Autor: uerati

  • Muñequita

    Pinche gente güera.
    Todo lo quieren desabrido,
         todo lo pintan pálido
             como si el alma no tuviera color.

    A su Dios lo hicieron blanco,
    igualito que a sus vírgenes,
    que a sus muñecas de vitrina
                 que no sienten
                     ni abrazan
                         ni lloran.

    Pero tú no.
    Tú sí eres de aquí.
    Muñequita de hoja de milpa,
    barro cocido en horno,
    risa que moja la tierra.

    Tu piel no pide permiso,
    tu color no se disculpa.
    Eres lo que ellos no entienden
    porque jamás lo han sentido.

    Eres Lupita de cartón,
    hecha de color,
    de risa,
     o de madera viva.

    Tu pelo es la noche,
    no por oscuro,
    sino por lo que guarda.
    Porque ahí duermen los sueños.
    Porque ahí empieza el mundo.

    Por eso rezo así:

    Bendita seas tú,
    morena de maíz y luna,
    santa de monte y de corazón curtido.

    Que nunca se te aclare la piel,
    que nunca se te achique el alma,
         que sigas tan tú,
             tan llena de sabor,
                  tan nuestra.

    Y que si alguien te dice
    “muñequita”,
    sea sabiendo
    que estás hecha de lo que dura,
         de lo que sabe,
             de lo que arde,
                 de lo que sana.

    Amén
    y que les arda.

     

  • Si es mi destino

    Si mi destino
         es estar solo,
             pues que así sea.

    Pero entonces,
                 quita de mí
    esta sed de ser querido.

    Porque no duele
               la soledad,
      duele el anhelo.

    Duele este querer abrigo
    sabiendo que no hay cobija,
         ni sombra,
         ni voz que diga:
                             “aquí estoy”.

    Si me has de dejar solo,
         déjame seco,
    como tierra sin lluvia.
    Sin esperanza,
           sin deseo,
                  sin eso que en las noches
    me hace doler el pecho.

    Porque si no voy a tener,
    entonces no quiero querer.
    No por orgullo,
         sino por no vivir
             mendigando ternura
    donde no hay.

    Nomás eso te pido.
             Quita el hambre
                     si no hay pan.

  • Amor de mis amores

    No sé bien cuándo fue que escuché por primera vez esa frase. Tal vez fue en una canción, o en boca de alguien que hablaba con nostalgia: “amor de mis amores”.

    En aquel entonces no entendí gran cosa. Era solo un decir bonito, pensé. Una de esas frases que suenan a novela o a bolero. Nunca me detuve a pensar en lo que quería decir de veras.

    Pero ahora si me di el tiempo de pensarlo.
    Y me di cuenta de que uno va aprendiendo a querer muchas cosas a lo largo de la vida.
    No solo personas, también momentos, canciones, paisajes, comidas calientes, libros que lo abrazan a uno por dentro.
    Uno ama sin saber que está amando.

    Yo he amado, por ejemplo, la forma en que canta la tierra cuando llueve.
    He amado las caminatas en silencio, cuando el sol se va cayendo detrás del cerro.
    He amado un verso leído a escondidas, el olor de una cocina abierta, una palabra dicha con ternura cuando no tenía fuerzas ni para levantar los ojos.

    He amado también la forma en que ciertas canciones me sostienen por dentro.
    Y he amado días enteros, días que parecían no acabar nunca de tan buenos.
    He amado años que se me fueron volando, pero que me dejaron una semilla en el pecho.

    Y de entre todas esas cosas,
    de entre todo eso que me hizo sentir vivo,
    estás tú.

    Porque contigo no es un amor más.
    No es una cosa entre tantas.
    Eres la suma.
    El canto y el silencio.
    El plato servido con cariño.
    El sitio donde el alma descansa.

    Decirte amor de mis amores es decirte que estás por encima del resto.
    Que en ti se reúnen mis memorias más dulces, mis deseos más callados,
    las ganas que me quedan de seguir creyendo en la ternura del mundo.

    No es porque seas perfecto —nadie lo es—
    sino porque contigo se me junta todo lo que alguna vez me sostuvo.
    Y cuando te miro,
    te miro con los ojos que han amado muchas cosas,
    pero que te reconocen a ti
    como el centro.

    Tú eres ese amor.
    El que no grita.
    El que no exige.
    El que está ahí.
    Como la tierra.
    Como el fuego bajo la ceniza.
    Como el frío tras la ventana esperando a entrar.
    Como la sangre corriendo a través de mí.

    Así que si alguna vez me oyes decirte “amor de mis amores”,
    ya sabes.
    No es solo un decir.
    Es mi manera de decirte que estás en todo lo que me ha hecho bien.

    Con todo lo que soy,
    con lo poco que tengo,
    te escribo esto.

    Nomás pa’ que lo sepas.

  • Desire

    I

    I think of her.
    All the time.
    When the world is quiet.
    When the world screams.
    When the coffee goes cold,
    when the wind slips through the cracks
    and there’s nothing left to do but endure.

    I think of her even when I don’t want to.
    Even when it hurts.
    Even when my body begs to forget
    and my mind refuses to obey.

    I think of her the way one thinks of a wound:
    with anger,
    with tenderness,
    with thirst,
    with every goddamn hope that it might heal.

    And suddenly,
    just like that,
    a word from her —spoken in passing,
    without knowing what it meant—
    arrives.
    It slips between my ribs
    and mends me.

    Not completely.
    Not forever.
    But just enough to survive another day.

    Bless that hour.
    Even if silence returns
    to shatter me once again.

    II

    You don’t tell the cloud
    how to rain.
    It comes down on its own
    when May splits open,
    and lets itself fall.

    You don’t tell the sunflower
    when to open to the sky.
    It wakes in September,
    and the field —suddenly—
    changes shape.

    Frost doesn’t ask.
    It simply shows up.
    And in December,
    the rooftops awaken
    as if they’d dreamed
    of heaven.

    And you don’t ask either.
    You just arrive.
    And my soul comes undone.

    You barely look at me,
    and already my world is ending.
    As if you were
    June, mist, bloom,
    August, hail,
    wet earth,
    fog over the cornfield,
    the wind in the jacarandas,
    lightning before thunder,
    the cricket’s song at the edge of sleep,
    the first leaf falling in October,
    the river’s voice in January,
    hearth smoke in November,
    February’s silent sorrow.
    The tremble of the land in March,
    the scent of fire in clothes,
    the rooster’s echo at odd hours,
    April’s dust along the roads,
    the sun cracking stones in July,
    the warm shade of a ramada,
    ripened fruit falling on its own,
    the night’s quiet crackle,
    the longing for something that hasn’t happened yet
    but is already becoming,
    autumn, winter, spring, summer.

    It just happens.
    Like you.
    Like this.
    Like loving without cure.

    III

    I woke without the usual sweat.
    The cold came close,
    but didn’t touch me.

    The sky —
    gray, low, weary—
    spilled in silence.

    And I
    Inside
    left myself rain.

    IV

    Man is born good.
    But then he sees those eyes
    brown, deep,
    like forests in autumn,
    like wine spilled in the dusk,
    eyes that cry and burn,
    that beg and condemn,
    eyes of dark honey,
    of shadow that caresses.
    And it’s them that corrupt him.

    V

    Maybe she doesn’t answer
    because she doesn’t know what to do with tenderness.
    It slips through her fingers
    like water she never asked for
    to quench her bitterness.

    No one ever said sweet things to her.
    No flowers ever came,
    no words turned to shade
    for the sun in her days.
    So when I speak to her
    —when I say she’s
    like good rain on dry earth—
    she recoils,
    as if the wind were speaking
    or a ghost returned just to say:
    “Look, there’s love here too.”

    But I go on.
    I go on because I know
    that one day her eyes will believe me.
    And that day,
    the world will feel less arid.

    VI

    It’s not for lack of flesh,
    or fear of touching her.
    It’s just that what awakens in me when I see her
    isn’t flame,
    but breeze.

    I imagine her with a basket of oranges,
    walking barefoot across a warm patio,
    laughing at something silly I said.
    I picture her sitting beside me
    as the sun slowly hides
    behind the hill,
    and the coffee grows cold on the table
    because her voice holds me longer than the sip.

    I don’t want her body,
    I want her shadow next to mine
    on the dry ground,
    her steady step as we walk to the river.
    I want her to tell me the names of flowers,
    to teach me to make thin tortillas,
    to mend unraveled seams,
    to laugh when the corn disobeys me,
    to sing me joyfully at dawn.

    Yes, I desire her—
    but like one longs for rain in May:
    so what’s inside me may bloom.
    I desire her like one longs for shared silence,
    like you cherish a stone to sit on
    as dusk unravels the day.

    I want her eyes to care for me,
    to name me without a word,
    to keep me in her palm
    like a good seed.

    I imagine her for long things:
    for afternoons with bread and honey,
    for walks down old streets,
    for pointless chats,
    for falling asleep to her telling
    stories of her childhood.

    It’s not desire that burns.
    It’s affection.
    And affection doesn’t burn:
    it lights.

  • Anhelo

    I

    La pienso.
    A cada rato.
    Cuando el mundo calla.
    Cuando el mundo grita.
    Cuando el café se enfría,
    cuando el viento se mete por la rendija
    y no hay más qué hacer que aguantar.

    La pienso aunque no quiera.
    Aunque me duela.
    Aunque el cuerpo pida olvido
    y la mente se niegue a obedecer.

    La pienso como se piensa una herida:
    con rabia,
    con ternura,
    con sed,
    con todas las pinches ganas de que cicatrice.

    Y de pronto,
    así nomás,
    una palabra suya —dicha al pasar,
    sin saber lo que hacía—
    llega.
    Se mete entre las costillas
    y me sana.

    No del todo.
    No para siempre.
    Pero sí lo suficiente para aguantar otro día.

    Bendita sea esa hora.
    Aunque luego vuelva el silencio
    y me haga pedazos otra vez.

    II

    No le dices a la nube
    cómo ha de llover.
    Ella baja sola
    cuando mayo se parte en dos,
    y se deja caer.

    No le dices al mirasol
    cuándo abrirse al cielo.
    Él despierta en septiembre,
    y el campo —de pronto—
    cambia de forma.

    La escarcha no pregunta.
    Nomás llega.
    Y en diciembre,
    los tejados amanecen
    como si hubieran soñado
    con el cielo.

    Y tú tampoco preguntas.
    Nomás llegas.
    Y se me deshace el alma.

    Apenas me miras
    y ya se me acaba el mundo.
    Como si fueras
    junio, neblina, flor,
    agosto, granizo,
    tierra mojada,
    bruma en la milpa,
    el viento en las jacarandas,
    el relámpago antes del trueno,
    el canto del grillo al borde del sueño,
    la primera hoja que cae en octubre,
    la voz del río en enero,
    el humo del fogón en noviembre,
    la tristeza callada de febrero.
    El temblor del campo en marzo,
    el olor a lumbre en la ropa,
    el eco del gallo a deshoras,
    el polvo de abril en los caminos,
    el sol rajando las piedras en julio,
    la sombra tibia de una enramada,
    la fruta madura cayendo sola,
    el crujido de la noche,
    la nostalgia de algo que aún no ha pasado
    pero que ya está siendo,
    otoño, invierno, primavera, verano.

    Nomás sucede.
            Como tú.
                  Como esto.
    Como querer sin remedio.

    III

    Desperté sin el sudor de siempre.
          El frío andaba cerca,
                pero no me tocó.

    El cielo
    —gris, bajo, cansado—
    se derramó en silencio.

                   Y yo,
             por dentro,
    me dejé llover.

    IV

    El hombre nace bueno.
       Pero entonces ve esos ojos
         marrones, hondos,
           como bosques en otoño,
    como vino derramado en la penumbra,
           ojos que lloran y arden,
         que suplican y condenan,
       ojos de miel oscura,
    de sombra que acaricia.
         Y son ellos los que lo corrompen.

    V

    Quizá no me responde
    porque no sabe qué hacer con la ternura.
    Se le escurre entre los dedos
    como agua que no pidió para su amargura.

    A ella no le dicen cosas bonitas.
         No le llegaron flores
             ni palabras hechas sombra
                 para el sol de sus días.
    Así que cuando le hablo
    —cuando le digo que es
    como la lluvia buena en tierra seca—
                                 se espanta,
    como si le hablara el viento
    o un muerto que regresa nomás para decir:
         “Mira, también hay amor aquí.”

    Pero yo sigo.
         Sigo porque sé
    que un día sus ojos van a creerme.
         Y ese día,
             el mundo será menos árido.

    VI

    No es por falta de carne,
         ni por miedo a tocarla.
    Es que lo que nace en mí cuando la veo
              no tiene forma de llama,
                         sino de brisa.

    La pienso con una canasta de naranjas,
    caminando descalza por un patio tibio,
    riendo por cualquier tontería que le diga.
    La pienso sentada a mi lado
    mientras el sol se esconde lento
                                         tras el cerro,
    y el café se enfría en la mesa
    porque su voz me entretiene más que el sorbo.

    No quiero su cuerpo,
         lo que quiero es su sombra junto a la mía
                 en la tierra seca,
    y su paso firme cuando vamos al río.
    Quiero que me diga cómo se llaman las flores,
    que me enseñe a hacer tortillas delgadas,
    a remendar costuras deshilachadas,
    que se ría cuando el maíz no me obedece,
    que me cante alegre cuando amanece.

    La deseo, sí,
    pero como se desea la lluvia en mayo:
    para que lo que llevo dentro florezca.
    La deseo como se desea un silencio compartido,
    como se quiere una piedra donde sentarse al atardecer
    y mirar sin prisa cómo el día se va cayendo.

    Quiero que me cuide con los ojos,
                 que me nombre sin hablar,
    que me guarde en la palma como se guarda
                  una semilla buena.

    La pienso para cosas largas:
    para tardes de pan con miel,
    para caminatas por calles viejas,
    para charlas de nada,
    para dormirme oyéndola contar
    cómo era su infancia.

    No es deseo lo que me arde.
                Es cariño.
    Y el cariño no quema:
                             ilumina.

  • Tsakapuiri Echeri

    Tsakapu, la tierra de las Piedras

    Me apedrean y me hunden cada vez que intento salir.
    Me expulsaste desde el comienzo, y regresé.
    Me quedé, y me seguiste rechazando.
    Me fui con una idea, y me recibiste con una sonrisa burlona.
    Volví a irme —esta vez, juré que sería definitivo—.

    “Jamás te volveré a ver”, dije.

    Y si lo hago, será solo para restregarte mi orgullo en la cara.
    Me ignoraste. Me fui. Al fin, pensé. Lo logré.
    Pero no. Volví. Traté de hacer las paces.
    Traté de ayudarte…
    De ayudarte a quererme, a aceptarme,
    a que pudiéramos llevarnos bien,
    porque al fin y al cabo, yo vengo de ti.

    Pero tú sigues sin aceptarme. ¿Por qué?
    Dejando a un lado mi ego,
    yo solo quiero verte florecer.
    Quiero que saques tu esencia verdadera
    y la portes con dignidad.
    Pero eres un padre ausente, negligente.
    No levantas la voz, no haces nada.
    Así que esta es mi última súplica:

    Húndete.
    Húndete en medio de la laguna,
    con tu iglesia dorada de medianoche,
    esa que, según dicen, está llena de tesoros,
    pero que nunca saldrá del agua estancada.
    Quédate ahí, entre la niebla y las piedras,
    mientras la leyenda marchita de tus días gloriosos te regocija en silencio,
    porque prefieres hundirte en tu mito
    antes que despertar a tu verdad.

  • Sonar: la música como motivo de encuentro

    En el artículo “Cherán Atzicuirín: Perspectiva de un leones”, hablé sobre cómo dos agrupaciones de distintas regiones del país, tuvieron un encuentro, donde el principal objetivo era hacer música. Este encuentro, realizado en 2023, no fue el único que llevó a cabo la agrupación leonesa Sonar Las Joyas. Este artículo es una pequeña crónica de esos valiosos encuentros que, reflejan el poder del arte para tejer lazos entre comunidades diversas.

    EL CONTEXTO DE SONAR LAS JOYAS.

    Sonar las Joyas, es una orquestá comunitaria y uno de los proyectos sociales impulsados por la asociación civil AUGE, que desde hace más de diez años trabaja en la zona de Las Joyas, ubicada en la zona norte de León, una de las zonas con mayor complejidad social en la ciudad. Este proyecto musical se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la asociación, que uno de sus objetivos es fomentar el desarrollo personal y social a través de la música.

    En entrevista con el Lic. David Herrerías, directivo de AUGE, destáco que la zona de Las Joyas está aun en crecimiento, lo que conlleva a tener el potencial de poder construir un futuro mejor para la zona. Por ello, la implementación de proyectos sociales resulta esencial para mejorar la calidad de vida no solo de quienes participan directamente en ellos, sino también de toda la comunidad que habita en la zona.

    DESDE LOS BOSQUES DE MICHOACÁN HASTA LA SIERRA MIXE DE OAXACA.

    La música, como motivo de encuentro, va mucho más allá de lo estrictamente musical. Desde mi perspectiva, resulta impresionante y profundamente significativo cómo dos agrupaciones que no se conocían, y que en muchos casos tienen marcadas diferencias culturales, pueden reunirse con un solo propósito: hacer música.

    Sonar Las Joyas ha participado en diversos encuentros con agrupaciones de distintas regiones del país, generando experiencias que trascienden las notas y los escenarios. Algunos de estos encuentros incluyen:

    Orquestá Infantil y Juvenil de Santiago de Querétaro (2018,2019,2022, Santiago de Querétaro, Querétaro)

    Orquestá Sinfónica Infantil y Juvenil de Uruapan (2018, Uruapan, Michoacán)

    Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec (2019, Oaxaca)

    Orquestá Tarhiata Jimpanhe (2023, Cherán Atzicuirín)

    Cada encuentro realizado por la agrupación, en cada estádo visitado, dejaba experiencias y aprendizajes invaluables. Las particularidades de cada comunidad y agrupación anfitriona, lejos de ser barreras que impidieran la convivencia, revelaban la riqueza de la diversidad y el poder de la música para crear lazos de armonía más allá de las diferencias.

    Uno de los encuentros con mayor contraste cultural fue el que Sonar Las Joyas tuvo con la Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec, en septiembre de 2019. El encuentro entre dos mundos culturales tan distintos fue, para muchos de los presentes, una experiencia profundamente cautivadora. En aquel escenario se entrelazaron los Sones y Jarabes Mixes con Finlandia, de Jean Sibelius: un diálogo musical entre los jamás conquistados y quienes habitan el Bajío. Fue un momento inolvidable, que dejó huella en quienes tuvieron la fortuna de presenciarlo o formar parte de ese encuentro.

    imagen_2025-05-22_124136107
    imagen_2025-05-22_124149453
    imagen_2025-05-22_124159719


    El encuentro con la orquestá Thariatha Jimpanhe fue otro ejemplo de un profundo contraste cultural entre agrupaciones. Sin embargo, como en ocasiones anteriores, estás diferencias no fueron motivo de asilamiento, sino, una oportunidad para la convivencia. La experiencia de convivir, tocar juntos esos ritmos abajeños, el observar aquellos bosques llenos de niebla cada mañana, compartir los alimentos, compartir tradiciones, fue transformadora para muchos. La música, una vez más, se convirtió en el puente que unión mundos distintos, demostrando que el arte no solo se interpreta, sino que también se vive, y se comparte.














  • Donde la tierra habla: sembrando esperanza

    Este escrito lo dedico con admiración y respeto para los señores Jorge Villanueva Gutiérrez, Luis Cázares y para todos aquellos campesinos que aún labran la tierra.

    La mañana se despereza con un aliento tibio, y el cielo, aún indeciso entre la noche y el día, se tiñe de una claridad opaca. No hay cantos de gallos ni campanas de iglesia que marquen el inicio de la jornada; lo que despierta al campesino es el llamado profundo de la tierra. Esa voz antigua que no se oye, pero se siente en el cuerpo. En los huesos. En el alma.

    El hombre aparece como un trozo más del paisaje. Lleva un sombrero ancho que le guarda la frente curtida del sol implacable, y un gabán heredado, tal vez de un padre, tal vez de un abuelo. Bajo el gabán, la camisa de manta y el pantalón de mezclilla sucia. En los pies, nada: sólo piel, barro y costumbre. Camina con una dignidad sin ruido, sin apuro, como si cada paso no fuera sólo hacia adelante, sino hacia adentro: hacia la historia, hacia el recuerdo.

    La tierra se abre en surcos bajo su andar. No se trata de violencia, sino de diálogo. El campesino no hiere la tierra: la persuade. La corteja con herramientas viejas pero fieles, con manos callosas que no olvidan cómo se sostiene una esperanza tan pequeña como una semilla, pero tan grande como el porvenir.

    En su palma reseca descansa el maíz, ese grano sagrado que no es sólo alimento, sino identidad. No lo lanza al suelo con la soberbia del dueño, sino que lo entrega con la reverencia del hijo. Porque el campesino no se siente amo del campo: se siente parte de él. Sabe que el maíz no se impone; se pide. No se exige; se cultiva.

    Los cerros, impasibles y eternos, lo observan desde su altura. Son testigos mudos de generaciones que han pasado por ese mismo surco, con las mismas ilusiones, los mismos rezos y las mismas derrotas. Pero también con la misma terquedad amorosa de seguir. Porque en el campo no se triunfa, se resiste. No se presume, se persiste.

    No hay promesas en la siembra. No hay garantía de lluvia, ni de cosecha, ni de venta justa. El campesino lo sabe. Lo supo su padre, y lo supo el padre de su padre. Pero aun así, siembra. No por necedad, sino por fe. Una fe que no se proclama en templos, sino en la tierra húmeda, en las uñas negras, en los surcos rectos. Una fe silenciosa y profunda como la raíz del mezquite.

    No se deja llevar por el reloj, ese invento de ciudad que impone prisa y ansiedad. Su tiempo lo dicta la tierra: cuando se raja, cuando se empapa, cuando se esponja. Él la observa, la huele, la palpa. Le escucha los murmullos con la sabiduría que sólo da el convivir. Porque sí, el campesino convive con la tierra como con una compañera: la respeta, la espera, la entiende.

    El sol se asoma finalmente con todo su peso, y el sudor comienza a brotar. Cada gota es una ofrenda. No hay aire acondicionado, ni oficina, ni pausa para café. El descanso se gana cuando el cuerpo ya no da, y aun así se sigue. Porque hay que terminar el surco. Porque mañana hay más.

    A veces no hay cosecha. A veces, lo que el cielo da en lluvia lo arrebata en granizo. A veces, el precio del maíz no cubre ni la semilla. Pero no hay lamento. Sólo silencio. Un silencio lleno de orgullo, de dignidad, de fuerza. El campesino no se queja: trabaja. Y cuando se sienta a la sombra de un mezquite a comer tortillas con sal, lo hace con la paz de quien ha hecho lo correcto.

    En el corazón del campo mexicano, el campesino no es un personaje olvidado ni un romántico de postal. Es la base. Es el que da de comer a todos sin pedir aplausos. Es el que sabe que la tierra no traiciona a quien la honra. Que en el barro también hay belleza. Que la vida, cuando nace del esfuerzo, tiene otro sabor.

    Este capítulo no lo escriben los libros de historia. No lo graban las cámaras ni lo narran los discursos. Pero está vivo en cada milpa, en cada canal de riego, en cada espiga de maíz que crece desafiante entre piedras y sequía.

    Y mientras el campesino se aleja, surco tras surco, su silueta se funde con la tierra que lo sostiene. Y uno entiende, por fin, que no hay diferencia entre el hombre y el campo: ambos están hechos del mismo barro, de la misma memoria, de la misma voluntad de renacer. Siempre. Aunque duela. Aunque canse. Aunque no se vea. Porque, al final, ese es su destino: sembrar futuro donde todos sólo ven pasado.

  • Nomás el silencio (a Santa Cecilia)

    No tengo guitarra.
          Ni garganta.
              Ni manos obedientes.

    Nomás tengo el silencio,
          y el oído,
              ese animal terco
                  que siempre quiere más.

    Los veo.
    Sacan el violín y se hace la fiesta.
          Le sacan voz a la madera,
                  le sacan alma al aire.

    Las veo.
          Con trompetas,
              con guitarras,
                  con tambor.
    Los veo y me dolería menos no verlos.

    Ellas nomás abren la boca
          y se cae el mundo.
    Se ablanda el corazón más duro.
                  Hasta el perro deja de ladrar.

    Y yo aquí,
    tragando envidia.
          No de ellos.
              De mí.

    Porque quise.
                  Mucho quise.

    Pero mis dedos eran de piedra,
              mi voz un gallinero
    y mi paciencia se me murió chiquita.

    Santa Cecilia,
    ¿por qué no me diste aunque
              fuera un poquito?
    Un rastro,
    una migaja de canto.
    ¿No viste cómo me brillaban los ojos de puro anhelo?

    Les tengo coraje.
          No a ellos.
              No a ellas.
                    A mí.

    Porque no supe hacer magia.
    Porque nomás me tocó mirar.
    Mirar cómo hacen lumbre del aire,
          cómo convierten la nada
              en algo que consuela.

    Yo nomás tengo el oído,
    ese pozo sin fondo,
    y se me va la vida oyendo.

    Y no puedo,
          no puedo con tanto.
    Tanto que suena,
          tanto que me falta.

  • What is love?

    A root that stays hidden.
         The scent of corn as it bursts on the flame.
             A flower no one planted, blooming alone by the roadside.
    A cloud’s shadow over thirsty soil.
                 A candle burning for no reason.
             Night’s silence under stars.
         An old page filled with words.
    The smell of wood just beginning to burn.
         Clay that remembers your touch.
             A caress you didn’t expect.
                 A gaze that lingers longer than the day.
                     A breeze that comes when you thought you couldn’t go on.
                 A delicious bite you never asked for.
             A sip of clear water.
         The song of a bird you didn’t know was there.
    Clothes on the line, smelling of sun.
    Earth soaked after so long.
                   A door that opens slowly.
              The brush of a hand in the market.
              A dog that follows though it’s never met you.
         A pine’s shadow at noon.
    A star appearing just before sleep.
             The word left unsaid—but understood.
                     A long embrace with no explanation.
    The voice that softly says your name.
             A scar that no longer hurts.
                     Light slipping through the crack.
             A folded blanket in the corner.
    The promise never broken.
             A flower on the hat of the dead.
                     A warm stone in the river.
             An empty chair that waits.
    The sound of grinding stone before dawn.
             A song heard faintly from afar.
                     Coffee poured without asking.
             Waiting—without despair.
    The memory that brings no sorrow.
         The calm after thunder.
             A soft “stay a little longer.”
                 The moon descending over the granary.
                     A word written clumsily.
                         The sky smelling of uinumo.
                             A plant growing strong with no one to tend it.
    Dark soil.
         The sun that warms, not burns.
             A tear that never falls.
                 The silence that stays with you.
                     The baked clay.
                         Freshly baked bread.
    The shining star.
                 The night that holds no fear.
         The soul that never leaves.

    00:0000:00