Autor: uerati

  • The ones who stayed

    In this land of old stories and cherished customs, of the scent of burning wood, where time is measured in handfuls of earth and love is kneaded with patience before turning into a tortilla, my feet cling to this soil like roots to a clay pot.

    I did not cross the desert, nor the Río Bravo, nor did I venture into the uncertainty of a one-way journey. I remained tied to the invisible threads that bind me to this place, where my people are, where my dead rest—the only life I have ever known.

    My mother, with eyes full of fear and hands weathered by the work of the house, held us close to her bosom, recounting tales of perilous journeys and unyielding deserts: we were born as women.

    Her words, laden with wisdom, echoed deep within my soul. The fear of the unknown, of the hardships along the way, outweighed the promise of an uncertain future.

    Here, amidst the aromas of beans slowly simmered over a gentle fire and the sound of water boiling for coffee, I was taught to sew and embroider—and I continue to weave stories. Here, I found my place.

    In every stitch, in every kernel of ground corn, in every word shared, I build my own story, woven with threads of tradition and hope.

    The desert still beckons with its songs of freedom, but my roots have sunk too deeply into this fertile land. Here, among my own, I feel safe, shielded by the love of my family and the warmth of my home.

    And although I sometimes feel the pull of the unknown, I choose the certainty of what I have over the uncertainty of what might be.

    I am a daughter of migrants, like so many others.

    Those of us who remain proudly uphold the indomitable spirit of Mexico, so that, if one day those who ventured north return, they know that the stories of the men and women of clay have not vanished.

  • Los que nos quedamos de este lado

    En esta tierra de viejas historias y buenas costumbres, de olores a leña, donde el tiempo se mide en puñados de tierra y el amor se amasa con paciencia antes de convertirse en tortilla, mis pies se aferran a esta tierra como raíces a una olla.

    Yo no crucé el desierto, no crucé el Río Bravo, no me aventuré en la incertidumbre de un viaje sin retorno. Me quedé amarrada a los hilos invisibles que me unen a este lugar, donde está mi gente, donde están mis muertos: la única vida que conozco.

    Mi madre, con sus ojos llenos de miedo y sus manos curtidas por el trabajo de la casa, nos aferró a su regazo, contando historias de travesías peligrosas y desiertos ingratos:
    nacimos mujeres.

    Sus palabras, cargadas de sabiduría, resonaron en mi alma como un eco profundo. El miedo a lo desconocido, a las penurias del camino, pesó más que la promesa de un futuro incierto.

    Aquí, entre los aromas de frijoles cocidos a fuego lento, el sonido del agua que hierve para café, me enseñaron a coser, a bordar, y todavía ando tejiendo historias, encontré mi lugar.

    En cada puntada, en cada grano de maíz molido, en cada palabra compartida, construyo mi propia historia, tejida con los hilos de la tradición y la esperanza.

    El desierto sigue ahí, llamándome con sus cantos de libertad, pero mis raíces se han hundido demasiado profundo en esta tierra fértil. Aquí, entre los míos, me siento segura, protegida por el amor de mi familia y el calor de mi hogar.

    Y aunque a veces siento la nostalgia de lo desconocido, prefiero la certeza de lo que tengo a la incertidumbre de lo que podría ser.

    Soy hija de migrantes, como muchos.

    Los que nos quedamos sostenemos con orgullo el México indomable, para que, si algún día aquellos que sí se cruzaron al norte regresan, sepan que las historias de los hombres y las mujeres de barro no han desaparecido.

  • The Bonfire of Tangaxoán

    I am Tangáxoan Tzíntzicha, Cazonci of Tzintzuntzan, and in the twilight of my life the echo of an empire turning to ash resounds within me. Today, as a hidden blaze stirs on the horizon, my memories burn as vividly as the fragrance of the sweet lagoon in my homeland—Michuacán, once the cradle of life, now lying silent in neglect.

    That morning, the sun emerged pale through heavy gray clouds, as if the heavens themselves sensed the impending tragedy. I trudged, chained, over cracked, parched earth, trailing behind a ceaselessly trotting horse, bound for a destiny steeped in betrayal. Every step reminded me of the burdens I bore, the firewood offerings we gave to Curicaueri, and the unyielding spirit of my people.

    The roar of silence was both a lament and a promise. The faces of those who once hearkened to my word had faded into indistinct shadows at dusk. Nuño de Guzmán, his voice as hard as steel and his gaze devoid of mercy, pronounced my sentence—a trial seemingly authored by hands unacquainted with justice, its verdict masking the treachery of a world that had forsaken all that was sacred.

    Amid murmurs and reproaches, a public declamation accused me of heresy and of sparking the deaths of countless Christians. Yet, deep within my soul, I understood that it was nothing more than the echo of a foreign conquest—a cry smothered by the wind. They called me a traitor, but I knew that every sacrifice had built fortresses for my people, and in every battle my spirit had fused with the land I loved so dearly.

    The drifting smoke approached with deliberate, steady steps. As they led me to the pyre where fate would seal my end, my mind wandered along the winding paths of memory—the gentle murmur of water in the lagoons, the distant rustle of the hunt, the comforting warmth of springs that healed the weary. And in that recollection, the face of my daughter Eréndira appeared, her gaze as fierce as the promise of an uprising that, even in my final breath, sparked to life in the darkness.

    I felt the heat of the flames caress my skin and knew it was the sacrifice demanded by the wrath of an abandoned god and the insatiable ambition of those who could not hear the heartbeat of the earth. The bonfire rose, monstrous and silent, like an altar of perdition. My body, once the bulwark of an empire, yielded to the crackling flames. In that moment, each spark became a verse of farewell, a whisper lost amidst wind and dust.

    I could only think of my people’s future. Even as death claimed my blood, I knew the seed of rebellion had taken root in Eréndira’s heart, in the living memory of ancestors whose voices still murmured in the stones and the water. My existence was dissolving in the fire, yet my spirit would merge with the earth—eternal, like the memory of a people who will never forget their roots.

    Now, standing on the brink between life and death, my voice rises in a silent cry—a hymn of sorrow and hope. I am Tangáxoan Tzíntzicha, and though my eyes close in this final twilight, my story will endure in every furrow of the land, in every whisper of the wind, in the indelible memory of Tzintzuntzan. Here, cradled by night and flame, my soul surrenders—not to defeat, but to the promise that even in the anguish of betrayal, the seed of freedom will bloom.

  • La hoguera de Tangaxoán

    Yo soy Tangáxoan Tzíntzicha, Cazonci de Tzintzuntzan, y en el ocaso de mi vida resuena el eco de un imperio que se deshace en cenizas. Hoy, mientras el fuego se agazapa en el horizonte, mis recuerdos se tornan tan vívidos como la fragancia de la laguna dulce de mi tierra, ese Michuacán que fue cuna de vida y que ahora yace en el silencio del abandono.

    Esa mañana el sol se asomaba pálido entre nubes grises, como si el cielo mismo presintiera la tragedia. Caminé, encadenado, entre la tierra reseca y agrietada, arrastrado a la cola de un caballo que no cesaba su trote, rumbo a un destino marcado por la traición. Cada pisada me recordaba el peso de mis responsabilidades, las ofrendas de leña que tributábamos a Curicaueri, y el inquebrantable espíritu de mi gente.

    El estruendo del silencio era a la vez un lamento y una promesa. Los rostros de aquellos que alguna vez se inclinaban a mi palabra se habían vuelto sombras difusas en el crepúsculo. Nuño de Guzmán, con voz de acero y mirada desalmada, proclamó mi sentencia: un juicio que parecía escrito por manos ajenas a la justicia, y en su veredicto se encubrían las traiciones de un mundo que olvidó la esencia de lo sagrado.

    Entre murmullos y reproches se pronunciaban las palabras de un pregón que me acusaba de herejía y de haber provocado la muerte de tantos cristianos. Sin embargo, en el fondo de mi alma, entendía que no era más que el eco de una conquista foránea, un grito ahogado en el viento. Me decían que era traidor, pero yo sabía que en cada sacrificio había edificado fortalezas para mi pueblo, que en cada batalla mi espíritu se había fundido con la tierra que tanto amaba.

    La humareda del fuego se acercaba con paso lento y certero. Mientras me conducían a aquel poste donde el destino sellaría mi fin, mi mente vagaba por los recodos de la memoria: el murmullo del agua en las lagunas, el rumor lejano de la caza, la calidez de las fuentes que servían de baños a quienes buscaban sanar sus males. Y en medio de ese recuerdo, apareció el rostro de mi hija Eréndira, su mirada tan intensa como la promesa de un levantamiento que, aun en mi último aliento, se encendía en la oscuridad.

    Sentí el calor del fuego acariciar mi piel, y supe que era el sacrificio exigido por la furia de un dios olvidado y por la ambición insaciable de aquellos que no comprendían el latido de la tierra. La hoguera se alzaba, monstruosa y silenciosa, como un altar de perdición. Mi cuerpo, que una vez fue fortaleza y sostén de un imperio, se entregaba al crepitar de las llamas. En ese instante, cada chispa era un verso de despedida, un susurro que se perdía entre el viento y el polvo.

    No pude sino pensar en el porvenir de mi gente. Aunque la muerte reclamara mi sangre, sabía que la semilla de la rebeldía había germinado en el corazón de Eréndira, en la memoria viva de los ancestros que aún murmuraban en las piedras y en el agua. Mi existencia se desvanecía en el fuego, pero mi espíritu se fundiría con la tierra, eterno, como la memoria de un pueblo que jamás olvidará sus raíces.

    Hoy, al borde del abismo entre la vida y la muerte, mi voz se eleva en un grito silencioso, un canto de dolor y esperanza. Soy Tangáxoan Tzíntzicha, y aunque mis ojos se cierren en este último crepúsculo, mi historia perdurará en cada surco de la tierra, en cada susurro del viento, en el recuerdo imborrable de Tzintzuntzan. Aquí, en el regazo de la noche y el fuego, mi alma se rinde, no a la derrota, sino a la promesa de que, en el dolor de la traición, la semilla de la libertad florecerá.

  • Cherán Atzicuirín: Perspectiva de un leonés.

    En el año 2023, los directivos de las agrupaciones musicales de SONAR Las Joyas
    de León Guanajuato y Tarhiata Jimpanhe de Cherán Atzicuirin, ambas integradas
    por niños y jóvenes, organizaron un encuentro musical en ambas ciudades.
    Cheranastico, fue la primera anfitriona de este encuentro.
    León Guanajuato, una urbe marcada por su enfoque industrial y económico a lo
    largo de su historia. El crecimiento de la mancha urbana, ha sido causa de
    destrucción de flora y fauna, por lo que el contacto con naturaleza, es un fenómeno
    cada vez más raro, para los habitantes de León. Por estas razones mi visita a
    Cherán Atzicuirín, un mundo totalmente distinto al que conocía, fue un hecho que
    marcó mi vida.

    El encuentro

    Llegar a la comunidad fue como abrir una ventana a un mundo completamente
    nuevo, desde aquellas vistas que nos brindan las montañas que por la mañana
    están vestidas de neblina, esos bosques tan inmensos y satisfactorios para la vista,
    las noches, claras y puras, sin rastro de smog ni contaminación lumínica y su gente,
    con quienes durante la convivencia se lograron formar lazos que trascienden de
    palabras.
    La constante presencia de la naturaleza en la vida diaria de la comunidad es algo
    muy ajeno para mi ciudad natal, la convivencia con la misma, es una cuestión que
    forma parte de sus vidas y de las mismas actividades diarias, además del ritmo de
    vida que al menos experimenté y observé durante mi estancia, fue mucho menos
    acelerado y más tranquilo. Este contraste con la inmediatez de la vida urbana en
    León me llevo a reflexionar acerca de las diferencias en los estilos de vida que hay
    entre ambos lugares.

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    Aunque mi tiempo de estancia fue breve y no me permitió conocer a mayor
    profundidad de la cultura, el estilo de vida, tradiciones del lugar. Aun así, quedé
    asombrado, y maravillado por toda la información que me llegaron a compartir
    algunos de los habitantes acerca de su comunidad. La lengua purépecha y su
    complejidad, el cómo la lengua tiene sus variables dependiendo de la zona. Sus
    costumbres y tradiciones, el templo de la comunidad, que albergaba imágenes
    religiosas, pero vestidas de manera distinta a la acostumbrada para mí como leones,
    además de distintos recursos que había en la iglesia, son la clara muestra de la
    diferencia y complejidad que hay entre las costumbres religiosas de Cherán
    Atzicuirín y León. Sus hermosas vestimentas típicas (rebozos, camisas, vestidos),
    y su grado de dificultad para elaborar cualquier prenda, además del significado
    social y cultural que tienen. Su organización social, ya que, al ser una comunidad
    de autogobierno, la organización social y política, además de la elección de sus
    representantes, es totalmente diferente a la que estoy acostumbrada. Su comida,
    no hay mejor manera de describir de una manera breve y concisa, que decir “Una
    de las mejores comidas de mi vida”. Todos los anteriores puntos fueron algunas de
    las cosas que pude experimentar y observar durante mi corta estancia, a pesar de
    que el conocimiento es poco, a comparación de todo lo que falta por saber, una cosa
    es clara, la vida diaria en Cherán Atzicuirín está acompañada de cultura y
    comunidad.

    Conocer más

    Las dudas y ganas de conocer más de la comunidad están presentes desde el
    regreso a mi ciudad natal. Conocer un lugar por completo en todas las perspectivas,
    en mi opinión y capacidad, me es imposible, pero aun así quisiera tener una
    oportunidad de resolver las interrogantes que tengo acerca de la comunidad, y las
    futuras que pudieran surgir.
    Es importante retomar el punto que se mencionaba al inicio de este artículo, el
    encuentro musical entre estas dos agrupaciones que ocasionó una serie de hechos
    que demostraron, que a pesar de las diversas diferencias que tenían ambas
    agrupaciones, no fue obstáculo para formar lazos trascendentales de palabras.
    Estudiar y brindar lo sucedido en este encuentro cultura es un hecho complejo, pero
    la constante en todas estas experiencias y lo que permitió que todo eso fuera
    posible, fue la música, aquella razón de encuentro, aquella razón de conocer,
    aquella razón que me permitió ver esas montañas vestidas de niebla, esas noches
    estrelladas, escuchar esos sones compuestos por habitantes de la comunidad, y
    convivir con las maravillosas personas de Cherán Atzicuirín.
    La visita a Cherán Atzicuirín marco un antes y un después en mi perspectiva, y
    género diversas cuestiones en mi forma de ver León, pero por mencionar una de
    las reflexiones que derivó de esta visita, fue cuestionar el enfoque solamente
    industrial que ha tenido León a lo largo de su historia, y las problemáticas que se
    viven diariamente gracias al mismo, y la dirección que toma la ciudad respecto a su
    desarrollo.

  • Ceniza nada más

    Te creí chispa,
    de esas que pueden prender el monte en tiempo de secas,
                        de esas que asustan a los ojos dormidos.
    Pero eras apenas un destello,
                un relámpago sin trueno.

    Te sentí brasa,
              y puse mis manos sobre ti
    como quien busca calor en el invierno.
    Creí que ahí,
                    callado, ardiendo lento,
    encontraría paz, encontraría abrigo,
    pero solo sentí más frío.

    Te añoré fuego,
    como la leña seca espera la hoguera,
    como quien ve el horizonte y sueña con el sol dorándolo todo.
    Pero no quemaste nada,
                  ni el aire te temió,
    ni mi sombra se hizo carbón,
    ni siquiera la hierba amarilla lo resintió..

    Y ahora te miro,
                   soplada por el viento,
    pegada a mis pies como polvo viejo.
    Solo eras ceniza tibia,
                     de esa que no pesa,
    de esa que no deja huella.
    Siempre fuiste ceniza, y nada más.

  • Letanía

    Letanía

    Las letanías tienen su origen en los primeros siglos de la cristiandad. Son una forma de oración que consiste en una serie de peticiones y súplicas que se rezan en procesiones y servicios religiosos. Las letanías se caracterizan por ser un diálogo entre los sacerdotes y los fieles. El sacerdote reza una oración y los fieles responden con una súplica o petición. 
    Quienes han asistido a distintos tipos de ceremonias religiosas quizá hayan escuchado alguna de estas letanías, como la Lauretana, donde en una parte de la misma se enumeran prerrogativas de la Virgen María representadas por imágenes como Espejo de Justicia, Arca de la Alianza, etc. 

    Este sábado mientras estaba descansando en la Huatapera de Santa Clara del Cobre por alguna razón recordaba esta letanía y pensé ¿y si se adaptara a algo más nuestro? ¿y si esta oración fuese más local? Ya no pensada desde una perspectiva católica pero si utilizando la estructura que popularizaron. 
    Bueno, presento aquí esta versión. 

    I. Invocaciones Iniciales

    Padre, concédenos tu guía.
     Madre, concédenos tu consejo.
      Padre, infúndenos comprensión.
       Madre, óyenos con tu visión.
        Madre, enséñanos el camino.

    II. Invocación al Creador de la Tierra

    Padre, guardián de la tierra, de los volcanes y de los ríos,
    concédenos la sabiduría para encontrar el sendero. 

    III. Misterios Sagrados de la Vida

    Madre, portadora de la semilla sagrada,
     Espíritu del agua y del fuego,
         Sagrada unión de la tierra y del cielo.

    IV. Invocación a Naandi Kuerajperi

    (a quien también llamamos, en su faceta de “Madre del telar”, Ireri)

     Naandi Kuerajperi,
     habla por nosotros.
     Madre del maíz sagrado,
     Madre de la tierra fértil,
     Madre de la semilla de la vida,
     Madre del fuego sagrado,
     Madre de la obsidiana,
     Madre del trabajo honrado,
     Madre del respeto ancestral,
     Ireri del telar,
     Luz de los volcanes,
     Resplandor de los ríos,
     Esencia de los lagos,
     Aliento de los bosques,
     Sustento del maíz,
     Fuerza del fuego,
     Sabiduría de la madera,
     Claridad del agua,
     Beso de la lluvia,
     Guía en el trabajo,
     Consejo en la tradición,
     Visión en la semilla,
     Llama de la inspiración,
     Refugio en la tierra,
     Hoguera de la sabiduría,
     Semilla de nuestra abundancia,
     Altar de la sabiduría ancestral,
     Manantial de dignidad,
     Flor de la tradición,
     Pilar de nuestras raíces,
     Canto de nuestros ancestros,
     Puerta al horizonte,
     Lucero del amanecer en la sierra,
     Remedio de la tierra que nos sana,
     Cobijo de los olvidados en la comunidad,
     Consuelo de los caminantes,
     Apoyo de quienes siembran con el corazón,
     Guía de las almas de nuestros abuelos,
     Custodia de la memoria de nuestros pueblos,
     Maestra de la sabiduría antigua,
     Consejera de los guardianes del saber,
     Sostén de los laboriosos de la tierra,
     Protectora de las hierbas sagradas,
     Luz que une a la comunidad,
     Esperanza en tiempos de incertidumbre,
     Iniciadora de la renovación,
     Portadora de la paz en el espíritu colectivo.

    V. El Maíz Sagrado

    (eco del “Cordero de Dios”, ahora símbolo del maíz, núcleo de la vida)

     Maíz sagrado, que siembras vida en nuestros caminos,
     guíanos, Padre.

     Maíz sagrado, que haces brotar nuestro espíritu,
     escúchanos, Padre.

     Maíz sagrado, que abres la senda del trabajo y del respeto,
     concédenos tu visión.

    VI. Petición Final a Naandi Kuerajperi

     Ruega por nosotros, Naandi Kuerajperi,
     para que seamos dignos de la sabiduría y la abundancia de la tierra.

    VII. Oración

    Padre, escúchanos.
    Madre, guíanos.
    Padre, ilumínanos.
    Madre, acompáñanos.

    Padre Sol, fuerza del cielo,
    guíanos en nuestro andar.
    Madre Luna, guardiana de la noche,
    muéstranos el camino.
    Espíritu del Fuego, que purifica y transforma,
    haznos fuertes.
    Viento que lleva la palabra,
    danos visión.
    Agua que da vida a los pueblos,
    refresca nuestro corazón.
    Tierra fértil que nos sostiene,
    enséñanos el respeto.
    Montañas sagradas, testigos del tiempo,
    dennos sabiduría.
    Ríos que cruzan los valles,
    llévennos con su fluir.
    Lagos donde duerme el cielo,
    reflejen en nosotros la verdad.
    Bosques donde habita el espíritu,
    dennos su aliento.
    Maíz, alimento sagrado,
    nutre nuestro ser.
    Fuego del fogón,
    caliéntanos con su llama.
    Lluvia que besa la tierra,
    haz crecer nuestra esperanza.
    Madera que nos da hogar,
    haznos raíces firmes.
    Trabajo de nuestras manos,
    enséñanos la constancia.
    Palabra que une a los pueblos,
    haznos justos y sinceros.
    Madre que miras desde la noche,
    cubre nuestro sueño con tu manto.
    Padre que enciendes cada aurora,
    despiértanos con tu luz.
    Que el fuego de la vida no se apague en nosotros.
    Que el río del conocimiento nunca deje de fluir.
    Que la lluvia de la comprensión riegue nuestro espíritu.
    Ruega por nosotros, Madre Luna.
    Guíanos, Padre Sol.
    Para que caminemos con respeto y sabiduría.

    Padre del día y Madre de la noche,
    concédannos la fuerza del maíz,
    la claridad del agua,
    la resistencia de la montaña,
    la calidez del fuego
    y la humildad de la tierra.

    Que nuestro andar sea digno de nuestros ancestros,
    que nuestra palabra sea firme y verdadera,
    y que nuestro corazón nunca olvide
    que somos hijos del sol y la luna,
    hijos del agua y la tierra,
    hijos del trabajo y la comunidad.

    Ka Isïstia

  • The Fire, Xakuarhu, and I

    Just over a year ago, my journey led me to Santa Clara for the very first time—a trip that left an indelible mark, a prelude to all that was yet to come. When word spread in Ocumicho that Santa Clara would host the event this year, my heart leapt with excitement. It wasn’t simply a visit; it was a summons to reconnect with deep roots, to rediscover the essence that binds our communities, and to feel the pulse of a past merging with the present.

    Step by step

    arrived in Santa Clara del Cobre at 4:30 in the morning. The night before had been a swirl of intense emotions, and a full day of restless anticipation had taken its toll—echoing the effort of a day when I had risen before dawn to set everything in order. In the quiet pre-dawn hours, the call of the Cupatitzio drifted into my ears—a chant that became my sole companion as I wavered between sleep and wakefulness. The unexpected chill struck hard, especially when I realized I had forgotten my heavy jacket at my grandmother’s. Yet, burdened with eight kilograms of camera equipment, my back found its own meager shield—a reminder with every step that my determination to continue was unwavering.

    I joined a slow procession toward the Dawn Ceremony, feeling as if the path itself whispered secrets. The normally bustling streets lay empty and hushed, cloaked in the quiet of night. The sound of footsteps on gravel, the sparse glow of a few streetlights, and distant murmurs merged into an almost mystical ambiance. Every sound—the crunch beneath our feet, the occasional clink, a soft burst of laughter—seemed to suspend time, transporting us far beyond everyday clamor.

    The Golden Anticipation

    As the darkness yielded to a timid gold along the horizon, a collective pause swept over us. We turned eastward, hearts brimming with expectancy as if standing on the threshold of a miracle. Though I caught only fragments of whispered words, the first cry of Juchari Uinapikua shattered the silence, the second sliced through the chill, and the third ignited an undeniable thrill. That raw sound seemed to awaken dormant souls, stirring the very spirit of the place. Even as joyful melodies and vibrant chants began to swell, earnest shushes restored a sacred quiet, halting time in a moment of pure communion.

    Soon, soft light bathed our faces, driving away the cold. Friends and familiar faces from Erongarícuaro, Uricho, Zacapu, Uruapan, and many other communities exchanged knowing smiles and brief, heartfelt embraces. After a cautious pause—waiting for permission to capture the moment—the band of participants burst into songs that beckoned us to dance. Traditions were passed along like torches as the day sprang to life.

    Xakuarhu

    In that moment, as we made our way back to Santa Clara—what I now fondly call Xakuarhu—each conversation and every encounter became a tribute to life itself. Neighbors stepped out to greet us with warm wishes, curious children peeked out from their doorways, and the sun, brilliant and unyielding, quickened the pace of our reunion.

    Reaching the plaza of Xakuarhu was like entering a microcosm of our shared world—a stage where culture and tradition revealed themselves in every corner. Artisans from diverse communities had gathered, offering their crafts for barter or sale. The air mingled with the aromas of sizzling carnitas, freshly prepared atoles, warm bread, and traditional tortas de tostada—each scent a promise of comfort and flavor. Everywhere, vibrant hues of green, yellow, blue, and purple celebrated the pride and identity of those who call these lands home. At the heart of it all, the yácata, vigilantly guarded by cargueros, waited patiently for nightfall like a sentinel of ancient mysteries.

    Before my eyes, the experiences of that day began to blur into something transcendent. The cold, the sleepless hours, the inner voice lamenting that “those shoes aren’t made for endless walking,” the hunger and thirst—all faded into the background. In their place emerged an extraordinary reality: the warmth of friends, acquaintances, and kindred spirits, each with their own story, their own struggle, and their own laughter. Every greeting hinted at a deep, possible connection, and my heart overflowed with gratitude and joy. I understood then why this reunion had grown to be so much more than a return to the past—it was a celebration of who we are today.

    Mojtakuni ka Uanopikua

    Every corner pulsed with exchanges—a vibrant festival of bartering, stories, and the shared aroma of home-cooked food. Anecdotes, dishes, and keepsakes flowed freely at every stall, each one a testament to a living culture in continuous dialogue with the present. The long, winding path became a bridge, uniting strangers and old friends alike, where the joy of meeting was as natural as the breath of life.

    When the Uanopikua began, it felt as if the universe had dressed for a celebration. Hundreds gathered in the main streets, eager to witness the brilliant display of colors and traditions heralding each community’s arrival. It was a reunion of souls—a heartfelt welcome to those who had once hosted these gatherings. Even as the absence of some familiar faces was felt, the presence of so many others filled the air with a bittersweet nostalgia and a renewed hope.

    For me, one of the most stirring moments was witnessing the active participation of the Indigenous Community of Paracho—a sight that awakened long-held dreams. I began to imagine a yácata rising in our own plaza, or perhaps within the old boarding school—a sanctuary where tradition might reconnect with the present. I allowed myself to dream of walking side by side with everyone to the “ánima sola” for the dawn ceremony, picturing the Uanopikua unfolding like a poem—from the deep resonance of a copper guitar to the imposing monument of the Purépecha mother, and back again, completing a circle that celebrated union and memory. That moment of dreaming felt as natural as breathing.

    We are Tinder and Flint

    The afternoon danced along with a playful urgency as the day filled with exchanges, laughter, and dances that echoed an inner fire. Music never ceased, and amid this joyful clamor, an almost tangible anticipation built for the moment the fire would finally be lit. Why this magnetic draw toward the unknown? Perhaps because within the flame lies the promise of rebirth—the power to overcome adversity—and a reminder that although we fear darkness, we are forever driven to light it up with our own flames.

    And then, at last, the moment arrived. With a gentle roar that soon became a shared murmur, the fire was ignited. The lively, unbound flames passed from hand to hand as the rhythmic hammering on copper announced the ritual’s climax. In that sacred instant, a chorus of voices rose in a hymn that transcended words and time—“Kanekua sesisti minkuarhentani p’urhepecheni”—and every trace of fatigue, cold, thirst, and hunger melted away. What remained was the profound harmony of a gathering that had reached a long-awaited peace and solace.

    Murmurs of a new host—Tinganio—drifted through the crowd like seeds of hope, promising fresh beginnings and new stories. It was then that I realized: burning does not mean being consumed by fire. To burn is to leave an indelible mark, to transform one’s surroundings, to consume the present and, in doing so, illuminate it with the intensity of our very being. It is to shine in every sense, knowing that even if the flame dies down, the spark to relight it endures.

    Today, as I recount these experiences, I understand that Xakuarhu, the fire, and I remain part of a vast narrative of reunions, challenges, and renewed hopes. May the fire never be extinguished in our hearts—and if it ever dims, may we always hold within us the seed to relight it.

    May the flame of life keep burning, reminding us that in every spark lies the strength of our roots and the promise of a tomorrow filled with new encounters and endless joy.

  • Beneath the Shadow of Kurhikuaeri Kuinchekua

    Not long ago, in Santa Clara del Cobre, the New Fire was kindled—a symbolic spark said to revive ancient rituals, rekindle collective memory, and forge an unbreakable bond with tradition. After the ceremony, the community of Tingambato was chosen as the host site. Yet what appeared to be a straightforward decision soon stirred up a storm of dissent. Critics argued that some communities “didn’t deserve” the honor, insisting instead that the celebration should have taken place elsewhere. In the midst of this age-old rite, a complex interplay of light and shadow unfolded: voices emerging from the depths of cultural identity, interwoven with traces of bitterness.

    Harsh sentiments were expressed by those who believed that only those who live and breathe the language truly grasp the essence of their heritage—that only fluent speakers can serve as the rightful custodians of tradition. Questions abounded: Must one speak Purépecha, have close kinship ties, chant ancient songs, or have endured discrimination in order to claim a stake in this living history? For many, these views only deepened the divide, marking those who fail to meet strict criteria as outsiders and reducing the ceremony to a mere spectacle.

    Amid the clamor, however, a thoughtful and calm voice emerged: Who truly holds the power to decide who is worthy of carrying forward this cultural mantle? Does excluding a community from hosting this sacred event somehow erase its existence? The reminder was clear—the honor lies not in claiming a superior version of cultural purity, but in embracing humility and embodying the spirit of kaxumbeti: serving one’s people with dignity and respect. History, scarred by migration and resistance, teaches us that true authenticity is measured not by the quantity of preserved customs but by the noble effort to protect what is sacred, free from the elitism that fractures communities.

    My own journey into the heart of the Kurhikuaeri Kuinchekua began with an insatiable curiosity to understand the ritual’s meaning and value. I ventured through pages of literature, engaged in heartfelt conversations, and sifted through memories in search of how a culture’s identity is truly forged—especially one that has long suffered from both external suppression and internal neglect. When the flame is ignited with the hope of reuniting communities with their roots, the pressing question becomes: Shouldn’t the chance to host come first to those who are drifting away, whose voices have been silenced over time?

    Sadly, the answer often becomes obscured by prejudices that are quick to divide what is inherently one. What purpose does it serve to belittle those who, for myriad reasons, have lost touch with parts of their heritage—just to elevate an unattainable ideal of cultural “purity”? Is authenticity really determined by birthplace, bloodline, or linguistic mastery? Or does the enduring spirit of our ancestors live on beyond every unspoken word? In many ways, this debate has taken on an ironic tone, echoing the unsettling reality that, in the name of cultural purity, some voices mirror oppressive ideologies more than genuine acts of resistance.

    The Kurhikuaeri Kuinchekua is not a medal to proclaim who is “more authentic,” nor a trophy that justifies looking down on others. It is a heartfelt call to awaken our collective memory, to recognize that culture is like a powerful river—flowing with countless stories and histories from every community, regardless of size, location, or language fluency. True tradition thrives in respect, in the humble act of sharing the fire without exclusion, and in rejecting narrow definitions that seek to confine our identities.

    Perhaps what is needed is a profound reexamination of how we define authenticity—a move away from rigid rules toward an appreciation of the complex legacy that each of us carries. This is a plea for reflection: to abandon divisive tendencies and acknowledge that, within the vast tapestry of Purépecha culture, every community survives because it endures, and within each of us burns an ancestral flame that remains vibrant against the forces of oblivion and discrimination.

    In the end, there are no winners or losers in this call for unity—only an urgent need for reconnection and reconciliation between who we once were and who we have yet to become. For in the whisper of the wind, the warmth of the fire, and the murmur of ancient voices, lies a simple truth: identity is a shared journey, with every step—no matter how modest—leaving an indelible mark on the history of a people who refuse to be divided.

    Perhaps the words of division come only from those who have never truly embraced this celebration; if they had, they would understand that when the fire burns, it offers warmth to all, and when it is shared, its light grows ever brighter.

  • A la sombra del Kurhikuaeri Kuinchekua

    Hace pocos días, en Santa Clara del Cobre, se encendió el Fuego Nuevo, desde hace años me contaron que con esto se pretende rescatar viejos rituales, encender la memoria y sellar un pacto con la tradición. Al finalizar la ceremonia, se eligió como sede la comunidad de Tingambato. Pero esa elección, tan aparentemente simple, desató un vendaval de voces disidentes, donde algunos aseguran que “no lo merecen” y que la sede debía llegar a otra comunidad. En medio de aquella celebración ancestral se entremezclaron luces y sombras, voces que hablan desde lo profundo de una identidad y, al mismo tiempo, desde el rencor.

    Se escucharon palabras acerbas: voces que reclaman que solo quienes viven y respiran la lengua puedan comprender la esencia de la cultura, que sólo los “hablantes” son legítimos guardianes de la tradición. Preguntas retóricas se alzaron: ¿Acaso se debe hablar purépecha, tener familiares, entonar pirekuas o haber sufrido discriminación para tener derecho a ser parte de esta historia viva? Con insistencia se señaló que en los corazones de aquellos que consideran auténticos—y en la mirada cargada de desprecio hacia quienes no cumplen ciertos criterios—habita una división que hiere y distorsiona. Se invocó la imagen de comunidades que, por conveniencia o por olvido, han dejado de hablar la lengua, y se denunciaron actitudes que, en lugar de tender puentes, erigen barreras, clasificando a unos como los verdaderos herederos de la tradición y a otros como simples “turisï”, meros espectadores de una ceremonia que se transforma en parodia.

    Entre esos clamores, surgió una voz serena y reflexiva que interrogó: ¿Quién tiene el poder de decidir quién es digno de portar el manto de la cultura? ¿Acaso negar la sede a una comunidad implica anular su existencia? Se recordó que el verdadero honor no radica en proclamarse “más purépecha”, sino en actuar con humildad, en encarnar el espíritu del kaxumbeti, aquel que se sirve a su gente con respeto. La historia misma, marcada por el éxodo y la resistencia, atestigua que la autenticidad no se mide en la cantidad de elementos conservados, sino en la nobleza del acto de preservar lo sagrado, sin caer en el elitismo que divide y margina.

    Desde mis primeras andanzas en el Kurhikuaeri Kuinchekua, mi inquietud me ha llevado a explorar el significado y el valor de este ritual. He recorrido caminos de letras, conversaciones y recuerdos, buscando entender cómo se forja la identidad de una cultura que, como tantas otras, ha sido maltratada y despojada de sus expresiones más íntimas. Las tradiciones, la lengua y las costumbres se han perdido, no solo por la agresión externa, sino también por la indiferencia interna, por el descuido en transmitir el saber ancestral. Y en ese escenario, cuando el fuego se enciende con la esperanza de reconectar a las comunidades con su raíz, surge la urgente pregunta: ¿No debería la sede llegar primero a aquella comunidad que se aleja, que olvida sus propias voces?

    La respuesta se nubla en actitudes de discriminación que pretenden dividir lo indivisible. ¿Qué sentido tiene menospreciar a quienes, por circunstancias de la vida, han perdido parte de su herencia, para erigir un ideal que excluye? Nacer en un determinado lugar, tener cierto linaje o dominar una lengua, según algunos, define la autenticidad; pero, ¿acaso el espíritu de nuestros abuelos se desvaneció con cada palabra no pronunciada? Esta búsqueda, a veces, se torna en una ironía amarga, casi tan absurda como el clamor de aquellos que, en nombre de la “pureza” cultural, se asemejan más a ideologías de opresión que a un verdadero acto de resistencia.

    El Kurhikuaeri Kuinchekua no es una medalla para exhibir quién es “más auténtico” ni un trofeo que legitime el desprecio hacia el otro. Es un llamado a reavivar la memoria, a comprender que la cultura es un río caudaloso que recoge en sus aguas historias diversas, donde cada comunidad—sin importar su tamaño, su cercanía geográfica o el dominio de su lengua—tiene derecho a beber de ese manantial. La verdadera tradición vive en el respeto, en el acto humilde de compartir el fuego sin apartar a nadie, sin encerrar la identidad en moldes estrechos y excluyentes.

    Quizás lo que se exige en estas palabras es un replanteamiento profundo: dejar de medir la autenticidad con reglas inmutables y abrirse a la complejidad de un legado que no puede limitarse a estereotipos. Es un ruego a la reflexión, a abandonar el afán de dividir y a reconocer que, en la vasta inmensidad de la cultura purépecha, todos existimos porque resistimos y porque, en cada uno de nosotros, late un fuego ancestral que no se extingue ante el olvido ni ante la discriminación.

    En este llamado, no hay vencedores ni vencidos, sino la imperiosa necesidad de reencuentro, de reconciliación entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser. Porque en el susurro del viento, en el calor del fuego y en el murmullo de las voces antiguas, se esconde la verdad: la identidad es un camino compartido, donde cada paso, por humilde que sea, deja su huella imborrable en la historia de un pueblo que se niega a ser dividido.

    Quizá esas palabras de división provienen solamente de aquellos que no han sido parte real de esta celebración, pues si así fuera, se habrían dado cuenta que al final de la ceremonia, cuando el fuego arde nos calienta a todos por igual, y cuando este se comparte no se apaga, sino que su luz se hace más intensa.