno, tú empezaste con lo raro ¿no?

    -Tienes razón, continúa.

    -La cosa es que, si tuviera todo si me perdería de los momentos buenos, esos momentos que hacen que todo tenga sentido. ¿Cómo podría decir cual es mi mejor foto si todas son las mejores? Uno tiene que superarse todo el tiempo, si ya no tuviera que esforzarme para hacerlo, pues ya no tendría caso hacer nada. Y con el amor y la venganza no me meto porque, ni uno ni otro me dejaría bien parado a mi. 

    -Entiendo, huyes del karma.

    -¿O sea que el karma es real?

    -No, tampoco, pero es un decir. 

    -Ah bueno. Pues no sé, no se me antoja ningún deseo de esos.

    -Tus razones son válidas supongo, pero pues algo tienes que desear, si no ¿Cómo haremos trato?

    Faltaba poco para las doce, me dolía la rodilla y quería solo recostarme y ya. Estiré las piernas y me acomodé más cerca de la pared que estaba tras de mi.

    -Solo hay una cosa que se me ocurre que puedo pedirte, pero no quiero trampas de esas que siempre hay, quiero que me digas cuanto me va a costar. 

    -Pues dime que quieres y te digo el costo. 

    -La verdad, solo quiero ser yo. Quiero hacer lo que me gusta, sea bueno en ello o no. Quiero conocer gente y lugares, pero no quiero dejar a quienes ya tengo ni vivir en otro lugar. Quiero poder descansar por las noches y jugar sin preocupaciones, quiero poder estar siempre para todos y que todos sepan que así será. Y un día, no sé bien cuando, me quiero morir, pero eso si, dejando todo en orden. Nada más. Nada extraordinario, solamente lo que podríamos considerar normal, porque admítelo, nada de esto lo ha sido. 

    El Diablo anotó todo lo que dije con su fea letra de doctor. Guardó sus cosas y me lanzó una de esas miradas extrañas, como cuando ves que algo en tu casa se rompió y sabes que a ti te van a culpar.

    -Ya lo pediste y negocios son negocios. Te voy a dar eso que pides, esa vida tranquila y en paz.

    -Suena bien, pero ya dime ¿Cuál es el trato?

    Se levantó, se sacudió el polvo de las piernas. Se estiró un poco y tensó su espalda antes de hablar. 

    -Te voy a dar eso, y tal vez un poco más -me miró una última vez sonriendo y comenzó a desvanecerse- pero a cambio, vas a sufrir de ansiedad.

    Y en esa calle apenas iluminada con la luz amarillenta, desapareció. Solo quedamos en la calle su risa, la mía y un “pinche Diablo culero” que no le alcancé a soltar de frente.

  • Cuando Oaxaca se Electrificó: El Viaje de La Culebritica

    Hace tiempo, durante uno de esos bamboleantes viajes en los destartalados autobuses de la ruta Carapan-Zacapu, el chofer, en un gesto de camaradería musical, nos deleitó con una peculiar selección de canciones. Era una mezcla ecléctica: baladas poperas en español de principios del milenio y rudimentario reguetón, el combo nostálgico perfecto para quienes crecimos con esa banda sonora. Entre todas las piezas, hubo una que se quedó resonando más de lo habitual en mi cabeza: La Culebritica, de DJ Vampiro.

    Esta pieza de música electrónica es, en esencia, un remix del tema grabado por Isidro Vargas y su grupo Los Guapachosos de la Costa. La versión original, fue dada a conocer alrededor del año 2000 en Pinotepa Nacional, Oaxaca, lugar de origen de Vargas y también de DJ Vampiro. Inspirado por el sonido vibrante y festivo de la costa oaxaqueña, DJ Vampiro adaptó la canción al estilo de la época, añadiendo elementos electrónicos, retazos de la letra original y el popular “za za za”, una expresión que había surgido en Veracruz y que se había convertido en sinónimo de fiesta y baile.

    De una fiesta a otra

    La adaptación de DJ Vampiro trascendió rápidamente las fronteras de Oaxaca y se propagó por todo el país gracias a las célebres recopilaciones no oficiales que circulaban en discos pirata. Eran aquellos álbumes titulados con frases como “Los éxitos de hoy” o “La música más prendida del momento”, los cuales se convertían en el soundtrack no oficial de fiestas, mercados, juegos mecánicos y transporte público.

    La versión original de La Culebritica tiene raíces profundas en la música de la costa oaxaqueña, combinando elementos característicos de chilenas y huapangos. En ella se pueden escuchar acordes vibrantes de acordeón, timbales, güiro, bajo y guitarra, todo ello acompañado por una letra que evoca la picardía y el ritmo de los sones tradicionales de la región.

    Lo curioso de la canción es el uso juguetón de los diminutivos:

    “Yo tengo una culebritica,
    Iba por una varitica,
    A ella le decía que sitico,
    Y ella que notico,
    Me contestotico.”

    Estos diminutivos, que en apariencia son simples, esconden una riqueza lingüística fascinante. Según la Nueva gramática de la lengua española (RAE y ASALE, 2010), los diminutivos pertenecen a la categoría de sufijos apreciativos. En el caso de -ico/-ica, su uso es especialmente común en el Caribe y algunas regiones de América Latina. Frases como “lo mismitico” son ejemplo de cómo estos sufijos no solo reducen el tamaño de un objeto, sino que también agregan matices afectivos, de cercanía o incluso de ironía.

    El boom de la música del sur

    El impacto de esta melodía ha sido tal que no se ha quedado en el ámbito local. Investigando un poco más, descubrí que La Culebritica ha sido replicada en diversas versiones por agrupaciones de cumbia, norteño y guapangos no solo en México, sino también en países como Perú, Bolivia y Ecuador. Incluso se han documentado adaptaciones instrumentales que incorporan nuevos arreglos, como trompetas y saxofones, o la reinterpretación de su estructura rítmica para encajar en otros géneros. Es como si esta melodía tuviera vida propia, reinventándose en cada rincón donde encuentra oídos atentos.

    Esto me hace pensar en cómo ciertas canciones tienen la capacidad de trascender, no solo por su calidad musical, sino por su conexión cultural. La Culebritica es un ejemplo perfecto de la convergencia entre tradición y modernidad, donde un son regional se convierte en un fenómeno colectivo a través del remix, las fiestas y, claro, los autobuses polvorientos de nuestras carreteras.

    Así, cada vez que escucho ese “za za za”, no solo me transporta a Pinotepa Nacional, sino también a esas tardes interminables de carretera y a la mágica capacidad de la música para unir geografías y generaciones. La Culebritica es mucho más que una canción; es un testimonio de cómo lo cotidiano se puede convertir en un fenómeno cultural universal, una danza entre lo local y lo global, un recuerdo que, con suerte, seguirá resonando en nuestros caminos.