Categoría: Columnas

Directamente del teclado de nuestros editores

  • A la sombra del Kurhikuaeri Kuinchekua

    Hace pocos días, en Santa Clara del Cobre, se encendió el Fuego Nuevo, desde hace años me contaron que con esto se pretende rescatar viejos rituales, encender la memoria y sellar un pacto con la tradición. Al finalizar la ceremonia, se eligió como sede la comunidad de Tingambato. Pero esa elección, tan aparentemente simple, desató un vendaval de voces disidentes, donde algunos aseguran que “no lo merecen” y que la sede debía llegar a otra comunidad. En medio de aquella celebración ancestral se entremezclaron luces y sombras, voces que hablan desde lo profundo de una identidad y, al mismo tiempo, desde el rencor.

    Se escucharon palabras acerbas: voces que reclaman que solo quienes viven y respiran la lengua puedan comprender la esencia de la cultura, que sólo los “hablantes” son legítimos guardianes de la tradición. Preguntas retóricas se alzaron: ¿Acaso se debe hablar purépecha, tener familiares, entonar pirekuas o haber sufrido discriminación para tener derecho a ser parte de esta historia viva? Con insistencia se señaló que en los corazones de aquellos que consideran auténticos—y en la mirada cargada de desprecio hacia quienes no cumplen ciertos criterios—habita una división que hiere y distorsiona. Se invocó la imagen de comunidades que, por conveniencia o por olvido, han dejado de hablar la lengua, y se denunciaron actitudes que, en lugar de tender puentes, erigen barreras, clasificando a unos como los verdaderos herederos de la tradición y a otros como simples “turisï”, meros espectadores de una ceremonia que se transforma en parodia.

    Entre esos clamores, surgió una voz serena y reflexiva que interrogó: ¿Quién tiene el poder de decidir quién es digno de portar el manto de la cultura? ¿Acaso negar la sede a una comunidad implica anular su existencia? Se recordó que el verdadero honor no radica en proclamarse “más purépecha”, sino en actuar con humildad, en encarnar el espíritu del kaxumbeti, aquel que se sirve a su gente con respeto. La historia misma, marcada por el éxodo y la resistencia, atestigua que la autenticidad no se mide en la cantidad de elementos conservados, sino en la nobleza del acto de preservar lo sagrado, sin caer en el elitismo que divide y margina.

    Desde mis primeras andanzas en el Kurhikuaeri Kuinchekua, mi inquietud me ha llevado a explorar el significado y el valor de este ritual. He recorrido caminos de letras, conversaciones y recuerdos, buscando entender cómo se forja la identidad de una cultura que, como tantas otras, ha sido maltratada y despojada de sus expresiones más íntimas. Las tradiciones, la lengua y las costumbres se han perdido, no solo por la agresión externa, sino también por la indiferencia interna, por el descuido en transmitir el saber ancestral. Y en ese escenario, cuando el fuego se enciende con la esperanza de reconectar a las comunidades con su raíz, surge la urgente pregunta: ¿No debería la sede llegar primero a aquella comunidad que se aleja, que olvida sus propias voces?

    La respuesta se nubla en actitudes de discriminación que pretenden dividir lo indivisible. ¿Qué sentido tiene menospreciar a quienes, por circunstancias de la vida, han perdido parte de su herencia, para erigir un ideal que excluye? Nacer en un determinado lugar, tener cierto linaje o dominar una lengua, según algunos, define la autenticidad; pero, ¿acaso el espíritu de nuestros abuelos se desvaneció con cada palabra no pronunciada? Esta búsqueda, a veces, se torna en una ironía amarga, casi tan absurda como el clamor de aquellos que, en nombre de la “pureza” cultural, se asemejan más a ideologías de opresión que a un verdadero acto de resistencia.

    El Kurhikuaeri Kuinchekua no es una medalla para exhibir quién es “más auténtico” ni un trofeo que legitime el desprecio hacia el otro. Es un llamado a reavivar la memoria, a comprender que la cultura es un río caudaloso que recoge en sus aguas historias diversas, donde cada comunidad—sin importar su tamaño, su cercanía geográfica o el dominio de su lengua—tiene derecho a beber de ese manantial. La verdadera tradición vive en el respeto, en el acto humilde de compartir el fuego sin apartar a nadie, sin encerrar la identidad en moldes estrechos y excluyentes.

    Quizás lo que se exige en estas palabras es un replanteamiento profundo: dejar de medir la autenticidad con reglas inmutables y abrirse a la complejidad de un legado que no puede limitarse a estereotipos. Es un ruego a la reflexión, a abandonar el afán de dividir y a reconocer que, en la vasta inmensidad de la cultura purépecha, todos existimos porque resistimos y porque, en cada uno de nosotros, late un fuego ancestral que no se extingue ante el olvido ni ante la discriminación.

    En este llamado, no hay vencedores ni vencidos, sino la imperiosa necesidad de reencuentro, de reconciliación entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser. Porque en el susurro del viento, en el calor del fuego y en el murmullo de las voces antiguas, se esconde la verdad: la identidad es un camino compartido, donde cada paso, por humilde que sea, deja su huella imborrable en la historia de un pueblo que se niega a ser dividido.

    Quizá esas palabras de división provienen solamente de aquellos que no han sido parte real de esta celebración, pues si así fuera, se habrían dado cuenta que al final de la ceremonia, cuando el fuego arde nos calienta a todos por igual, y cuando este se comparte no se apaga, sino que su luz se hace más intensa. 

  • El fuego, Xakuarhu y yo

    Poco más de un año atrás, mis pasos me llevaron a Santa Clara por vez primera. Aquel viaje me dejó una huella indeleble, una especie de preludio a lo que vendría. Cuando se anunció en Ocumicho, que este año Santa Clara sería la sede, mi corazón se encendió con emoción. No se trataba de una simple visita; era el llamado a reencontrarme con raíces, a redescubrir la esencia que une a nuestras comunidades, a sentir el palpitar del pasado que se funde con el presente.

    Paso a paso

    Eran las 4:30 de la mañana cuando llegué a Santa Clara del Cobre. La noche anterior había sido una sucesión de emociones intensas, y 24 horas de insomnio se acumulaban en mi cuerpo, resultado de la excitación y de los nervios del día 31, en el que desperté antes del alba para dejar todo en orden. Para la madrugada se había colado en mis oídos el canto del Cupatitzio, una letanía que se convirtió en mi única compañía mientras mi mente se debatía entre el sueño y la vigilia. El frío, que no imaginé enfrentar, se presentó con crudeza, especialmente al descubrir que mi gabán se había quedado en casa de mi abuela. Sin embargo, entre 8 kilos de equipo fotográfico, mi espalda halló una pálida protección; no me calentaban, pero sí me recordaban que en cada paso persistía la voluntad de seguir.

    Emprendí la marcha en una procesión hacia la Ceremonia del Amanecer, el camino parecía susurrar. Las calles, normalmente llenas de vida y que recordaban a las de cualquier comunidad, se mostraban vacías y enmudecidas, la noche las había envuelto en su manto. El eco de los pasos sobre la gravilla, la tenue luz de pocas lámparas y los murmullos dispersos se amalgamaban en una atmósfera que rozaba lo místico. Pocos eran los sonidos, salvo el crujir del camino, el sonido de algunos caracoles y el eco de risas lejanas, lo que hacía que cada instante se sintiera suspendido en un tiempo propio, ajeno al bullicio diario.

    Mientras avanzábamos, las indicaciones de “No puedes grabar con esto, ni con aquello” se hicieron presentes, como un recordatorio de que ciertos momentos deben vivirse en carne y alma, sin mediación de aparatos o registros fríos. Yo, ingenuo ante el peso del ritual, asumí que ya había comenzado todo el espectáculo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la verdadera ceremonia apenas se asomaba, invitándonos a una hora de silencio sepulcral, interrumpido solo por esporádicos comentarios sobre “qué frío hace”.

    El anhelo dorado

    A medida que la oscuridad se disipaba, y el cielo comenzaba a teñirse de un dorado tímido, la indicación de voltear la mirada hacia el oriente hizo que todos nos detuviéramos, expectantes, como si estuviésemos en la antesala de un milagro. Miré al horizonte y, aunque solo escuché fragmentos de palabras en medio del murmullo, el primer grito de Juchari Uinapikua rasgó el silencio, el segundo cortó el frío y el tercero encendió la emoción. Fue un sonido que, en su crudeza, parecía convocar a las almas dormidas, haciendo vibrar la esencia del lugar. Aun cuando los instrumentos y los cantos jipis intentaron retomar la vida, unos enérgicos “shhh” impusieron el silencio sagrado, obligando a que el tiempo se detuviera en un instante de comunión.

    La luz, ya casi plena, bañaba nuestros rostros y disipaba el frío. Los compañeros de viaje, esos rostros familiares de Erongarícuaro, Uricho, Zacapu, Uruapan y tantas otras comunidades, se animaban entre sí con sonrisas cómplices y abrazos breves pero cargados de significado. Tras la inminente autorización de fotografiar, la banda comenzó a entonar melodías que invitaban al baile. Los cargueros entregaban cuelgas a los nuevos encargados y todo cobró vida.

    Xakuarhu

    Fue en ese momento cuando, mientras caminábamos de regreso a Santa Clara —o, como hoy prefiero llamarlo, Xakuarhu—, cada conversación y cada encuentro se convertían en un tributo a la vida. Los vecinos salían a la calle a desearnos buenos días, los niños se asomaban con curiosidad y el sol, implacable en su resplandor, parecía acelerar el compás del reencuentro.

    Llegar a la plaza de Xakuarhu fue como arribar a un universo en miniatura, un escenario donde la cultura y la tradición se manifestaban en cada rincón. Artesanos de diversas comunidades ya estaban presentes, exhibiendo sus creaciones para trueque o venta. Los aromas se mezclaban en el aire: el olor a carnitas, atoles recién preparados, pan y las tradicionales tortas de tostada, que tentaban a los caminantes con promesas de calidez y sabor. El entorno se vestía de colores: verde, amarillo, azul, morado; cada tonalidad era un reflejo de la identidad y el orgullo de quienes habitamos estos rincones de la tierra. En el centro, la yácata, custodiada por los cargueros, aguardaba con paciencia la llegada del anochecer, como una centinela que guarda los misterios del rito venidero.

    Frente al teclado, aún trataba de asir con palabras la magnitud de lo vivido. Había quedado atrás el frío, el desvelo, la voz que me recordaba “esos zapatos no están hechos para caminar tanto tiempo”, la sed y el hambre. En su lugar, se hacía presente una realidad extraordinaria: la presencia de tantos amigos, conocidos y almas afines que se cruzaban en el camino, cada uno con su historia, su lucha y su risa. En cada “¿Cómo estás?” se esbozaba la posibilidad de un encuentro profundo, y mi corazón se abría en un acto casi desbordante de gratitud y alegría. Fue entonces que comprendí por qué este encuentro había trascendido el tiempo y se había convertido en algo imprescindible, en un ritual que desde que comencé a asistir en 2013 se ha ido transformando y enriqueciendo, no como un retorno al pasado, sino como la celebración de lo que somos en el ahora.

    Durante años, conversaciones con organizadores y asistentes me habían permitido entender que esta celebración no busca revivir un modelo arcaico, sino conectar lo que nos une en el presente: la mirada compartida, el intercambio de costumbres, el diálogo entre regiones, la magia de descubrir en el otro un reflejo de la propia historia. Cada comunidad, cada rostro, cada vestimenta y cada voz eran piezas de un rompecabezas que, al unirse, creaban una imagen más grande y vibrante de lo que significa ser parte de esta gran familia.

    Mojtakuni ka Uanopikua

    Hubo trueque en cada rincón, una fiesta de intercambios que se mezclaba con el aroma de la comida casera; se compartían anécdotas, platillos, objetos varios, y en cada puesto se encontraba la esencia de una cultura viva, en permanente diálogo con el presente. El camino, largo y sinuoso, se convirtió en un puente que unía a desconocidos y conocidos, y en ese recorrido la emoción y la alegría se desplegaban con naturalidad, como si el destino nos hubiera convocado para celebrar la vida en cada encuentro fortuito.

    Cuando la Uanopikua comenzó, fue como si el universo se hubiera vestido de gala: cientos y cientos de personas se agolparon en las principales calles, ansiosas por presenciar el espectáculo de colores y tradiciones que anunciaba la llegada de cada comunidad. Era un reencuentro de almas, un recibir con los brazos abiertos a aquellas sedes que en otros tiempos habían sido anfitrionas, y aunque algunas ausencias se hacían notar, la presencia de otros rostros cálidos llenaba el ambiente de una grata melancolía y esperanza renovada.

    Para mí, fue especialmente conmovedor ver la participación de la Comunidad Indígena de Paracho, cuyo involucramiento despertó en mí sueños largamente anhelados. Empecé a imaginar la yácata erguida en nuestra propia plaza o, quizá, en el interior del antiguo internado, un santuario donde la tradición pudiera reencontrarse con el presente. Me dejé llevar por la fantasía de caminar, en comunión con todos, hasta llegar al “ánima sola” para la ceremonia del amanecer, visualizando cómo la Uanopikua se deslizaría, de manera casi poética, desde el sonido profundo de la guitarra de cobre hasta el imponente monumento de la madre purépecha, y de regreso, cerrando un círculo que celebrara la unión y la memoria. Soñar en ese instante fue tan natural como respirar.

    En medio de esa vorágine de emociones, me encontré huyendo, entre risas y anécdotas, de los harinazos característicos de Cherán, y en mi prisa, logré capturar en imágenes el danzar de las chicas de Cuanajo, quienes se movían al ritmo de los abajeños. Las Ireris de Uruapan me regalaron sonrisas, y los amigos de Erongarícuaro se hicieron presentes con la calidez de un reencuentro largamente esperado. No pude dejar de fotografiar a la gente de Tirindaro, y entre la multitud se destacaban también los contingentes de Ocumicho, Ihuatzio, Capacuaro, así como aquellos que aspiraban a ser la nueva sede: Purépero, Acachuén, Zacapu, Tingambato… Una alegría inmensa inundaba el ambiente al ver tanta diversidad reunida, cada rostro y cada paso contaban la historia de un pueblo que, en su pluralidad, se reafirma en la unión y la tradición.

    Somos yesca y pedernal

    La tarde avanzaba con una prisa casi juguetona, mientras el ambiente se llenaba de trueques, risas y danzas que parecían moverse al ritmo de un fuego interior. La música no cesaba y, en medio de esta algarabía, se respiraba una expectativa casi palpable: la inminente llegada del encendido del fuego. ¿Por qué esa atracción por lo desconocido? Quizá porque en el fuego se esconde la promesa del renacer, la capacidad de vencer la adversidad, recordando que el hombre le teme a la oscuridad, es por eso que desgarra sus bordes con las llamas.

    Y al fin, el momento llegó. Con un estruendo suave que se transformó en un murmullo compartido, el fuego se encendió. Las llamas, danzantes y libres, se compartieron de mano en mano, mientras el sonido rítmico del martilleo sobre el cobre anunciaba la culminación del rito. En ese instante, Kanekua sesisti minkuarhentani p’urhepecheni se elevó en un coro de voces, un himno que trascendía palabras y tiempos. Fue entonces cuando el cansancio, el frío, la sed y el hambre se disiparon; lo único que quedaba era la entrañable armonía de un encuentro que alcanzaba, por fin, esa paz y alivio tan anhelados.

    El anuncio de la nueva sede —Tinganio— se deslizó entre los murmullos, como una semilla de esperanza que promete nuevos comienzos y nuevas historias. En ese instante comprendí que arder no es sinónimo de extinguirse. Arder es dejar una marca imborrable, transformar el entorno, consumir aquello que nos rodea para, a la vez, iluminarlo con la intensidad de nuestro ser. Es brillar, serlo todo a la vez, y saber que incluso si la llama se apaga, siempre existe la posibilidad de reavivarla.

    Hoy, al volver a transcribir estas vivencias, me doy cuenta de que Xakuarhu, el fuego y yo seguimos siendo parte de una gran narración de reencuentros, de desafíos y de renovadas esperanzas. Que el fuego nunca se apague en nuestros corazones, y que, si llega a extinguirse, sepamos que siempre guardamos la semilla para volver a encenderlo.

    Que la llama de la vida siga ardiendo, recordándonos que en cada chispa se esconde la fuerza de nuestras raíces y la promesa de un mañana lleno de encuentros y renovadas alegrías.

  • La doble moral disfrazada de gusto musical

    ¿Quién lleva la corona (y por qué nos importa?)

    ¿Qué tienen en común Michael Jackson y Bad Bunny? Además de vender millones y romper récords, ambos son imanes de polémicas. Mientras MJ acumula títulos póstumos como “el artista más premiado de la historia”, Benito Antonio Martínez Ocasio —alias Bad Bunny— es nombrado por Forbes “el nuevo rey del pop”, y ¡zas!, el internet estalla en memes y diatribas.

    Aquí el chiste se cuenta solo: los puristas del Thriller se escandalizan porque un tipo que canta sobre “perreo” y sandalias Crocs ose compararse (o le comparen) con el genio del moonwalk. Pero ¿sabían que MJ tuvo que aguantar críticas similares en los 80? Lo llamaban “comercial” y “vulgar” por mezclar pop con rock. Hoy, sus detractores olvidan que Bad (1987) colocó cinco temas en el #1 del Billboard, algo que ni The Beatles lograron. Bad Bunny, por su parte, superó récords con 23 entradas simultáneas en el Hot 100. La diferencia es que a uno se le canoniza y al otro se le cuestiona.

    Streaming vs. nostalgia: ¿Qué mide el éxito?

    Bad Bunny arrasa en plataformas digitales (fue el más escuchado en Spotify de 2020 a 2022), mientras MJ sigue vendiendo álbumes físicos como pan caliente. ¿Qué define el triunfo? ¿Discos de platino o reproducciones en TikTok? La respuesta es tan subjetiva como preguntarle a un millennial y a un boomer qué es “música de verdad”. Spoiler: ambos terminarán citando a sus ídolos de adolescencia.

    Según los expertos de redes, la “música de verdad” es aquella que requiere “talento real”: ópera, jazz, rock clásico… básicamente, todo lo que no suene en una fiesta de Generación Z. Curiosamente, estos críticos suelen tener un repertorio más limitado que una lista de Spotify gratis: mencionan Stairway to Heaven y Bohemian Rhapsody como si fueran contraseñas para entrar a un club exclusivo.

    El problema no es la preferencia, sino la superioridad moral. Mientras compositoras como Caroline Shaw reinventan la música clásica en 2024, los puristas insisten en que Bad Bunny “denigra el arte” por hacer perreo. Pero esperen: ¿acaso Every Breath You Take de The Police —un himno sobre obsesión— no se corea en bodas como si fuera romántico? La doble moral es tan evidente como un drop de reggaetón.

    Elitismo sonoro: Cuando los “buenos gustos” esconden complejos de superioridad

    Detrás de la máscara de los “buenos gustos” musicales suele esconderse un complejo tan repetitivo como un riff de guitarra de los 80. ¿Qué tienen en común el reguetón y los solos de rock clásico? Ambos se basan en estructuras simples, pero solo uno es aplaudido como “arte sublime”. Mientras los puristas veneran Sweet Child O’ Mine —cuyo riff inicial fue creado en 5 minutos como ejercicio de calentamiento—, tachan de “vacíos” los beats de Tití Me Preguntó. La ironía, según estudios sociológicos, es que géneros asociados a clases populares o minorías son sistemáticamente despreciados, mientras los vinculados a la cultura dominante se consideran legítimos, y como vivimos entre gente que siente que está más cerca de Elon Musk que del loquito del centro, es obvio que se desprecia lo del pueblo y se añora lo sofisticado. 

    El colmo llega cuando un niño de 10 años toca Smells Like Teen Spirit en YouTube y los comentarios se llenan de “¡esto sí es música de verdad!”. ¿Recibiría el mismo entusiasmo un cover de Me Porto Bonito? Difícil. El rock y el metal han sido históricamente territorios masculinos y eurocéntricos, donde la “autenticidad” se mide por cuántos acordes distorsionados aguantas, no por la diversidad de influencias. Y ni hablar de la hipocresía: canciones como Under My Thumb de los Rolling Stones —que glorifican el control misógino— son celebradas como clásicos, mientras el perreo, surgido de barrios marginados de Puerto Rico, es tachado de “vulgar” sin reconocer su raíz como expresión de resistencia cultural.

    Discriminación auditiva

    El clasismo musical no solo juzga sonidos, sino también geografías. Los corridos tumbados —criticados por “glorificar la violencia”— son hijos naturales de Sinaloa, una región marcada por la desigualdad. Pero cuando Pumped Up Kicks de Foster the People narra un tiroteo escolar con melodías indie, se convierte en himno de festivales. ¿La diferencia? El código postal del artista.

    Incluso la industria refuerza esta jerarquía. Artistas con recursos o conexiones heredadas —hijos de estrellas o graduados de escuelas élite— suelen recibir contratos antes que talentos de barrios marginados, perpetuando un ciclo donde el éxito se mide en contactos, no en creatividad. Y aunque el streaming democratizó el acceso, persiste el prejuicio: Bad Bunny rompió récords globales con un español crudo y callejero, pero aún hay quien insiste en que “el reguetón no es música”

    Cuando la tradición se vuelve cárcel

    El clasismo no es exclusivo de los géneros comerciales. En las comunidades purépechas de Michoacán, la pirekua —canto tradicional— fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010. Pero la celebración duró poco: muchos músicos tradicionales protestaron. “Nos convirtieron en souvenir turístico, pero no vimos beneficios reales”, decían. Y aunque a través de distintos festivales dentro y fuera del estado se presenta esta música tradiconal se tacha de “inauténtica” a su versión moderna, llamémosla con cariño neopirekua.

    La pirekua clásica nació a capela, luego adoptó guitarras. Pero en los 90, jóvenes purépechas añadieron bajos eléctricos, teclados y ritmos más rápidos para cantar y bailar. Los guardianes de la tradición reaccionaron como si les hubieran puesto reggaetón en un velorio: “¡Eso no es pirekua!”. Olvidan que sus abuelos también fueron tachados de modernos por usar bajo y hasta violines.

    ¿Qué es más purépecha: un joven que rapea en su lengua materna sobre las cosas que vive día a día o un “purista” que repite jucheti mintsita por enésima vez en una misma canción? La respuesta duele: hasta en las comunidades indígenas, el esnobismo musical divide.

    La farsa de la autenticidad

    La “autenticidad” es un arma arrojadiza. A Beethoven lo tildaron de revolucionario peligroso; hoy es sinónimo de “alta cultura”. ¿Y adivinen qué? En su época, mezclaba folclore popular con estructuras clásicas, algo que Rosalía hace hoy con el flamenco y el trap. Pero mientras a él se le perdona, a ella la acusan de “apropiación”.

    El sesgo de nostalgia es cómplice. Los boomers defienden a Queen como “música compleja”, olvidando que Another One Bites the Dust es un loop de bajo repetido por tres minutos. Y sí, Bohemian Rhapsody es una obra maestra, pero ¿por qué no se aplica el mismo estándar a Turista de Bad Bunny, que fusiona reguetón con samples de bolero? Criticar el arte desde la moralidad —y no desde su contexto— es un ejercicio de privilegio.

    Músicos sin fronteras: Cuando el talento no tiene prejuicios

    Un dato incómodo: muchos músicos profesionales escuchan tanto a Peso Pluma como a Mahler. Algunas de las artistas más talentosas que conozco lo mismo interpretan rancheras que trap, y son fanáticas tanto de Amparo Ochoa como de Nathy Peluso, algunos de los más talentosos que conozco lo mismo tocan a Bach o Los Chapás de Comachuén que a La Sekta Core. ¿El común denominador? Ninguno se cree dueño de la “verdad musical”. ¿Cómo tomar en serio a un rockerillo de internet que desprecia la música actual si solo cita a Guns N’ Roses?

    Incluso en la élite académica hay sorpresas. En 2024, el 12.3% de los conciertos en Francia incluyeron obras de compositores vivos, mezclando sin complejos lo tradicional con lo experimental. Hasta la Sinfónica de Toronto se atrevió a renovar su repertorio. Moraleja: cuando dejas el esnobismo, descubres que una banda sinaloense y una sinfonía pueden coexistir… ¡No solo en la misma playlist!

    Gimnasia para el alma (sin jueces)

    Al final, la música es como el humor: si te hace reír o bailar, funciona. Los puristas pueden seguir discutiendo pero el resto estaremos aquí, disfrutando de un mix de La Deuda, cumbias sonideras y corridos tumbados.

    Como diría Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Y ya saben: en el gimnasio, lo importante es moverse, no juzgar la rutina del de al lado. Así que la próxima vez que alguien hable de “música de verdad”, recuérdenle que hasta Bach usaba basso continuo (el autotune del barroco) y que, como dijo un sabio de internet: “Si suena bien, es bueno; si no, también.”.

  • Algunos apuntes sobre Paracho II

    Todo este cuestionamiento partió de lo que ya expuse en la primera parte: ¿De dónde sacan que Paracho es una palabra de origen chichimeca? Honestamente, ¿alguien conoce alguna lengua chichimeca viva o extinta que utilice la palabra Paracho como sinónimo de “ofrenda”? No, ¿verdad? Pero como buenos repetidores en automático, seguimos recitando la misma cantaleta que encontramos en Wikipedia o en el sitio oficial del ayuntamiento: “El nombre de Paracho proviene de una palabra chichimeca que significa ‘ofrenda’”. Y ahí muere la conversación, sin fuentes, sin pruebas, sin más.

    Voy a insistir —necio que soy— con el origen purépecha de Paracho. Primero, porque la lógica más básica nos dice que un pueblo rodeado de otros pueblos purépechas muy probablemente también sea purépecha. Y segundo, porque las evidencias contrarias son inexistentes o, como mucho, vagas y mal documentadas.

    Vagando entre leyendas

    Claro, está la narrativa de Eduardo Ruiz en Michoacán: Paisajes, tradiciones y leyendas, donde se menciona el éxodo teco desde Chapala. Suena pintoresco, pero, como ya vimos, hay demasiados cabos sueltos. Así que mejor sigamos el principio de la navaja de Occam: la explicación más sencilla suele ser la correcta.

    Pero, ¿cómo reconciliamos esto con la pérdida de identidad cultural que tan cómodamente hemos abrazado? Porque seamos sinceros: en Paracho somos expertos en despreciar lo propio. Nos encanta idealizar lo ajeno. Desde la ropa “de paca americana” hasta las maderas “exóticas” que buscan los lauderos; desde los anglicismos innecesarios hasta el reguetón que reemplazó a los sones. Todo lo que huele a purépecha parece incompatible con nuestra idea de progreso.

    Si seguimos escarbando en la historia del pueblo, nos topamos con un enorme vacío. Más allá de la Relación de Michoacán de 1541 y los datos de Juan José de Lejarza de 1822, hay un silencio ensordecedor sobre Paracho hasta el siglo XIX. ¿Qué pasó en esas décadas? ¿Dónde están los documentos que cuenten algo relevante? Ni idea. Es como si, en algún momento, alguien hubiera decidido que nuestra historia no merecía ser escrita.

    El espejo roto de la identidad

     

    Afortunadamente, aparecen pequeñas joyas documentales aquí y allá. Por ejemplo, El Año Musical de la Sierra (1865), una recopilación de la música que sonaba en Paracho y sus alrededores. O Unknown México (1903), un texto fascinante de Carl Lumholtz, un explorador noruego que pasó cinco años recorriendo el país. Lumholtz llegó a Paracho y conoció a Jesús Valerio Sosa, coautor del Año Musical de la Sierra.

    Lumholtz describe su llegada al pueblo con una mezcla de asombro y curiosidad:

    “EL 18 de setiembre me despedí de los benévolos habitantes de Parangaricutiro y el mismo día llegué á Paracho. Este nombre, formado de la palabra tarasca parani (envolver), significa calzones, y probablemente se deriva de los que usualmente se ponen los habitantes. Al principio de nuestra jornada nos fue muy difícil avanzar por aquel camino, pues desde el plan de Tierra Caliente, el suelo, formado de arena y barro, se había puesto por la abundancia de las lluvias en extremo resbaladizo, pero la superficie se yuelve á secar en pocas horas. Paracho se halla en el corazón de la región tarasca, pero habiéndose mezclado mucho sus naturales con los blancos, se encuentran mucho más civilizados que los de Parangaricutiro y han perdido casi por completo sus antiguas costumbres. Existe el suficiente comercio para que se haya constituído á dicho lugar en capital de la Sierra, bien que por su exterior no llama la atención del visitante. Su situación en una llanura expuesta á los crudos vientos de las montañas es desfavorable, pero sus alrededores son deliciosos como en toda la Sierra. Tiéndese casi al pie del alto cerro de Cuitzeo, llamado en tarasco Tarestzuruan, “Cerro de los Antiguos” (tarés), y hay otras eminencias cubiertas de pinos rodeando el paisaje, cuyos nombres recuerdan la historia antigua de los tarascos. Dícese que los indios de Paracho llegaron originariamente de Zamora, de donde fueron arrojados durante la conquista de Michoacán por Nuño de Guzmán. Llamáronlos tecos, palabra que, según mi informante, significa uñas de los dedos (tæki), aludiendo al hecho de que tenían las uñas pintadas de añil, porque su principal industria era la tintorería. Si mi informante estuvo en 10 justo, hay todavía en Zamora un barrio nombrado Teco, cuyos habitantes tienen actualmente uñas azules debido á que son tintoreros de añil. La primer parte donde los inmigrantes se pudieron detener fue en el Mal País (así designado por lo volcánico del terreno), á tres leguas de Paracho; pero después se establecieron en la presente ciudad. Paracho es triste y sus calles parecen desiertas. La gente anda con negligencia, hablándose en voz baja y sin energía para oponer la menor objeción á nada; pero, como todos los tarascos, es inteligente é industriosa. Lo que particularmente fabrican son hermosos re bozos azules con bordados de seda figurando pájaros y animales. El costo de algunos de ellos pasa de treinta pesos. La ciudad es igualmente famosa por sus artísticas fajas, así como por sus guitarras, algunas de las cuales, verdaderos y bonitos juguetes, sólo tienen algunas pulgadas. Todos son ahí músicos y tienen su guitarra, corno en Italia. No hay, en efecto, en el Estado de Michoacán quien rivalice con los indios de Paracho en este punto. El director de orquesta, tarasco de pura sangre y oscura piel, es un compositor de mérito nada escaso. Toca, según las propias palabras del cura, cualquier instrumento que se le dé. Aun en los más pequeños pueblos tarascos encuentra uno por lo menos dos bandas, una de música de viento y otra de instrumentos de cuerda, y ambas tocan bien. En todas las fiestas, casamientos y entierros, se acostumbra contratar á todos los músicos di ponibles. La música tarasca es característicamente triste y quejosa. Para aquella gente no existen los aires alegres, y ante un scherzo ó un rondó pern1anecerían del todo indiferentes. Me refirió Don Eduardo Ruiz que las mujeres de edad son quienes con1ponen tanto las piezas religiosas con10 las eróticas de la tribu. A menudo he podido observar que en toda la República Mexicana no parece haber nadie, indígena español ni mestizo, que carezca de la percepción musical. En donde quiera ye uno los domingos: y aun una ó dos veces en el curso de la semana gente bien vestida codeándose con los pobres harapientos, unos y otros reunidos en la plaza para deleitarse con el arte de Orfeo. Esta devoción por la música imprime en México al carácter general de las masas cierta gentileza y refinamiento de modales que las distingue favorablen1ente de la plebe de las grandes ciudades del norte. Hay muchos indios capaces de componer música que cautivaría á cualquier auditorio de personas civilizadas, y el número de composiciones musicales que anualmente producen los mexicanos es mucho mayor de lo que se puede suponer. ¿Quién de los que visitaron la Exposición de Chicago no recuerda con gusto la ejecución musical de la banda mexicana? El agua es escasa y á menudo salobre en la Sierra. Segun la tradición, las mujeres de Paracho iban antiguamente por ella á distancia de seis millas. Entonces como ahora, acostumbraban las Rebecas ir en grupos para abreviarse el camino, charlando en su sonora lengua ; pero hoy tienen cerca de la ciudad un pozo cuya poética leyenda me refirió el cura del modo siguiente: Había una joven llamada Tzitzic (flor), que era sacerdotiza del Sol. Como era muy hermosa, causaba grande admiración á los mozos. A veces que iba sola por agua, se reunía con su novio, y tanto se entretenían, que á su regreso la regañaban sus padres porque volvía tan tarde. A pesar de todo, los enamorados continuaban juntándose, y tanto se olvidaron del tiempo cierta ocasión, que le hubiera sido imposible á la muchacha llegar hasta la fuente. Llena de angustia se puso á invocar al Padre Sol, suplicándole que le concediera encontrar agua cerca para no incurrir en la cólera de sus padres. Estando en ello, vio salir un pajarito de entre el zacate, sacudiendo las alas como si acabara de bañarse y arrojando gotas de agua; comprendió al punto que el Padre Sol le habla otorgado lo que le pedía, haciéndola encontrar una fuente, y rebosante de alegría llenó su tirímacua y se encaminó á toda prisa á su casa. Sus padres quedaron sorprendidos al verla tan pronto de vuelta y supusieron que el novio le habría ayudado con el cántaro; pero ella les dijo que no había tal, sino que en el mismo camino por donde hacía muchos años iban las mujeres por agua, había encontrado una nueva fuente. Todas las personas principales acudieron á oír el maravilloso relato y fueron á visitar el manantial donde abrieron un pozo de doce varas de hondo, que hasta el día constituye para la ciudad su principal depósito de agua. Hállase situado al este de Paracho, á menos de una milla del centro, y los habitantes lo llaman Queritziaro (quer = grande; itzi = agua; aro = donde hay); en otras palabras: “La gran fuente.” Si la joven tarasca hubiera sabido la historia de Josué, hubiérale también pedido al sol que se parara. Pero ¿quién de ambos invocó su divina ayuda con más noble propósito, el guerrero que quería vengarse de su enemigo, ó la doncella que sólo trataba de conciliar su amor con su deber filial?”

    Carl Lumholtz – Unknown Mexico II

    Y bueno…

    ¿Calzones? Así, sin más, el hombre nos regala una versión que jamás se nos habría ocurrido (aunque ahora que lo pienso, podría tener sentido, en algún momento preguntando al buen Ricardo Campos de Quinceo, el mencionó el Parache, una especie de taparrabo que se utilizaba para cubrir las prendas de ensuciarse, algo así como un delantal para el delantal). Claro, es más probable que la explicación sea un malentendido o una interpretación muy libre del noruego, pero aún así, es interesante pensar en cómo nos percibían los extranjeros.

    Lo más irónico de todo esto es que, aunque llevamos siglos aquí, todavía no sabemos quiénes somos. Nos hemos apropiado de las historias más convenientes, ignorando las que nos hacen reflexionar sobre nuestro verdadero origen. La identidad cultural en Paracho parece haberse fracturado en algún punto, y esa grieta se ha llenado con indiferencia y olvido.

    Y aquí estamos, rodeados de un legado cultural inmenso que apenas reconocemos. Nuestras calles, nuestros nombres, nuestras tradiciones —todo lleva una huella purépecha que fingimos no ver. Porque, al final, es más fácil negar el pasado que enfrentarlo.

    Así que la próxima vez que alguien diga que Paracho significa “ofrenda” en chichimeca, pregúntenle: ¿Qué pruebas tienes? ¿Qué lengua hablas tú? Porque la historia no se escribe con mitos cómodos ni con silencios. Se escribe cuestionando, buscando, y, sobre todo, aceptando lo que somos.

  • ¿De qué se trata eso del perdón? Bodas Purépechas

    Las bodas purépechas son ceremonias ricas en simbolismo y tradición, reflejando la profunda herencia cultural de las comunidades indígenas de Michoacán. Estos rituales, que pueden extenderse hasta por tres días, integran prácticas ancestrales que han perdurado a lo largo del tiempo, adaptándose a las particularidades de cada región y comunidad.

    El “robo” de la novia y la solicitud de perdón

    Algo que es muy común escuchar es “se la robaron”, una práctica que antes parecía mucho más común que ahora, pero que sigue vigente. Ahora la pareja decide escapar, pero normalmente, era un robo tal como se describe. Hemos escuchado muchas historias de mujeres de hace varias décadas que prácticamente fueron secuestradas y arrancadas de su hogar forzándolas a casarse. Tras esta acción, la familia del novio, acompañada por los padrinos, se dirige a la casa de la novia para solicitar el perdón de sus padres. Este acto no solo busca el consentimiento de la familia de la novia, sino que también establece una relación de respeto y unión entre ambas familias. Una vez otorgado el perdón, se acuerda la fecha de la boda y se inician los preparativos para las siguientes fases del ritual matrimonial.

    Pero claro que existe una práctica más sana: el pedimento. Una vez que la pareja llega al acuerdo de que decide casarse, papás y padrinos del novio lo acompañan a casa de la novia a solicitar la mano de la muchacha para formar un matrimonio. En cualquiera de los dos casos, cuando la respuesta de todos es positiva, se llevan los agradecimientos: una ofrenda de pan con la que se demuestra gratitud hacia la familia de la novia, y con la que la misma, hará la invitación a la próxima boda para sus amigos y familiares repartiendo este pan en los días siguientes. 

    Como dato curioso, hace algunos años platicando con la familia Caro de Paracho, comentaban que en la comunidad de Ahuiran es muy común que se solicite un pan especial para los agradecimientos, pero como con muchas otras costumbres, se tiende a competir y cada vez se piden más piezas de pan para ganarle al vecino. 

    La leña: símbolo de colaboración y compromiso

    En comunidades como Paracho, se lleva a cabo la ceremonia de la leña un día antes de la boda. Familiares y amigos del novio se organizan para cortar leña, la cual será utilizada en la preparación de los alimentos para la boda. Este gesto simboliza la disposición al trabajo y la colaboración comunitaria. Durante esta actividad, es común que los hombres sean desafiados a partir un tronco, demostrando su fortaleza y capacidad para sostener un hogar. Por su parte, las mujeres pueden ser invitadas a moler en el metate, evidenciando su habilidad en las labores domésticas. Estos desafíos también son realizados por los acompañantes, mostrando su apoyo y compromiso con la nueva pareja.

    Estos rituales son muy variados, hay datos que dicen que en diferentes comunidades encierran al novio en una habitación con mazorcas de maíz seco encendidas y especies que producen mucho humo para que el novio demuestre su virilidad resistiendo sin toser.

    La compostura y los preparativos previos a la boda

    La noche anterior a la boda se celebra la compostura, una reunión donde se ofrecen atole y tamales a las familias y amigos cercanos. Este encuentro fortalece los lazos entre las familias y prepara el ambiente para la ceremonia nupcial. En la mañana del día de la boda, es tradición que la familia del novio lleve el desayuno a la casa de la novia, acompañado del vestido nupcial. Este gesto simboliza el cuidado y la atención hacia la novia y su familia, asegurando que todo esté listo para la celebración. El desayuno suele incluir pan y chocolate o leche caliente, alimentos que representan la dulzura y la prosperidad que se desea para la nueva unión.

    La misa kuani y la fiesta comunitaria

    La ceremonia religiosa, conocida como misa kuani, es el núcleo de la celebración matrimonial purépecha. Durante la misa, los novios reciben la bendición y formalizan su unión ante la comunidad. Posteriormente, se lleva a cabo una fiesta donde se comparte el banquete tradicional. La música y el baile son elementos esenciales de la celebración, reflejando la alegría y el sentido de comunidad que caracteriza a las bodas purépechas.

    Y bueno, tampoco la bebida puede faltar. Hemos visto en diferentes comunidades que esto es además un detalle muy importante, no solo por la afición a la bebida en sí, sino porque el apoyo de amigos, vecinos y familiares, se ve reflejado muchas veces en la cantidad de bebida que se aporta para cada celebración.
    También es muy común que en algunos lugares, los invitados de los padrinos, lleven botellas o cervezas como medio, un apoyo para los padrinos quienes son los que realizan buena parte del gasto en las bodas. 

    A partir de ahí hay variedad de rituales según cada comunidad, como La bajada del pollo que pudimos ver en Tzintzuntzan o los muñecos de pan con quienes bailan los novios en algunas comunidades de la sierra. 

    La Xirangua: danza de bendición y unión

    Uno de los momentos más emotivos de la celebración en Paracho es la Xirangua, una danza en la que los novios, junto con sus padrinos y padres, bailan con los brazos entrelazados, mientras son rodeados por familiares y amigos. Durante la danza, una persona, generalmente un familiar cercano, utiliza ramas de nurite para “limpiar” y bendecir a los asistentes, asegurando la protección y la prosperidad de la nueva pareja. Esta práctica ancestral refuerza los lazos familiares y comunitarios, y es una manifestación de los deseos de bienestar y armonía para los recién casados.

    Las bodas purépechas son una manifestación viva de la riqueza cultural de Michoacán, donde cada ritual y ceremonia fortalece la identidad y la cohesión de las comunidades indígenas. Estas tradiciones, transmitidas de generación en generación, reflejan valores de respeto, colaboración y unidad, esenciales para la vida comunitaria.

    Para una visión más detallada de estas tradiciones, puedes consultar el artículo “Misa Kuani: la boda p’urhépecha y sus transformaciones históricas” disponible en SciELO México.

  • Kurhikuaeri K’uinchekua: El Fuego Nuevo Purépecha

    La celebración del Kurhikuaeri K’uinchekua, también conocida como el Fuego Nuevo o el Año Nuevo Purépecha, es una de las tradiciones más importantes y significativas para el pueblo purépecha. Este evento, que se lleva a cabo cada 1 de febrero, es más que un cambio de calendario: es un momento de renovación espiritual, cultural y comunitaria.

    El próximo 1 de febrero de 2025, la sede de esta ceremonia será el pueblo de Santa Clara del Cobre, o Xakuaarhu (Lugar de quelites en lengua purépecha). Este icónico lugar, conocido por su impresionante tradición en el trabajo con el cobre martillado, será el escenario de una reunión que promete conectar el pasado y el presente de esta cultura milenaria. Si te interesa conocer más sobre el significado de esta celebración, cómo se vive y qué representa para los purépecha, sigue leyendo.

    Un vistazo al origen y significado del Kurhikuaeri K’uinchekua

    La palabra Kurhikuaeri significa fuego, y K’uinchekua se traduce como festividad. Juntas, representan una ceremonia ancestral que busca renovar el fuego, un elemento que simboliza el tiempo, la energía y el renacimiento. Esta tradición tiene sus raíces en la cosmovisión purépecha, donde el fuego es visto como el principal nexo entre los seres humanos y los dioses.

    Durante el Fuego Nuevo, se honra a Tata Jurhiata (el Padre Sol) y Nana Kutsï (la Madre Luna), así como a la Madre Tierra, Nana Kuerajperi, por los favores y bendiciones recibidos en el año que concluye. También se evoca a los ancestros, reconociendo sus enseñanzas y sabiduría como la base de la identidad purépecha.

    Esta celebración no es solo un evento espiritual; también marca el inicio del ciclo agrícola, un momento crucial para las comunidades rurales. El cielo nocturno juega un papel central, ya que la posición de la constelación de Orión indica el momento exacto para encender el fuego que dará comienzo a un nuevo ciclo de esperanza y trabajo.

    Santa Clara del Cobre: La sede de 2025


    Cartel del Kurhikuaeri K'uinchekua
    De la autoría de Jonathan Angel Ziranda

    Este año, Santa Clara del Cobre (Xakuaarhu) será el anfitrión de esta importante ceremonia. Conocido por su legado en la manipulación de minerales desde tiempos prehispánicos, este pueblo es un testimonio viviente de la creatividad y el ingenio purépecha. Las piezas de cobre martillado que aquí se producen no solo son funcionales, sino también obras de arte llenas de simbolismo.

    El cartel oficial de la celebración de este año, diseñado por la comunidad, encapsula los valores y tradiciones que Santa Clara representa. Desde la representación de Tata Jurhiata y Nana Kutsï hasta la inclusión de elementos como el maíz, las herramientas de cobre y las danzas tradicionales, cada detalle cuenta una historia. Incluso el topónimo de Xakuaarhu, que significa “lugar de quelites”, conecta a los habitantes con su entorno natural y su herencia ancestral.

    Santa Clara del Cobre también es hogar de tradiciones únicas como “La Lavadera” y “La Tarasca,” que enriquecen la identidad cultural de la región. Al ser sede del Kurhikuaeri K’uinchekua, este pueblo reafirma su papel como guardián de las costumbres purépechas.

    ¿Cómo se vive el Fuego Nuevo?

    La ceremonia del Kurhikuaeri K’uinchekua es una experiencia comunitaria que combina rituales, música, danzas y una energía colectiva única. Todo comienza tras la ceremonia del amanecer. A partir de ahí, la fiesta se llena de música tradicional, danzas y comida típica, en un ambiente de celebración y agradecimiento. Al caer la noche, cuando se apagan los fuegos en los hogares y templos para dar paso a un momento de oscuridad y reflexión. Posteriormente, los líderes de la comunidad encienden el nuevo fuego en un acto cargado de significado.

    El momento cumbre ocurre cuando el fuego es compartido entre los asistentes, simbolizando la unidad y el renacimiento del espíritu colectivo. 

    Cada año, la ceremonia también incluye actividades culturales como exposiciones de arte, talleres y presentaciones que permiten a los visitantes conocer más sobre la riqueza de la cultura purépecha. En Santa Clara del Cobre, seguramente habrá exhibiciones de piezas de cobre martillado y recorridos por talleres artesanales, ofreciendo una experiencia integral.

    Un encuentro entre pasado y presente

    El Kurhikuaeri K’uinchekua no solo celebra el pasado; también es un llamado a preservar y adaptar las tradiciones al presente. En un mundo donde las culturas originarias enfrentan constantes desafíos, eventos como este se convierten en espacios de resistencia y reafirmación de la identidad.

    Si tienes la oportunidad de asistir, no solo serás testigo de una ceremonia ancestral, sino también de un movimiento vivo que sigue evolucionando. Ya sea que te atraigan los rituales, la música, la artesanía o simplemente quieras aprender algo nuevo, el Fuego Nuevo es una experiencia que deja huella.

    Así que el 1 de febrero nos vemos en Santa Clara del Cobre. Más que una celebración, el Kurhikuaeri K’uinchekua es un recordatorio de que las llamas de la cultura purépecha están más vivas que nunca.

  • Cultura y Modernidad: Una Conversación Necesaria

    Cultura y Modernidad: Una Conversación Necesaria

    Hoy fui testigo de una discusión sobre el uso de vestimenta tradicional de un pueblo originario en el desfile de modas del evento Original México. Una prenda originalmente creada para un hombre fue usada por una mujer, lo que generó comentarios hablando de faltas de respeto hacia la comunidad, la vestimenta y demás. Ante estas opiniones, siento la necesidad de reflexionar: ¿estamos abordando este debate desde una perspectiva que realmente valora y respeta las tradiciones y a las personas que las crean?

    La preservación cultural no es inmovilidad

    Las tradiciones no existen en un vacío ni son estáticas. Al contrario, las culturas evolucionan, se adaptan y se reinventan constantemente. La preservación de una tradición no implica mantenerla inmutable, sino garantizar que siga viva, que sus conocimientos, técnicas y significados sean relevantes para quienes las practican hoy.

    Es importante reconocer que quienes tienen el derecho legítimo de decidir cómo utilizar, comercializar o adaptar estas prendas son los propios artesanos y miembros de las comunidades originarias. Si ellos eligen participar en un desfile o vender sus piezas en nuevos contextos, ¿por qué habría de considerarse una falta de respeto? Al contrario, esto demuestra que están encontrando formas de integrar su herencia cultural en el mundo contemporáneo y de sostener su modo de vida.

    El género y la tradición

    En muchos pueblos originarios, los roles de género han sido históricamente estrictos y específicos, asignando tareas y obligaciones a hombres y mujeres. Sin embargo, la evolución social nos ha llevado a cuestionar y, en muchos casos, romper con esos roles tradicionales que limitaban la libertad y el desarrollo de las personas. Si aceptamos que una mujer de hoy puede optar por no dedicarse exclusivamente al hogar o que un hombre puede ejercer roles tradicionalmente considerados femeninos, ¿por qué no podemos aceptar que las prendas, al igual que los roles, también pueden adaptarse a nuevas realidades?

    La vestimenta tradicional es profundamente significativa, pero ¿su valor radica en quién la porta o en el significado y la técnica que la respalda? Una mujer vistiendo una prenda masculina o una persona no binaria reinterpretando un atuendo no borra su historia; más bien, demuestra cómo las tradiciones pueden dialogar con el presente.

    ¿Qué daña realmente a la tradición?

    La descontextualización que merece crítica no es el uso creativo o diverso de una prenda, sino la apropiación cultural sin reconocimiento o el desplazamiento de los propios artesanos en favor de imitaciones industrializadas. Daña más a una tradición el olvido, la falta de oportunidades para sus creadores o la imposición de estereotipos que limitan su evolución.

    Hace tiempo fotografié a Alejandro, una persona no binaria que portaba un atuendo tradicional purépecha femenino. La imagen generó polémica: algunos lo vieron como un acto de falta de respeto, mientras que otros lo interpretaron como una expresión personal válida. Para mí, fue una representación poderosa de la capacidad humana de resignificar las tradiciones sin traicionar su esencia.

    ¿Qué valor tienen las prendas si no se usan? ¿Qué importa más: la tradición viva y adaptada a las realidades de hoy, o una idea rígida que limita su alcance? Las tradiciones están hechas por personas, no al revés. No debemos olvidar que las comunidades y sus creaciones son dinámicas, y en ello radica su fortaleza.

  • Erongarícuaro

    Erongarícuaro

    Fundación y Significado Ancestral

    Erongarícuaro, cuyo nombre deriva del purépecha Erongarhikuarhu (lugar de espera), fue fundado aproximadamente en 1324 por el líder Curátame, en pleno corazón del Imperio Tarasco. Su posición estratégica a orillas del Lago de Pátzcuaro le otorgó un papel crucial como puerto para el imperio, alcanzando su apogeo hacia 1440, cuando fungía como un importante enlace comercial y cultural.

    Con la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, Erongarícuaro comenzó a transformarse bajo el dominio europeo. En 1540, el pueblo quedó asignado a la encomienda de Juan Infante, y pronto se convirtió en un centro importante para la colonización y la evangelización de la región. En 1567, los franciscanos iniciaron la construcción del templo y convento de Nuestra Señora de la Asunción, una edificación que, después de años de trabajo, se consolidó como uno de los monumentos religiosos más significativos de la zona.

    La Cruz Atrial y el Misterio del Espejo de Obsidiana

    La cruz atrial de Erongarícuaro es, sin duda, uno de sus elementos más intrigantes. Aunque no hay documentación oficial que atribuya el diseño de esta cruz al surrealista André Breton, es evidente que su influencia dejó una huella indeleble en la tradición local. La cruz, con su estética única y detalles que evocan un simbolismo profundo, es reconocida como una pieza que mezcla influencias prehispánicas y coloniales de manera única.

    Cuenta la tradición oral que la cruz original albergaba en su centro un espejo de obsidiana, un detalle que escandalizó a las autoridades religiosas de la época y que, eventualmente, llevó a su destrucción durante la Guerra Cristera en los años 1920. Para los purépechas, la obsidiana era un material sagrado que representaba el vínculo con sus dioses, por lo que su inclusión en un símbolo cristiano era un claro sincretismo cultural que desafiaba los ideales religiosos de la época.

    Un Refugio para el Arte Surrealista

    Erongarícuaro adquirió fama internacional en la década de 1940, cuando el pintor surrealista Gordon Onslow Ford compró un antiguo molino en el pueblo. La propiedad de Onslow Ford pronto se transformó en un refugio para artistas e intelectuales, quienes, atraídos por la tranquilidad y el misticismo de este rincón michoacano, hicieron de él un espacio de creatividad y experimentación artística.

    Entre los visitantes ilustres de Onslow Ford estaban Remedios Varo y Leonora Carrington, figuras prominentes del surrealismo que encontraron en Erongarícuaro un lugar perfecto para inspirarse y desarrollar sus obras. Las reuniones en el molino eran célebres; en ellas, se compartían ideas, se exploraban conceptos y se celebraba el arte en su estado más puro y libre. La magia de Erongarícuaro, con sus atardeceres dorados y sus leyendas ancestrales, se convirtió en un componente esencial de las creaciones de estos artistas.

    Transformación y Modernidad: De Comunidad Indígena a Municipio

    A pesar de su relevancia histórica y artística, fue hasta 1831 cuando Erongarícuaro obtuvo el estatus de municipio, consolidando su autonomía dentro del estado de Michoacán. A lo largo de los siglos, este pueblo ha sabido mantener su identidad purépecha y su esencia mística, resistiendo las transformaciones políticas y sociales que han marcado a México.

    Hoy, Erongarícuaro sigue siendo un destino atractivo para quienes buscan inspiración en la naturaleza, la historia y el arte. Con cada visita, el pueblo parece revelar nuevos secretos, desde la enigmática cruz atrial hasta sus paisajes encantadores y su gente hospitalaria. Es un lugar donde el tiempo parece detenerse, invitando a quienes llegan a descubrir en sus calles, sus templos y su lago, un universo único donde la historia y el arte se encuentran en cada rincón.

  • Hortelanos

    Hortelanos

    Hace varias semanas que una idea ronda en mi mente. Asistí a un evento en Uruapan donde varios artistas participaron, entre ellos un grupo de Hortelanos del Barrio de Santa María Magdalena. Sus máscaras hechas de guajes, sus capotes de palma, sus sombreros y demás parafernalia artesanal me parecieron profundamente intrigantes. No era la primera vez que los veía, pero en esta ocasión les acompañaba una narración que añadía otro nivel de profundidad a la experiencia.

    Recordé el pasaje del evangelio de Juan, cuando María Magdalena, al buscar a Jesús en el sepulcro, se encuentra con alguien que confunde con el hortelano. Jesús le dice:

    Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

    San Juan 20:15-18

    Jesús había sido sepultado en un jardín, un lugar rodeado de plantas y árboles, lo cual era común en los cementerios de la época. Era natural que hubiera un hortelano cuidando aquel espacio de descanso y reflexión, pero la confusión de María no parece solo una coincidencia.

    Mientras escuchaba la narración de los Hortelanos de Santa María Magdalena y admiraba sus máscaras de guaje, empecé a notar conexiones que me resultaron interesantes. Los guajes, un recurso natural de la región, son comúnmente usados para crear máscaras que representan rostros de animales, algunos de los cuales pueden encontrarse entre las hortalizas de los campos. Al igual que los Itzingos del barrio de San Pedro, estos personajes encuentran inspiración en los animales de la tierra, seres que se mueven en las sombras de las raíces.

    Relación con la tradición purépecha

    Puede decirse que todos los animales que viven bajo la tierra eran considerados por los tarascos como representantes de los dioses de la muerte, máxime cuando devoraban las raíces, como los topos, y producían la muerte de los plantíos.

    Mitología Tarasca Pag. 99

    Aquí es donde comenzó mi reflexión. En la cosmovisión tarasca, ciertos animales subterráneos eran considerados mensajeros de los dioses de la muerte, especialmente aquellos que devoraban las raíces, como los topos, pues dañaban los cultivos y, en cierto modo, traían “muerte” a la tierra que tanto costaba cultivar. Es curioso pensar en el paralelismo entre esta visión y la imagen bíblica del sepulcro en un jardín, donde la vida y la muerte están tan estrechamente conectadas.

    ¿Será acaso muy rebuscado imaginar que estas imágenes, el hortelano y los ciclos de vida y muerte, podrían guardar alguna resonancia entre ambas culturas? Los animales que devoran los cultivos y el “jardinero” que custodia el sepulcro de Jesús podrían ser símbolos de la transición entre la vida y la muerte, tanto en la tradición bíblica como en la tarasca. Quizá solo sea una coincidencia, o quizá ambas historias reflejen la misma fascinación humana por los ciclos de la naturaleza, donde la vida siempre brota de la muerte, y donde cada final es, en realidad, un nuevo comienzo.

    Esta idea, la del “jardinero” como guardián de estos ciclos, me sigue intrigando. ¿Podría una historia haber influido en la otra? O, más allá de influencias directas, ¿será que los símbolos de vida y muerte que surgen de la tierra son, en el fondo, universales? Tal vez, como los Hortelanos del Barrio de Santa María Magdalena, todos buscamos entender nuestra conexión con la tierra y los misterios de lo que está oculto, tanto en la tierra como en la vida misma.

     

    Acá un pequeño documental de Alfonso Silva Pacheco sobre los Hortelanos del Barrio de la Magdalena que no se pueden perder.

  • Tata Alfredo Melchor Victoriano

    Tata Alfredo Melchor Victoriano

    “Que bonito gorrioncillo xanika sesi arhika pireni”.

    01/03/1947~20/10/2024

    Tata Alfredo ka Nana María sesi arhiperati ma namoni jurhia i parhajpini jimpo.

    Tata Alfredo, nacido en Tarecuato, cantautor de pirekuas como: Male Dominguita, Tumbi Sapichu Norteñu, Gorrioncituech, Juya Juya, Tarecuato anapuech uachech, entre decenas más; nos ha dejado este domingo por la mañana. Era el último integrante con vida de los iniciadores del Conjunto Los Gorrioncitos de Tarecuato.

    El viernes por la tarde platicaba con tata Alfredo y recordaba con alegría que el nombre de Los Gorrioncitos de Tarecuato, se los puso don Francisco Elizalde García, allá por el año 1979, cuando cada domingo se presentaban a la XEZM en la ciudad de Zamora a cantar sus pirekuas, junto a Roberto Mateo (Silandro), Juan Ventura e Isidro Blas. Ese mismo año grabaron un disco con varios temas que se han popularizado en toda la región.

    A lo largo de los años el  Conjunto recibió varios premios, admirando siempre esa jubilosa melancolía que describe su primer fonograma.

    Tata Alfredo es reconocido y respetado por ser un gran cantautor. Ayer fue su última presentación en la comunidad de Acachuen, con el nuevo grupo naciente de mismo nombre.

    Su legado que perdurará siempre, comenzó con la ilusión de un campesino y una guitarra vieja de 15 pesos. Gracias Tata Alfredo Melchor, por hacer con tus pirekuas, embriaguez y refugio de las penas de toda una generación. Te quedamos en deuda…

    Esteban Sevastian Valencia

    Con respeto a la familia Melchor Manzo