Categoría: Columnas

Directamente del teclado de nuestros editores

  • Máscaras

    No sé cuántas vidas he tenido.
    En algún punto dejé de llevar la cuenta,
    como cuando ya no sabes
    si un recuerdo es tuyo
    o te lo contó alguien más.

    Hay días en los que siento
    que he vivido demasiado
    para alguien que sigue aquí,
    sentado, respirando,
    esperando algo que no sabe nombrar.
    Otras veces pienso lo contrario:
    que no he vivido nada
    y que todo fue un ensayo mal hecho.

    Los recuerdos no llegan en orden.
    No se forman como una historia.
    Aparecen de golpe,
    como luces que se prenden y se apagan
    en un edificio viejo.
    Un pasillo.
    Un rostro.
    Una decisión tomada sin pensar.
    Otra que pensé tanto
    que terminó por no pasar.

    Cuando trato de acercarme a esas imágenes
    algo se rompe.
    Se sienten mías
    y al mismo tiempo ajenas,
    como ver una foto antigua
    y no reconocer del todo
    a la persona que está ahí parada.
    Sé que soy yo,
    pero no recuerdo cómo pensaba,
    ni qué quería,
    ni por qué estaba tan seguro de todo.

    En esas vidas he sido muchas cosas.
    He sido el que recibe el golpe
    y el que lo da.
    El que se justifica.
    El que se queda callado.
    He sido frío,
    he sido cruel sin querer admitirlo.
    También he sido torpe,
    ingenuo,
    ridículamente bueno
    cuando nadie lo pedía.

    Y lo más extraño es esto:
    no puedo borrar ninguna.
    Porque en todas hay algo que se repite.
    Una especie de núcleo duro,
    una insistencia,
    una manera de sentir el mundo
    aunque el mundo cambie de cara.
    Eso, supongo,
    es lo que llaman humanidad
    cuando no saben decir otra cosa.

    Todo eso me trajo hasta aquí.
    A este punto exacto
    donde ya no sé
    si estoy empezando
    o si solo estoy cansado.

    He entregado vidas enteras.
    No simbólicamente.
    Enteras.
    A personas,
    a ideas,
    a promesas que sonaban bien
    cuando todavía tenía fe en las palabras grandes.
    Hoy veo hacia atrás
    y entiendo que muchas de esas causas
    no me querían de verdad.
    O no me necesitaban tanto
    como yo creía.

    Lo que queda después de eso
    no es tristeza pura.
    Es algo más raro.
    Una especie de espacio vacío
    pero estable.
    Como si algo se hubiera ido
    y al mismo tiempo
    hubiera dejado forma.
    Me siento libre,
    sí,
    pero también fijo,
    geométrico,
    como una figura que no termina de rodar
    ni de quedarse quieta.

    A veces pienso
    que quizá así se siente estar muerto.
    No como desaparecer,
    sino como quedarse suspendido.
    Con todas las posibilidades intactas
    y ninguna dirección clara.
    No hay una voz que diga
    “esto sigue ahora”.
    No hay instrucciones.
    Solo continuidad.

    Hace poco leí sobre las máscaras.
    Sobre cómo permiten ser
    lo que no se puede a cara descubierta.
    No solo monstruos o dioses.
    También versiones aceptables de uno mismo.
    La máscara no tapa:
    reemplaza.
    Y quien la usa
    termina por olvidar
    qué había debajo.

    Yo siento que llevo una
    que no puedo quitarme.
    No sé cuándo apareció.
    No sé si me la puse
    o si alguien más lo hizo por mí.
    No la veo.
    No la siento como objeto.
    La siento como piel.
    Como algo que creció conmigo
    y ahora finge ser yo.

    Los demás ven algo.
    Siempre ven algo.
    Pero no sé qué.
    Yo solo sé
    que cuando intento mostrarme
    algo se interpone.
    No es mentira.
    No es actuación.
    Es costumbre.

    He intentado cambiar.
    De verdad.
    He intentado ser mejor,
    ser distinto,
    ser lo que se espera.
    He seguido reglas,
    he roto reglas,
    he escuchado consejos,
    he hecho exactamente lo contrario.
    Nada termina de encajar del todo.
    Siempre queda una grieta.
    Siempre algo rechina.

    Ahora estoy aquí,
    sin saber si buscar otra máscara,
    quedarme con esta
    o aprender a no usar ninguna.
    No sé qué más vivir.
    No sé si seguir viviendo
    es una decisión
    o solo una inercia bien disfrazada.

    Solo sé esto:
    sigo aquí.
    Con todas mis versiones sentadas alrededor,
    mirándome en silencio,
    esperando a que elija
    cuál de ellas
    va a hablar mañana.

  • Joskua Jukakua

    La madrugada se abrió tras la puerta, y yo salí por ella temblando un poco, todavía sin terminar de despertar. A las cinco ya estaba listo. Alex, Fede y Pablo llegaron por mí, y los cuatro nos echamos al camino rumbo a Nurio, envueltos en un frío que parecía querer entrar a la camioneta a como diera lugar. Las calles por las que pasábamos dejaban escapar apenas un hilo de luz; lo demás era pura sombra. Desde las bocinas sonaban pirecuas varias, algunas ya las habíamos grabado en las últimas sesiones, otras no pero me eran conocidas.

    El mundo era apenas un borrador hasta que la guardia comunitaria apareció en la entrada de Nurio, iluminándonos con esas lámparas fluorescentes que cortaban la noche como si quisieran abrirla en dos. Preguntaron a dónde íbamos. Alex respondió con naturalidad: a la bajada del palo del farol. Y nos dejaron pasar, quizá porque la tradición tiene una forma de abrir caminos que no abre la cortesía común.

    Esperamos a que llegara el resto del grupo y después seguimos avanzando hacia un punto del cerro que, hasta ahora, sigo sin ubicar. La oscuridad hacía que fuera inútil cualquier intento por orientarse: todo era un mismo trazo gris. Apenas se distinguían las siluetas de algunos árboles, testigos callados del paso de tantos años de peregrinaciones. Pero el amanecer empezó a coser luz sobre el paisaje, puntada a puntada, y la neblina se mezclaba con las nubes como si fuesen lo mismo.

    Encontramos a quienes habían llegado antes: hombres de todas las edades, desde niños de siete u ocho años hasta ancianos con la experiencia escrita en las manos. Ya habían derribado un árbol y se organizaban para levantarlo, para limpiarlo de ramas, para transformarlo en ese palo que, más tarde, se volvería signo luminoso del pueblo. Me impresionó ver la naturalidad con la que cada uno sabía qué hacer, cómo amarrar el lazo en el lugar correcto, cómo equilibrar el tronco, cómo guiar a los más jóvenes con una palabra o un gesto mínimo.

    Entonces llegó la música. Conectaron los instrumentos y los micrófonos allí mismo, en medio del cerro, como si la electricidad también formara parte del rito desde tiempos remotos. Las pirecuas se elevaron entre la neblina y la mezclaron con voces. Alguien pasaba con botella de charanda en mano; alguien más ofrecía tortas aún calientes. Era una convivencia que no necesitaba anunciarse: estaba ahí, fluyendo entre todos.

    Solo participaban hombres en el trabajo del árbol, aunque alrededor se sentían presencias y apoyos de todo tipo. Me contaron que cada 8 de diciembre, sin importar el día de la semana, el pueblo se reúne para esta misma labor. Muchos viajan desde lejos, desde donde trabajan o viven ahora, para no perderse la fecha. Uno de ellos se acercó a platicar conmigo. Dijo que, aunque la fiesta es para su gente, siempre les alegra recibir a quienes vienen de fuera; que lo bonito es compartir, abrir el espacio para que otros entiendan —un poco, siquiera— lo que significa esta tradición.

    Y yo lo viví así: como una invitación cálida, un gesto inesperado de hospitalidad.

    Mientras tanto, el árbol seguía transformándose. Unos lo despojaban de ramas, otros lo levantaban, otros lo arrastraban. Algunos jóvenes subían al tronco con la ligereza de quienes han crecido viéndolo suceder cada año. La música seguía, cambiando de ritmo según quién pedía su pirecua favorita. Las voces se mezclaban con risas, instrucciones, chisporroteos de neblina.

    Alguien me explicó la razón del farol: cada año, una familia resguarda la imagen del Niño Dios, y el palo —con una estrella o un farol en la punta— señala ese lugar para que el pueblo sepa dónde se celebrarán las danzas, la pastorela, la oración y las reuniones que sostienen el espíritu de la comunidad. Es una forma sencilla, pero poderosa, de orientar la vida hacia un punto: una luz que indica dónde se juntarán las historias, las memorias, los rezos.

    La jornada me dejó la sensación de haber asistido a un tejido en movimiento: manos distintas enlazándose para levantar un símbolo que pertenece a todos. La tradición no se explicó a sí misma con palabras solemnes; se explicó en la manera en que aquellos hombres trabajaban juntos, cantaban juntos, reían juntos. Y uno termina entendiendo que algunas costumbres no necesitan ser descifradas del todo: basta con verlas respirando.

    Queda en mí la neblina encendida de esa mañana, la música que acompañó el corte del árbol, y la certeza inesperada de haber sido bien recibido por gente que cuida lo suyo sin cerrarse a nadie. Tradiciones así, cuando se miran de cerca, revelan algo que no siempre sabemos nombrar: una forma antigua y luminosa de seguir siendo comunidad.

  • Parhankua

    La cocina es un corazón que nunca deja de latir, aun cuando nadie esté cerca.
    Allí, entre el humo y el barro, entre el calor de la olla y el rumor de la leña, se guarda la historia de cada casa, de cada familia, de cada uno que pasa por ella.
    Desde la madrugada ya hay un hilo de vapor que sube, tímido, silencioso, del café que hierve. Se escucha el chisporroteo del fogón cuando alguien atiza la brasa, la ceniza cruje bajo el movimiento de la leña y la llama despierta como un animal que se estira después de dormir plácidamente.
    La olla tiembla, el comal se calienta, y uno siente que todo empieza: el día, la vida, la espera, el trabajo, la escuela.

    Aquí, entre los primeros buenos días, se cruzan silencios y miradas cargadas de secretos o de sueños aún borrosos. Los niños dormitan, como si no supieran aún lo que el día les tiene preparado. La madre los observa mientras mueve la cuchara, mientras inclina la cabeza sobre la olla, mientras sus manos, curtidas por la costumbre, parecen aprender la paciencia de un tiempo que no perdona. Y siempre hay un gato, un gato que mira todo con ojos de enigma, que parece comprender que allí no solo se cuece comida, sino algo más difícil: la memoria, la risa, la tristeza, la esperanza.

    Los recuerdos se enredan con el humo de la cocina. En un rincón, la abuela solía sentarse con los ojos cerrados, escuchando las palabras que no se decían. Ella sabía que la cocina era

    también un espacio de verdad: allí se confesaban los pequeños miedos, las alegrías que nadie nombraba, las penas que flotaban como polvo en el aire. Cada vaso, cada plato, cada taza tiene una historia: algunos vinieron de la fiesta del pueblo, otros llegaron como regalos, otros ya están gastados, con cicatrices de café seco y manos torpes. Todos esperan ser tocados, usados, recordados.

    Cuando llega el almuerzo, la cocina se convierte en un teatro de voces, de palabras que chocan suavemente, que se mezclan con la risa de los niños, con los saludos que traen los que vuelven del trabajo, con los mensajes de vecinos y amigos que nunca llegarán a la calle pero que viven allí, entre la ceniza y el calor del comal. Se escucha cómo el guiso burbujea, cómo la tortilla se calienta, cómo las especias se disuelven lentamente, y uno siente que todo eso —ese rumor, ese olor— es la vida misma. Y la vida es pesada, lenta, interminable, pero también dulce como el pan recién horneado.

    La sobremesa es un espacio sagrado. La conversación se prolonga como el humo que se escapa por la ventana. Se cuentan historias viejas y nuevas, se repiten chistes que ya nadie recuerda, se habla del viento, de la sequía, de la muerte que ronda silenciosa por el pueblo. Los niños hacen la tarea, los adultos los observan con manos cansadas pero ojos atentos, como si en esa simple atención se escondiera toda la ternura que no se atreve a decirse en voz alta.

    Y cuando la tarde se inclina, otra vez el café burbujea. La canela, el piloncillo, el aroma del chocolate, todo invade la cocina. La abuela corta pan, prepara gelatina, conserva, o rompope. Todo es sencillo, pero todo es grande. La cocina no necesita de pompas: su grandeza está en el silencio compartido, en los gestos pequeños, en la paciencia que hierve con la olla.

    La noche llega lenta, con su tristeza que se asoma por las paredes de adobe. Antes de dormir, los últimos bocados se reparten: un taco tibio, un vaso de leche, un café caliente. Cada taza tiene su propia historia, su propio color, su propio pasado. Y aún así, siempre hay espacio para uno más, para quien llega inesperado, para quien necesita el calor de la cocina como un abrazo que dice: “Aquí estamos, aún seguimos, no estás solo”.

    La cocina no es solo cocina. Es memoria. Es refugio. Es juicio y perdón. Alimenta cuerpos, sí, pero sobre todo almas: las de los vivos, las de los muertos, las de quienes vendrán. Alimenta los secretos, las risas, los miedos y los sueños. Alimenta el pueblo entero, aunque nadie sepa cómo. Y uno se queda mirando la olla que burbujea, el humo que se escapa, y entiende que todo eso —el carbón, la masa, la palabra dicha al filo de la mañana— es lo que sostiene la vida. Que mientras exista una mano que atice el fuego, mientras exista alguien que hierva café para otro, la historia continúa, y aunque haya tristeza, aunque haya abandono, siempre habrá un lugar donde las almas puedan sentarse juntas y encontrar calor.

    La cocina, al final, es un dios silencioso. No necesita templo ni oraciones. Solo necesita brazos que trabajen, ojos que miren, manos que abracen. Y allí, en ese espacio humilde y sagrado, la vida, por fin, encuentra su lugar.

  • Animecha Kejtzitakua: Ritos, Símbolos y Cosmovisión de la Noche de Muertos en Michoacán

    El lago de Pátzcuaro, espejo ancestral de Michoacán, no es un mero accidente geográfico; es la puerta acuosa y profunda que, una vez al año, se abre para permitir el reencuentro. En sus orillas y sus islas, la celebración de la Noche de Muertos (Animecha Kejtzitakua) es un pulso que late desde el tiempo inmemorial, una tradición que ha sobrevivido a la Conquista, se ha mimetizado con la fe y ha aprendido a negociar su alma con la mirada voraz del mundo moderno.

    Esta festividad no es un simple recuerdo, sino la vivencia fenomenológica de un pueblo que rehúsa el olvido. Es la creencia, tenaz y profunda como la raíz de un mezquite, de que durante unos días, el más allá y el aquí conviven en tiempo y espacio, transformando el dolor de la pérdida en un acto de amor, respeto y renovación.

    Las Raíces de Piedra y Sombra: El Culto Prehispánico

    Para entender el altar que hoy se levanta, hay que mirar hacia la tierra de donde vinieron los Purépechas (o Tarascos). Su relación con la muerte no estaba marcada por el miedo, sino por el entendimiento de un ciclo ineludible que garantiza la continuidad de la existencia. La muerte era, ante todo, un trabajo cósmico.

    La Semilla y el Inframundo: Cosmovisión Purépecha

    Para el hombre de estas tierras lacustres, el destino del alma no era un misterio, sino una certeza tejida con el maíz y el barro. Antes que los frailes hablaran del Paraíso y el Infierno, la existencia ya estaba partida en tres moradas, cada una con su propia luz y su propio trabajo. El mundo no era plano, sino una escala de tres peldaños por donde el espíritu se movía, sabiendo siempre a dónde pertenecía y a dónde habría de volver.

    Auandarhu: El Cielo del Fuego y el Astío

    En lo más alto estaba el Auandarhu, el asiento del fuego. Aquí no habitaban solo las nubes de agua, sino las deidades primarias. Era el lugar del Tata Jurhiata (el Padre Sol) y de las estrellas. Se le imaginaba habitado por los astros mayores y por los pájaros grandes y pequeños, por todo aquello que vuela alto y mira la tierra desde la distancia. Era el lugar de la energía pura y de la creación. Los guerreros muertos en batalla o las mujeres que morían en el parto tenían asegurado un lugar cercano a esta luz. La vida aquí era gozosa y llena de gozo bélico.

    Echerendo: La Tierra Sagrada de la Vida Diaria

    Justo en el medio, bajo el aliento del Sol y sobre la negrura de lo oculto, se tendía el Echerendo, la Madre Tierra misma. Esta era la casa de los vivos, el campo donde se sembraba la vida y se cosechaba el sustento. Pero no era un lugar vacío de espíritus; aquí moraban las deidades sagradas de la tierra, en el cuerpo de los animales, en el misterio de las montañas y en el temblor de las rocas. La vida del Purépecha se movía sobre esta superficie, entre el trabajo de la comunidad (Juchari Anchekuarhikua) y el respeto a los elementos que sostienen la existencia.

    Cumihchúquaro: La Dulce Espera en la Negrura

    Y luego, hondo, más allá de donde el Sol se echa a dormir, se extendía el Cumihchúquaro. El nombre, si se rasca un poco su piel, se traduce como “donde se está con los topos” , o el “lugar de la negrura”. Este sitio no era una penitencia, sino el destino de la mayoría, el lugar donde el alma, cansada de andar, encontraba su reposo.

    “El lugar subterráneo del que el autor habla era parecido al paraíso, en donde todo era mejor, aunque era un lugar de deleite, se tenía el concepto de que en el reinaba la negrura, o por lo menos la sombra, puesto que se le designaba con el nombre de Pátzcuaro…”

    Cumihchúquaro: No era un lugar de castigo, sino la morada de las deidades de la muerte, un espacio de descanso, placer y trabajo. La vida de ultratumba era una continuación de la terrenal, donde los espíritus seguían sus actividades diarias. Es un lugar al que se llega tras un viaje, un lugar que es sagrado y que se equipara al concepto más cercano de cielo.
    Pátzcuaro: El nombre de la antigua capital Purépecha se traduce como “lugar de negrura” o, según otras interpretaciones, como “la puerta al cielo”. Simbólicamente, se entendía como el umbral al mundo de los muertos, un portal místico.
    Jatsintani, El Acto de Replantar: El ritual de la sepultura era llamado jatsintani, que significa “reinstalar” o “replantar”. Al igual que la semilla de maíz, el cuerpo se reinsertaba en la Madre Tierra (Nana Kuerajperi), garantizando que los huesos se quedaran para dar paso a la nueva vida.

    Ofrendas y Acompañamiento en la Antigüedad

    Los ancestros Purépechas y otros mesoamericanos no enviaban a sus muertos con las manos vacías. El ajuar funerario era una previsión, un conjunto de herramientas y comodidades para el viaje:

    • Objetos Utilitarios: Se enterraba al difunto con sus objetos personales, figurillas de barro, ornamentos y pequeñas herramientas de trabajo. Se creía que el espíritu los necesitaría para su nueva existencia, donde seguiría trabajando, bebiendo y conviviendo.

    • El Alimento para el Viaje: Se colocaba comida, bebida y, a veces, perros , pues se pensaba que la travesía hacia el lugar de los muertos podía durar cuatro años.

    • La Dualidad de la Deidad: Las deidades de la muerte eran representadas por figuras esqueléticas o seres del reino animal, como la culebra y el topo, por su conexión con el interior de la tierra.

    II. El Encuentro de Dos Cruces: Sincretismo y Resistencia

    La llegada de los españoles supuso una imposición religiosa que, sin embargo, se encontró con una cultura inquebrantable. En lugar de suprimir totalmente los rituales indígenas, la Iglesia Católica optó por “adoptar” y sincretizar sus prácticas con las celebraciones panromanas de Todos los Santos y de las Ánimas (1 y 2 de noviembre).

    El Día de Muertos se convirtió así en una “curiosa mezcolanza” de creencias, donde el rito prehispánico adquirió un “barniz católico europeo”.

    • La Cruz en el Centro: Los pueblos prehispánicos ya utilizaban la cruz como símbolo de los puntos cardinales. Con el sincretismo, se mantuvo la forma, pero se le dio el nuevo significado de la cruz cristiana, permitiendo a los Purépechas y otros pueblos mantener la esencia de sus ritos a través de la nueva simbología.

    • El Alfeñique: Las figuras de pasta de azúcar (alfeñiques) fueron documentadas desde 1740 en la Nueva España, vendiéndose como obsequios con formas de ataúdes, calaveras, y figuras de la jerarquía eclesiástica. Este elemento se convirtió en una marca distintiva de la fiesta mexicana.

    • Humor y Desafío: Lo que distingue a la celebración mexicana es su júbilo y humor macabro , algo que llamó la atención de intelectuales como Octavio Paz. El mexicano “la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja” , una actitud de desdén que se nutre de la herencia indígena y que contrasta con la solemnidad occidental.

    III. El Altar como Cuerpo y Mapa del Alma

    La ofrenda de muertos es la manifestación material de la memoria , un acto de amor que renueva el vínculo familiar con el que ya partió.

    La Estructura y el Ritual de la Ofrenda

    La organización de la ofrenda sigue una estructura rigurosa, un orden que refleja la cosmovisión prehispánica y las influencias católicas.

    • Niveles Simbólicos: Aunque los más comunes son los altares de tres niveles (cielo, tierra y Mictlán), también existen de siete, que representan los siete pecados capitales o la Trinidad. El altar es un mapa que, desde su base, establece la relación entre la vida y la muerte.

    • El Arco del Difunto: Se levanta sobre el altar o la tumba. No es solo la puerta, sino el cuerpo simbólico del difunto. El arco es el que se llevan “entero cuatro” personas al panteón, pero que a la vuelta, “solo lo llevaba una persona, ya no pesa, es porque ya vino el difunto y se llevó lo que quería”.

    • La Fuerza de la Flor: El Cempasúchil (Cempohualxochitl) es el elemento que garantiza la guía. Sus pétalos se usan para trazar el camino desde la calle o el panteón hasta el altar en la casa. Su olor penetrante y su color vibrante son los faros que las almas no pueden ignorar.

    • Luz y Purificación: Las veladoras y velas siempre encendidas son la luz para orientar a las almas. El copal quemado en el sahumador purifica el ambiente y eleva la oración, pues el humo es el medio de comunicación con lo divino.

    • Los Manjares: Se colocan los platillos que el difunto amaba en vida , el pan de muerto, tamales, tortillas, y la bebida favorita. Los Purépechas de la región han conservado el trueque como parte de la tradición , y es costumbre que las familias intercambien comida con los vecinos en el panteón al finalizar la vigilia. El alimento, sin embargo, pierde su “esencia y sabor exclusivo” tras el paso del ánima, señal de que la visita se ha consumado.

    El Calendario del Alma en la Práctica Familiar

    La celebración es una secuencia temporal organizada por el tipo de difunto que regresa.

    • 28 de Octubre: Comienza la colocación del altar con una vela y flor blanca para las almas solitarias.

    • 30 de Octubre: Arreglos de las ofrendas para los niños difuntos.

    • 31 de Octubre (La Noche Íntima): Esta es la noche más sagrada para muchas comunidades como Janitzio. Se dedica a los difuntos que perecieron ese mismo año, especialmente a los “angelitos” (niños que murieron sin ser bautizados). El ritual en el hogar incluye rezos (Ave María, Padre Nuestro) y la entrega ceremonial del Arco por los padrinos.

    • 1 de Noviembre (Día de los Angelitos): Dedicado a los niños difuntos en general. Los padrinos del niño fallecido en el año son los responsables de llevar la ofrenda y de participar en la vigilia en el cementerio.

    • 2 de Noviembre (Día de los Fieles Difuntos): El día en que los vivos celebran con los muertos adultos, compartiendo comida, música y danzas.

    IV. Janitzio: El Espectáculo de la Intimidad y la Resistencia

    En la isla de Janitzio, la Animecha Kejtzitakua es un terreno de conflicto entre lo que el pueblo vive y lo que el turista exige.

    La Tensión de la Visibilidad

    La declaración de la UNESCO y la promoción turística convirtieron esta celebración en un espectáculo “folclorizado” donde la autenticidad se pone en venta.

    • La Invasión Silenciosa: El turismo masivo afecta la convivencia familiar en el panteón , obligando a las familias a “disputar el espacio con los curiosos”. La presencia de cámaras, turistas bebiendo y la saturación del espacio interrumpe la vigilia.

    • La Pérdida del Rito: El ambiente de fiesta y el “juego de hacer dinero” han hecho que prácticas íntimas como el canto de Pirekuas a los difuntos en el panteón se suspendan.

    • El Comerciante y el Comunero: Los Purépechas, empujados por la necesidad económica, han adaptado sus vidas para beneficiarse de la afluencia. Los días 1 y 2 de noviembre se vuelven una “jornada de trabajo intensa” donde los isleños se relevan entre atender sus negocios y cumplir con la ofrenda a sus muertos. Las rutas comerciales se han diversificado para abastecer la demanda turística, trayendo mercancía y artesanías de toda la región.

    El Santuario del 31 de Octubre: La Verdadera Celebración

    La resistencia más fuerte de la comunidad Purépecha no fue enfrentarse al turismo, sino replegar su rito más sagrado a una noche de intimidad.

    • El Culto Privado: El 31 de octubre se convirtió en la noche reservada para la familia y la comunidad. Es el momento en que se visitan los hogares, se come y se bebe cerveza entre compadres, y se lleva la ofrenda con la genuina intención de “convivir un poquito más con nosotros mismo con nuestros familiares”.

    • La Decisión de los Ancianos: El misticismo de la celebración sigue latente, pero el acto sagrado fue resguardado de la mirada ajena que, según la crítica Purépecha, solo busca el espectáculo y la “superficialidad”.

    • La Paradoja de la Difusión: Los líderes comunitarios, como el jefe de Tenencia, han incluido el 31 de octubre en los programas oficiales con fines de difusión turística, esperando obtener mayores beneficios económicos. Sin embargo, la “escasa difusión y el desinterés turístico” en esta fecha ha permitido que, paradójicamente, conserve su esencia de unidad familiar y comunal.

    En este espacio entre la ofrenda íntima y el espectáculo público, la Animecha Kejtzitakua se consolida como un acto de memoria activa. Es el eco de un pueblo que sabe que, a pesar de los cambios, la mesa siempre estará puesta y la flor de cempasúchil encenderá la vereda, esperando el inevitable y amado regreso de los que ya se fueron.

  • Huérfano del arte

    Nunca voy a entender eso que algunos dicen sobre los artistas y lo que hay detrás de ellos.
    Eso de que crecieron rodeados de arte, como si la belleza les hubiera sido servida desde la cuna, envuelta en terciopelo y palabras domingueras.
                                                                                                     A mí no me pasó eso.

    En mi casa no se hablaba de pintores, ni de poetas, ni de músicos que hubieran muerto hace siglos.
    No había cuadros en las paredes, ni estantes llenos de libros. No había un estudio, conexión a internet ni nada que me pudiese acercar al arte más allá que alguna grabadora con un cassette de Bronco o Los Bukis en sus mejores tiempos. 
    La historia se me presentaba en forma de fotos viejas que imprimía mi familia aprovechando alguna promoción de revelado, en libros de texto gratuitos o lo que nos contaban mis padres o mis abuelos de como era la vida antes de la vida moderna.
                             Eso era lo que teníamos.
                                                 Eso era nuestra música y nuestro museo.

    A veces, en la radio, sonaban canciones de amor que hablaban de lugares que yo no conocía o en lenguas que no comprendía y yo imaginaba cómo serían esas ciudades donde la gente podía sentarse a escuchar conciertos o mirar cuadros de forma tan natural como lo era para mi sentarme frente a la televisión o escuchar a través del FM a Juan Gabriel. 
    Pero allá, en mi casa, lo que importaba era que el agua alcanzara para todos, que uno no perdiera un día de escuela y que antes del anochecer no quedara ningún pendiente.

    El arte, como muchos lo entienden, no existía para mí.
    Lo poco que supe de él me llegó en pedacitos, conocí la ópera y la música clásica por Bugs Bunny, la mitología por los Caballeros del Zodiaco, la geografía por la canción de los Animaniacs, supe como era un museo por dentro gracias a películas del sábado. Patético, lo que sé de cine, lo sé por las cápsulas de 24 x Segundo. 

    Nunca tuve a un maestro que me dijera “mira, por aquí va el camino”.
    Nunca tuve un abuelo que guardara discos antiguos o libros llenos de subrayados.
    Nadie me habló de escuelas ni de movimientos ni de estilos, mucho menos de corrientes filosóficas o vanguardias.
    No hubo tiempo para eso.
    Las tardes eran para ayudar a mi madre, para acompañarla al mandado, para limpiar, para cuidar a los hermanos, o para ir con mi padre al trabajo.
    Y si un día quedaba libre, el descanso era dormir o jugar a algo improvisado hasta que se hiciera de noche.

    Por eso, cuando escucho a otros decir que ellos encontraron su vocación mientras un vinilo antiguo giraba en el tocadiscos, porque al visitar una exposición sintieron que algo los llamaba, me da por quedarme callado.
    Porque no sé qué decir ante eso.
    Porque mi chispa no nació entre notas ni entre pinceles.
    Ni siquiera nació entre los ruidos del barrio, entre el olor del maíz tostado, entre las voces que se confunden en la plaza o entre el llanto de los perros en la noche.

    A veces pienso que el arte, para mí, no llegó como revelación, sino como necesidad.
    No vino en forma de visión, ni de inspiración divina.
    Vino como una punzada que me pedía mirar más, escuchar más, entender por qué algo tan simple como el movimiento de una sombra podía doler o alegrar.
    Y fue así como empecé: mirando mucho y diciendo poco.

    No tuve escuela.
    No tuve taller.
    Tuve el suelo, la lluvia, la calle, el cansancio de los días y el silencio de las noches.
    Aprendí a observar.
    Aprendí que una pared vieja tiene tantos colores como un lienzo, si uno se toma el tiempo de mirarla.
    Aprendí que una palabra puede doler más que un cuadro triste.
    Y que la gente, cuando calla, dice cosas más profundas que cualquier libro.

    Dicen que para ser artista hay que venir de una estirpe, tener un apellido que pese, una historia que justifique el talento.
    Yo no tengo nada de eso.
    No soy el hijo de nadie famoso.
    No heredé instrumentos ni pinceles, ni papeles con ideas brillantes. No heredé talentos, ni gustos ni siquiera conocimientos ancestrales.
    Lo que tengo me lo fui encontrando a pedazos, como quien junta leña para hacer fuego.
    Y con ese fuego trato de alumbrar mis días.

    A veces dudo.
    Pienso que no encajo.
    Que mi forma de crear es apenas un intento torpe, una manera de no desaparecer del todo.
    Y sin embargo, sigo.
    Sigo haciendo fotos, escribiendo, tocando, inventando.
    Sigo creyendo que la belleza también puede salir del cansancio, de la rutina y del error.
    Sigo pensando que, aunque mi camino no tenga grandes nombres, ni maestros, ni escuelas, igual vale la pena recorrerlo.

    Mi arte, si puede llamarse así, ha nacido de las pobrezas:
    de la pobreza del bolsillo, de la del alma, de la del tiempo, de la de la palabra.
    De esas carencias que uno aprende a mirar con ternura.
    Porque en medio de la falta también hay algo que brilla, algo que quiere nacer.

    He vivido rodeado de silencios.
    De gente que no tiene tiempo de soñar porque el día se gasta demasiado rápido.
    Y aun así, entre todo eso, me ha dado por soñar.
    Me ha dado por mirar distinto.
    Por detenerme frente a lo que todos pasan de largo.

    Y es que, sin quererlo, uno aprende a ver arte donde nadie lo ve.
    En el vapor que sale del comal.
    En el brillo del machete recién afilado.
    En la voz quebrada de la gente cuando recuerda su pasado.
    En el polvo que baila al final del día, cuando el sol se mete y deja ese resplandor anaranjado sobre las cosas.
    Ahí está el arte, escondido, esperando que alguien lo mire.

    Yo no vengo de una cuna de artistas.
    Soy más bien un huérfano del arte.
    Y quizá por eso me aferro a él como quien se aferra a una madre que nunca conoció.
    Porque en cada cosa que hago busco un poco de ese abrazo que no tuve.
    Y cada fotografía, cada palabra, cada nota que intento escribir, no es otra cosa que eso: una manera de volver a sentirme acompañado.

    Yo no quiero ser grande.
    No busco que mi nombre quede en los libros.
    Solo quiero dejar rastro.
    Un rastro pequeño, como el de un pie descalzo en la tierra húmeda.
    Algo que diga: “aquí hubo alguien que miró con atención, que escuchó, que intentó entender la vida a su modo.”

    Y si eso llega a tocar a alguien, si alguien un día ve una de mis fotos o lee uno de mis textos y siente algo parecido a lo que yo sentí al hacerlo, entonces todo habrá valido la pena.

    Porque al final, el arte no es un lujo, ni una herencia, ni una escuela.
    Es un modo de resistir, de quedarse.
    Un modo de seguir respirando en un mundo que muchas veces se olvida de hacerlo.

    Y yo, aunque no venga de ninguna estirpe, aunque no haya tenido maestros ni linajes, aunque venga de las pobrezas, sigo aquí, creando.
    Con mis manos, con mis ojos, con mis ganas.
    Sigo aquí, buscando belleza entre las grietas, entre el polvo, entre las cosas que otros no miran.
    Porque ahí, en lo que nadie ve, también vive el arte.
                                                                  Y ahí, justo ahí, es donde me he encontrado.

  • La gentrificación en los pueblos purépechas

    Hace poco, Bad Bunny publicó su álbum “Debí tirar más fotos”, una obra que ha sido interpretada como un gesto contra el colonialismo, la gentrificación y el despojo cultural. En él hay nostalgia, pero también crítica: la memoria de un Puerto Rico que fue comunidad, que fue alegría y vida cotidiana antes de ser escenario turístico. Su mirada hacia la pérdida y la transformación de los espacios que antes eran del pueblo abre una conversación que también nos pertenece. Porque algo muy similar está ocurriendo aquí, en los pueblos purépechas.

    La palabra gentrificación parece lejana, casi ajena a los cerros, a los mercados, a las plazas de nuestros pueblos. Pero basta observar con atención para entender que ya está aquí, entre nosotros, transformando poco a poco la manera en que vivimos, nos relacionamos y habitamos nuestros territorios. Donde antes había casas de familias enteras, ahora hay hostales; donde antes había talleres y tienditas, hoy hay cafés temáticos y espacios diseñados para atraer a turistas o compradores extranjeros. El paisaje se embellece, sí, pero a costa de desdibujar lo que realmente somos.

    La modernidad —ese espejismo del progreso— ha llegado con sus promesas de desarrollo, conectividad y oportunidades. Pero detrás de esa apariencia amable se esconde una estructura desigual, que coloca el valor económico por encima del valor cultural, espiritual y comunitario. La vida en los pueblos purépechas, que antes giraba en torno a la comunidad, la tierra y las tradiciones, ahora se mide por su potencial turístico o por cuánto puede “venderse” a quienes vienen de fuera.

    Y sin embargo, no se trata de negar el presente ni de añorar un pasado idealizado. No podríamos vivir fuera del sistema económico global que nos rodea. Formamos parte de él. Durante generaciones, nos hemos adaptado y condicionado a una forma de vida regida por lógicas ajenas: la del mercado, la del consumo, la del capital. En ese sistema están inmersas la educación, las comunicaciones, la economía, la medicina, las artes. No podemos desprendernos de eso sin perder también las herramientas con las que hemos aprendido a movernos en el mundo contemporáneo.

    Pero sí podemos pensar críticamente cómo queremos relacionarnos con ello.
    La mezcla cultural que hoy define nuestra realidad no es un problema en sí misma. El problema comienza cuando esa mezcla se convierte en subordinación; cuando lo propio se valora menos que lo ajeno; cuando lo purépecha, lo indígena, lo local, se vuelve materia prima para otros discursos, otras modas, otras economías. Lo vemos en la apropiación de técnicas artesanales, patrones textiles o melodías tradicionales, que después aparecen en desfiles, catálogos o tiendas exclusivas sin mencionar el origen de su saber. Lo vemos también en la manera en que nuestras celebraciones se transforman en espectáculos para ser fotografiados y difundidos, despojándolas de su sentido comunitario.

    El turismo, en teoría, podría ser una herramienta para el intercambio y la prosperidad compartida. Pero la experiencia nos muestra que con frecuencia termina generando lo contrario: dependencia, desplazamiento y pérdida. No está mal que las personas locales reinventen sus oficios —una panadería que crea un pan de muerto más vistoso, una maquillista que ofrece catrinas en la plaza, un cocinero que diseña un menú especial para las fiestas—. Esas son formas de mantener viva la tradición, adaptándola. Lo que está mal es que los grandes inversionistas, las cadenas internacionales o quienes poseen el poder económico, se apropien de esa creatividad para comercializarla y desplazar a quienes la sostienen. No se trata de vivir del turismo, sino de evitar que el turismo viva de nosotros.

    Lo que está en juego no es sólo la estética de un lugar o la economía de una comunidad, sino la forma en que entendemos el valor de lo propio. La gentrificación no sólo cambia los paisajes físicos, cambia también la mirada, los deseos, las aspiraciones, ¡cambia incluso el clima!. Cambia lo que consideramos éxito, belleza, modernidad. Nos hace olvidar que antes de las fachadas pintadas para el visitante, existía otra belleza: la de los vínculos, la de las fiestas que eran para el pueblo y no para la foto, la de la solidaridad cotidiana que se expresaba en un trueque, en una visita, en una comida compartida.

    Cuando Bad Bunny canta sobre la nostalgia de un Puerto Rico que ya no existe, nos invita a mirar también hacia nuestro pasado reciente. ¿Cómo era vivir en una comunidad purépecha antes de que el turismo definiera nuestros tiempos y nuestras calles? ¿Cómo se sentía el territorio cuando los espacios eran de quienes los habitaban y no de quienes podían comprarlos? ¿En qué momento la identidad se convirtió en mercancía?

    Volver a pensar todo esto no significa rechazar el presente, sino imaginar otra manera de vivirlo. Porque sí, el mundo ha cambiado, y nosotros con él. Pero el cambio no debería significar olvido. Tal vez la verdadera tarea no sea volver atrás, sino resistir desde adentro: mantener vivas las lenguas, los gestos, las costumbres, las formas de organización que aún nos pertenecen. Recordar que el progreso no se mide sólo en dinero, sino también en dignidad, en comunidad, en la capacidad de mirar al otro sin jerarquías.

    La modernidad no es un enemigo. El enemigo es la indiferencia. Lo peligroso no es que nuevas personas lleguen a nuestros pueblos, sino que las raíces que sostienen la vida comunitaria se debiliten al punto de romperse. Por eso, antes de vender una casa, antes de abrir un negocio “con vista al lago”, antes de promover una fiesta como atractivo turístico, conviene preguntarnos: ¿a quién pertenece realmente este lugar?, ¿qué memoria estamos vendiendo?, ¿y qué futuro estamos comprando?

    No todo puede volver a ser como antes, pero sí podemos decidir que lo que sigue no sea despojo. La cultura purépecha ha resistido siglos de colonización, guerras, imposiciones y silencios. Resistirá también esta nueva forma de conquista —la del mercado—, si aprendemos a mirar con conciencia lo que ocurre a nuestro alrededor.
    Porque lo que nos pertenece no es sólo la tierra, sino la manera en que la habitamos. Y mientras sepamos contarlo, cantarlo, bordarlo y vivirlo, seguiremos siendo comunidad, aunque el mundo cambie su forma de mirarnos.

  • Aquí antes todo era cerro

    Es una frase constante en personas de la tercera edad, que he escuchado
    directamente de mis abuelos y otros familiares. Esa expresión, tan simple en
    apariencia, refleja una de las mayores problemáticas a las que se enfrenta muchas
    de las ciudades de México —entre ellas León–—: el crecimiento desmedido y
    acelerado de la mancha urbana.
    Esta problemática no es reciente. León, por ejemplo, su expansión de la mancha
    urbana se aceleró de manera extraordinaria en los últimos cincuenta años, y esta
    ciudad no es un caso aislado.
    Por más cotidiana y normal que nos parezca la frase “Aquí antes todo era cerro”,
    refleja la transformación drástica y acelerada de una zona o ciudad. Zonas que
    antes eran cerros, campos, o llanuras, hoy se han convertido en fraccionamientos
    o avenidas. Para muchos esto puede no representar problema alguno, pero todo
    este tipo de fenómenos de urbanización desencadenan una serie de consecuencias
    naturales que marcan de forma irreversible el entorno natural de la región.
    León, con su escasez de agua; Ciudad de México, con sus contantes inundaciones,
    explotación excesiva de sus pozos y niveles de agua en el subsuelo, que generan
    como consecuencia el hundimiento anual de la ciudad, son ejemplos claros de como
    la mala práctica de la urbanización, combinada con otros factores, genera
    problemáticas que se acumulan con el paso de los años.

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    Las ciudades crecen a un ritmo tan acelerado, que da miedo. Como leones, me doy
    cuenta de la transformación de mi entorno y ciudad: colonias que hace unos años
    no existían, sequías cada vez más graves, y tráfico que se vuelve agobiante en
    ciertas horas del día. Todo esto es evidencia de que León sigue expandiéndose y
    que ese crecimiento no tiene intención de detenerse. Es importante señalar un
    punto. No estoy en contra del crecimiento de la ciudad, sé que es un fenómeno
    inevitable al que nos enfrentamos, pero sí creo que deben de buscarse un modelo
    de desarrollo sostenible que debió de aplicarse hace décadas.
    Si el crecimiento exponencial de nuestras ciudades continua bajo practicas
    agresivas contra la naturaleza, como la deforestación masiva, el futuro visible, no
    resulta nada prometedor. Este articulo lo escribo para poder compartir mi percepción
    que tengo a esos espacios, lugares donde para muchos no hay nada, pero que en
    realidad son hogares de flora y fauna esencial para los ecosistemas y en
    consecuencias para nosotros mismos.
    Cuando aquellas personas u nosotros decimos “Aquí antes era cerro”, no solo
    hablamos de lo que alguna vez fue la ciudad o esa zona, si no de lo que hemos
    perdido. Y quizá la pregunta más importante no es ¿Cuánto más crecerá la ciudad?,
    sin no ¿Sabremos algún día crecer en armonía con nuestro entorno?

  • La cuerda que no se rompe

    Fue casi por cosa del destino la primera vez que entré a las Jornadas de Investigación de las Guitarras; una amiga, Gaby, me dijo así, de volada: «vamos, te va a gustar, van a hablar de la historia de las guitarras, entre otras cosas». Fui sin muchas expectativas, como quien cruza la plaza sin proponérselo, y llegamos el último día; nos sentamos en una ponencia y luego en un concierto de guitarra séptima, y ahí, de pronto, me encontré con algo que no sabía que existía en mi pueblo: la guitarra séptima. No es que antes no hubiera oído hablar de cosas parecidas, pero ver aquel instrumento, conocer su forma, y sobre todo escucharlo en vivo, fue una especie de descubrimiento íntimo, algo que se me quedó pegado en la memoria como un trozo de madera pulida: me pareció bonito, me pareció maravilloso, y me quedé con la sensación de que algo se me había abierto por dentro.
    A partir de esa tarde empecé a volver a las jornadas; no fui constante al principio, porque yo era de los que esperaban con ansia la feria de la guitarra —salir a ver los desfiles, las calles llenas, las botellas vaciándose— pero poco a poco me di cuenta de que esos espacios no eran sólo para guitarristas ni para guitarreros; eran para cualquiera que quisiera saber de dónde vienen las cosas, para quienes sentimos curiosidad por el origen de los sonidos. Empecé a enterarme de historias: de la guitarra y el mariachi, de grupos de música tradicional, de compositores; escuché hablar de guitarrerías que yo ni imaginaba, en lugares tan distintos a mi pueblo como la zona de Tepalcatepec, la Huasteca Potosina, e incluso Chiapas, y me sorprendí de que en tantos lados hubiera la misma paciencia para encontrar la forma justa de una caja armónica. Yo siempre había visto a Paracho como algo único en el mundo, como un sitio especial donde el oficio estaba tan arraigado que parecía natural encontrar madera secándose en las calles, gente en los aserraderos y charlas sobre maderas y barnices en la tienda de materiales. Pero enterarme de que había coincidencias, ver cómo no solo en Europa siguen haciendo guitarra de maneras que conversan con lo nuestro, y comprobar que a veces las mismas ideas nacen lejos y se parecen, me cambió la forma de ver todo; me dio un choque de pensamientos que terminó por gustarme.

    Con el tiempo, el maestro Abel García y el doctor Víctor Hernández me invitaron a colaborar en los carteles y los programas del evento. Acepté con gusto; me parecía pecado decir que no. Empecé a pasar más tiempo entre convocatorias y programas, a pensar imágenes para anunciar sonidos, y aquello me fue metiendo de lleno en la mecánica del evento. Los últimos años no sólo asistí a las conferencias de fines de julio, sino también a las convivencias que se armaban al término: conversaciones más ligeras, sí, pero que no por eso dejaban de estar llenas de información; eran como vasos donde uno iba probando distintos tragos de conocimiento hasta entender un poco más lo que se hablaba en las salas formales. 

    Ver cómo esas charlas nutrían lo que uno sabe y lo que uno puede hacer me ayudó a investigar mis propios temas, a escribir sobre ellos, a entender cómo otras gentes en otros lugares miran aquello que nosotros creemos cotidiano —la construcción de guitarras— con ojos impresionados. Para mucha gente de fuera, ver gente llevando guitarras al hombro o una guitarra gigante de cobre es algo enternecedor; para nosotros es tan natural que a veces ni lo consideramos un suceso. Gracias a las jornadas conocí a personas muy interesantes que, sin proponérselo algunas veces, influyeron en mis decisiones y en las cosas que hago.
    Este año fue especial: además de diseñar para las jornadas, me invitaron a formar parte del área de diseño del Festival Internacional de Guitarra de Paracho —el festival en su edición número cincuenta— y el maestro Abel fue elegido como su director. Platicamos ideas para el cartel, yo mandé varias propuestas, trabajé sobre una que me dio, la rematé, y el resultado nos encantó; quedó bonito y se difundió bastante. Desde entonces me tocó asistir a conciertos, a concursos del festival, hacer fotografías —ahora estoy editando esas imágenes, y al verlas vuelven los recuerdos—, y vivir la experiencia de estar metido en ambas cosas: jornadas y festival. No sabía qué expectativas tenía; a decir verdad, durante años yo había asistido a eventos sueltos, a conciertos del CIDEG, al festival en algunos momentos, pero nunca había estado de lleno en las etapas del concurso. Estar ahí fue una cosa maravillosa.

    Hay momentos en que no entiendo del todo lo que se dice, cuando las pláticas son profundamente musicales o teóricas; a veces me pierdo en términos y en partituras; son mínimos esos lapsos, pero están. Lo que sí trato de entender, y lo que sí alcanzo, es la forma en que todas aquellas personas viven la música: cómo la llevan adentro, cómo se sustenta en su vida. En el taller para cantautores, por ejemplo, fue precioso escuchar las propuestas y la retroalimentación de Pablo Echeverri y del maestro Manuel García; pero eso no acabó ahí: esa noche nos juntamos y escuchamos a Pablo cantar «La Luna» con su guitarra, a Manuel García interpretar «Ojalá» de Silvio Rodríguez, «Agua de Río» de Macario de la Peña, «Abril» de Lobezno, y a Yunuén Bautista dar una «Paloma Negra» que cerró la velada como si hubiéramos tocado con la punta de los dedos algo profundo. Fue épico, así de simple; todos callados, con los ojos y los oídos dispuestos, como si la música fuera un animal que pasa cerca y hay que quedarse quieto para verlo.

    Las jornadas siguieron su curso, cada vez con más gente que antes; me contaron de la guitarra en Uruguay, en Argentina, de padecimientos que afectan a los músicos, de cómo la guitarra ha llevado a algunos a lugares insospechados o a escribir sobre su propia experiencia. Me quedé con la memoria de las ponencias de Antonio López, Alejandro Rodríguez y las intervenciones de Gerardo Taméz; con la presentación de la maestra Mirta Álvarez y ese documental, «El sonido de antes», que me pareció espléndido, una cosa que no me imaginaba y que me hizo pensar en las cosas cotidianas que no siempre miramos con el gusto o la intención de explorar. Ver cómo las jornadas se convertían poco a poco en festival me parecía natural y, a la vez, extraordinario.
    Cuando llegó el concierto de Manuel García y la sala se llenó, sentí una comunión rara entre la investigación y la música en vivo; Manuel lo dijo, él ya es michoacano, pero de Paracho, y escucharlo ahí, con esa voz y esa guitarra que ya nos sonaban familiares, fue como encontrarse con un viejo. amigo. La Camerata del Festival, con la dirección de Rodrigo Nefthalí, dio su ensayo y luego su puesta en escena; escuchar a Alejandro Córdova entre ellos fue algo increíble. Yo creo que es uno de los conciertos más interesantes que se han presentado aquí en años porque aún me deja escalofríos la participación de Abel García Ayala con el concierto en pirekua de Gerardo Taméz: algo que cuando se estrenó en Morelia yo no alcancé a ver, y de lo cual me arrepentí, porque ver fragmentos en video no es lo mismo; verlo en vivo fue de esos momentos que no sé explicar, si alguien me preguntara qué es eso de lo extranormal le diría que esto se le parece.

    Después vino Deion Cho con un programa que iba desde lo barroco y la música española hasta piezas latinoamericanas escritas en París; cruzamos de Robert Visé a Bach, de Tárrega a Albéniz, de Manuel M. Ponce a Heitor Villa-Lobos, y la gente salió como encaramada de entusiasmo por el carisma del intérprete. También Arody García, que comenzó con piezas que me hicieron recordar la fila de nombres que a uno le van enseñando a respetar: Antonio Laguna, Barrios Mangoré, Joaquín Rodrigo, Vicente Asencio, Marco Ferreira, y hasta un tema de Piazzolla; Arody es músico excelente y su concierto fue una de esas cosas que uno tiene en la cabeza por días.

    Estuve en las etapas del concurso: las eliminatorias de Profesional, Intermedios, Juvenil e Infantil. En Profesional participaron veintisiete guitarristas; en Intermedios treinta y tres; en Juvenil doce; en Infantil cinco. Todos me impresionaron; desde los profesionales hasta los niños, hay actuaciones que te dejan sin fuerza. Recuerdo una interpretación de «Fuoco» que me voló la cabeza, la participación de Elyud García que ganó el segundo lugar en Intermedios, y el hecho de que el primer lugar en la categoría Profesional haya sido compartido, que habla de una calidad que asusta y emociona a la vez. Ver a niños de siete años con manos firmes y talento me da ganas de hacer más cosas: me motiva, me pone hambre.

    Todos los conciertos inolvidables: la maestra Mirta Álvarez desde Argentina, trayendo tango con Gardel y Piazzolla y piezas suyas, piezas que movieron algo íntimo en la sala; Jorge Luis Zamora, con quien pude hablar en una de las convivencias, una persona humilde y carismática, y verlo tocar fue una transformación que dejó a la gente pidiendo más, hasta hacerle volver dos veces al escenario. Su Guajira a mi madre, la historia detrás de la pieza, todo quedó en la memoria de muchos.
    Yo, que me encargué de diseñar carteles y programas, que me desvelé terminando algún diseño, que dormí pocas horas por salir tarde de los conciertos y volver temprano a las etapas del concurso, que comí rápido para regresar al siguiente evento, no sentí cansancio, o al menos no el que pesa; fue un consumo distinto, uno que yo repetiría una y otra vez. Esto me llena de emoción: ver que Paracho puede reunir a tanta gente, que podamos pensar en ampliar o mejorar esto, que exista la posibilidad de hacerlo más grande. Me cambió la manera de ver lo que hago; la música no es mi oficio principal, pero sí me transforma.
    Ahora estoy editando las fotografías, escuchando de nuevo las piezas mientras escribo esto; hoy es la noche final, la premiación y la clausura y el último concierto del maestro Adriano del Sal. No sé qué esperar de ese momento, porque siento que lo he visto todo, y sin embargo los festivales me enseñan siempre que puede haber algo más: una interpretación que te sacude, una pieza que se queda, una conversación que abre nuevos caminos. Me siento afortunado por haber estado en medio de todo eso, por las personas que conocí, por las que me enseñaron sin saberlo, por la música que se pegó a la piel y que ahora llevo como un olor a madera y a resina en las manos. Y me queda esa hambre: ganas de más jornadas, de más conciertos, de más diseño, de más fotos, de más encuentros donde la música nos haga el milagro de juntarnos y, por un rato, hacernos sentir que todo eso que vemos en las calles y damos por sentado —la madera, el barniz, el aserradero, el amigo que vende, el amigo que hace— es, en realidad, una historia entera que nos espera para contarse de nuevo.

  • Sonar: la música como motivo de encuentro

    En el artículo “Cherán Atzicuirín: Perspectiva de un leones”, hablé sobre cómo dos agrupaciones de distintas regiones del país, tuvieron un encuentro, donde el principal objetivo era hacer música. Este encuentro, realizado en 2023, no fue el único que llevó a cabo la agrupación leonesa Sonar Las Joyas. Este artículo es una pequeña crónica de esos valiosos encuentros que, reflejan el poder del arte para tejer lazos entre comunidades diversas.

    EL CONTEXTO DE SONAR LAS JOYAS.

    Sonar las Joyas, es una orquestá comunitaria y uno de los proyectos sociales impulsados por la asociación civil AUGE, que desde hace más de diez años trabaja en la zona de Las Joyas, ubicada en la zona norte de León, una de las zonas con mayor complejidad social en la ciudad. Este proyecto musical se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la asociación, que uno de sus objetivos es fomentar el desarrollo personal y social a través de la música.

    En entrevista con el Lic. David Herrerías, directivo de AUGE, destáco que la zona de Las Joyas está aun en crecimiento, lo que conlleva a tener el potencial de poder construir un futuro mejor para la zona. Por ello, la implementación de proyectos sociales resulta esencial para mejorar la calidad de vida no solo de quienes participan directamente en ellos, sino también de toda la comunidad que habita en la zona.

    DESDE LOS BOSQUES DE MICHOACÁN HASTA LA SIERRA MIXE DE OAXACA.

    La música, como motivo de encuentro, va mucho más allá de lo estrictamente musical. Desde mi perspectiva, resulta impresionante y profundamente significativo cómo dos agrupaciones que no se conocían, y que en muchos casos tienen marcadas diferencias culturales, pueden reunirse con un solo propósito: hacer música.

    Sonar Las Joyas ha participado en diversos encuentros con agrupaciones de distintas regiones del país, generando experiencias que trascienden las notas y los escenarios. Algunos de estos encuentros incluyen:

    Orquestá Infantil y Juvenil de Santiago de Querétaro (2018,2019,2022, Santiago de Querétaro, Querétaro)

    Orquestá Sinfónica Infantil y Juvenil de Uruapan (2018, Uruapan, Michoacán)

    Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec (2019, Oaxaca)

    Orquestá Tarhiata Jimpanhe (2023, Cherán Atzicuirín)

    Cada encuentro realizado por la agrupación, en cada estádo visitado, dejaba experiencias y aprendizajes invaluables. Las particularidades de cada comunidad y agrupación anfitriona, lejos de ser barreras que impidieran la convivencia, revelaban la riqueza de la diversidad y el poder de la música para crear lazos de armonía más allá de las diferencias.

    Uno de los encuentros con mayor contraste cultural fue el que Sonar Las Joyas tuvo con la Banda Filarmónica de Santa María Tlahuitoltepec, en septiembre de 2019. El encuentro entre dos mundos culturales tan distintos fue, para muchos de los presentes, una experiencia profundamente cautivadora. En aquel escenario se entrelazaron los Sones y Jarabes Mixes con Finlandia, de Jean Sibelius: un diálogo musical entre los jamás conquistados y quienes habitan el Bajío. Fue un momento inolvidable, que dejó huella en quienes tuvieron la fortuna de presenciarlo o formar parte de ese encuentro.

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    El encuentro con la orquestá Thariatha Jimpanhe fue otro ejemplo de un profundo contraste cultural entre agrupaciones. Sin embargo, como en ocasiones anteriores, estás diferencias no fueron motivo de asilamiento, sino, una oportunidad para la convivencia. La experiencia de convivir, tocar juntos esos ritmos abajeños, el observar aquellos bosques llenos de niebla cada mañana, compartir los alimentos, compartir tradiciones, fue transformadora para muchos. La música, una vez más, se convirtió en el puente que unión mundos distintos, demostrando que el arte no solo se interpreta, sino que también se vive, y se comparte.














  • Donde la tierra habla: sembrando esperanza

    Este escrito lo dedico con admiración y respeto para los señores Jorge Villanueva Gutiérrez, Luis Cázares y para todos aquellos campesinos que aún labran la tierra.

    La mañana se despereza con un aliento tibio, y el cielo, aún indeciso entre la noche y el día, se tiñe de una claridad opaca. No hay cantos de gallos ni campanas de iglesia que marquen el inicio de la jornada; lo que despierta al campesino es el llamado profundo de la tierra. Esa voz antigua que no se oye, pero se siente en el cuerpo. En los huesos. En el alma.

    El hombre aparece como un trozo más del paisaje. Lleva un sombrero ancho que le guarda la frente curtida del sol implacable, y un gabán heredado, tal vez de un padre, tal vez de un abuelo. Bajo el gabán, la camisa de manta y el pantalón de mezclilla sucia. En los pies, nada: sólo piel, barro y costumbre. Camina con una dignidad sin ruido, sin apuro, como si cada paso no fuera sólo hacia adelante, sino hacia adentro: hacia la historia, hacia el recuerdo.

    La tierra se abre en surcos bajo su andar. No se trata de violencia, sino de diálogo. El campesino no hiere la tierra: la persuade. La corteja con herramientas viejas pero fieles, con manos callosas que no olvidan cómo se sostiene una esperanza tan pequeña como una semilla, pero tan grande como el porvenir.

    En su palma reseca descansa el maíz, ese grano sagrado que no es sólo alimento, sino identidad. No lo lanza al suelo con la soberbia del dueño, sino que lo entrega con la reverencia del hijo. Porque el campesino no se siente amo del campo: se siente parte de él. Sabe que el maíz no se impone; se pide. No se exige; se cultiva.

    Los cerros, impasibles y eternos, lo observan desde su altura. Son testigos mudos de generaciones que han pasado por ese mismo surco, con las mismas ilusiones, los mismos rezos y las mismas derrotas. Pero también con la misma terquedad amorosa de seguir. Porque en el campo no se triunfa, se resiste. No se presume, se persiste.

    No hay promesas en la siembra. No hay garantía de lluvia, ni de cosecha, ni de venta justa. El campesino lo sabe. Lo supo su padre, y lo supo el padre de su padre. Pero aun así, siembra. No por necedad, sino por fe. Una fe que no se proclama en templos, sino en la tierra húmeda, en las uñas negras, en los surcos rectos. Una fe silenciosa y profunda como la raíz del mezquite.

    No se deja llevar por el reloj, ese invento de ciudad que impone prisa y ansiedad. Su tiempo lo dicta la tierra: cuando se raja, cuando se empapa, cuando se esponja. Él la observa, la huele, la palpa. Le escucha los murmullos con la sabiduría que sólo da el convivir. Porque sí, el campesino convive con la tierra como con una compañera: la respeta, la espera, la entiende.

    El sol se asoma finalmente con todo su peso, y el sudor comienza a brotar. Cada gota es una ofrenda. No hay aire acondicionado, ni oficina, ni pausa para café. El descanso se gana cuando el cuerpo ya no da, y aun así se sigue. Porque hay que terminar el surco. Porque mañana hay más.

    A veces no hay cosecha. A veces, lo que el cielo da en lluvia lo arrebata en granizo. A veces, el precio del maíz no cubre ni la semilla. Pero no hay lamento. Sólo silencio. Un silencio lleno de orgullo, de dignidad, de fuerza. El campesino no se queja: trabaja. Y cuando se sienta a la sombra de un mezquite a comer tortillas con sal, lo hace con la paz de quien ha hecho lo correcto.

    En el corazón del campo mexicano, el campesino no es un personaje olvidado ni un romántico de postal. Es la base. Es el que da de comer a todos sin pedir aplausos. Es el que sabe que la tierra no traiciona a quien la honra. Que en el barro también hay belleza. Que la vida, cuando nace del esfuerzo, tiene otro sabor.

    Este capítulo no lo escriben los libros de historia. No lo graban las cámaras ni lo narran los discursos. Pero está vivo en cada milpa, en cada canal de riego, en cada espiga de maíz que crece desafiante entre piedras y sequía.

    Y mientras el campesino se aleja, surco tras surco, su silueta se funde con la tierra que lo sostiene. Y uno entiende, por fin, que no hay diferencia entre el hombre y el campo: ambos están hechos del mismo barro, de la misma memoria, de la misma voluntad de renacer. Siempre. Aunque duela. Aunque canse. Aunque no se vea. Porque, al final, ese es su destino: sembrar futuro donde todos sólo ven pasado.