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  • La Endiablada: Música de Tamborita

    Este martes tuve la fortuna de grabar algunas piezas con el conjunto de música de tamborita La Endiablada, un proyecto nacido en la Tierra Caliente de la cuenca del río Balsas. La Secretaría de Cultura nos abrió las puertas del patio de la Casa Natal de Morelos, en Morelia, y ahí, entre paredes antiguas y ese eco tan particular que guardan los patios viejos, se dio la grabación. El sonido de los instrumentos parecía acomodarse solo entre los arcos y la piedra, como si ese lugar hubiera estado esperando la llegada de esta música.

    El conjunto está formado por Edgar Adrián Lara Pérez en el violín, Manuel Alejandro Santos Bucio en la guitarra, Cloe Xochitl Pérez Valladares en la tamborita y Abraham Bautista Salinas en el tololoche. Cuatro jóvenes con un sonido firme, orgulloso de su raíz, pero con un modo muy propio de sentir la música.

    Interpretaron cinco piezas hermosas: De Huétamo a Pachuca, paso doble de Socorro Galván; Gusto Federal, atribuida a Juan Bartolo Tavira y Vicente Rivapalacio; Tortolita, también atribuida a Tavira; San Lucas, gusto calentano de Magdaleno H. Mondragón; y La Endiablada, gusto de autor desconocido, interpretado aquí a partir de la versión de Bardomiano Flores Frías y su conjunto. Cada pieza fue un viaje pequeño, de esos que duran unos minutos pero dejan un sabor largo.

    Escuchar música de las distintas regiones de Michoacán siempre es un regalo. Aquí, donde uno está más acostumbrado a los sones, abajeños y pirekuas, pareciera que los estilos de otras zonas quedan lejos, aunque formen parte del mismo estado. Hace años, por azares de la vida, empecé a escuchar música de muchos rumbos: sones jarochos, huastecos, música andina… y así llegué a la Tierra Caliente. Al principio pensé que era una sola, que aquello que oía de Apatzingán y el arpa grande representaba toda la región. Pero no. Hay otra Tierra Caliente allá por Huétamo, San Lucas, Churumuco, Coyuca, hacia el límite con Guerrero, donde la tamborita, el violín y la guitarra cuentan historias distintas, con otra luz, con otro pulso.

    Los violines ahí parecen tener otra alma: veloces, precisos, a ratos juguetones y a ratos melancólicos. Las letras pueden ser románticas, o narrar sucesos, o simplemente pintar escenas de la vida diaria. Y, aunque cada pieza sigue su propio camino, todas comparten esa nostalgia que corre por dentro, esa sensación que aparece como si uno recordara un lugar en el que nunca ha estado.

    Quizás esa es la magia de esta música: te hace imaginar el calor sofocante de la región, la luz que se va apagando al final del día, la gente que se junta cuando por fin cae un poco de brisa, el baile que empieza casi sin pensarlo, las voces que de pronto se enredan con el violín. No sé cómo explicarlo mejor: simplemente ocurre. Se siente.

    He tenido la oportunidad de visitar la Tierra Caliente por el lado de Apatzingán, Nueva Italia, Buenavista, y siempre me sorprende. El paisaje es asombroso, lleno de verdes distintos, de ríos que se esconden y reaparecen, de montes que parecen flamear bajo el sol. Y el calor… ese calor que no se parece a nada. Donde vivo estamos más acostumbrados al fresco, al viento frío de la mañana, a la lluvia que cae sin avisar. Llegar a un sitio donde el sol se queda ahí plantado, sin moverse, es una experiencia poderosa. Pero también ahí, entre ese clima intenso, la gente es cálida de una manera que cuesta explicar: activa, sonriente, franca. Uno se siente bien recibido incluso antes de saludar.

    A lo largo de los años he conocido personas de esta región que recuerdo con mucho cariño. Pienso ahora en Héctor, allá en Coyuca, o en Mary, o en la doctora Mayi, de San Lucas. Gente que te enseña, sin decirlo, que el país está hecho de muchos países, que dentro de México caben un montón de mundos distintos. Siempre me pesa lo fácil que es hablar del “país” como si fuera uno solo. Es un error viejo, muy repetido. En realidad convivimos entre naciones pequeñas, pueblos diversos, formas de vivir completamente distintas. A veces ni siquiera conocemos lo que tenemos cerca: nuestro municipio, las comunidades vecinas, los caminos que cruzamos sin mirar. Y basta recorrer un tramo del estado para descubrir que la música cambia, el habla cambia, los gestos cambian. Todo se transforma.

    Por eso grabar con La Endiablada significó tanto. No todos los días se tiene la oportunidad de convivir con músicos que guardan una identidad tan clara y, al mismo tiempo, tan poco conocida para muchos. Ojalá quienes escuchen estas grabaciones puedan percibir un poco de lo que vivimos ahí: la cercanía, la sensibilidad, la manera en que la música llenó el espacio de colores y memoria.

    Tal vez para algunos esta música sea familiar; para otros, completamente nueva. Pero si algo de lo que sentimos —aunque sea un destello— alcanza a llegar al público, habrá valido la pena.

    https://youtu.be/4Fy8s0LatNo
  • Te voy a hablar de amor

    Ven,
    te voy a hablar de amor.
    Del amor bonito,
    aunque no siempre tiene nombre,
    del que se sienta en la tarde
    y se queda callado.

    Del que barre el patio
    sin saber que barre la tristeza.
    Del que cuida la lumbre
    y no pregunta por quién calienta.

    A veces pienso
    que el amor es una sombra que respira.
    No la ves,
    pero te acomoda el corazón por dentro.

    El amor es eso que pasa
    cuando ya no pasa nada.
    Un silencio que se estira
    como hilo entre dos almas cansadas.

    A veces es solo un pensamiento que regresa,
    con los pasos cubiertos de polvo.
    Un “ya comiste” que trae cielo en la voz.

    El amor, cuando es de verdad,
    no brilla.
    Tiene el color del pan horneado,
    del agua que no se tibia,
    del aire que ya no hace ruido.

    Yo lo he visto quedarse
    donde todos se van.
    Lo he visto encenderse
    con una palabra torpe.

    Amar es eso:
    recordar sin querer,
    respirar con otro cuerpo cerca,
    caminar el mismo sueño
    sin decirlo.

    Hay veces que el amor no toca,
    solo se sienta cerca,
    como si supiera que nombrarlo
    sería romperlo.

    Y pienso,
    quizá el amor no sea un sentimiento,
    sino una forma de estar de pie.
    De esperar sin prisa,
    de seguir regando las macetas secas
    aunque no florezcan.

    El amor no dice “te amo”.
    Dice:
    —Aquí estoy—
    y no se mueve.

    El amor es eso que queda
    cuando ya se ha ido todo lo demás.
    Una respiración honda. 
    Un suspiro honesto. 

  • Parhankua

    La cocina es un corazón que nunca deja de latir, aun cuando nadie esté cerca.
    Allí, entre el humo y el barro, entre el calor de la olla y el rumor de la leña, se guarda la historia de cada casa, de cada familia, de cada uno que pasa por ella.
    Desde la madrugada ya hay un hilo de vapor que sube, tímido, silencioso, del café que hierve. Se escucha el chisporroteo del fogón cuando alguien atiza la brasa, la ceniza cruje bajo el movimiento de la leña y la llama despierta como un animal que se estira después de dormir plácidamente.
    La olla tiembla, el comal se calienta, y uno siente que todo empieza: el día, la vida, la espera, el trabajo, la escuela.

    Aquí, entre los primeros buenos días, se cruzan silencios y miradas cargadas de secretos o de sueños aún borrosos. Los niños dormitan, como si no supieran aún lo que el día les tiene preparado. La madre los observa mientras mueve la cuchara, mientras inclina la cabeza sobre la olla, mientras sus manos, curtidas por la costumbre, parecen aprender la paciencia de un tiempo que no perdona. Y siempre hay un gato, un gato que mira todo con ojos de enigma, que parece comprender que allí no solo se cuece comida, sino algo más difícil: la memoria, la risa, la tristeza, la esperanza.

    Los recuerdos se enredan con el humo de la cocina. En un rincón, la abuela solía sentarse con los ojos cerrados, escuchando las palabras que no se decían. Ella sabía que la cocina era

    también un espacio de verdad: allí se confesaban los pequeños miedos, las alegrías que nadie nombraba, las penas que flotaban como polvo en el aire. Cada vaso, cada plato, cada taza tiene una historia: algunos vinieron de la fiesta del pueblo, otros llegaron como regalos, otros ya están gastados, con cicatrices de café seco y manos torpes. Todos esperan ser tocados, usados, recordados.

    Cuando llega el almuerzo, la cocina se convierte en un teatro de voces, de palabras que chocan suavemente, que se mezclan con la risa de los niños, con los saludos que traen los que vuelven del trabajo, con los mensajes de vecinos y amigos que nunca llegarán a la calle pero que viven allí, entre la ceniza y el calor del comal. Se escucha cómo el guiso burbujea, cómo la tortilla se calienta, cómo las especias se disuelven lentamente, y uno siente que todo eso —ese rumor, ese olor— es la vida misma. Y la vida es pesada, lenta, interminable, pero también dulce como el pan recién horneado.

    La sobremesa es un espacio sagrado. La conversación se prolonga como el humo que se escapa por la ventana. Se cuentan historias viejas y nuevas, se repiten chistes que ya nadie recuerda, se habla del viento, de la sequía, de la muerte que ronda silenciosa por el pueblo. Los niños hacen la tarea, los adultos los observan con manos cansadas pero ojos atentos, como si en esa simple atención se escondiera toda la ternura que no se atreve a decirse en voz alta.

    Y cuando la tarde se inclina, otra vez el café burbujea. La canela, el piloncillo, el aroma del chocolate, todo invade la cocina. La abuela corta pan, prepara gelatina, conserva, o rompope. Todo es sencillo, pero todo es grande. La cocina no necesita de pompas: su grandeza está en el silencio compartido, en los gestos pequeños, en la paciencia que hierve con la olla.

    La noche llega lenta, con su tristeza que se asoma por las paredes de adobe. Antes de dormir, los últimos bocados se reparten: un taco tibio, un vaso de leche, un café caliente. Cada taza tiene su propia historia, su propio color, su propio pasado. Y aún así, siempre hay espacio para uno más, para quien llega inesperado, para quien necesita el calor de la cocina como un abrazo que dice: “Aquí estamos, aún seguimos, no estás solo”.

    La cocina no es solo cocina. Es memoria. Es refugio. Es juicio y perdón. Alimenta cuerpos, sí, pero sobre todo almas: las de los vivos, las de los muertos, las de quienes vendrán. Alimenta los secretos, las risas, los miedos y los sueños. Alimenta el pueblo entero, aunque nadie sepa cómo. Y uno se queda mirando la olla que burbujea, el humo que se escapa, y entiende que todo eso —el carbón, la masa, la palabra dicha al filo de la mañana— es lo que sostiene la vida. Que mientras exista una mano que atice el fuego, mientras exista alguien que hierva café para otro, la historia continúa, y aunque haya tristeza, aunque haya abandono, siempre habrá un lugar donde las almas puedan sentarse juntas y encontrar calor.

    La cocina, al final, es un dios silencioso. No necesita templo ni oraciones. Solo necesita brazos que trabajen, ojos que miren, manos que abracen. Y allí, en ese espacio humilde y sagrado, la vida, por fin, encuentra su lugar.

  • Animecha Kejtzitakua: Ritos, Símbolos y Cosmovisión de la Noche de Muertos en Michoacán

    El lago de Pátzcuaro, espejo ancestral de Michoacán, no es un mero accidente geográfico; es la puerta acuosa y profunda que, una vez al año, se abre para permitir el reencuentro. En sus orillas y sus islas, la celebración de la Noche de Muertos (Animecha Kejtzitakua) es un pulso que late desde el tiempo inmemorial, una tradición que ha sobrevivido a la Conquista, se ha mimetizado con la fe y ha aprendido a negociar su alma con la mirada voraz del mundo moderno.

    Esta festividad no es un simple recuerdo, sino la vivencia fenomenológica de un pueblo que rehúsa el olvido. Es la creencia, tenaz y profunda como la raíz de un mezquite, de que durante unos días, el más allá y el aquí conviven en tiempo y espacio, transformando el dolor de la pérdida en un acto de amor, respeto y renovación.

    Las Raíces de Piedra y Sombra: El Culto Prehispánico

    Para entender el altar que hoy se levanta, hay que mirar hacia la tierra de donde vinieron los Purépechas (o Tarascos). Su relación con la muerte no estaba marcada por el miedo, sino por el entendimiento de un ciclo ineludible que garantiza la continuidad de la existencia. La muerte era, ante todo, un trabajo cósmico.

    La Semilla y el Inframundo: Cosmovisión Purépecha

    Para el hombre de estas tierras lacustres, el destino del alma no era un misterio, sino una certeza tejida con el maíz y el barro. Antes que los frailes hablaran del Paraíso y el Infierno, la existencia ya estaba partida en tres moradas, cada una con su propia luz y su propio trabajo. El mundo no era plano, sino una escala de tres peldaños por donde el espíritu se movía, sabiendo siempre a dónde pertenecía y a dónde habría de volver.

    Auandarhu: El Cielo del Fuego y el Astío

    En lo más alto estaba el Auandarhu, el asiento del fuego. Aquí no habitaban solo las nubes de agua, sino las deidades primarias. Era el lugar del Tata Jurhiata (el Padre Sol) y de las estrellas. Se le imaginaba habitado por los astros mayores y por los pájaros grandes y pequeños, por todo aquello que vuela alto y mira la tierra desde la distancia. Era el lugar de la energía pura y de la creación. Los guerreros muertos en batalla o las mujeres que morían en el parto tenían asegurado un lugar cercano a esta luz. La vida aquí era gozosa y llena de gozo bélico.

    Echerendo: La Tierra Sagrada de la Vida Diaria

    Justo en el medio, bajo el aliento del Sol y sobre la negrura de lo oculto, se tendía el Echerendo, la Madre Tierra misma. Esta era la casa de los vivos, el campo donde se sembraba la vida y se cosechaba el sustento. Pero no era un lugar vacío de espíritus; aquí moraban las deidades sagradas de la tierra, en el cuerpo de los animales, en el misterio de las montañas y en el temblor de las rocas. La vida del Purépecha se movía sobre esta superficie, entre el trabajo de la comunidad (Juchari Anchekuarhikua) y el respeto a los elementos que sostienen la existencia.

    Cumihchúquaro: La Dulce Espera en la Negrura

    Y luego, hondo, más allá de donde el Sol se echa a dormir, se extendía el Cumihchúquaro. El nombre, si se rasca un poco su piel, se traduce como “donde se está con los topos” , o el “lugar de la negrura”. Este sitio no era una penitencia, sino el destino de la mayoría, el lugar donde el alma, cansada de andar, encontraba su reposo.

    “El lugar subterráneo del que el autor habla era parecido al paraíso, en donde todo era mejor, aunque era un lugar de deleite, se tenía el concepto de que en el reinaba la negrura, o por lo menos la sombra, puesto que se le designaba con el nombre de Pátzcuaro…”

    Cumihchúquaro: No era un lugar de castigo, sino la morada de las deidades de la muerte, un espacio de descanso, placer y trabajo. La vida de ultratumba era una continuación de la terrenal, donde los espíritus seguían sus actividades diarias. Es un lugar al que se llega tras un viaje, un lugar que es sagrado y que se equipara al concepto más cercano de cielo.
    Pátzcuaro: El nombre de la antigua capital Purépecha se traduce como “lugar de negrura” o, según otras interpretaciones, como “la puerta al cielo”. Simbólicamente, se entendía como el umbral al mundo de los muertos, un portal místico.
    Jatsintani, El Acto de Replantar: El ritual de la sepultura era llamado jatsintani, que significa “reinstalar” o “replantar”. Al igual que la semilla de maíz, el cuerpo se reinsertaba en la Madre Tierra (Nana Kuerajperi), garantizando que los huesos se quedaran para dar paso a la nueva vida.

    Ofrendas y Acompañamiento en la Antigüedad

    Los ancestros Purépechas y otros mesoamericanos no enviaban a sus muertos con las manos vacías. El ajuar funerario era una previsión, un conjunto de herramientas y comodidades para el viaje:

    • Objetos Utilitarios: Se enterraba al difunto con sus objetos personales, figurillas de barro, ornamentos y pequeñas herramientas de trabajo. Se creía que el espíritu los necesitaría para su nueva existencia, donde seguiría trabajando, bebiendo y conviviendo.

    • El Alimento para el Viaje: Se colocaba comida, bebida y, a veces, perros , pues se pensaba que la travesía hacia el lugar de los muertos podía durar cuatro años.

    • La Dualidad de la Deidad: Las deidades de la muerte eran representadas por figuras esqueléticas o seres del reino animal, como la culebra y el topo, por su conexión con el interior de la tierra.

    II. El Encuentro de Dos Cruces: Sincretismo y Resistencia

    La llegada de los españoles supuso una imposición religiosa que, sin embargo, se encontró con una cultura inquebrantable. En lugar de suprimir totalmente los rituales indígenas, la Iglesia Católica optó por “adoptar” y sincretizar sus prácticas con las celebraciones panromanas de Todos los Santos y de las Ánimas (1 y 2 de noviembre).

    El Día de Muertos se convirtió así en una “curiosa mezcolanza” de creencias, donde el rito prehispánico adquirió un “barniz católico europeo”.

    • La Cruz en el Centro: Los pueblos prehispánicos ya utilizaban la cruz como símbolo de los puntos cardinales. Con el sincretismo, se mantuvo la forma, pero se le dio el nuevo significado de la cruz cristiana, permitiendo a los Purépechas y otros pueblos mantener la esencia de sus ritos a través de la nueva simbología.

    • El Alfeñique: Las figuras de pasta de azúcar (alfeñiques) fueron documentadas desde 1740 en la Nueva España, vendiéndose como obsequios con formas de ataúdes, calaveras, y figuras de la jerarquía eclesiástica. Este elemento se convirtió en una marca distintiva de la fiesta mexicana.

    • Humor y Desafío: Lo que distingue a la celebración mexicana es su júbilo y humor macabro , algo que llamó la atención de intelectuales como Octavio Paz. El mexicano “la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja” , una actitud de desdén que se nutre de la herencia indígena y que contrasta con la solemnidad occidental.

    III. El Altar como Cuerpo y Mapa del Alma

    La ofrenda de muertos es la manifestación material de la memoria , un acto de amor que renueva el vínculo familiar con el que ya partió.

    La Estructura y el Ritual de la Ofrenda

    La organización de la ofrenda sigue una estructura rigurosa, un orden que refleja la cosmovisión prehispánica y las influencias católicas.

    • Niveles Simbólicos: Aunque los más comunes son los altares de tres niveles (cielo, tierra y Mictlán), también existen de siete, que representan los siete pecados capitales o la Trinidad. El altar es un mapa que, desde su base, establece la relación entre la vida y la muerte.

    • El Arco del Difunto: Se levanta sobre el altar o la tumba. No es solo la puerta, sino el cuerpo simbólico del difunto. El arco es el que se llevan “entero cuatro” personas al panteón, pero que a la vuelta, “solo lo llevaba una persona, ya no pesa, es porque ya vino el difunto y se llevó lo que quería”.

    • La Fuerza de la Flor: El Cempasúchil (Cempohualxochitl) es el elemento que garantiza la guía. Sus pétalos se usan para trazar el camino desde la calle o el panteón hasta el altar en la casa. Su olor penetrante y su color vibrante son los faros que las almas no pueden ignorar.

    • Luz y Purificación: Las veladoras y velas siempre encendidas son la luz para orientar a las almas. El copal quemado en el sahumador purifica el ambiente y eleva la oración, pues el humo es el medio de comunicación con lo divino.

    • Los Manjares: Se colocan los platillos que el difunto amaba en vida , el pan de muerto, tamales, tortillas, y la bebida favorita. Los Purépechas de la región han conservado el trueque como parte de la tradición , y es costumbre que las familias intercambien comida con los vecinos en el panteón al finalizar la vigilia. El alimento, sin embargo, pierde su “esencia y sabor exclusivo” tras el paso del ánima, señal de que la visita se ha consumado.

    El Calendario del Alma en la Práctica Familiar

    La celebración es una secuencia temporal organizada por el tipo de difunto que regresa.

    • 28 de Octubre: Comienza la colocación del altar con una vela y flor blanca para las almas solitarias.

    • 30 de Octubre: Arreglos de las ofrendas para los niños difuntos.

    • 31 de Octubre (La Noche Íntima): Esta es la noche más sagrada para muchas comunidades como Janitzio. Se dedica a los difuntos que perecieron ese mismo año, especialmente a los “angelitos” (niños que murieron sin ser bautizados). El ritual en el hogar incluye rezos (Ave María, Padre Nuestro) y la entrega ceremonial del Arco por los padrinos.

    • 1 de Noviembre (Día de los Angelitos): Dedicado a los niños difuntos en general. Los padrinos del niño fallecido en el año son los responsables de llevar la ofrenda y de participar en la vigilia en el cementerio.

    • 2 de Noviembre (Día de los Fieles Difuntos): El día en que los vivos celebran con los muertos adultos, compartiendo comida, música y danzas.

    IV. Janitzio: El Espectáculo de la Intimidad y la Resistencia

    En la isla de Janitzio, la Animecha Kejtzitakua es un terreno de conflicto entre lo que el pueblo vive y lo que el turista exige.

    La Tensión de la Visibilidad

    La declaración de la UNESCO y la promoción turística convirtieron esta celebración en un espectáculo “folclorizado” donde la autenticidad se pone en venta.

    • La Invasión Silenciosa: El turismo masivo afecta la convivencia familiar en el panteón , obligando a las familias a “disputar el espacio con los curiosos”. La presencia de cámaras, turistas bebiendo y la saturación del espacio interrumpe la vigilia.

    • La Pérdida del Rito: El ambiente de fiesta y el “juego de hacer dinero” han hecho que prácticas íntimas como el canto de Pirekuas a los difuntos en el panteón se suspendan.

    • El Comerciante y el Comunero: Los Purépechas, empujados por la necesidad económica, han adaptado sus vidas para beneficiarse de la afluencia. Los días 1 y 2 de noviembre se vuelven una “jornada de trabajo intensa” donde los isleños se relevan entre atender sus negocios y cumplir con la ofrenda a sus muertos. Las rutas comerciales se han diversificado para abastecer la demanda turística, trayendo mercancía y artesanías de toda la región.

    El Santuario del 31 de Octubre: La Verdadera Celebración

    La resistencia más fuerte de la comunidad Purépecha no fue enfrentarse al turismo, sino replegar su rito más sagrado a una noche de intimidad.

    • El Culto Privado: El 31 de octubre se convirtió en la noche reservada para la familia y la comunidad. Es el momento en que se visitan los hogares, se come y se bebe cerveza entre compadres, y se lleva la ofrenda con la genuina intención de “convivir un poquito más con nosotros mismo con nuestros familiares”.

    • La Decisión de los Ancianos: El misticismo de la celebración sigue latente, pero el acto sagrado fue resguardado de la mirada ajena que, según la crítica Purépecha, solo busca el espectáculo y la “superficialidad”.

    • La Paradoja de la Difusión: Los líderes comunitarios, como el jefe de Tenencia, han incluido el 31 de octubre en los programas oficiales con fines de difusión turística, esperando obtener mayores beneficios económicos. Sin embargo, la “escasa difusión y el desinterés turístico” en esta fecha ha permitido que, paradójicamente, conserve su esencia de unidad familiar y comunal.

    En este espacio entre la ofrenda íntima y el espectáculo público, la Animecha Kejtzitakua se consolida como un acto de memoria activa. Es el eco de un pueblo que sabe que, a pesar de los cambios, la mesa siempre estará puesta y la flor de cempasúchil encenderá la vereda, esperando el inevitable y amado regreso de los que ya se fueron.

  • Rebozo III

    ¿Y si eso somos?
    Hilos.

    Hilos del vientre de la tierra,
        unos con sangre,
            otros con barro,
                otros con cielo.

    Nos vamos trenzando despacio,
    como quien apenas aprende
    a tejer un rebozo.

    Desde el ombligo empieza el telar,
    y el aire mismo ayuda.

    Pasa el hilo
    —izquierda, derecha—,
           se jala, se aprieta,
                  se vuelve a pasar.

    Nadie ve el patrón todavía,
    pero algo se va formando,
    la vida no se teje sola
    si no somos parte del telar. 

  • Huérfano del arte

    Nunca voy a entender eso que algunos dicen sobre los artistas y lo que hay detrás de ellos.
    Eso de que crecieron rodeados de arte, como si la belleza les hubiera sido servida desde la cuna, envuelta en terciopelo y palabras domingueras.
                                                                                                     A mí no me pasó eso.

    En mi casa no se hablaba de pintores, ni de poetas, ni de músicos que hubieran muerto hace siglos.
    No había cuadros en las paredes, ni estantes llenos de libros. No había un estudio, conexión a internet ni nada que me pudiese acercar al arte más allá que alguna grabadora con un cassette de Bronco o Los Bukis en sus mejores tiempos. 
    La historia se me presentaba en forma de fotos viejas que imprimía mi familia aprovechando alguna promoción de revelado, en libros de texto gratuitos o lo que nos contaban mis padres o mis abuelos de como era la vida antes de la vida moderna.
                             Eso era lo que teníamos.
                                                 Eso era nuestra música y nuestro museo.

    A veces, en la radio, sonaban canciones de amor que hablaban de lugares que yo no conocía o en lenguas que no comprendía y yo imaginaba cómo serían esas ciudades donde la gente podía sentarse a escuchar conciertos o mirar cuadros de forma tan natural como lo era para mi sentarme frente a la televisión o escuchar a través del FM a Juan Gabriel. 
    Pero allá, en mi casa, lo que importaba era que el agua alcanzara para todos, que uno no perdiera un día de escuela y que antes del anochecer no quedara ningún pendiente.

    El arte, como muchos lo entienden, no existía para mí.
    Lo poco que supe de él me llegó en pedacitos, conocí la ópera y la música clásica por Bugs Bunny, la mitología por los Caballeros del Zodiaco, la geografía por la canción de los Animaniacs, supe como era un museo por dentro gracias a películas del sábado. Patético, lo que sé de cine, lo sé por las cápsulas de 24 x Segundo. 

    Nunca tuve a un maestro que me dijera “mira, por aquí va el camino”.
    Nunca tuve un abuelo que guardara discos antiguos o libros llenos de subrayados.
    Nadie me habló de escuelas ni de movimientos ni de estilos, mucho menos de corrientes filosóficas o vanguardias.
    No hubo tiempo para eso.
    Las tardes eran para ayudar a mi madre, para acompañarla al mandado, para limpiar, para cuidar a los hermanos, o para ir con mi padre al trabajo.
    Y si un día quedaba libre, el descanso era dormir o jugar a algo improvisado hasta que se hiciera de noche.

    Por eso, cuando escucho a otros decir que ellos encontraron su vocación mientras un vinilo antiguo giraba en el tocadiscos, porque al visitar una exposición sintieron que algo los llamaba, me da por quedarme callado.
    Porque no sé qué decir ante eso.
    Porque mi chispa no nació entre notas ni entre pinceles.
    Ni siquiera nació entre los ruidos del barrio, entre el olor del maíz tostado, entre las voces que se confunden en la plaza o entre el llanto de los perros en la noche.

    A veces pienso que el arte, para mí, no llegó como revelación, sino como necesidad.
    No vino en forma de visión, ni de inspiración divina.
    Vino como una punzada que me pedía mirar más, escuchar más, entender por qué algo tan simple como el movimiento de una sombra podía doler o alegrar.
    Y fue así como empecé: mirando mucho y diciendo poco.

    No tuve escuela.
    No tuve taller.
    Tuve el suelo, la lluvia, la calle, el cansancio de los días y el silencio de las noches.
    Aprendí a observar.
    Aprendí que una pared vieja tiene tantos colores como un lienzo, si uno se toma el tiempo de mirarla.
    Aprendí que una palabra puede doler más que un cuadro triste.
    Y que la gente, cuando calla, dice cosas más profundas que cualquier libro.

    Dicen que para ser artista hay que venir de una estirpe, tener un apellido que pese, una historia que justifique el talento.
    Yo no tengo nada de eso.
    No soy el hijo de nadie famoso.
    No heredé instrumentos ni pinceles, ni papeles con ideas brillantes. No heredé talentos, ni gustos ni siquiera conocimientos ancestrales.
    Lo que tengo me lo fui encontrando a pedazos, como quien junta leña para hacer fuego.
    Y con ese fuego trato de alumbrar mis días.

    A veces dudo.
    Pienso que no encajo.
    Que mi forma de crear es apenas un intento torpe, una manera de no desaparecer del todo.
    Y sin embargo, sigo.
    Sigo haciendo fotos, escribiendo, tocando, inventando.
    Sigo creyendo que la belleza también puede salir del cansancio, de la rutina y del error.
    Sigo pensando que, aunque mi camino no tenga grandes nombres, ni maestros, ni escuelas, igual vale la pena recorrerlo.

    Mi arte, si puede llamarse así, ha nacido de las pobrezas:
    de la pobreza del bolsillo, de la del alma, de la del tiempo, de la de la palabra.
    De esas carencias que uno aprende a mirar con ternura.
    Porque en medio de la falta también hay algo que brilla, algo que quiere nacer.

    He vivido rodeado de silencios.
    De gente que no tiene tiempo de soñar porque el día se gasta demasiado rápido.
    Y aun así, entre todo eso, me ha dado por soñar.
    Me ha dado por mirar distinto.
    Por detenerme frente a lo que todos pasan de largo.

    Y es que, sin quererlo, uno aprende a ver arte donde nadie lo ve.
    En el vapor que sale del comal.
    En el brillo del machete recién afilado.
    En la voz quebrada de la gente cuando recuerda su pasado.
    En el polvo que baila al final del día, cuando el sol se mete y deja ese resplandor anaranjado sobre las cosas.
    Ahí está el arte, escondido, esperando que alguien lo mire.

    Yo no vengo de una cuna de artistas.
    Soy más bien un huérfano del arte.
    Y quizá por eso me aferro a él como quien se aferra a una madre que nunca conoció.
    Porque en cada cosa que hago busco un poco de ese abrazo que no tuve.
    Y cada fotografía, cada palabra, cada nota que intento escribir, no es otra cosa que eso: una manera de volver a sentirme acompañado.

    Yo no quiero ser grande.
    No busco que mi nombre quede en los libros.
    Solo quiero dejar rastro.
    Un rastro pequeño, como el de un pie descalzo en la tierra húmeda.
    Algo que diga: “aquí hubo alguien que miró con atención, que escuchó, que intentó entender la vida a su modo.”

    Y si eso llega a tocar a alguien, si alguien un día ve una de mis fotos o lee uno de mis textos y siente algo parecido a lo que yo sentí al hacerlo, entonces todo habrá valido la pena.

    Porque al final, el arte no es un lujo, ni una herencia, ni una escuela.
    Es un modo de resistir, de quedarse.
    Un modo de seguir respirando en un mundo que muchas veces se olvida de hacerlo.

    Y yo, aunque no venga de ninguna estirpe, aunque no haya tenido maestros ni linajes, aunque venga de las pobrezas, sigo aquí, creando.
    Con mis manos, con mis ojos, con mis ganas.
    Sigo aquí, buscando belleza entre las grietas, entre el polvo, entre las cosas que otros no miran.
    Porque ahí, en lo que nadie ve, también vive el arte.
                                                                  Y ahí, justo ahí, es donde me he encontrado.

  • La gentrificación en los pueblos purépechas

    Hace poco, Bad Bunny publicó su álbum “Debí tirar más fotos”, una obra que ha sido interpretada como un gesto contra el colonialismo, la gentrificación y el despojo cultural. En él hay nostalgia, pero también crítica: la memoria de un Puerto Rico que fue comunidad, que fue alegría y vida cotidiana antes de ser escenario turístico. Su mirada hacia la pérdida y la transformación de los espacios que antes eran del pueblo abre una conversación que también nos pertenece. Porque algo muy similar está ocurriendo aquí, en los pueblos purépechas.

    La palabra gentrificación parece lejana, casi ajena a los cerros, a los mercados, a las plazas de nuestros pueblos. Pero basta observar con atención para entender que ya está aquí, entre nosotros, transformando poco a poco la manera en que vivimos, nos relacionamos y habitamos nuestros territorios. Donde antes había casas de familias enteras, ahora hay hostales; donde antes había talleres y tienditas, hoy hay cafés temáticos y espacios diseñados para atraer a turistas o compradores extranjeros. El paisaje se embellece, sí, pero a costa de desdibujar lo que realmente somos.

    La modernidad —ese espejismo del progreso— ha llegado con sus promesas de desarrollo, conectividad y oportunidades. Pero detrás de esa apariencia amable se esconde una estructura desigual, que coloca el valor económico por encima del valor cultural, espiritual y comunitario. La vida en los pueblos purépechas, que antes giraba en torno a la comunidad, la tierra y las tradiciones, ahora se mide por su potencial turístico o por cuánto puede “venderse” a quienes vienen de fuera.

    Y sin embargo, no se trata de negar el presente ni de añorar un pasado idealizado. No podríamos vivir fuera del sistema económico global que nos rodea. Formamos parte de él. Durante generaciones, nos hemos adaptado y condicionado a una forma de vida regida por lógicas ajenas: la del mercado, la del consumo, la del capital. En ese sistema están inmersas la educación, las comunicaciones, la economía, la medicina, las artes. No podemos desprendernos de eso sin perder también las herramientas con las que hemos aprendido a movernos en el mundo contemporáneo.

    Pero sí podemos pensar críticamente cómo queremos relacionarnos con ello.
    La mezcla cultural que hoy define nuestra realidad no es un problema en sí misma. El problema comienza cuando esa mezcla se convierte en subordinación; cuando lo propio se valora menos que lo ajeno; cuando lo purépecha, lo indígena, lo local, se vuelve materia prima para otros discursos, otras modas, otras economías. Lo vemos en la apropiación de técnicas artesanales, patrones textiles o melodías tradicionales, que después aparecen en desfiles, catálogos o tiendas exclusivas sin mencionar el origen de su saber. Lo vemos también en la manera en que nuestras celebraciones se transforman en espectáculos para ser fotografiados y difundidos, despojándolas de su sentido comunitario.

    El turismo, en teoría, podría ser una herramienta para el intercambio y la prosperidad compartida. Pero la experiencia nos muestra que con frecuencia termina generando lo contrario: dependencia, desplazamiento y pérdida. No está mal que las personas locales reinventen sus oficios —una panadería que crea un pan de muerto más vistoso, una maquillista que ofrece catrinas en la plaza, un cocinero que diseña un menú especial para las fiestas—. Esas son formas de mantener viva la tradición, adaptándola. Lo que está mal es que los grandes inversionistas, las cadenas internacionales o quienes poseen el poder económico, se apropien de esa creatividad para comercializarla y desplazar a quienes la sostienen. No se trata de vivir del turismo, sino de evitar que el turismo viva de nosotros.

    Lo que está en juego no es sólo la estética de un lugar o la economía de una comunidad, sino la forma en que entendemos el valor de lo propio. La gentrificación no sólo cambia los paisajes físicos, cambia también la mirada, los deseos, las aspiraciones, ¡cambia incluso el clima!. Cambia lo que consideramos éxito, belleza, modernidad. Nos hace olvidar que antes de las fachadas pintadas para el visitante, existía otra belleza: la de los vínculos, la de las fiestas que eran para el pueblo y no para la foto, la de la solidaridad cotidiana que se expresaba en un trueque, en una visita, en una comida compartida.

    Cuando Bad Bunny canta sobre la nostalgia de un Puerto Rico que ya no existe, nos invita a mirar también hacia nuestro pasado reciente. ¿Cómo era vivir en una comunidad purépecha antes de que el turismo definiera nuestros tiempos y nuestras calles? ¿Cómo se sentía el territorio cuando los espacios eran de quienes los habitaban y no de quienes podían comprarlos? ¿En qué momento la identidad se convirtió en mercancía?

    Volver a pensar todo esto no significa rechazar el presente, sino imaginar otra manera de vivirlo. Porque sí, el mundo ha cambiado, y nosotros con él. Pero el cambio no debería significar olvido. Tal vez la verdadera tarea no sea volver atrás, sino resistir desde adentro: mantener vivas las lenguas, los gestos, las costumbres, las formas de organización que aún nos pertenecen. Recordar que el progreso no se mide sólo en dinero, sino también en dignidad, en comunidad, en la capacidad de mirar al otro sin jerarquías.

    La modernidad no es un enemigo. El enemigo es la indiferencia. Lo peligroso no es que nuevas personas lleguen a nuestros pueblos, sino que las raíces que sostienen la vida comunitaria se debiliten al punto de romperse. Por eso, antes de vender una casa, antes de abrir un negocio “con vista al lago”, antes de promover una fiesta como atractivo turístico, conviene preguntarnos: ¿a quién pertenece realmente este lugar?, ¿qué memoria estamos vendiendo?, ¿y qué futuro estamos comprando?

    No todo puede volver a ser como antes, pero sí podemos decidir que lo que sigue no sea despojo. La cultura purépecha ha resistido siglos de colonización, guerras, imposiciones y silencios. Resistirá también esta nueva forma de conquista —la del mercado—, si aprendemos a mirar con conciencia lo que ocurre a nuestro alrededor.
    Porque lo que nos pertenece no es sólo la tierra, sino la manera en que la habitamos. Y mientras sepamos contarlo, cantarlo, bordarlo y vivirlo, seguiremos siendo comunidad, aunque el mundo cambie su forma de mirarnos.

  • Solo un poco más

    Por ahí, estoy seguro, en lo más hondo del P’urhépecherio,
    vive una mujer de la que pocos hablan,
    y los que lo hacen bajan la voz,
    porque pronunciar su nombre se siente casi como un pecado.

    Su casa está más allá del último camino,
    ahí la tierra ya no tiene un nombre
    y los árboles se inclinan al pasar uno,
    porque saben que ya no se camina en tierra cualquiera.

    Para llegar a ella hay que cruzar el bosque,
    ese que huele a ocote y encino, a yerbabuena, árnica y manzanilla,
    a resina fresca y a eternidad.
    Hay que seguir el cauce del río por toda la cañada,
    ver cómo el agua resplandece con la luz que se filtra entre las ramas,
    y caminar todavía más,
    hasta que la ciénega se abre como una herida verde,
    y luego, donde el lago se tiende manso,
    con su espejo roto por el vuelo de las garzas.

    Allá vive.
    Y aunque nadie me lo contó con certeza,
    yo la he soñado tantas veces que ya no sé si la inventé
    o si simplemente la recordé.

    Tiene la piel morena,
    esa morenez que guarda el calor del barro recién horneado.
    Y cuando el sol se posa sobre ella,
    su piel reluce con un brillo leve,
    como si respirara luz desde dentro.

    Su cabello es oscuro y largo,
    y cuando el viento sopla, se mueve como una sombra viva,
    como si quisiera extenderse sobre los pasos que ha dado.
    Hay noches en que juro que el cielo no es más que el reflejo de su pelo,
    esparcido sobre el mundo para que no olvidemos la calma.

    Y no son solo sus rasgos —no, eso sería injusto—,
    porque su hermosura no termina en el cuerpo.
    Está en la manera en que camina,
    en cómo parece escuchar lo que la tierra le dice al pasar.
    Está en sus ojos,
    color de tierra húmeda cuando la tarde cae,
    donde uno puede perderse y no querer regresar.

    Tiene lunares en la piel que dibujan el cielo entero,
    y cuando sonríe —esa sonrisa que no es de este tiempo—
    parece que se abren todas las flores que habían olvidado su nombre.

    Hasta su carne, justa y medida,
    parece haber sido colocada con cuidado,
    como si el dios que la creó,
    cansado de hacer estrellas
    hubiera querido esculpir en ella su último milagro.

    Pero lo que de verdad me quiebra no es verla,
    sino escucharla.
    Porque sus palabras… oh, sus palabras,
    salen de su boca con esa suavidad que solo tienen las cosas peligrosas.
    Son como el humo del copal:
    se alzan despacio, se enredan en el aire
    y al final caen sobre uno, dejando su olor en el alma.

    Habla poco,
    pero cada palabra suya parece venir de otro tiempo.
    Hay días en que dice cosas simples —sobre el clima, las cosechas, el pan recién hecho—,
    pero uno siente que está diciendo algo más,
    algo que no cabe en el idioma de los hombres.

    Y pienso en ella sin remedio.
    En sus manos que huelen a hoja tierna,
    en sus piernas que conocen la forma de los caminos,
    en su espalda que podría cargar el silencio del mundo sin quebrarse.

    Pienso en ella cuando el sol cae sobre las montañas,
    cuando el río canta o cuando el fuego se apaga despacio, despacito.
    Porque su presencia se mete en todo,
    como la humedad en los muros viejos,
    como la raíz entre las piedras,
    como la luz en las mañanas quietas,
    como la nostalgia en los que han amado.

    Tiene una rebeldía mansa,
    esa que no se anuncia con gritos,
    sino con la firmeza de quien sabe quién es.
    Es la misma rebeldía del agua,
    que no se deja atrapar,
    o del viento, que cuando nadie lo ve, todo lo toca.

    Y tal vez sea eso lo que me mantiene,
    lo que me hace levantarme cada día,
    saber que allá, detrás de los cerros,
    vive una mujer que da sentido a mi andar.

    No busco tenerla —no, qué error sería ese—.
    Solo quisiera más tiempo.
    Tiempo para mirarla sin que el día se me acabe,
    para grabar en mis ojos su forma de mirar,
    para aprender su modo de estar en el mundo,
    como quien aprende un rezo largo.

    Quisiera guardar sus palabras en un cántaro,
    llevarlas conmigo como quien carga brasas envueltas en hojas secas,
    para que cuando llegue el invierno del alma
    pueda encenderlas y recordar su voz.

    Porque hay amores que no se poseen:
    solo se contemplan a la distancia,
    como se mira el fuego sin meter la mano.
    Y hay presencias que bastan por sí solas
    para hacer que la tierra vuelva a florecer.

    Ella es así.
    Una flor que no se corta,
    una hoguera que no se toca,
    un misterio que el cielo dejó caer sobre la sierra
    para recordarnos que la belleza no se explica,
               solo se siente.

    Y si alguna vez me preguntaran qué deseo de ella,
    diría:
    —Nada, solo su existencia.
    Porque mientras exista, el mundo estará completo.

    Y si algún día el viento la trae hasta mi puerta,
    no pediré más que verla pasar,
    como pasa la lluvia o el amanecer,
    dejando detrás de sí
    la certeza de que lo divino también tiene rostro,
    y vive, todavía,
    en una mujer de carne morena
    que habita detrás de los montes,
    allá donde el alma se aquieta
    y el tiempo,
                  al verla,
                            se detiene.

  • Santa María Comachuén

    Comachuén, conocido en la época prehispánica como Cumanchen, forma parte de la Sierra P’urhépecha, una región caracterizada por su clima frío, montañas volcánicas y una fuerte presencia de hablantes de la lengua p’urhépecha. Desde tiempos antiguos, el pueblo se distinguió como un asentamiento serrano con varios núcleos habitacionales distribuidos en su territorio.

    En el siglo XVI, antes de la llegada definitiva de los españoles, Comachuén contaba con caciques locales y guerreros organizados, lo que le permitió mantener control sobre sus montes y manantiales.

    Esta organización comunitaria resultaría crucial en los siglos posteriores, cuando la defensa de la tierra se convirtió en un eje central de su historia.

    La transformación en tiempos coloniales

    Con la conquista española, Comachuén fue sometido a los procesos de congregación de pueblos, una política virreinal que buscaba concentrar a las comunidades indígenas en nuevos centros poblacionales para facilitar el control religioso, fiscal y político. Bajo esta dinámica, Comachuén quedó subordinado a la cabecera de Sevina, lo que limitaba parcialmente su autonomía.

    Sin embargo, la comunidad pronto se enfrentó a los primeros pleitos de tierras. En 1590, Comachuén sostuvo un conflicto con Santa María Arantepacua por la posesión de ciertos linderos. Este fue el inicio de una larga serie de disputas agrarias que marcarían la vida del pueblo durante toda la Colonia.

    El Lienzo de Comachuén: memoria pintada

    La defensa del territorio encontró un instrumento clave en el Lienzo de Comachuén, un documento pictográfico elaborado hacia 1626 y posteriormente copiado en 1806. Este lienzo, conocido localmente como k’uirakua (petate), representa cerros, manantiales y límites comunales. Más que un simple mapa, es un testimonio de la memoria territorial transmitida de generación en generación.

    El lienzo cumplía una doble función:

    1. Memoria interna, recordando a los comuneros cuáles eran los linderos heredados de los ancestros.

    2. Arma jurídica, al presentarse en los tribunales coloniales como prueba de propiedad legítima frente a pueblos vecinos o autoridades virreinales.

    Pleitos y resistencia en los siglos XVII y XVIII

    Durante el siglo XVII, las disputas por la tierra se intensificaron. En 1677, Comachuén enfrentó un pleito con San Francisco Pichátaro, otra comunidad serrana, por la delimitación de sus terrenos comunales.

    Estos litigios no eran aislados: respondían a un contexto regional en el que la presión demográfica y las políticas coloniales empujaban a los pueblos a defender cada manantial, cada ladera, cada pedazo de bosque.

    En el siglo XVIII aparecen también documentos de peticiones y arrendamientos de tierras, lo que muestra que Comachuén no sólo resistía, sino que negociaba constantemente con la autoridad colonial para mantener acceso a sus recursos. La comunidad supo combinar la vía legal con la preservación de su memoria oral y pictográfica.

    El peso de la memoria comunal

    Más allá de los tribunales, lo que mantiene viva la historia de Comachuén es la memoria colectiva. Los comuneros transmitieron de padres a hijos el conocimiento de los linderos, recorrieron los cerros, nombraron manantiales y celebraron ceremonias que reafirmaban la pertenencia al territorio.

    En palabras de los propios comuneros contemporáneos, el lienzo no es un simple documento: es la voz de los antepasados, el símbolo que legitima su existencia como comunidad. Y aunque algunos investigadores coloniales cuestionaron la autenticidad de estos títulos, para los pueblos serranos la legitimidad no depende de un sello virreinal, sino del uso inmemorial de la tierra.

    Comachuén hoy: herencia y lucha

    La historia de Comachuén no terminó en la Colonia. Durante el siglo XIX y el XX, los títulos y lienzos siguieron siendo presentados en procesos de restitución de tierras y ante instituciones agrarias mexicanas. Así, documentos elaborados en el siglo XVII continuaron desempeñando un papel central en la vida comunal hasta la actualidad.

    Hoy, Comachuén sigue siendo un pueblo p’urhépecha que conserva su lengua, sus costumbres y su profundo vínculo con la tierra. La historia escrita en el Lienzo de Comachuén y en los títulos coloniales no pertenece únicamente al pasado: sigue siendo un arma de resistencia cultural, una memoria viva que articula identidad, territorio y justicia.

    Fuente: Tesis Memoria y territorio en la Sierra P'urhépecha. Los títulos trimordiales de Comachuén y sus pueblos vecinos de Pablo Sebastián Felipe, 2020. 
  • Santiago Apóstol: del conquistador al protector en Michoacán

    Entre la espada, la fe y la fiesta

    En varios pueblos de Michoacán, para la fiesta de Santiago Apóstol, las campanas suenan y los cohetes revientan el cielo. El aire se llena de música, pero también de máscaras, de colores, de trajes brillosos. Los moros bailan frente al santo. Y uno se pregunta de dónde viene todo esto.

    Porque no es cosa nueva. Es herencia vieja, de los tiempos de la colonia, cuando los frailes trajeron sus historias y sus santos.

    La leyenda del Clavijo

    Allá lejos, en España, dicen que en el año 844, los cristianos estaban a punto de perder la batalla contra los moros. Y que de pronto, en medio del polvo y el miedo, apareció Santiago Apostol en un caballo blanco, espada en mano. Luchó junto a ellos y les dio la victoria. Desde entonces le llamaron Santiago Matamoros (Chevalier, 1999; Kamen, 2004).

    Esa historia viajó en barco y llegó a América. Con ella llegaron los conquistadores y los frailes. Donde ponían una iglesia, ponían un santo patrono. Y en los pueblos más rebeldes, casi siempre dejaban a Santiago, el guerrero.

    Para enseñar la nueva fe, los frailes inventaron teatros con música y palabra. Eran las danzas de conquista: cristianos contra moros, siempre con la cruz ganando.

    En Michoacán, los purépechas aprendieron el juego. Repitieron los parlamentos, dieron pasos, tocaron instrumentos y entonaron los cantos. Pero también le pusieron su propio corazón. Los moros que caían ya no eran sólo musulmanes de tierras lejanas; también podían ser reflejo de la conquista de su propio pueblo (Pérez-Ruiz, 2005).

    Y así, con el tiempo, la danza dejó de hablar de derrota y se volvió fiesta y memoria.

    Santiago en tierras purépechas

    En Michoacán, Santiago se quedó en muchos pueblos:

    Santo Santiago en Uruapan, Santiago Nurio, Santiago Asajo, Santiago Undameo, Tingambato entre otros…

    Se dice que Santiago se asignaba a los pueblos más fuertes, los que resistían más, como en el caso de Querétaro, donde en el Cerro del Sangremal donde cuentan Santiago Apostol se apareció para participar en la batalla que terminara por fundar la ciudad. Los conquistadores españoles, especialmente los que provenían de Galicia y otras regiones con fuerte devoción a Santiago, lo invocaban como su protector en las batallas. Se le conocía como “Santiago Matamoros”, y esta imagen se trasladó a América como “Santiago Mataindios”

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    Era un mensaje: si Santiago pudo con ejércitos en España, también podía con los indígenas aquí.

    Pero la historia se volteó. Hoy en lugares como Nurio, Santiago no es conquistador, sino protector. Es bandera de identidad, no de sometimiento.

    El baile de hoy

    Quien ha estado en una fiesta de Santiago lo sabe: la danza es espectáculo y devoción. Los danzantes llevan coronas, turbantes y máscaras que recuerdan a guerreros antiguos. Suena la banda, suena el clarinete y el tambor, el suelo retumba.

    En Sahuayo, la cosa tomó su propio camino con los Tlahualiles, enormes máscaras y trajes que llenan las calles. En Tingambato y Nurio, la danza conserva un aire más solemne, más pegado al templo.

    Pero en todos lados la enseñanza ya no es de guerra, sino de comunidad. La danza une, recuerda y festeja.

    La Danza de los Moros es espejo de Michoacán: impuesta primero, apropiada después. Lo que nació como catecismo con teatro y espada, hoy es patrimonio vivo de los pueblos purépechas.

    Ya no es Santiago el que conquista. Es el pueblo el que, año tras año, lo hace suyo.

    Fuentes
    • Brandes, Stanley (1988). Power and Persuasion: Fiestas and Social Control in Rural Mexico. University of Pennsylvania Press.
    • Chevalier, Jacques (1999). Civilización y barbarie: Los mitos de la conquista de América. FCE.
    • Florescano, Enrique (2002). Memoria indígena. Taurus.
    • Kamen, Henry (2004). La Inquisición española: Una revisión histórica. Crítica.
    • Pérez-Ruiz, Maya Lorena (2005). Danzas de conquista en México. INAH.