Autor: uerati

  • Aquí antes todo era cerro

    Es una frase constante en personas de la tercera edad, que he escuchado
    directamente de mis abuelos y otros familiares. Esa expresión, tan simple en
    apariencia, refleja una de las mayores problemáticas a las que se enfrenta muchas
    de las ciudades de México —entre ellas León–—: el crecimiento desmedido y
    acelerado de la mancha urbana.
    Esta problemática no es reciente. León, por ejemplo, su expansión de la mancha
    urbana se aceleró de manera extraordinaria en los últimos cincuenta años, y esta
    ciudad no es un caso aislado.
    Por más cotidiana y normal que nos parezca la frase “Aquí antes todo era cerro”,
    refleja la transformación drástica y acelerada de una zona o ciudad. Zonas que
    antes eran cerros, campos, o llanuras, hoy se han convertido en fraccionamientos
    o avenidas. Para muchos esto puede no representar problema alguno, pero todo
    este tipo de fenómenos de urbanización desencadenan una serie de consecuencias
    naturales que marcan de forma irreversible el entorno natural de la región.
    León, con su escasez de agua; Ciudad de México, con sus contantes inundaciones,
    explotación excesiva de sus pozos y niveles de agua en el subsuelo, que generan
    como consecuencia el hundimiento anual de la ciudad, son ejemplos claros de como
    la mala práctica de la urbanización, combinada con otros factores, genera
    problemáticas que se acumulan con el paso de los años.

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    Las ciudades crecen a un ritmo tan acelerado, que da miedo. Como leones, me doy
    cuenta de la transformación de mi entorno y ciudad: colonias que hace unos años
    no existían, sequías cada vez más graves, y tráfico que se vuelve agobiante en
    ciertas horas del día. Todo esto es evidencia de que León sigue expandiéndose y
    que ese crecimiento no tiene intención de detenerse. Es importante señalar un
    punto. No estoy en contra del crecimiento de la ciudad, sé que es un fenómeno
    inevitable al que nos enfrentamos, pero sí creo que deben de buscarse un modelo
    de desarrollo sostenible que debió de aplicarse hace décadas.
    Si el crecimiento exponencial de nuestras ciudades continua bajo practicas
    agresivas contra la naturaleza, como la deforestación masiva, el futuro visible, no
    resulta nada prometedor. Este articulo lo escribo para poder compartir mi percepción
    que tengo a esos espacios, lugares donde para muchos no hay nada, pero que en
    realidad son hogares de flora y fauna esencial para los ecosistemas y en
    consecuencias para nosotros mismos.
    Cuando aquellas personas u nosotros decimos “Aquí antes era cerro”, no solo
    hablamos de lo que alguna vez fue la ciudad o esa zona, si no de lo que hemos
    perdido. Y quizá la pregunta más importante no es ¿Cuánto más crecerá la ciudad?,
    sin no ¿Sabremos algún día crecer en armonía con nuestro entorno?

  • Nudo

    Hoy no quiero llorar.
    Pero aquí, en la garganta,
    se me atora tu nombre,
                       hilito quebrado que no sé desatar.

    Los ojos se me llenan de agua:
                  charcos de lluvia tuya
    que me agarró desprevenido.
    ¿Pero es que, cómo les digo
                 que ya no volverán a verte?

    Tu voz me llama
            cuando busco silencio.
    Tu voz cruza el aire,
                   me nombra.
    Tu mano se siente
    cuando el aire me toca.

    No terminaste.
          Te fuiste de a poco.
               Como el humo que se queda en el fogón
                     aunque la leña ya no arda.

  • Cine sin Cines

    Michoacán se viste de cine con la llegada del Festival Internacional de Cine sin Cines Elpidia Carrillo, que se celebrará del 1 al 9 de septiembre de 2025 en diferentes comunidades del estado. Este encuentro cinematográfico rompe con lo tradicional, ya que las películas no se proyectan en salas comerciales, sino en plazas públicas, centros culturales, escuelas y espacios comunitarios, acercando así el séptimo arte a quienes normalmente no tienen acceso a él.

    Este festival nace del compromiso de la actriz y directora Elpidia Carrillo, originaria de Parácuaro y reconocida internacionalmente por su trayectoria en el cine y la televisión. Con este proyecto, busca devolverle a las comunidades lo que le ha dado vida a su carrera: las historias auténticas, la raíz cultural y la posibilidad de que el arte se viva en colectivo.

    Un festival único en su tipo

    Lo que hace especial al Festival Internacional de Cine sin Cines Elpidia Carrillo es su capacidad para transformar la manera en que entendemos el cine. Aquí:

    • El espacio se vuelve protagonista, ya que cada proyección se adapta al entorno comunitario.

    • La comunidad se convierte en parte del festival, participando no solo como público, sino también como anfitriona y colaboradora.

    • Las historias adquieren un nuevo valor, pues viajan desde lo local hasta lo universal, tocando a personas de todas las edades y contextos.

    De esta manera, no se trata únicamente de ver cine, sino de vivir una experiencia cultural compartida, donde convergen vecinos, cocineras tradicionales, artistas, estudiantes y familias.

    Nuestra participación: Diosï Meiamu

    Este año estamos muy emocionados de anunciar nuestra participación con el cortometraje Diosï Meiamu, dirigido por la joven cineasta Mariana López, de apenas 17 años y originaria de Paracho. Para nosotros, estar presentes en el Festival Internacional de Cine sin Cines Elpidia Carrillo es motivo de orgullo, porque significa llevar nuestra historia a un público diverso, en escenarios abiertos y con un espíritu profundamente comunitario.

    Más que cine: una celebración de identidad

    El festival no solo busca difundir obras cinematográficas, sino también fortalecer los lazos sociales y culturales de Michoacán. Al proyectar en distintas comunidades, se reconoce la pluralidad del estado y se generan encuentros entre creadores, públicos y territorios. Además, su carácter internacional abre un puente entre México y el mundo, mostrando que el cine independiente tiene la capacidad de emocionar y transformar sin necesidad de grandes pantallas.

    Una invitación abierta

    Si amas el cine, si disfrutas de las historias que conmueven y si valoras el poder de lo comunitario, no puedes perderte este festival. Durante más de una semana, Michoacán será escenario de películas, charlas, convivencias y actividades que hacen del cine una verdadera fiesta cultural sin muros ni fronteras.

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  • Festival Michoacano de Cine Independiente

    Morelia se prepara para recibir la primera edición del Festival Michoacano de Cine Independiente, mejor conocido como “Séptimo Arte Diletante”, que se llevará a cabo este viernes 5 y sábado 6 de septiembre de 2025, en la emblemática Casa Natal de Morelos.

    ¿Qué hace único a este festival?

    • Primero que nada, es un espacio donde el cine no se mide por el presupuesto, sino por la capacidad de transmitir y conmover desde lo local hacia lo universal.

    • Además, más de 100 obras ya están inscritas, lo que demuestra la fuerza y la importancia que ha ganado en la región.

    • En consecuencia, se espera una gran afluencia de público: cinefilos, estudiantes, creadores, familias y visitantes que quieran acercarse al arte cinematográfico en un formato accesible, cercano y profundamente humano.

    ¿Qué premios y categorías estarán presentes?

    El festival apuesta por reconocer la creatividad independiente y comunitaria. Por ello, contará con premios como:

    • Mejor Cortometraje Ficción (Michoacán)

    • Mejor Cortometraje Documental (Michoacán)

    • Mejor Cortometraje Animado (Michoacán)

    • Mejor Largometraje Ficción (Michoacán)

    • Mejor Largometraje Documental (Michoacán)

    • Mejor Cortometraje Nacional

    • Mejor Largometraje Nacional

    • Premio del Público (votado por los asistentes)

    • Premio Especial a la Innovación (por creatividad y originalidad)

    • Premio Cine Comunitario (para producciones de comunidades originarias) filmmakers.festhome.comEl Sol de México

    Así, se busca amplificar voces diversas y fortalecer la producción cultural independiente en Michoacán y más allá.

    Nuestra participación: talento joven y local

    Estamos muy orgullosos de participar con el cortometraje Diosï Meiamu, dirigido por Mariana López, de apenas 17 años, originaria de Paracho. Además, se proyectará también otro cortometraje de Paracho, Cuando la Guitarra Calla de Roberto Janacua, y de distintos lugares del estado. 

    El festival ofrecerá más de 10 horas de cine emergente entre viernes y sábado. Habrá proyecciones agrupadas en bloques a lo largo de ambos días, acompañadas por conversatorios dirigidos por Fernando Guzmán, y culminará el sábado con la ceremonia de premiación “Presea Morelos”, ambientada en un ambiente festivo y cultural, con música en vivo a cargo del Maestro Juan Alejandro Cruz y la Academia de música Lulius.

    ¿Por qué asistir?

    • Porque, además de divertirte, participarás en una experiencia cultural transformadora.

    • Porque podrás ver historias auténticas que reflejan nuestra identidad, nuestras luchas y nuestros sueños desde una perspectiva local.

    • Porque es una excelente oportunidad para apoyar y celebrar el trabajo de cineastas emergentes y comunitarios de Michoacán.


    En resumen, el festival “Séptimo Arte Diletante” representa una invitación clara a descubrir nuevos talentos, a dejarse conmover por narrativas cargadas de autenticidad, y a celebrar el cine como una herramienta de conexión humana. No solo es cine; es cine con corazón, comunidad y futuro. ¡Nos vemos el viernes y sábado en la Casa Natal de Morelos!

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  • La cuerda que no se rompe

    Fue casi por cosa del destino la primera vez que entré a las Jornadas de Investigación de las Guitarras; una amiga, Gaby, me dijo así, de volada: «vamos, te va a gustar, van a hablar de la historia de las guitarras, entre otras cosas». Fui sin muchas expectativas, como quien cruza la plaza sin proponérselo, y llegamos el último día; nos sentamos en una ponencia y luego en un concierto de guitarra séptima, y ahí, de pronto, me encontré con algo que no sabía que existía en mi pueblo: la guitarra séptima. No es que antes no hubiera oído hablar de cosas parecidas, pero ver aquel instrumento, conocer su forma, y sobre todo escucharlo en vivo, fue una especie de descubrimiento íntimo, algo que se me quedó pegado en la memoria como un trozo de madera pulida: me pareció bonito, me pareció maravilloso, y me quedé con la sensación de que algo se me había abierto por dentro.
    A partir de esa tarde empecé a volver a las jornadas; no fui constante al principio, porque yo era de los que esperaban con ansia la feria de la guitarra —salir a ver los desfiles, las calles llenas, las botellas vaciándose— pero poco a poco me di cuenta de que esos espacios no eran sólo para guitarristas ni para guitarreros; eran para cualquiera que quisiera saber de dónde vienen las cosas, para quienes sentimos curiosidad por el origen de los sonidos. Empecé a enterarme de historias: de la guitarra y el mariachi, de grupos de música tradicional, de compositores; escuché hablar de guitarrerías que yo ni imaginaba, en lugares tan distintos a mi pueblo como la zona de Tepalcatepec, la Huasteca Potosina, e incluso Chiapas, y me sorprendí de que en tantos lados hubiera la misma paciencia para encontrar la forma justa de una caja armónica. Yo siempre había visto a Paracho como algo único en el mundo, como un sitio especial donde el oficio estaba tan arraigado que parecía natural encontrar madera secándose en las calles, gente en los aserraderos y charlas sobre maderas y barnices en la tienda de materiales. Pero enterarme de que había coincidencias, ver cómo no solo en Europa siguen haciendo guitarra de maneras que conversan con lo nuestro, y comprobar que a veces las mismas ideas nacen lejos y se parecen, me cambió la forma de ver todo; me dio un choque de pensamientos que terminó por gustarme.

    Con el tiempo, el maestro Abel García y el doctor Víctor Hernández me invitaron a colaborar en los carteles y los programas del evento. Acepté con gusto; me parecía pecado decir que no. Empecé a pasar más tiempo entre convocatorias y programas, a pensar imágenes para anunciar sonidos, y aquello me fue metiendo de lleno en la mecánica del evento. Los últimos años no sólo asistí a las conferencias de fines de julio, sino también a las convivencias que se armaban al término: conversaciones más ligeras, sí, pero que no por eso dejaban de estar llenas de información; eran como vasos donde uno iba probando distintos tragos de conocimiento hasta entender un poco más lo que se hablaba en las salas formales. 

    Ver cómo esas charlas nutrían lo que uno sabe y lo que uno puede hacer me ayudó a investigar mis propios temas, a escribir sobre ellos, a entender cómo otras gentes en otros lugares miran aquello que nosotros creemos cotidiano —la construcción de guitarras— con ojos impresionados. Para mucha gente de fuera, ver gente llevando guitarras al hombro o una guitarra gigante de cobre es algo enternecedor; para nosotros es tan natural que a veces ni lo consideramos un suceso. Gracias a las jornadas conocí a personas muy interesantes que, sin proponérselo algunas veces, influyeron en mis decisiones y en las cosas que hago.
    Este año fue especial: además de diseñar para las jornadas, me invitaron a formar parte del área de diseño del Festival Internacional de Guitarra de Paracho —el festival en su edición número cincuenta— y el maestro Abel fue elegido como su director. Platicamos ideas para el cartel, yo mandé varias propuestas, trabajé sobre una que me dio, la rematé, y el resultado nos encantó; quedó bonito y se difundió bastante. Desde entonces me tocó asistir a conciertos, a concursos del festival, hacer fotografías —ahora estoy editando esas imágenes, y al verlas vuelven los recuerdos—, y vivir la experiencia de estar metido en ambas cosas: jornadas y festival. No sabía qué expectativas tenía; a decir verdad, durante años yo había asistido a eventos sueltos, a conciertos del CIDEG, al festival en algunos momentos, pero nunca había estado de lleno en las etapas del concurso. Estar ahí fue una cosa maravillosa.

    Hay momentos en que no entiendo del todo lo que se dice, cuando las pláticas son profundamente musicales o teóricas; a veces me pierdo en términos y en partituras; son mínimos esos lapsos, pero están. Lo que sí trato de entender, y lo que sí alcanzo, es la forma en que todas aquellas personas viven la música: cómo la llevan adentro, cómo se sustenta en su vida. En el taller para cantautores, por ejemplo, fue precioso escuchar las propuestas y la retroalimentación de Pablo Echeverri y del maestro Manuel García; pero eso no acabó ahí: esa noche nos juntamos y escuchamos a Pablo cantar «La Luna» con su guitarra, a Manuel García interpretar «Ojalá» de Silvio Rodríguez, «Agua de Río» de Macario de la Peña, «Abril» de Lobezno, y a Yunuén Bautista dar una «Paloma Negra» que cerró la velada como si hubiéramos tocado con la punta de los dedos algo profundo. Fue épico, así de simple; todos callados, con los ojos y los oídos dispuestos, como si la música fuera un animal que pasa cerca y hay que quedarse quieto para verlo.

    Las jornadas siguieron su curso, cada vez con más gente que antes; me contaron de la guitarra en Uruguay, en Argentina, de padecimientos que afectan a los músicos, de cómo la guitarra ha llevado a algunos a lugares insospechados o a escribir sobre su propia experiencia. Me quedé con la memoria de las ponencias de Antonio López, Alejandro Rodríguez y las intervenciones de Gerardo Taméz; con la presentación de la maestra Mirta Álvarez y ese documental, «El sonido de antes», que me pareció espléndido, una cosa que no me imaginaba y que me hizo pensar en las cosas cotidianas que no siempre miramos con el gusto o la intención de explorar. Ver cómo las jornadas se convertían poco a poco en festival me parecía natural y, a la vez, extraordinario.
    Cuando llegó el concierto de Manuel García y la sala se llenó, sentí una comunión rara entre la investigación y la música en vivo; Manuel lo dijo, él ya es michoacano, pero de Paracho, y escucharlo ahí, con esa voz y esa guitarra que ya nos sonaban familiares, fue como encontrarse con un viejo. amigo. La Camerata del Festival, con la dirección de Rodrigo Nefthalí, dio su ensayo y luego su puesta en escena; escuchar a Alejandro Córdova entre ellos fue algo increíble. Yo creo que es uno de los conciertos más interesantes que se han presentado aquí en años porque aún me deja escalofríos la participación de Abel García Ayala con el concierto en pirekua de Gerardo Taméz: algo que cuando se estrenó en Morelia yo no alcancé a ver, y de lo cual me arrepentí, porque ver fragmentos en video no es lo mismo; verlo en vivo fue de esos momentos que no sé explicar, si alguien me preguntara qué es eso de lo extranormal le diría que esto se le parece.

    Después vino Deion Cho con un programa que iba desde lo barroco y la música española hasta piezas latinoamericanas escritas en París; cruzamos de Robert Visé a Bach, de Tárrega a Albéniz, de Manuel M. Ponce a Heitor Villa-Lobos, y la gente salió como encaramada de entusiasmo por el carisma del intérprete. También Arody García, que comenzó con piezas que me hicieron recordar la fila de nombres que a uno le van enseñando a respetar: Antonio Laguna, Barrios Mangoré, Joaquín Rodrigo, Vicente Asencio, Marco Ferreira, y hasta un tema de Piazzolla; Arody es músico excelente y su concierto fue una de esas cosas que uno tiene en la cabeza por días.

    Estuve en las etapas del concurso: las eliminatorias de Profesional, Intermedios, Juvenil e Infantil. En Profesional participaron veintisiete guitarristas; en Intermedios treinta y tres; en Juvenil doce; en Infantil cinco. Todos me impresionaron; desde los profesionales hasta los niños, hay actuaciones que te dejan sin fuerza. Recuerdo una interpretación de «Fuoco» que me voló la cabeza, la participación de Elyud García que ganó el segundo lugar en Intermedios, y el hecho de que el primer lugar en la categoría Profesional haya sido compartido, que habla de una calidad que asusta y emociona a la vez. Ver a niños de siete años con manos firmes y talento me da ganas de hacer más cosas: me motiva, me pone hambre.

    Todos los conciertos inolvidables: la maestra Mirta Álvarez desde Argentina, trayendo tango con Gardel y Piazzolla y piezas suyas, piezas que movieron algo íntimo en la sala; Jorge Luis Zamora, con quien pude hablar en una de las convivencias, una persona humilde y carismática, y verlo tocar fue una transformación que dejó a la gente pidiendo más, hasta hacerle volver dos veces al escenario. Su Guajira a mi madre, la historia detrás de la pieza, todo quedó en la memoria de muchos.
    Yo, que me encargué de diseñar carteles y programas, que me desvelé terminando algún diseño, que dormí pocas horas por salir tarde de los conciertos y volver temprano a las etapas del concurso, que comí rápido para regresar al siguiente evento, no sentí cansancio, o al menos no el que pesa; fue un consumo distinto, uno que yo repetiría una y otra vez. Esto me llena de emoción: ver que Paracho puede reunir a tanta gente, que podamos pensar en ampliar o mejorar esto, que exista la posibilidad de hacerlo más grande. Me cambió la manera de ver lo que hago; la música no es mi oficio principal, pero sí me transforma.
    Ahora estoy editando las fotografías, escuchando de nuevo las piezas mientras escribo esto; hoy es la noche final, la premiación y la clausura y el último concierto del maestro Adriano del Sal. No sé qué esperar de ese momento, porque siento que lo he visto todo, y sin embargo los festivales me enseñan siempre que puede haber algo más: una interpretación que te sacude, una pieza que se queda, una conversación que abre nuevos caminos. Me siento afortunado por haber estado en medio de todo eso, por las personas que conocí, por las que me enseñaron sin saberlo, por la música que se pegó a la piel y que ahora llevo como un olor a madera y a resina en las manos. Y me queda esa hambre: ganas de más jornadas, de más conciertos, de más diseño, de más fotos, de más encuentros donde la música nos haga el milagro de juntarnos y, por un rato, hacernos sentir que todo eso que vemos en las calles y damos por sentado —la madera, el barniz, el aserradero, el amigo que vende, el amigo que hace— es, en realidad, una historia entera que nos espera para contarse de nuevo.

  • Xaratanga

    Exordio

    Te he visto,
    y siento los ojos llenos de espinas,
    penitencia debe ser,
    porque siento he pecado.
    Y aun así vuelvo a mirarte,
    vuelve la lengua a la llaga,
    porque hay dolores que enseñan a rezar mejor.
    Tu cuerpo…
    tiene la forma de las tierras fértiles después de la lluvia:
    todo en ti florece,
    todo en ti huele a fruta abierta,
    a leña encendida,
    a tierra removida por el arado de mis manos.
    Hay en tu piel el vapor tibio de la mañana,
    ese humo lento que se levanta del suelo
    cuando el sol empieza a creer en el día.
    Tus cabellos caen
    como agua por la ladera de mis pensamientos.
    Yo los he seguido,
    como quien baja al río
    buscando no morir de sed.
    Se ondulan como nubes cansadas,
    como ramas que se mecen sin prisa,
    como el mar cuando no quiere herir la orilla.
    En ese vaivén mi cabeza aprende a callar.
    De esto no quiero redención,
    yo quiero quedarme en tu noche.
    Beber de ti como quien bebe mezcal
    a sabiendas que el amanecer se cierne.
    Quedarme ahí,
    donde el aliento es tibio
    y el mundo deja de girar.
    Hacer de tu sombra mi único refugio.
    Porque tú no eres mujer,
    eres conjuro,
    eres monte donde el diablo reza,
    eres cuerpo donde Dios
    no se atreve a poner los ojos
    por miedo a arder.

    I. Los ojos

    Tus ojos no miran, encienden.
    No hay noche más honda
    que tus ojos cuando callas.
    Y no hay río más limpio
    que cuando ríes con ellos,
    como si el mundo se volviera menos duro,
    menos seco.
    En ellos cabe el cielo entero,
    lo grande y lo pequeño,
    como si el universo se hubiera quedado a vivir
    en dos lagos quietos.
    Tus ojos no miran, encienden.
    Son brasas vivas en la cara de la luna.
    Y yo, como tonto, me acerco a esa lumbre
    sabiendo que me va a quemar,
    pero buscando el calor que sólo dan
    los que aman sin miedo.
    Allí he visto el relámpago
    y la ternura.
    He visto al animal libre
    y a la madre que perdona.
    He visto una niña que sueña
    y una bruja que conjura.
    A veces no brillan,
    sólo reflejan.
    Y aun así, uno entiende todo.
    Tus ojos, morena,
    no son dos.
    Son todos los ojos
    que me han devuelto la fe.

    II. La boca

    Tu boca es donde empiezan los milagros.
    Tu boca no dice: invoca.
    No pronuncia palabras: da sentencia,
    como si lo que saliera de ella no fuera aliento,
    sino verdad escrita con sangre.
    De ella nace un calor manso,
    un soplo que acomoda el alma.
    Cuando se acerca, el miedo se sienta,
    y el pecho aprende a descansar.
    Cuando ríes,
    el maíz florece,
    y cuando callas,
    los perros del silencio se tumban a esperarte.
    Tu boca huele a pan recién hecho
    y a promesa sin cumplir.
    Tiene el color de la tuna madura
    y la forma del pecado
    que uno comete sabiendo que
    es justo el castigo que ha de recibir.
    Tus besos no son caricia: son pacto.
    Y si los das, ya no hay Dios que me salve.

    III. El cuello

    Tu cuello es el camino que sube al cielo,
    pero con niebla y sin regreso.
    Hay un suspiro que se atora
    cada vez que miro tu cuello.
    Es alto como torre de iglesia,
    pero no está hecho pa’ rezar,
    sino pa’ perderse mirándolo
    como quien va subiendo a ver si allá arriba
    está la salvación.
    Allí se posa el sudor
    como el rocío de los pinos.
    Allí muerde el sol cuando cae,
    y el viento baja la voz.
    A veces tiembla,
    como si guardara palabras
    que no se atreven a salir.
    Y yo —culpable y agradecido—
    quisiera dormir allí,
    donde termina tu voz
    y empieza el temblor.

    IV. Los hombros

    Tus hombros cargan más que tu cuerpo.
    Ahí, en tus hombros,
    he visto descansar el mundo.
    Son anchos, morenos,
    hechos para llevar el peso de las cosas
    que otros no quisieron sostener:
    el llanto del hijo,
    la rabia del pueblo,
    el silencio de la tierra.
    También cargan la tarde,
    el cansancio,
    las preguntas sin respuesta.
    Tus hombros no fueron tallados,
    fueron labrados,
    como se labra la milpa con coraje.
    Y aun así,
    cuando te desnudas,
    son dos lunas redondas
    que invitan al descanso y al naufragio.

    V. Los pechos

    Allí donde se inicia la ternura.
    Tus pechos no son carne: son cosecha.
    No hay quien los mire
    sin recordar a una madre,
    ni quien los toque
    sin temblar como niño perdido.
    Allí pastan los ciervos del deseo,
    y se arrodilla la sed.
    Son abrigo y temblor,
    agua y fuego
    aprendiendo a convivir.
    No los alabo por su forma,
    sino porque en ellos duerme la vida,
    y se despierta la fiebre.

    VI. El vientre

    Tu vientre es tierra con memoria.
    Tu vientre no es vientre,
    es fogón que aún guarda
    el calor de antiguas historias.
    Allí se ha sembrado la vida
    y también el hambre.
    Allí se enreda la luna
    cuando baja a dormir.
    A veces suda,
    y ese sudor me nombra.
    Me recuerda que sigo vivo.
    Tu ombligo es pozo,
    donde me miro
    y no me reconozco.
    Porque cuando beso tu vientre,
    me vuelvo otro:
    más hombre,
    más bestia,
    más sombra.

    VII. Las manos

    Tus manos saben más que la palabra.
    Tus manos son pájaros cansados,
    y aun así, siguen volando.
    Con ellas has curado heridas
    que ni el tiempo quiso mirar.
    Con ellas sembraste maíz,
    bordaste el cielo,
    y acariciaste a los muertos.
    Cuando rozan la piel,
    queda un hormigueo,
    una luz breve que no se olvida.
    Tus manos huelen a tierra,
    a agua de río,
    a herida que no duele más.
    Y si me tocan,
    aunque sea un segundo,
    yo me convierto en fuego.

    VIII. Las caderas

    Tus caderas mueven el mundo.
    No hay campana que suene
    más hondo que el vaivén de tus caderas.
    Cuando caminas,
    tiemblan las piedras del camino,
    y los perros del pueblo se callan por respeto.
    Se mueven como olas lentas,
    como promesa que no se apura.
    Tus caderas son curvas
    donde la lógica se pierde,
    y el alma se moja.
    Ahí se agita el deseo,
    ahí duerme el temblor.
    Y cuando bailas,
    hasta los santos giran la cara
    por no pecar de mirar.

    IX. Las piernas

    Tus piernas son caminos sin retorno.
    Tus piernas son los cerros
    que uno sube sin mapa.
    Y aun así, vale la pena perderse.
    Son fuertes como encino,
    firmes como tu palabra.
    Y cuando se cruzan,
    no hay llave ni rezo que las obligue a abrirse.
    Guardan el pulso del andar,
    el ritmo antiguo del viaje.
    Pero si te dan paso,
    te llevan al cielo,
    o al infierno, según el día.

    X. Los pies

    Tus pies han caminado siglos.
    Tus pies no pisan: bendicen.
    Cada huella tuya
    queda marcada como si la tierra supiera
    que por ahí pasó la madre,
    la amiga,
    la hechicera.
    Tus talones conocen el polvo,
    las veredas,
    el cansancio.
    Y aun así, bailan.
    Bailan como quien sabe que
    aunque el cuerpo caiga,
    el alma sigue andando.

    XI. El alma

    No sé de qué está hecha tu alma,
    pero cuando hablas,
    hasta el viento se sienta a escucharte.
    Tiene algo de río viejo,
    que sabe a dónde va aunque se enrede en mil piedras.
    Y algo de fuego manso,
    que no quema, pero abriga.
    Tu alma no entra en palabras,
    pero con las tuyas
    has curado más dolores
    que todos los santos del pueblo juntos.
    Hay luz en ti,
    de esa que no ciega,
    sino que alumbra justo lo necesario
    para que uno sepa por dónde seguir.
    Y cuando te enojas,
    el cielo truena,
    pero solo para limpiar el aire.
    Eres espíritu sembrado en tierra buena.
    Eres lo que queda
    cuando el cuerpo duerme
    y el amor sigue de pie.
    Yo te he visto
    como se mira un milagro que no necesita explicación.
    No porque seas perfecta,
    sino porque aún en tu sombra
    hay belleza que no se rinde.

  • IX Jornadas de Investigación sobre las Guitarras en Paracho

    Desde hace varios años, Paracho —corazón guitarrero de México— ha sido sede de un evento que no solo honra la maestría de sus lauderos, sino que también amplía el entendimiento sobre todo lo que rodea a este noble instrumento: la guitarra. Las Jornadas de Investigación sobre Guitarras, Guitarreros, Guitarristas y Guitarrerías llegan este 2025 a su novena edición, reafirmando su relevancia como un espacio de encuentro entre saberes tradicionales, investigación académica, procesos creativos, industria y cultura viva.

    Este año, el programa se llevará a cabo del 30 de julio al 2 de agosto en el Centro para la Investigación y Desarrollo de la Guitarra (CIDEG), reuniendo a investigadores, lauderos, intérpretes, escritores, terapeutas, cineastas y gestores culturales de diversas partes de México, así como de Argentina, Uruguay y Canadá.

    Las jornadas son una iniciativa del Dr. Víctor Hernández Vaca, profundo conocedor de la historia guitarrera de nuestro país, y del Maestro Abel García López, laudero parachense reconocido internacionalmente por su trabajo de altísima calidad y por su labor de preservación y transmisión de la tradición.

    Una historia que se construye cuerda a cuerda

    Las jornadas nos recuerdan que la historia de la guitarra en Paracho no es solo la historia de un instrumento, sino de todo un universo cultural: desde los inicios con la construcción de instrumentos como vihuelas, rabeles o guitarras tuás, hasta la especialización y profesionalización de las guitarrerías en Paracho, que hoy abastecen tanto a músicos populares como a concertistas clásicos de alto nivel.

    Pero este evento no se limita a hablar del pasado. Es también una mirada profunda al presente y al futuro de la guitarra como industria, como arte, como objeto simbólico y como medio de transformación.

    Un programa diverso y enriquecedor

    El miércoles 30 de julio, las actividades arrancan con un taller para cantautores impartido por el músico uruguayo Pablo Etcheverri, quien también ofrecerá un concierto el viernes 1 de agosto.

    El jueves 31, después de la inauguración oficial, se presentarán mesas temáticas sobre las guitarrerías de Paracho, la presencia de la guitarra en Argentina, la corporalidad en la ejecución musical y experiencias de guitarristas e investigadores mexicanos. Destacan nombres como Mirta Álvarez con un homenaje a las guitarras de Carlos Gardel; Yael Szmulewicz, con la proyección de El sonido de antes; y Julio César Jiménez, quien presentará su disco La Guitarra Infantil de México.

    El viernes 1 de agosto, la jornada estará dedicada a temas como la guitarra en Michoacán, los procesos creativos de los intérpretes, y el papel de las mujeres en el mundo guitarrístico. Habrá presentaciones de libros, conciertos, documentales, y una mesa especial para celebrar los 30 años del CIDEG, institución clave en el estudio y desarrollo de la guitarra.

    Finalmente, el sábado 2 de agosto, las jornadas cerrarán con un concierto del reconocido músico chileno Manuel García, a las 20:00 horas.

    Estas jornadas no podrían realizarse sin la participación activa de una amplia red de instituciones educativas y culturales como la Universidad de Guanajuato, la Universidad Veracruzana, la Universidad de Buenos Aires, la UNAM, la Universidad Michoacana, entre muchas otras. Juntas, con el H. Ayuntamiento de Paracho y la comunidad guitarrera, hacen posible este espacio de reflexión y diálogo en torno al arte de la guitarra.

    Te invitamos a ser parte

    La guitarra en Paracho no es solo un oficio ni un producto: es una forma de vida, un legado que sigue creciendo con cada nueva cuerda, con cada nueva historia. Las IX Jornadas de Investigación son una oportunidad única para escuchar esas historias, aprender de ellas y, por qué no, inspirarse para escribir las propias.

    Del 30 de julio al 2 de agosto, Paracho suena más fuerte. Y tú estás invitado.

  • Ya lo sé

    Ya lo sé,
         me dijiste que no te conozco.
    Pero yo sé que eres tú
         cuando huele a putsuti
             y el cerro está tierno de lluvia.

    Te he probado en el maíz uaroti
    recién volcado del comal,
    en ese humo azul que sube despacio,
             como el recuerdo.

    Pisé el uinumo fresco
         pensando en ti,
    como si tus pasos también
             hubieran hollado ese suelo de fiesta.

    Estabas en el nurite
             hirviendo lento
    cuando mi abuela rezaba
    y el mundo se hacía más pequeño
             y más sagrado.

    Te vi en las xenguas,
    rojas, colgando
         como si cada fruto
             fuera un secreto tuyo.

    Y aunque me digas que no,
    yo ya te tengo
         como se tiene la lluvia
         cuando empapa sin querer.

    Aunque te escondas,
    sé que estabas ahí
    cuando el primer trueno partió el cielo
    y mi pecho se abrió
          como mazorca lista para ser desgranada.

    No, no te conozco como dices,
    pero te he sentido
          en lo más hondo
    de las cosas simples.

    Como el silencio
          que se guarda entre los surcos,
    como la nostalgia
          de algo que todavía no pasa.

  • El fuego también sabe rezar

    Adentro tengo una chispa.
         No la hice yo.
    Venía conmigo,
         como el aliento o el ombligo.

    Es pequeña, pero crece.
         No sabe estarse quieta.
             Quiere lamer,
                 quiere comerse el mundo.
    No es mala, nomás tiene hambre.

    Dicen que el agua cura,
    que la tierra sostiene.
    Pero el fuego —ay—
    el fuego pide obediencia
         y si no se le doma,
             nos lleva por dentro,
                 nos saca por fuera,
                     nos deja vacíos
    y quema la historia.

    El que no lo entiende,
                                            arde.

    Y el que arde sin medida,
         termina en silencio,
    yaciendo con Uhcumo,
    en la oscuridad que no quema,
         en Cumichuquaro,
             donde el fuego se apaga
                 y el alma ya no muerde.

    Hijito,
    el fuego también nació de algo.
    No apareció nomás porque sí.
    Dicen que Cuerauáperi lo parió,
    con los brazos llenos de rayos
    y la lengua encendida.

    Nosotros le dimos sangre.
         Él nos dio camino.

    El fuego no es malo,
         nomás no se le puede dejar solo.

    Porque si lo olvidas,
                 te llama.
    Y si lo miras de más,
             te lleva.

    Mira esta brasa,
         parece quieta,
             pero canta.
                    Ruega.
    Tiene la voz de Quahue
    cuando baja al fondo del lago.
         Lucero caído.
             Dios desatado.

    Tu corazón también es un fuego,
             nomás que no lo ves.

    Por eso se dice que morir
                           es desatarse.
    Como se suelta el nudo
         que te amarra a la tierra.

    Pero tú no,
    tú apenas enciendes.
    Tú aún puedes domarlo,
         hacerlo guía,
             hacerlo casa.

    Nomás no lo dejes solo.

  • Danna: Una de las mujeres de Viento Florido

    Danna es una joven percusionista originaria de Santa María Tlahuitoltepec, en la sierra
    Mixe de Oaxaca. Para ella, la música es mucho más que un fenómeno sonoro: es libertad,
    es identidad, es su comunidad. También representa una forma de resistencia, un espacio
    para soñar y un refugio donde ella puede escapar—aunque sea un momento— de la
    realidad que la rodea.
    Inició en el mundo musical a los 12 años, gracias a una coincidencia: Unas amigas de su
    hermana (quien, al igual que sus hermanos, también es músico) la invitaron a tocar “Las
    mañanitas” en distintas casas de la comunidad con motivo del día de las madres. Ella ya
    desde hace tiempo tenía el deseo de involucrarse en la música para poder formar parte de
    ese contexto cultural que se desarrollaba en su hogar, así que aceptó, sin saber que esta
    decisión marcaría un antes y un después en su vida.

    Santa María Tlahuitoltepec y la música

    “Las percusiones me eligieron a mí”- así describe el momento en el que empezó a tocar su
    instrumento, aprendiendo primeramente de manera lírica, y después de manera
    académica.
    En Santa María Tlahuitoltepec una tierra donde la música forma parte del entorno diario,
    el desarrollo de habilidades musicales en la infancia, es fundamental. Por ello, la
    comunidad cuenta con distintas agrupaciones donde niños y jóvenes pueden aprender
    música de una manera académica. Esto genera una profunda conciencia del valor que
    tiene la música dentro de la cultura y el tejido social de la región.
    El valor que se le da a la música en Santa María Tlahuitoltepec y sus alrededores contrasta
    con muchas otras regiones del país. Compartir música y cultura es algo fundamental e
    importante para la comunidad. Una clara muestra de este argumento son las “Gozonas”
    una tradición en la que agrupaciones musicales visitan otras comunidades para compartir
    su herencia cultural. Más adelante, esas mismas comunidades devuelven la visita,
    fortaleciendo los lazos a través del intercambio musical.

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    Mujeres del Viento Florido

    Mujeres del Viento Florido, también conocidas como Viento Florido, es una agrupación
    originaria de Santa María Tlahuitoltepec, y que está integrada exclusivamente por mujeres.
    Esta agrupación y su trabajo trasciende de lo musical: cada nota y melodía que interpretan
    es símbolo de sus raíces, su lucha y de su profundo amor por la música.
    Uno de los primeros acercamientos de Danna con Mujeres del Viento Florido fue gracias a
    una invitación por parte de sus amigas a tocar en un evento que tendría la agrupación en
    la comunidad.
    Terminada esa primera participación que tuvo con la agrupación, recibió una segunda
    invitación para una presentación programada la semana siguiente, sin imaginar que esta
    vez se trataba de una grabación con Lila Downs.
    Estas experiencias le generaron, en sus propias palabras, “un choque de realidades”: un
    día tocando en una festividad local, y al siguiente grabando con una artista reconocida
    internacionalmente.
    Las primeras participaciones que tuvo Danna con Viento Florido, fueron principalmente
    grabaciones, debido a la pandemia que impedía la organización de eventos masivos.
    En una ocasión, las integrantes de Viento Florido recibieron un aviso inesperado: “Hay una
    artista muy famosa interesada en conocer la agrupación”. Ese mensaje despertó en ella
    una mezcla de dudas, emoción y expectativa, sobre quien podría ser esa artista y lo que
    ese encuentro podría representar.
    MON LAFERTE era la artista de quien se trataba, llegando a un ensayo de la agrupación e
    iniciando una serie de experiencias inolvidables. Grabando canciones como “Te vi” y “Se va
    la vida” en el teatro El Cantoral, además de ser invitadas sorpresa en un festival de música.
    La colaboración entre este grupo de músicas no se limitó al territorio nacional: El primero
    de esas presentaciones fuera del país fue Viento Florido tocando con Mon Laferte en un
    festival de música en Chile, es una experiencia inolvidable para Danna, ella describe el
    deseo de poder disfrutar el concierto de manera de espectador, pero en esta ocasión ella
    era una de las intérpretes que miles escucharían.
    La segunda estación de esta maravillosa colaboración fue, Nueva York, Estados Unidos,
    específicamente el Lincoln Center, que sería testigo de este gran concierto.
    En entrevista, Danna relata estas experiencias como algo inolvidable y maravilloso, algo
    que no solo es significativo para aquellos que formaron parte de este encuentro, sino para
    toda una cultura, visualizando aún más la maravillosa y hermosa música de esta
    agrupación, algo que trasciende más allá de la música.

    Danna como música

    Durante aproximadamente 3 años Danna formó parte de la Banda Filarmónica de Santa
    María Tlahuitoltepec, donde gracias a la música descubrió otra de sus pasiones, que es el
    viajar.
    La música llevó a Danna, a conocer distintas ciudades y estados como Puebla, Ciudad de
    México, Oaxaca, Tlaxcala, y Guanajuato. Además de presentarse en recintos de Oaxaca y
    otros estados, muchos de estos espacios suelen tener una programación cuidadosamente
    seleccionada, lo que hace que su participación sea aún más relevante.
    En su búsqueda de mejorar y adquirir nuevos conocimientos prácticos y teóricos, Danna
    empezó a tomar clases en el Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura
    Mixe (CECAM), y más adelante se uniría a la banda del mismo centro (Banda Filarmónica
    del CECAM). Fue una experiencia única, debido a la calidad y alto nivel de la agrupación. Su
    estancia en la agrupación fue interrumpida por la pandemia de COVID-19, cerrando así ese
    ciclo lleno de aprendizaje para ella.

    Futuro y música

    Como muchos músicos, Danna llegó a un momento clave en su vida: elegir entre estudiar
    música u alguna otra carrera. Optó por la segunda opción. Sin embargo, aunque no eligió
    la música como carrera universitaria, esta sigue ocupando un lugar esencial en su vida.
    Para ella la música es como un escape momentáneo de la realidad, y un apoyo
    incondicional. Su objetivo es encontrar una forma de relacionar su carrera, con la música,
    crear y desarrollar un entorno donde la música y su profesión vivan en armonía. La música
    para ella, es algo que siempre está, por lo que separarse de ella es muy difícil por el simple
    hecho que está presente en su entorno, en las fiestas, en las casas, en su familia. La música
    es algo esencial que forma parte de Danna y que sin importar los cambios y direcciones
    que tome su vida, la música estará ahí, de una u otra manera.