Categoría: Columnas

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  • Celebramos 10 Años de Uërani

    Exposición colectiva · Pasarela artesanal · Música tradicional

    📍 Centro Cultural del Antiguo Colegio Jesuita y Museo de Artes e Industrias Populares, Pátzcuaro Michoacán
    📅  21 de junio de 2025

    Este 2025, celebramos 10 años de Uërani con un evento especial que reúne arte, tradición, identidad y comunidad. A través de una exposición colectiva, una muestra y pasarela de textiles y otras técnicas artesanales como cera escamada, alfarería, joyería, fibras vegetales, y presentaciones musicales, te invitamos a formar parte de un recorrido visual, estético y sonoro por la experiencia de ser p’urhépecha.

    🎨 Convocatoria para artistas visuales

    Invitamos a artistas visuales a participar en la exposición colectiva del 10º aniversario de Uërani, que se llevará a cabo en el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita de Pátzcuaro y permanecerá abierta al público durante aproximadamente dos meses.

    Disciplinas aceptadas:

    • Dibujo

    • Pintura

    • Ilustración digital (formato impreso)

    • Escultura

    • Pirograbado

    • Grabado

    • Fotografía

    • Otras expresiones visuales

    Tema:
    “Ser p’urhépecha” desde una perspectiva libre. Puedes abordar aspectos como:

    • Cosmovisión y espiritualidad

    • Fiestas tradicionales

    • Comunidad y territorio

    • Lengua

    • Saberes ancestrales

    • Vida cotidiana

    • Relación con la naturaleza

    • Identidad contemporánea

    Requisitos técnicos:

    • La obra deberá medir mínimo 30 cm y máximo 2 metros por su lado más largo.

    • Las piezas deberán ser entregadas presencialmente en el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita de Pátzcuaro a más tardar durante la primera semana de junio de 2025 (excepto lunes, día en que el recinto permanece cerrado).

    📩 Registra tu propuesta en: www.uerani.com.mx/registro-artistas

    🧵 Convocatoria para artesanas y artesanos

    Convocamos a artesanas y artesanos a participar en la exposición artesanal que se realizará en el Museo de Artes e Industrias Populares/Museo de Artes y Oficios de Pátzcuaro, abierta al público por dos meses como parte de las celebraciones del aniversario de Uërani.

    No hay un tema obligatorio para esta sección, pero invitamos a explorar nuevas posibilidades creativas desde las técnicas tradicionales, expandiendo los lenguajes y las propuestas.

    Técnicas y materiales admitidos incluyen, pero no se limitan a:

    • Textiles (bordado, tejido, telar, etc.)

    • Arte plumario

    • Fibras vegetales

    • Madera tallada

    • Alfarería

    • Cerería

    • Orfebrería / Joyería

    • Cobre martillado

    • Otros oficios tradicionales o híbridos

    Entrega de piezas:
    Las obras deberán entregarse presencialmente durante la primera semana de junio de 2025 en el museo sede para su resguardo, curaduría y montaje.

    📩 Registra tu propuesta en: www.uerani.com.mx/registro-artesanos

    ✨ Pasarela y muestra artesanal

    Además de la exposición, las y los artesanos podrán participar en la muestra y pasarela artesanal, donde podrán presentar hasta 10 piezas. También se organizarán mesas de diálogo para que puedan compartir su proceso, historia y trabajo directamente con el público.

    🎉 Inauguración

    La inauguración oficial de ambas exposiciones será el 21 de junio de 2025, día en que también realizaremos:
    📸 Una sesión fotográfica con artistas y artesanos participantes, cuyas imágenes formarán parte de un catálogo digital alojado en este sitio web.

  • Afinando el camino: Sule Vega

    Hay caminos que parecen elegirse solos. A veces no hay una razón clara, solo una chispa, un impulso, una decisión que parece casual pero que se convierte en el eje de toda una vida. Así comenzó la historia de Suleyma Vega con la trompeta. Tenía nueve años, estaba en la primaria, y le pidieron elegir un instrumento para una actividad extracurricular. No sabía muy bien por qué la trompeta. Tal vez fue su forma, su brillo, su sonido desafiante, o quizá un eco inconsciente de su abuelo trompetista. Lo cierto es que la eligió sin saber que ese gesto marcaría su destino.

    Hoy, años después, Sule no solo ha hecho de ese instrumento su voz principal, sino que también se ha convertido en una figura clave en la escena musical de Michoacán. No por los aplausos o los reconocimientos —aunque no han faltado—, sino por su compromiso con el arte, la educación, la cultura y, sobre todo, por su firme deseo de abrir camino en un terreno históricamente dominado por hombres: los metales.

     

    “Mi mayor inspiración siempre ha sido sobresalir en un campo donde casi no había mujeres”

    Sule Vega

    Al principio, no tenía referentes femeninos cercanos. Fue hasta que ingresó, a los 12 años, a la Orquesta Filarmónica Juvenil de Morelia (LAOFIM), cuando conoció a la maestra Jenny Cárdenas, cornista de la Orquesta Sinfónica de Michoacán. Esas primeras clases con ella fueron determinantes. No solo aprendió técnica; aprendió que era posible, que sí había mujeres como ella en el mundo de los metales, aunque fueran pocas.

    En LAOFIM, Sule tuvo su primer contacto con la experiencia sinfónica formal. Rodeada de estudiantes del Conservatorio y de la Facultad Popular de Bellas Artes, ensayaba, compartía, aprendía. “A mis 12 años me parecía que era el mejor trabajo del mundo”, recuerda. Era más que música: era comunidad, entusiasmo, juego, crecimiento. Y ese sentimiento, más que desaparecer, se ha transformado con los años en un compromiso aún más profundo con la música y con su entorno.

    Uno de los hitos más importantes de su trayectoria fue su concierto de titulación en la Facultad Popular de Bellas Artes. “Fue el momento más emocionante de mi vida”, dice con una sonrisa que aún se percibe en su voz. No es para menos: años de esfuerzo y disciplina concentrados en una sola presentación, en un solo día que resume tantos otros.

    Otro momento clave llegó con su nombramiento como directora de la Orquesta Purépecha Nicolaita “Juchari Uinapekua”. Para Sule, este proyecto representa mucho más que una agrupación: es un espacio vivo de creación, identidad y resistencia cultural. “La música tradicional me ha acompañado desde siempre, y estar al frente de esta orquesta me emociona muchísimo”, comparte. Aquí, junto a sus compañeros, tienen la libertad y el impulso para componer, interpretar, reinventar. Hacen música desde su raíz, desde su historia, desde sus preguntas.

    La relación de Sule con su instrumento también ha evolucionado. Ha tomado clases magistrales, ha navegado entre distintos géneros, ha aprendido de muchos maestros. Su trompeta ha sonado en contextos clásicos, populares, tradicionales. Y en cada escenario, ella ha puesto algo suyo: una visión, una sensibilidad, una forma de decir que la música es tan diversa como quienes la ejecutan.

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    Hoy, además de su trabajo con la orquesta, Sule tiene la mirada puesta en seguirse formando y consolidando como trompetista solista. Quiere tocar en más escenarios, llevar su música a otros rincones de Michoacán, compartir ese lenguaje que ya no necesita traducción.

    Pero su voz no se queda en la ejecución. También quiere dejar un mensaje: “Necesitamos ser más mujeres las que toquemos instrumentos de metal. Al final, los instrumentos no tienen género.” Su presencia —y la de otras trompetistas que van abriendo camino— busca romper estereotipos, cambiar las narrativas, mostrar que la fuerza y el virtuosismo también tienen rostro femenino.

    La Orquesta Purépecha Nicolaita, además, tiene una misión clara: difundir la música purépecha en espacios universitarios, donde muchas veces sigue siendo desconocida. Interpretan piezas de grandes compositores purépechas, pero también crean las suyas, nutriendo así el legado musical con nuevas voces y sensibilidades. Suleyma reconoce que ha habido un auge reciente de orquestas de música purépecha, y lo celebra. Cada una, a su manera, fortalece la identidad cultural de la región y da lugar a nuevas generaciones de músicos que no solo interpretan, sino que también crean.

    A lo largo de su camino, los desafíos no han sido pocos, pero Sule los ha enfrentado con determinación y con alegría. Porque sí, aunque hay barreras, también hay amor por lo que hace, convicción, y una comunidad que la acompaña. En su proceso creativo, el entorno local es clave. La cultura, las tradiciones, el sentido colectivo de la música, todo eso se cuela en sus proyectos. La comunidad no solo escucha, también inspira, impulsa, transforma.

    Al preguntarle qué iniciativas de la región merecen más apoyo, no da una lista. Pero sí deja entrever algo más profundo: para que un proyecto cultural funcione en una comunidad, debe tener raíces, debe vincularse con su gente, debe ser espacio para la memoria y la imaginación. Y eso es justo lo que hace Sule con su música: teje vínculos, abre puertas, construye desde lo propio.

    Escuchar a Sule es descubrir no solo una gran trompetista, sino también una mujer que ha hecho de su instrumento una herramienta de cambio. Al verla dirigir, tocar, crear, una cosa queda clara: su historia no fue fruto del azar. Tal vez no supo por qué eligió la trompeta, pero la trompeta —desde siempre— sí supo por qué la eligió a ella.

  • Que siga sonando Tata Mateo

    Ayer por la noche, me llegó la noticia: Tata Mateo Rodríguez se había ido.

    No éramos amigos íntimos, ni parientes, ni siquiera vecinos, pero esa noticia, como la nota final de un acorde, se quedó sonando un rato.

    En el correr de mis días, entre la rutina y las ideas aferradas a la memoria, se percibe la presencia de algo más. Uno se convierte en algo difícil de entender, como parte de una canción que no termina de sonar. La música, siempre al acecho, nos acompaña, y cuando de repente se apaga, se siente la ausencia, como cuando uno bajando una escalera, se salta un escalón.
    Imagino esa hoja en la que quedó escrito el último abajeño de Tata Mateo; imagino el instrumento, olvidado, sin el temblor de sus manos ni su aliento que lo hacían hablar. Y ese silencio, tan espeso, pesa como la última nota de una guitarra que se apaga, y como un trombón que aguarda el soplo que ya no llegará.
    ¿Alguien irá a tocar esas últimas piezas? ¿Llegaremos a conocerlas y entender así un poco más de como escuchaba él la vida? 

    Tata Mateo se fue en su pueblo Ahuirán, un lunes de abril en el calor preclaro de la Semana Santa, bajo un cielo azul que parecía querer reflejar la eternidad. Con la música que tanto amaba y que él mismo compuso, se le despidió; el bajo chicoteaba, y entre abajeños que querían, a lo lejos, invitar al baile, se oían gritos que, lejos de alegrar, lloraban la pérdida. ¿Pero es acaso una pérdida definitiva? La huella de Tata Mateo es eterna, se perpetúa en su familia, en sus amigos y, sobre todo, en aquellas notas que hacía brotar del papel con gozo, como si supiera que, al tocar, la vida se haría inmortal.

    La despedida no se dio en un silencio solemne ¿Cómo le vas a presentar tus respetos con silencios a quien vivió cantando?. No, el adiós se dio entre violines, trombones, bajos y guitarras, y en cada lágrima que se mezclaba con el polvo levantado a lo lejos, como zapateos en la tierra.
    Los lamentos se volvieron pirekuas; se cantaron con la voz ronca de quienes saben que se canta para marcarse la memoria.

    Los que le quisieron se reunieron, recordándolo alegre y virtuoso, entre historias que lo hicieron famoso, aquella en que, con picardía, apodó su abajeño “¿cómo te quedó el ojito?” o cuando le pidió a su misma orquesta que tocaran piezas propias.
    Así, mientras lo devuelven a la tierra, la vida lo recoge, y en el firmamento, los mirasoles blancos se transforman en nubes que, con tenue compasión, lo llevan de esta existencia a la siguiente.

    Y en medio de este canto fúnebre, se percibe que aunque la música se apague en un instrumento, sigue vibrando en aquellos que se atreven a escuchar, a sentir, y a recordar. Porque Tata Mateo, como todos los que aman la música, nunca se irá del todo; se hará semilla y se hará eco.

  • Del Purépecha “Lugar montuoso de ranas”

    Un estado colindante con Michoacán y cuya capital se encuentra a 243 km de Paracho de
    Verduzco, es Guanajuato, llamado alguna vez Quanaxhuato que deriva del purépecha
    “Lugar montuoso de ranas” o “Lugar de muchos cerros”. Este nombre no solo nos habla de
    la geografía y topografía de la región, sino que también nos ofrece una pista de una
    conexión histórica y cultural que hay entre ambos estados.
    Entre Guanajuato y Michoacán, las diferencias culturales e históricas, que ambos estados
    han desarrollado a lo largo del tiempo, han hecho que dependiendo a lugar que visites, los
    contrastes entre ambas sean enormes, sin embargo, estas diferencias no resultan ser algo
    negativo; al contrario, resultan ser aspectos que aportan y reflejan la riqueza cultural del
    país, el cómo viajar durante unas cuantas horas por carretera te puede llevar a un mundo
    completamente distinto al que acostumbras.
    Con solo conocer el significado del nombre de Guanajuato una derivación de una palabra
    purépecha, nos da pistas de una similitud histórica y cultural entre ambos estados, y el
    cómo alguna vez formaron parte del imperio purépecha. Este punto, como se mencionó al
    inicio del artículo, nos brinda información y pistas de aquello que nos une. Esta similitud
    histórica es un punto de partida para conocer más de ambos estados.










    ¿Ajeno a Uërani?

    Posiblemente seria complicado entender para algunos lectores y miembros de la
    comunidad de Uërani, el cómo una página dedicada a la cultura michoacana, esté
    publicando artículos que hablen de cultura e historia de un estado vecino como
    Guanajuato. Sin embargo, como se menciona a inicio de este artículo, basta con conocer el
    origen del nombre de Guanajuato para darnos cuenta de todo aquello que nos une.
    Guanajuato, con su capital de estilo único, un lugar que asombra por sus casas coloniales,
    sus emblemáticos callejones llenos de leyendas, sus famosas momias y sus coloridas
    fachadas que crean vistas espectaculares, son uno de los principales atractivos turísticos
    de la región. Pero la capital del estado no es el único lugar emblemático y lleno de historia,
    San Miguel de Allende, con su típica arquitectura en sus casas, y su catedral; León,
    conocido por su industria en el calzado y la historia que guardan las calles de su centro
    histórico, Jalpa de Cánovas, un pueblo mágico lleno de historia; Cañada de Negros, con su
    tranquilidad y tradiciones; Dolores Hidalgo cuna de la independencia de México; y el Cerro
    del Cubilete, con su imponente Cristo Rey, símbolo emblemático de la Guerra Cristera, son
    solo algunos de los cientos de lugares que hacen el estado de Guanajuato un estado lleno
    de belleza y cultura.
    La misma región es también lugar de hechos que fueron clave en la historia del país, la
    decisiva Batalla de Celaya, La guerra cristera y su papel como hogar de cristeros
    perseguidos por su fe, además de ser testigo del esplendor de haciendas que alguna vez
    florecieron y hoy yacen algunas abandonadas, una tierra de minas que forjaron la
    economía de la región y ser la cuna de la independencia, hecho histórico que marcaría un
    antes y un después en toda la nación. Los números hechos históricos que han ocurrido en
    Guanajuato a lo largo del tiempo han forjado una identidad única en la región. Sin
    embargo, en muchos de los casos, desconocemos el origen exacto de tradiciones y
    costumbres que hoy definen a este estado.

    Yo como guanajuatense

    La estigmatización de lugares ocasiona que se señale y encasille a una región, ciudad u
    estado con un concepto negativo o positivo, ignorando muchas veces todos los demás
    aspectos con los que cuenta la misma. Mi propósito es compartir la historia y cultura de mi
    estado, que en algunos de los casos yo mismo desconocía, y además de poder brindar una
    perspectiva de un poco de lo que es Guanajuato, fuera de títulos de periódicos y noticias.
    Adentrarnos en la historia y cultura de Michoacán y Guanajuato, es otro de los objetivos
    principales de este y otros artículos de mi autoría, para que juntos, como lector y autor,
    podamos descubrir los lazos que en el pasado unieron a estos dos estados y que, en
    muchos aspectos, aún se conservan.

  • Tingam-Huata: El Canto del Fuego

    Bajo un cielo estrellado y en el silencio cómplice de la noche, la vida se revela como un inmenso escenario en el que cada uno de nosotros es, a la vez, actor y espectador. Somos hijos del fuego, nacidos de la chispa primigenia que encendió la existencia, y en cada latido se manifiesta la fuerza inquebrantable de nuestra esencia. ¿Qué significa realmente pertenecer a una familia de llamas? ¿Cómo conservamos la pureza de nuestro fuego interior en medio de los embates del mundo?

    La primera luz del alba nos recuerda que la vida es efímera y, sin embargo, eternamente renovable. Caminamos por senderos forjados en la fragua del tiempo, donde cada paso es una declaración de valentía y cada encuentro, un reencuentro con la memoria de aquellos que nos precedieron. En el crisol de la experiencia, nuestras costumbres se transforman en himnos de resistencia, en rituales que rinden homenaje a la esencia que no se extingue. ¿Te has preguntado, acaso, cuántas veces has sentido que tu espíritu se renueva ante el fuego de la adversidad?

    El fuego, en su danza perpetua, nos enseña sobre la resiliencia y el poder de la transformación. Como una hoguera que arde sin cesar, nuestras pasiones iluminan la oscuridad y, a la vez, moldean nuestras sendas. En el crepitar de cada llama, se esconde el eco de antiguas leyendas y el murmullo de sueños por conquistar. La pregunta que surge en el silencio del fuego es profunda: ¿estamos dispuestos a dejar que la pasión guíe cada uno de nuestros actos, aun cuando el camino se torne incierto?

    En la unión se encuentra la verdadera fortaleza. Somos hombres y mujeres valientes, portadores de un legado ancestral, guardianes de historias que se tejen entre el humo y la brisa. La comunidad se erige como un refugio, un fuego colectivo que no se apaga ante la adversidad. En cada abrazo, en cada palabra compartida, se renueva la certeza de que no estamos solos en esta travesía. ¿Acaso no sientes que la solidaridad es la chispa que enciende la esperanza en tiempos de incertidumbre?

    La juventud, vibrante y llena de ímpetu, irradia un nuevo fulgor. Es esa chispa que desafía las convenciones y despierta un anhelo de cambio. En sus ojos se refleja la promesa de un futuro que se construye con audacia y creatividad. La energía juvenil, en su forma más pura, nos invita a soñar sin límites, a reinventar lo cotidiano y a tender puentes donde antes sólo había abismos. ¿Te has detenido a pensar en el poder que tiene cada generación para transformar la realidad?

    A lo largo de este viaje, las preguntas se convierten en compañeros de ruta. ¿Qué legado queremos dejar? ¿De qué manera haremos resonar el canto del fuego en las venas del mañana? Estas interrogantes no son meros ecos del pasado, sino faros que iluminan el camino hacia una existencia plena y consciente. Cada respuesta que encontramos es un tributo a la fuerza que llevamos dentro, a ese fuego inextinguible que nos impulsa a avanzar, a reinventarnos y a abrazar la vida con pasión desbordante.

    En la penumbra del crepúsculo, cuando el murmullo del viento se confabula con el susurro del fuego, se esconde la esencia misma de la existencia. Allí, en el borde entre la luz y la sombra, descubrimos que ser hijos del fuego es ser partícipes de una eterna danza de transformación. Somos la llama viva que se rehúsa a extinguirse, que se reinventa con cada amanecer y que, en su resplandor, lleva consigo el testimonio de la vida en su forma más sublime. ¿Qué es lo que realmente nos define? ¿Es la fragilidad de la existencia o la fuerza inquebrantable del espíritu humano?

    Y así, en cada instante, cuando el eco del fuego resuena en nuestros corazones, recordamos que la verdadera magia reside en la comunión con los demás. En la fusión de historias, en la convergencia de sueños, se forja un futuro donde la individualidad se enriquece con la diversidad y la unión se transforma en el faro que nos guía a través de la tormenta. La vida, en su esencia, es un canto inacabado; una sinfonía en la que cada nota es vital, cada pausa, significativa.

    Mientras avanzamos en este sendero iluminado por la pasión y la fraternidad, la pregunta final se cierne en el horizonte: ¿Estás dispuesto a encender tu propia llama, a dejar que el fuego de tus convicciones arda con intensidad, y a unirte a la sinfonía de aquellos que creen que, unidos, somos capaces de transformar el mundo? Porque en cada uno de nosotros reside la chispa que puede iniciar un cambio, la fuerza para desafiar la oscuridad y el coraje para soñar un futuro donde la luz de nuestra esencia nunca deje de brillar.

     

  • ¿Qué significa el nombre de mi pueblo? Parte II

    Encontrar el significado de muchos de estos nombres a veces se complica. Hay diferentes versiones derivadas de relatos, cosas que la gente cuenta, algún dato en un libro o en otro, lo que uno encuentra en vocabularios, en libros y demás. Y pues, nada como buscar y comparar datos… aunque a veces las piezas del rompecabezas parecen encajar más por voluntad propia que por evidencia sólida.

    Tomemos Capacuaro, por ejemplo. Según el libro Toponimia Tarasco-Hispano-Nahoa del Lic. Cecilio A. Robelo, su significado sería “lugar de abejas de miel”. La Nomenclatura Geográfica de México del Dr. Antonio Peñafiel corrobora esto, señalando que viene de capari, un género de abejas. Sin embargo, cuando esta comunidad fue elegida para ser sede del Kurikuaeri K’uinchekua (Fiesta del Fuego Nuevo), se compartió que K’apakuarhu significa “lugar donde se juntan los cerros”. Aquí es donde algo se me escapa: si “juntar” es kurhitani o tánani, y “cerro” es juata, ¿dónde quedó la conexión? A menos que tacurani acapacuni (“coser una cosa con otra”) tenga algo que ver. ¿Alguien que nos oriente?

    Lo mismo pasa con UaianarhioGuayangareo o Morelia pues, cuyo significado se repite como “Loma larga chata”. Pero, ¡sorpresa!, si “loma” es k’úmsta y “larga” es iósti, ¿Será un error de traducción, una leyenda urbana o una fusión lingüística? Nuevamente, necesitamos apoyo de algún hablante nativo que nos saque del hoyo etimológico.

    Ichán es otro caso intrigante. Me contaron que viene de Íichan (“a estos”), porque cuando los pueblos de Eraxamani (“ir derecho su camino”) se establecieron en su ubicación actual, los vecinos de Tacuro (Tecolote) y Huancito (Habla) se referían a ellos así: “esa tierra será para estos“. Pero, ¿dónde quedó el registro escrito de este chisme histórico?

    Y hablando de chismes, Carapan tiene su telenovela. Algunos dicen que viene de carani (“escribir”) o cararani (“subir”), argumentando que el terreno asciende hacia la sierra. Pero los libros, fieles a su estilo dramático, insisten en que deriva de caras (“gusanos”). ¿Acaso hubo una plaga olvidada o es solo un malentendido fonético?

    Tanaco y Tanaquillo también alimentan el misterio. ¿Serán variantes de un mismo término o nombres independientes, aunque derivados de qué palabra? Mientras tanto, Acachuén oscila entre dos teorías: la académica, que lo vincula a Acahuequa (“cacles” o “zapatos”), y la popular, que mezcla el español “acá” con chéni (“tener miedo”). ¿Un lugar de calzado o de sustos repentinos? ¡Ustedes deciden!

    Urén no se queda atrás (Je, pésimo chiste). ¿Viene de urhepani (“ir adelante” o “ser líder”) o de uri (“nariz”), metáfora de “punta” o “lo que va al frente”? Si hasta la nariz apunta direcciones, quizá ambas ideas no están tan lejos…

    Y luego está Tangancícuaro, el rey de las interpretaciones creativas. Unos dicen que es “lugar donde se juntan tres aguas”, aunque yo sospechaba de tangaritani (“echar algo hacia adelante”). Pero los textos, como el del Padre Lagunas, apuntan a thangatzeni (“hincar algo en el suelo”) o thangatzecua (“palo clavado”). ¿Estacas, aguas o proyección hacia el futuro? 

    Camécuaro, por su parte, parece más sencillo: los libros indican que es “lugar de cierta hierba llamada cami“. Aunque, pensándolo bien, ¿qué hierba era esa? ¿Alguna medicinal, sagrada o simplemente la que crecía a sus anchas?.

    Mientras debatimos, recordemos: la toponimia es un campo minado de suposiciones, donde hasta una “nariz” puede guiarnos a un líder. Y si alguien se ofende por nuestras elucubraciones, siempre podemos decir: “¡Así lo leí en un libro… o me lo contó un vecino!”. ¿Qué más da? Al final, lo divertido es seguir buscando… y que alguien siempre llegue a corregirnos con pasión.





    Toponimia Michoacana


    Toponimia Michoacana



  • ¿Quién te nombró guardián de la tradición?

    Recuerdo hace algunos años cuando en la televisión se difundían reportajes sobre la lucha de los gobiernos contra la piratería. Estos programas mostraban el desmantelamiento de espacios en la Ciudad de México dedicados a copiar música y películas, lugares donde se reproducían cientos de discos al día. La narrativa de aquellos reportajes era clara: se buscaba proteger la integridad de las creaciones originales, al mismo tiempo que se instaba a la población a adquirir productos legítimos. Imágenes de comerciales en los que se advertía sobre la “fayuca” – donde un niño descubría que su padre compraba productos de dudosa procedencia – se convirtieron en parte del imaginario colectivo.

    Pero la discusión sobre lo original y lo auténtico no se limita únicamente al ámbito de la música, el cine o incluso a los productos electrónicos, calzado, ropa o alimentos. Hoy en día, observamos una tendencia similar en el terreno de la identidad y el origen de las personas. Existe una inquietud, a veces irracional, por encontrar en el linaje familiar, étnico o comunal una marca indeleble que determine quién pertenece a qué grupo. Esta actitud, que en apariencia busca la preservación de la tradición, a menudo se traduce en una segregación que impide la verdadera integración y enriquecimiento cultural.

    El Sentido de Pertenencia: Raíces y Tradiciones

    El ser parte de una comunidad significa, en esencia, compartir una historia, unas costumbres y un conjunto de valores que se han transmitido de generación en generación. Estas tradiciones no solo conectan a las personas con su pasado, sino que también ofrecen una brújula para navegar el presente y proyectar el futuro. Por ejemplo, en muchos pueblos y ciudades de América Latina, las festividades tradicionales – como la celebración del Día de Muertos en México o las festividades de Carnaval en Brasil – se han convertido en espacios en los que se reafirman lazos comunitarios y se transmiten enseñanzas ancestrales.

    Estas celebraciones son una manifestación viva del patrimonio cultural, en las que se conviven ritos, música, danzas y una narrativa compartida que va más allá de lo meramente estético. Sin embargo, en la búsqueda de mantener “la pureza” de estas tradiciones, algunos grupos han empezado a erigir barreras que limitan la participación a aquellos que, según ciertos criterios, serían “auténticos” portadores de la tradición. Esta actitud contrasta radicalmente con el espíritu original de la comunidad, que, por definición, es inclusiva y abierta a la evolución.

    Desde tiempos remotos, las tradiciones han servido como puente entre el pasado y el presente. Las festividades, rituales y expresiones artísticas son testimonios vivos de la historia de un pueblo. Pero cuando el énfasis se coloca en mantener una “pureza” inalterable, se corre el riesgo de encerrar la cultura en un molde rígido. Esta visión restrictiva no solo ignora la naturaleza dinámica de las tradiciones, sino que también abre la puerta a actitudes de segregación y discriminación.

    Es común observar cómo, en nombre de la preservación, se establecen barreras que impiden la participación de nuevos integrantes o de aquellos que, por distintas razones, no cumplen con ciertos criterios de “autenticidad”. La identidad de una comunidad, que en esencia debería ser un ente en constante construcción, se ve entonces reducida a una serie de características fijas, lo que limita su capacidad de adaptarse a los cambios y de incorporar nuevas influencias. Esta tendencia se asemeja al combate contra la piratería en los medios, en el que se defendía la originalidad de un producto cultural, pero que en el terreno de la identidad humana puede transformarse en una búsqueda irracional de exclusividad.

    Comercio tradicional

    La Piratería y la Búsqueda de la Originalidad: Un Paralelo Inesperado

    La lucha contra la piratería, en sus orígenes, fue concebida como un combate por la protección de la creatividad y la innovación. Se defendía la idea de que cada creación tenía un valor intrínseco que merecía ser respetado y protegido frente a copias sin escrúpulos. De manera similar, cuando se trata de la identidad y el origen de las personas, existe la creencia de que cada individuo debe contar con un “origen original” y auténtico que lo defina y lo haga merecedor de ciertos derechos o pertenencias.

    En este sentido, es posible trazar un paralelismo entre la batalla contra la piratería y la actual obsesión por la autenticidad en términos étnicos, familiares o comunales. Mientras que en el primer caso se intentaba proteger el derecho a la originalidad de una obra, en el segundo se busca, de forma muchas veces irracional, delimitar quién es “legítimo” para pertenecer a una comunidad. Esta práctica ha dado lugar a una especie de “policía del linaje”, en la que algunos individuos se autoproclaman guardianes de la tradición y se creen en la facultad de incluir o excluir a quienes consideran ajenos o indignos de un legado cultural.

    El peligro de esta actitud radica en su capacidad para fragmentar y dividir a la sociedad. Cuando la identidad se reduce a un conjunto de orígenes fijos y se utiliza como criterio exclusivo para la pertenencia, se corre el riesgo de caer en posturas excluyentes que impiden el diálogo y la evolución. Las comunidades que han sobrevivido a lo largo de los siglos lo han hecho precisamente gracias a su capacidad de adaptación y a la inclusión de nuevas ideas y prácticas, sin dejar de honrar su pasado.

    La Fragilidad de la “Autenticidad” y el Riesgo de la Exclusión

    El anhelo por preservar las tradiciones y mantener un sentido de pertenencia puede transformarse en una fuerza de cohesión, pero también en un arma de doble filo cuando se utiliza para justificar la segregación. En muchos casos, la exaltación de la “originalidad” se convierte en una barrera que impide el reconocimiento de la diversidad interna de cada comunidad. Por ejemplo, en algunas festividades tradicionales se ha observado cómo ciertos sectores intentan imponer reglas estrictas sobre quién puede participar y de qué manera, basándose en criterios de linaje o “verdadera” autenticidad.

    Una anécdota ilustrativa de este fenómeno puede encontrarse en algunas comunidades indígenas que, pese a tener una rica tradición de apertura y solidaridad, han empezado a cuestionar la participación de personas que no comparten ciertos rasgos “puras” de su herencia. Este tipo de actitudes no solo erosiona la esencia misma de la comunidad, sino que además limita la posibilidad de aprender y crecer a partir de la diversidad. Es fundamental recordar que las tradiciones son entidades vivas, en constante evolución, y que su riqueza reside precisamente en la capacidad de adaptarse a los tiempos y a las influencias externas.

    Asimismo, es importante cuestionar la idea de que existe un “certificado de autenticidad” que pueda legitimar el origen de una persona o su derecho a pertenecer a una comunidad. La historia nos enseña que las identidades son construcciones fluidas y complejas, resultado de encuentros, mezclas y transformaciones a lo largo del tiempo. Por ello, insistir en una noción fija y excluyente de lo “auténtico” es negar la dinámica natural de las culturas y, en última instancia, contribuir a la división y al conflicto.

    Ejemplos de Integración y Evolución Cultural

    Para comprender mejor este fenómeno, es útil recurrir a ejemplos históricos y contemporáneos en los que la integración y la apertura han sido factores decisivos para la preservación y la evolución de las tradiciones. Un ejemplo emblemático es el mestizaje en América Latina. Desde la época precolombina hasta nuestros días, la fusión de culturas – indígenas, europeas y africanas – ha generado una riqueza cultural sin igual, donde las tradiciones se han transformado y adaptado, dando lugar a expresiones artísticas, culinarias y festivas que hoy se celebran con orgullo.

    Otro ejemplo lo encontramos en la música. Géneros como el jazz, el blues y, más recientemente, la fusión de ritmos tradicionales con sonidos modernos, demuestran que la creatividad surge cuando se permite la libre circulación de influencias y se rechaza la rigidez de una “originalidad” inmutable. En este sentido, la autenticidad no se pierde al abrirse a nuevas corrientes; al contrario, se enriquece al incorporar matices y experiencias diversas.

    En tiempos recientes, se han presentado situaciones que ilustran de manera clara este dilema entre preservación y exclusión. Un ejemplo reciente es la selección de la nueva sede del Fuego Nuevo para la comunidad de Tingambato. Este nombramiento ha generado controversia, pues numerosos comentarios provenientes de diversas comunidades sostienen que ellos serían más merecedores de recibir tal distinción, argumentando que preservan mejor su lengua y tradiciones. Sin embargo, es fundamental comprender que la elección de Tingambato no responde a una supuesta “pureza” inmutable, sino que se ha tomado precisamente para incentivar un proceso interno de recuperación y fortalecimiento cultural. La meta es que, al ser reconocida como sede, la comunidad se convierta en un centro de reactivación de tradiciones que han sufrido un desgaste con el paso del tiempo.

    Este ejemplo pone en evidencia cómo, en ocasiones, se confunde el reconocimiento de una comunidad con la idea de que ésta es la “única” legítima portadora de una tradición. En realidad, la selección de Tingambato busca precisamente encender un proceso de renovación interna, en el que se trabaje para recuperar aspectos esenciales – como el uso del idioma ancestral y ciertos ritos olvidados – que se han debilitado por la modernidad y la influencia de corrientes externas. Lejos de ser un premio a la exclusividad, se trata de una estrategia para revalorizar lo que podría perderse si se dejara la tradición estancada en un modelo rígido.

    Otro caso revelador se da en Uruapan, durante la organización del carnaval. Tradicionalmente, esta festividad ha sido el reflejo del espíritu colectivo de los barrios originales de la ciudad. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha observado una tendencia a excluir a las nuevas colonias o comunidades emergentes, argumentando que, al no formar parte de los barrios tradicionales, su participación diluye la “pureza” del carnaval. Esta actitud, además de ser arbitraria, resulta contraproducente, ya que la riqueza del carnaval – como de cualquier celebración cultural – radica en la mezcla de experiencias y en la incorporación de nuevas voces que enriquezcan la manifestación festiva.

    El problema radica en que, al excluir a aquellos que desean participar y preservar las tradiciones que conocen, se fomenta una segregación que envenena el espíritu comunitario. La exclusión por origen o por pertenecer a una nueva comunidad solo refuerza divisiones y limita la capacidad de la cultura para renovarse. La verdadera fuerza de una tradición reside en su flexibilidad y en la capacidad de adaptarse a las transformaciones sociales, sin perder de vista sus raíces.

    Reflexiones sobre la Preservación de Tradiciones

    La preservación de las tradiciones es un objetivo loable y necesario para mantener vivas las raíces culturales de una sociedad. Sin embargo, es importante cuestionarse si la fijación en la “originalidad” y en la pureza de un linaje no termina por limitar el potencial transformador de una comunidad. ¿Qué ocurre cuando la búsqueda de la autenticidad se convierte en un pretexto para excluir a quienes podrían aportar nuevas perspectivas y enriquecer la experiencia colectiva o simplemente no dejar morir las tradiciones?

    Una de las grandes paradojas de la preservación cultural es que, a pesar de buscar mantener intacto el legado del pasado, es precisamente la capacidad de adaptación la que ha permitido a las tradiciones perdurar a lo largo del tiempo. Las culturas que han sabido incorporar elementos externos sin renunciar a su esencia son las que hoy se reconocen por su dinamismo y resiliencia. Por el contrario, aquellas que se encierran en un rígido concepto de pureza pueden encontrarse, irónicamente, en una situación de estancamiento, donde la innovación y la creatividad se ven coartadas.

    Esta reflexión invita a repensar el concepto de “originalidad”. ¿Acaso la autenticidad debe medirse únicamente en función del origen o del linaje? ¿O es posible redefinirla como la capacidad de mantener viva una tradición a través de la inclusión y el diálogo? La respuesta, aunque compleja, parece inclinarse hacia esta última posibilidad. La autenticidad real no radica en la exclusión, sino en el reconocimiento de que todas las tradiciones tienen la capacidad de renovarse y enriquecerse mediante la diversidad, ¡así cómo estas hicieron en su origen!.

    Un ejemplo revelador de esta visión es el movimiento de rescate cultural que se ha observado en distintas partes del mundo. Grupos de jóvenes y organizaciones comunitarias han impulsado proyectos para revivir técnicas ancestrales de tejido, cocina o música, incorporando al mismo tiempo elementos contemporáneos. Estas iniciativas no buscan borrar las diferencias ni homogeneizar la identidad, sino resaltar el valor intrínseco de las tradiciones y abrirlas a la participación de todos, sin importar el grado de “pureza” de su origen.

    El Papel de los Guardianes de la Tradición

    En muchos contextos, existen individuos o colectivos que se autodenominan “guardianes de la tradición”. Su misión, según ellos, es proteger el legado cultural de la influencia de prácticas ajenas o “puras” que pudieran alterar la esencia original de sus costumbres. Sin embargo, esta postura puede resultar contraproducente cuando se utiliza para excluir y segmentar en lugar de integrar.

    Los llamados guardianes de la tradición a menudo utilizan discursos que apelan a la nostalgia y a la conservación de un pasado idealizado, en el que todo era “más auténtico” y puro. Este discurso, si bien puede resonar en ciertos sectores, corre el riesgo de transformarse en una herramienta de discriminación. La idea de que solo unos pocos son legítimos portadores de una herencia cultural y que el resto debe ser excluido o marginado es, en definitiva, una forma de segregación que empobrece la riqueza de la experiencia colectiva.

    Es fundamental cuestionar este rol y proponer una visión más inclusiva de la tradición. En lugar de ver la cultura como un patrimonio estático que debe ser protegido a ultranza, es posible concebirla como un organismo vivo, que se nutre de la diversidad y se fortalece con la participación de todos sus miembros. La verdadera labor de los guardianes de la tradición debería ser precisamente la de abrir espacios de diálogo y aprendizaje, en los que se reconozcan las aportaciones de cada individuo, sin importar su origen exacto.

    Hacia una Comunidad Inclusiva

    La irracional búsqueda de la originalidad y la obsesión por un linaje “puro” son manifestaciones de una necesidad profunda de encontrar seguridad y pertenencia en un mundo cada vez más globalizado y cambiante. Sin embargo, estos mecanismos de identificación pueden resultar limitantes y, en última instancia, perjudiciales para la cohesión social. Es preciso recordar que las comunidades, en su esencia, son espacios de encuentro y de construcción colectiva, donde la diversidad se convierte en una fortaleza y no en una amenaza.

    La integración de nuevos elementos, la apertura a la influencia de otras culturas y la capacidad de reinventar las tradiciones son, en última instancia, las claves para el fortalecimiento de una identidad colectiva. Cada festividad, cada rito y cada costumbre son el resultado de múltiples influencias y de la convergencia de diversas experiencias humanas. Negar esta complejidad es, en cierto modo, renunciar a la verdadera riqueza de la cultura.

    Un buen ejemplo de esta filosofía se puede observar en el ámbito gastronómico. La cocina, en muchas partes del mundo, es el reflejo de la mezcla de ingredientes, técnicas y tradiciones de diferentes comunidades. Platos emblemáticos que hoy consideramos “típicos” han surgido precisamente de la fusión de culturas y de la adaptación de recetas a lo largo del tiempo. La aceptación de estos cambios y la apertura a la experimentación han permitido que la gastronomía se convierta en un lenguaje universal, capaz de unir a personas de diversos orígenes.

    Por ello, es importante fomentar el diálogo y la reflexión sobre el verdadero significado de la autenticidad. ¿Debe la pertenencia a una comunidad medirse en términos de pureza de linaje, o en la capacidad de contribuir al tejido colectivo con ideas, emociones y experiencias? La respuesta a esta pregunta es crucial para construir sociedades más justas y abiertas, donde el respeto por la tradición conviva con la celebración de la diversidad.

    El reto es encontrar un equilibrio entre la preservación de lo que nos define y la aceptación de que lo que somos también se forja a partir de nuevas experiencias y contactos. En este sentido, la educación y el diálogo intercultural se erigen como herramientas fundamentales para romper con paradigmas excluyentes y promover una visión de la tradición como algo vivo y en constante transformación.

    Y bueno, para terminar

    En definitiva, el sentido de pertenencia a una comunidad y la preservación de las tradiciones son aspectos esenciales para la construcción de nuestra identidad. Sin embargo, la obsesión por la originalidad puede terminar por minar ese mismo sentido de comunidad al fomentar la exclusión y la segregación. La historia y la experiencia nos demuestran que la verdadera riqueza de las culturas reside en su capacidad de adaptarse, de integrar nuevas influencias y de reinventarse sin perder de vista sus raíces.

    Invito a cada lector a reflexionar sobre su propia identidad y sobre el valor que le otorga a las tradiciones. ¿Qué significa para nosotros ser parte de una comunidad? ¿Cómo podemos preservar lo mejor del pasado sin caer en la trampa de la exclusión? La respuesta, aunque compleja, radica en comprender que la cultura es un ente vivo, que se nutre de la diversidad y que se fortalece en el intercambio constante. Solo así lograremos construir sociedades más inclusivas y resilientes, capaces de enfrentar los desafíos de un mundo en constante cambio sin renunciar a sus raíces.

    En última instancia, debemos reconocer que la identidad y la tradición no son elementos inmutables, sino un conjunto de historias, experiencias y aportaciones que se van tejiendo a lo largo del tiempo. Al adoptar una visión más flexible y abierta, podremos superar los límites impuestos por una búsqueda obsesiva de la “originalidad” y, en cambio, celebrar la riqueza de la diversidad humana. Esto no solo fortalece el tejido social, sino que también enriquece nuestro propio sentido de pertenencia y nuestra capacidad para mirar al futuro con esperanza y creatividad.

    El desafío está en transformar la actitud de “guardianes de la tradición” en la de facilitadores de un diálogo que incluya a todos, sin importar el origen o el linaje. Así, en lugar de construir muros que separan, estaremos edificando puentes que unan y que permitan a cada persona sentirse parte activa y valorada de una comunidad en constante evolución.

    En un mundo donde la globalización y la migración redefinen las fronteras culturales, abrazar la diversidad se convierte en una necesidad imperante. La verdadera autenticidad no radica en la exclusión, sino en la capacidad de reconocer que todos contribuimos a la creación de una herencia común. Es en esta intersección, entre la tradición y la innovación, donde se forja una identidad robusta, capaz de resistir las transformaciones y de adaptarse a los desafíos del futuro.

  • Hogar: Dónde el fogón abraza cálidamente.

    En mi bello terruño, donde la tierra de mis padres guarda secretos ancestrales, cada noche se convertía en un ritual sagrado. Cuando el sol, majestuoso en su ocaso, se retiraba y desplegaba su manto de sombras y luces, el amor de mi familia se alzaba como un refugio celestial que cobijaba mi corazón de niño. Era en ese instante cuando la magia comenzaba: el fogón, centinela incansable de nuestras almas, encendía no solo la leña, sino también los instantes que, como brasas eternas, arderían en mis recuerdos.

    El fuego, con su lenguaje mudo y sabio, atesoraba cada palabra, cada risa y cada secreto compartido. Era testigo silente de pláticas que fluían como ríos de emoción, llevando en su caudal el eco de historias pasadas y promesas futuras. Cada chispa danzaba en la penumbra, convirtiéndose en una metáfora de esos momentos intensos, efímeros y, sin embargo, infinitamente duraderos en el alma.

    Tras el ritual del fogón, el aroma reconfortante de un tecito llenaba el aire, y mi madre, con la ternura de quien conoce el valor de cada instante, me acurrucaba en aquella vieja cama. Allí, entre sábanas que resguardaban mil recuerdos, mis sueños se entrelazaban con la narrativa del hogar, y cada noche se volvía un viaje a un universo donde el amor familiar era la única brújula.

    Así, en cada ocaso, mi terruño se transformaba en el escenario de un poema viviente, donde el calor del fogón y el dulce abrazo de la memoria tejían una sinfonía de sentimientos. Aquel hogar, iluminado por el fuego y la luz de nuestras miradas, seguía siendo el lugar anhelado, un remanso donde el pasado y el presente se fundían en la promesa eterna de volver a sentir ese abrazo cálido, tan esencial y conmovedor. Por eso creo que mi hogar, siempre fue y seguirá siendo… Dónde el fogón abrace cálidamente.

  • Los que nos quedamos de este lado

    En esta tierra de viejas historias y buenas costumbres, de olores a leña, donde el tiempo se mide en puñados de tierra y el amor se amasa con paciencia antes de convertirse en tortilla, mis pies se aferran a esta tierra como raíces a una olla.

    Yo no crucé el desierto, no crucé el Río Bravo, no me aventuré en la incertidumbre de un viaje sin retorno. Me quedé amarrada a los hilos invisibles que me unen a este lugar, donde está mi gente, donde están mis muertos: la única vida que conozco.

    Mi madre, con sus ojos llenos de miedo y sus manos curtidas por el trabajo de la casa, nos aferró a su regazo, contando historias de travesías peligrosas y desiertos ingratos:
    nacimos mujeres.

    Sus palabras, cargadas de sabiduría, resonaron en mi alma como un eco profundo. El miedo a lo desconocido, a las penurias del camino, pesó más que la promesa de un futuro incierto.

    Aquí, entre los aromas de frijoles cocidos a fuego lento, el sonido del agua que hierve para café, me enseñaron a coser, a bordar, y todavía ando tejiendo historias, encontré mi lugar.

    En cada puntada, en cada grano de maíz molido, en cada palabra compartida, construyo mi propia historia, tejida con los hilos de la tradición y la esperanza.

    El desierto sigue ahí, llamándome con sus cantos de libertad, pero mis raíces se han hundido demasiado profundo en esta tierra fértil. Aquí, entre los míos, me siento segura, protegida por el amor de mi familia y el calor de mi hogar.

    Y aunque a veces siento la nostalgia de lo desconocido, prefiero la certeza de lo que tengo a la incertidumbre de lo que podría ser.

    Soy hija de migrantes, como muchos.

    Los que nos quedamos sostenemos con orgullo el México indomable, para que, si algún día aquellos que sí se cruzaron al norte regresan, sepan que las historias de los hombres y las mujeres de barro no han desaparecido.

  • Cherán Atzicuirín: Perspectiva de un leonés.

    En el año 2023, los directivos de las agrupaciones musicales de SONAR Las Joyas
    de León Guanajuato y Tarhiata Jimpanhe de Cherán Atzicuirin, ambas integradas
    por niños y jóvenes, organizaron un encuentro musical en ambas ciudades.
    Cheranastico, fue la primera anfitriona de este encuentro.
    León Guanajuato, una urbe marcada por su enfoque industrial y económico a lo
    largo de su historia. El crecimiento de la mancha urbana, ha sido causa de
    destrucción de flora y fauna, por lo que el contacto con naturaleza, es un fenómeno
    cada vez más raro, para los habitantes de León. Por estas razones mi visita a
    Cherán Atzicuirín, un mundo totalmente distinto al que conocía, fue un hecho que
    marcó mi vida.

    El encuentro

    Llegar a la comunidad fue como abrir una ventana a un mundo completamente
    nuevo, desde aquellas vistas que nos brindan las montañas que por la mañana
    están vestidas de neblina, esos bosques tan inmensos y satisfactorios para la vista,
    las noches, claras y puras, sin rastro de smog ni contaminación lumínica y su gente,
    con quienes durante la convivencia se lograron formar lazos que trascienden de
    palabras.
    La constante presencia de la naturaleza en la vida diaria de la comunidad es algo
    muy ajeno para mi ciudad natal, la convivencia con la misma, es una cuestión que
    forma parte de sus vidas y de las mismas actividades diarias, además del ritmo de
    vida que al menos experimenté y observé durante mi estancia, fue mucho menos
    acelerado y más tranquilo. Este contraste con la inmediatez de la vida urbana en
    León me llevo a reflexionar acerca de las diferencias en los estilos de vida que hay
    entre ambos lugares.

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    Aunque mi tiempo de estancia fue breve y no me permitió conocer a mayor
    profundidad de la cultura, el estilo de vida, tradiciones del lugar. Aun así, quedé
    asombrado, y maravillado por toda la información que me llegaron a compartir
    algunos de los habitantes acerca de su comunidad. La lengua purépecha y su
    complejidad, el cómo la lengua tiene sus variables dependiendo de la zona. Sus
    costumbres y tradiciones, el templo de la comunidad, que albergaba imágenes
    religiosas, pero vestidas de manera distinta a la acostumbrada para mí como leones,
    además de distintos recursos que había en la iglesia, son la clara muestra de la
    diferencia y complejidad que hay entre las costumbres religiosas de Cherán
    Atzicuirín y León. Sus hermosas vestimentas típicas (rebozos, camisas, vestidos),
    y su grado de dificultad para elaborar cualquier prenda, además del significado
    social y cultural que tienen. Su organización social, ya que, al ser una comunidad
    de autogobierno, la organización social y política, además de la elección de sus
    representantes, es totalmente diferente a la que estoy acostumbrada. Su comida,
    no hay mejor manera de describir de una manera breve y concisa, que decir “Una
    de las mejores comidas de mi vida”. Todos los anteriores puntos fueron algunas de
    las cosas que pude experimentar y observar durante mi corta estancia, a pesar de
    que el conocimiento es poco, a comparación de todo lo que falta por saber, una cosa
    es clara, la vida diaria en Cherán Atzicuirín está acompañada de cultura y
    comunidad.

    Conocer más

    Las dudas y ganas de conocer más de la comunidad están presentes desde el
    regreso a mi ciudad natal. Conocer un lugar por completo en todas las perspectivas,
    en mi opinión y capacidad, me es imposible, pero aun así quisiera tener una
    oportunidad de resolver las interrogantes que tengo acerca de la comunidad, y las
    futuras que pudieran surgir.
    Es importante retomar el punto que se mencionaba al inicio de este artículo, el
    encuentro musical entre estas dos agrupaciones que ocasionó una serie de hechos
    que demostraron, que a pesar de las diversas diferencias que tenían ambas
    agrupaciones, no fue obstáculo para formar lazos trascendentales de palabras.
    Estudiar y brindar lo sucedido en este encuentro cultura es un hecho complejo, pero
    la constante en todas estas experiencias y lo que permitió que todo eso fuera
    posible, fue la música, aquella razón de encuentro, aquella razón de conocer,
    aquella razón que me permitió ver esas montañas vestidas de niebla, esas noches
    estrelladas, escuchar esos sones compuestos por habitantes de la comunidad, y
    convivir con las maravillosas personas de Cherán Atzicuirín.
    La visita a Cherán Atzicuirín marco un antes y un después en mi perspectiva, y
    género diversas cuestiones en mi forma de ver León, pero por mencionar una de
    las reflexiones que derivó de esta visita, fue cuestionar el enfoque solamente
    industrial que ha tenido León a lo largo de su historia, y las problemáticas que se
    viven diariamente gracias al mismo, y la dirección que toma la ciudad respecto a su
    desarrollo.