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  • Reina de los Juaquiniquiles

    Reina de los Juaquiniquiles

    La Reina de los Juaquiniquiles: Un Legado del Barrio de la Magdalena

    El barrio de la Magdalena en Uruapan, Michoacán, mantiene viva una tradición cargada de significado e historia: la elección de su ireri, conocida en esta comunidad como la Reina de los Juaquiniquiles. Esta denominación se distingue del resto de los barrios de Uruapan, donde las jóvenes elegidas para guiar a las aguadoras en sus rituales son conocidas simplemente como ireris. La Reina de los Juaquiniquiles encarna no solo la responsabilidad de encabezar el ritual de las aguadoras, sino también un profundo vínculo con la identidad del barrio y su cultura ancestral.

    Las aguadoras del barrio de la Magdalena, junto con las de los otros barrios de Uruapan, participan en el ritual de conservar el vigor del río Cupatitzio y asegurar la salud de las familias de la región. Este ritual, abandonado en la década de 1930 y recuperado con el tiempo, ha crecido hasta convertirse en un evento clave para la vida comunitaria. En la actualidad, más de 700 aguadoras desfilan en procesión, portando cántaros adornados y ataviadas con vestimentas tradicionales que varían según el barrio. Lo que une a todas estas mujeres es su compromiso con la tradición y su papel en mantener viva la espiritualidad de sus antepasados.

    La Pirekua de la Reina de los Juaquiniquiles

    Uno de los elementos más singulares del barrio de la Magdalena es la pirekua dedicada a su Reina de los Juaquiniquiles, una composición atribuida al músico Teodoro Vicente Lemus. Esta canción, interpretada en purépecha, refleja el orgullo y la identidad que emanan de esta figura. Según relata Don Joaquín Bautista, la pirekua surgió de un encuentro que tuvo el compositor en la Ciudad de México con una joven que él creía conocer. Tras ser ignorado en varias ocasiones, Teodoro decidió escribir una canción que plasmara la belleza de la joven y, al mismo tiempo, le recordara su origen humilde y su identidad purépecha.

     

    La letra de la pirekua dice:

    “Reina de los juaquiniquiles, reina de los juaquiniquiles,
    no te avergüences, no te avergüences,
    eres hija de la Magdalena.
    Aunque tienes la cara bonita,
    aunque tienes bonito nombre,
    al cabo eres de Uruapan.
    No te hagas del rogar,
    no te hagas orgullosa;
    pues de cualquier modo eres tarasca,
    aunque te digan bien,
    al cabo eres de Uruapan.”

    Este canto, que resuena entre las calles de Uruapan, es un recordatorio de que la grandeza de una persona radica no solo en su apariencia o en el reconocimiento externo, sino en el orgullo de sus raíces. La Reina de los Juaquiniquiles representa a las mujeres del barrio que, con humildad y devoción, participan en el ritual que da vida al río Cupatitzio y a la comunidad.

    El barrio de la Magdalena, con su pirekua, su reina y su grupo de aguadoras, sigue fortaleciendo el tejido cultural de Uruapan, manteniendo viva una tradición que sigue siendo relevante para las nuevas generaciones.

    https://youtu.be/XL1fh4DEueE
  • El Corpus en las montañas

    El Corpus en las montañas

    La Invocación

    Cuando el sol de agosto calcinaba las cumbres de la Sierra P’urhépecha, un viento cálido y antiguo comenzaba a danzar entre los pinares. Era el aliento de Cuerauáperi, la señora de las nubes, despertando de su letargo anual. Sus suspiros viajaban de monte en monte, convocando a los hijos de la etnia purhé para rendir tributo una vez más.

    En los hogares humildes de Paracho, las mujeres comenzaban a engalanar sus guanengos con hilos de colores vivos. Los hombres sacudían el polvo de los huaraches y las guitarras dormidas. Porque la gran fiesta estaba próxima: el Corpus Christi, esa celebración nacida del sincretismo mágico entre dos mundos.

    Los Emisarios del Maíz

    La tarde del sábado, el pueblo se engalanó con guirnaldas de nardos y flores silvestres. Una por una, las danzas de los gremios acudieron al palacio municipal como peregrinos reunidos ante un altar ancestral. Las reboceras o azuleras abrieron el camino, sus enaguas danzando al viento como capullos de colores.

    Pero los verdaderos heraldos fueron los labradores. Hombres morenos que parecían brotar de la misma tierra, avanzaron en solemne procesión tras las huellas de sus bueyes engalanados. A sus espaldas, el fruto aún fresco de la milpa, como un mensaje sagrado para la deidad del temporal.

    Las Artes del Pueblo Purhé

    A su paso, los gremios de artesanos desplegaron sus oficios como ofrendas. Carpinteros que tallaban la madera con primoroso encanto. Guitarreros capaces de arrancar al tejamanil las más dulces armonías. Panaderos que parecían hornear el pan con magia antigua. Todos desfilando al ritmo de sones que no eran meras notas, sino un cántico ancestral que hacía danzar hasta las piedras del suelo.

    Cada grupo se presentaba con humildad ante las autoridades, como antaño lo hicieran los hauripicipecha frente a los uakusïcha o “señores águila”. Pues esta celebración entreveraba los hilos del tiempo, fundiendo los rituales purhépecha con las tradiciones cristianas en un tapiz de realismo mágico.

    Danzas de una Realidad Alterna

    Llegada la tarde del domingo, las calles se convirtieron en un escenario donde la fantasía tomó cuerpo. Primero fueron los arrieros recreando un asalto de bandidos, ataviados con prendas que parecían surgir de otra era. En un ágil revuelo, los “ladrones” ataron a sus víctimas para después ser capturados por soldados de huaraches y armas ridículas.

    Ante los ojos atónitos de los espectadores, un juez decretó la máxima condena. Pronto los “malhechores” cayeron abatidos… sólo para resucitar entre risas cómplices un instante después. Porque ésta era una realidad aparte, regida por leyes distintas a las del mundo que conocemos.

    El Gran Espíritu del Bosque

    Lo más asombroso estaba por venir cuando irrumpieron los cazadores. Algunos portaban narices desmesuradas o rostros emplumados que los hacían parecer chamanes metamorfoseados. Otros se cubrían bajo sombrerotes enormes, como si un hongo del bosque los hubiera cobijado.

    Al observarlos dispersarse entre los rumbos de la plaza, uno creía contemplar un aquelarre de criaturas livianas danzando en la penumbra del bosque. De pronto, el jaguar purhé hizo su aparición: un hombre cubierto con piel de venado que avanzaba despacio, “a gatas”, parodiando los andares del gran espíritu del monte.

    Cuando el certero disparo lo derribó al fin y los cazadores prorrumpieron en gritos de júbilo, era imposible no sentir que el mundo ordinario se había suspendido por un instante. Que la antigua frontera entre lo humano y lo salvaje, lo terrenal y lo mágico, acababa de difuminarse una vez más.

    El Legado Imperecedero

    Aún hoy, cuando llega agosto, los habitados por el reino de Cuerauáperi reviven este ciclo fantástico. Las danzas, los sones, la rememoración de viejos oficios y tradiciones, todo se entremezcla en un carnaval atemporal.

    Quizás nunca lleguemos a comprender del todo los misterios encerrados en este pueblo serrano. O tal vez sí, si aprendemos a mirar con otros ojos. Ojos purhépecha que, tras los disfraces y las alegrías bulliciosas, descubren la pervivencia de un mundo mágico apenas encubierto… como el sueño eterno de Cuerauáperi esperando renacer con cada ciclo, con cada fruto de la milpa, cada año.

    https://youtu.be/_mqfXYzTrH8

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  • Tú sí, tú no

    Tú sí, tú no

    Tú sí, tú no. Recordemos esas peleas de niños en la primaria. Los insultos y descalificaciones iban desde lo tierno hasta lo absurdo: “Tú no tienes un perro como el mío”, “A mí sí me van a comprar lo que pedí”, “Tu mamá no te hace comida como la mía”, “Tú sí, tú no”. Es comprensible que siendo tan pequeños, los niños se dijeran ese tipo de cosas. Después de todo, hablaban de lo que tenían y lo que creían que el otro no.

    Sin embargo, lo incomprensible es que, varias décadas después, habiendo pasado ya algunas generaciones y teniendo a gente mayor y sabia cerca, se caiga en esos mismos argumentos absurdos para descalificar a los demás.

    Tú sí, tú no

    Hace un tiempo, comenzamos una pequeña dinámica para conocer más sobre las comunidades purépechas que nos rodean. Como invitarlos directamente a proporcionar información no funcionó, decidimos hacerlo en forma de torneo. Entonces, vimos a gente muy emocionada invitando a familiares y vecinos a votar por su comunidad. Incluso, páginas de autoridades o instituciones lo compartieron. No obstante, también nos topamos con una montaña de comentarios confrontacionales, sin ser una sorpresa para nadie.

    Entendemos bien ese cariño por la comunidad, por la tierra de uno. Pero ese sentimiento patriótico, donde buscamos exaltar lo que vemos y tenemos en casa, termina muchas veces deformado, dando paso a insultos sin sentido. ¿Por qué la gente cree que es tan sencillo como decir “Yo sí soy y tú no”? ¿Qué les hace pensar que tienen el derecho a decir si alguien tiene o no la capacidad para hacer o decir algo? ¿Por qué creen que unos tienen más valor que otros? Hablo de la gente que cree que algo es o no purépecha según sus propios criterios. Pero, ¿cómo determinamos qué es purépecha y qué no lo es?

    Definiendo lo purépecha

    Hace algunos años, le dije a un amigo que tenía la intención de hacer música purépecha, pero no sabía si podía hacerlo. Él me respondió: “¿Por qué no? Si eres purépecha, la música que hagas también lo será. Porque, ¿qué más sería? ¿Africano? ¡Si naciste en este pueblo de la meseta!”.
    Entonces, me asaltó otra duda: ¿qué es y qué no es purépecha? Si hubiera nacido en Estados Unidos o Honduras, teniendo los mismos padres y familia, ¿sería gringo o catracho? Si alguien de allá nace aquí, ¿es automáticamente purépecha? Conozco a muchos nacidos en el norte que con orgullo se llaman purépechas sin dudar.

    ¿Por no hablar la lengua que se hablaba en la provincia de Michoacán a la llegada de los españoles, soy asiático? ¿Si un chino aprende ese idioma, es ya purépecha? Porque esos mismos que han nacido más al norte también hablan inglés, y eso no les impide sentirse como si llevaran toda su vida aquí. Dicen siempre “no basta con vestirse un solo día o solo para la foto”, pero te lo dicen hombres que andan diario con tenis, mezclilla y gorra. Como si ellos, defensores de la tradición, estuvieran exentos de ello cuando lo comentan. 

    Pero si no es donde naces, o los padres que tienes o la lengua que hablas o la forma en que vistes ¿qué te hace o no purépecha ante los demás?

    Ser, vivir o pertenecer

    Hay una frase popular atribuída al filósofo Confucio: No me preguntes de dónde vengo, sino adónde voy. Esta frase sugiere que la identidad y pertenencia no se define únicamente por los orígenes, sino por el camino que uno elige seguir. Y es que el estilo de vida purépecha no se define por nacer o vestir de uno u otro modo, sino por la manera en que uno lo lleva presente todos los días, con sus valores, sus obligaciones, sus conocimientos y con la responsabilidad que representa el no dejar que se pierda eso que hemos aprendido de nuestros ancestros. 

    ¿De qué sirve hablar la lengua purépecha si la usarás para desprestegiar a los demás?
    ¿De qué sirve la vestimenta purépecha si portándola vas a tratar mal a quién no la usa?
    ¿De qué sirve haber nacido en este territorio si no lo vas a defender de quien solo viene a lastimarlo?

    ¿De qué sirve ser hijo de padres purépechas si faltando al respeto a tu prójimo vas a deshonrarlos?

    Yo nunca me olvido, aunque ande lejos, que soy indio de raza purépecha puro de Michoacán. Tata Chendo Estrada plasmó en su pirekua ese sentimiento de manera correcta al hablar de su casita vieja, de adobe y tirinda, horcones de encino, tejamanil de pino y cerca de piedra. 
    Logró poner en mi mente una imagen clara de la que fuera casa de mi abuelo. Pude imaginar como debió ser esa sensación suya al volver a donde creció, ¿qué culpa tuvo él de que sus padres ya no hablaran purépecha y no le pudiesen enseñar? la misma que tengo yo supongo. 
    Esa misma culpa que tiene aquel que nació del otro lado de la frontera porque sus padres se fueron allá a buscar una mejor vida. 

    Sin lengua, sin vestimenta, sin territorio, pero con el orgullo siempre latente. 

  • A falta de una nación p’urhépecha

    A falta de una nación p’urhépecha

    Cuando era estudiante de teología leía un suceso histórico que, en primera instancia, me pareció absurdo y ridículo, pero después me instaló en una reflexión, pues hasta lo absurdo y ridículo se vuelve atractivo al paso del tiempo porque nos da luces de una realidad histórica. El caso en concreto era este: en 1453 mientras los turcos invadían Constantinopla, los monjes de Bizancio discutían sobre temas como cuántos miles de ángeles cabían de pie en la punta de un alfiler o si las mujeres tenían alma. La teología revelada y la teología natural tiene vastos caminos, dentro del catolicismo, por ejemplo, es válido discurrirlos en el pensamiento, debatirlos en un aula de clase, pero por ningún motivo llevarlo a la práctica pastoral o a la escritura, para ello está la dogmática, una especie de unidad doctrinal que da funcionalidad a la institución. 

    Con este ejemplo pretendo iluminar o, más bien dicho, desenredar nudos en mi cabeza. Esto me causa cierta contradicción porque soy, o al menos pretendo ser, un p’urhépecha en reivindicación. Sería más apropiado buscar un modelo tradicional de nuestros pueblos nativos, pero, dada mi poca experiencia dentro de las comunidades de gran tradición, pensé en hacer uso de textos sobre la historia de nuestros pueblos, pero dichos relatos están escritos por frailes o son de tradición occidental y la reivindicación de los pueblos contienen un fuerte matiz para regresar a la religiosidad de nuestros antepasados; dado el atolladero decidí usar el anterior modelo porque al final me situaría en el mismo lugar. 

    Soy un p’urhé buscando pertenencia.

    En mi andar no he tenido suerte, he seguido con detenimiento algunos movimientos, pero al tiempo me reservo mi participación porque no veo un objetivo claro; me evoca esa conmoción que despertaban los escarabajos peloteros en mi niñez, los sísifos en el reino de los insectos. Los miraba empujar con paciencia bolas de estiércol entre la maleza, los contemplaba y seguía varios metros atraído por la curiosidad, nunca supe su destino. Esa experiencia me dejó la secuela de buscar una funcionalidad a las cosas, algo que admiro de la Iglesia católica y Maquiavelo. 

    En este andar he advertido diversas líneas de pensamiento e ideología. 

    Está el esfuerzo de algunas diócesis y arquidiócesis de inculturación y vindicación, traduciendo el misal al p’urhépecha, insertando elementos propios de los pueblos originarios con reservas y dudas de no estar adorando al demonio. Allí los líderes son sacerdotes, algunos ignorantes de la lengua y su cosmovisión, pero gustan colocarse coronas, panes y cuanto objeto alistonado. Dicen que Dios ya habla nuestra lengua, pero ¿cuándo no lo ha hecho? ¿Quién tiene el monopolio de Dios? Elementos folklorizados se han injertado al paso de los años con explicaciones forzadas, pero como se reza por allí: “Los curas pusimos las costumbres y las podemos cambiar”.  

      Otros luchan por resucitar la cosmovisión de nuestros antepasados, aquí podemos ver y experienciar celebraciones como el Año Nuevo y el Fuego Nuevo P’urhépecha, la deidad del sol y la guerra, Kurhíkaueri (Curicaueri, Curicaveri). Coloco las demás acepciones en atención a las personas que se agobian sino se escribe como lo conocen o les agrada, absurdo, claro está, como el cristiano que perdió la fe cuando supo que Jesús no nació el 25 de diciembre. No distingo si este grupo busca retomar la religión como tal, una espiritualidad o una conmemoración ritualista del ciclo agrícola. Hasta ahora no existe una teología p’urhépecha oficial, este movimiento no está libre del sincretismo y del subjetivismo sensorial. 

    Otras luchas​

    Los grupos de carácter sociopolítico han adelantado en aspectos como el autogobierno  y el presupuesto directo en las comunidades más grandes, dando como resultado un carácter más formal a los consejos comunales, dejando, en cierto desamparo a las comunidades más pequeñas. La preocupación es que se lucha con la ideología de un indigenismo puro que ya no existe y no volverá. Enjuician la religión católica sin tomar en cuenta que los p’urhépechas han absorbido la doctrina de los frailes a su manera y forma. Basta con ver sus festividades anuales y su fe en la religiosidad popular. 

    No estamos lejos de asemejarnos a los bizantinos, gastando nuestra energía en cuestiones triviales y frívolos. Y como todos los movimientos son discutibles, nos censuramos unos a otros, enjuiciándonos desde el ámbito personal; dentro de la seguridad de un colectivo o comunidad; desde la prepotencia académica, destripando la cultura, la lengua y la sabiduría de los abuelos o desde la comodidad extranjera, señalando un proceso cultural de los pueblos que ya no viven y sienten en carne propia. 

    Hay mucho quehacer en la autocrítica como pueblos p’urhé pero será en otra oportunidad; mientras, sigamos abriendo caminos angostos y no veredas amplias donde todos podamos caminar sin perdernos; dejo aquí lo propio.  

  • Con mazorca te pago

    Con mazorca te pago

    Con mazorca te pago

    Existe el concepto de “trueque” como el intercambio de bienes y servicios sin mediar la
    intervención de dinero 1 . Sin necesidad de ampliar el concepto, el trueque hace referencia meramente al intercambio, a momentos específicos en los que los individuos tenían la oportunidad de intercambiar productos de su interés. Dicho sistema de comercio tiene remotos antecedentes, sin embargo por consideración al presente artículo, sólo se ha hecho mención el concepto para tener una base respecto al tema central. El presente artículo nos dará una experiencia de conocimiento sobre una época donde a causa de diversas necesidades la comunidad de estudio se vio obligado a usar el intercambio o trueque para
    solucionar los problemas del momento.
    Hay una diferencia muy notoria para esta ocasión de trueque, el cual se explicara a continuación.

    Orígenes

    https://cms.uerani.com.mx/beta/2024/02/22/la-ensenanza-de-los-abuelos/Haciendo una breve delimitación de espacio y tiempo, hablemos de los P´urhépecha
    en el actual territorio del estado de Michoacán, más aun en la subregión que corresponde a
    la “Meseta P´urhépecha” donde a causa de diferentes factores como las grandes
    desigualdades que los pueblos indígenas han enfrentado, los problemas económicos a causa
    de labores mal remunerados y la marginación en todos los servicios; surge un concepto
    muy básico pero que solucionó el problema de pagos a servicios de la cotidianidad. Xanini
    jimpo maiamukani (con mazorca voy a pagarte).
    Resultará poco creíble la idea de que hace algunos años se logró acordar el pago de
    productos básicos usando el maíz como dinero. Es decir; podías llevar una o dos mazorcas
    dependiendo el intercambio.
    Remontémonos a Nurío, comunidad indígena perteneciente al municipio de
    Paracho, en el estado de Michoacán, donde recordaremos los tiempos de antaño donde el
    maíz jugó un papel muy importante en un momento de crisis. No se pretende hacer creer
    que el maíz solo ha sido importante en un determinado tiempo y sobre todo para dicha
    comunidad. Hay que reconocer que el maíz ha sido elemento fundamental desde las
    sociedades prehispánicas, sin embargo; no se le ha dado el mismo valor hoy en día.
    Recordemos a través del presente artículo aquellos tiempos donde el maíz era tan valioso
    que incluso se usó como dinero.

  • La enseñanza de los abuelos

    La enseñanza de los abuelos

    Hacia Sesi Irekani

    En la cultura P’urhépecha las enseñanzas están depositadas en las abuelas para
    las mujeres y en los abuelos para los hombres, ellas y ellos tienen la responsabilidad
    de orientar a las futuras generaciones sobre los modos de vida de su cultura y su
    comunidad.
    Este legado es una peculiaridad en la cultura P’urhépecha a lo largo de su historia,
    para esto tendríamos que abordar varios elementos que se desarrollan dentro de la
    comunidad, en este caso tendremos que mencionar algunas de ellos, iniciare con el
    termino Parhankua (fogón) que es el sitio donde se reflexiona sobre la vida, donde
    se orienta y se corrige a la familia.

    Marku Irekua Anapuecha (familia) el cual conlleva al comunero a vivir en familia, así como su importancia en la comunidad y esto nos trasladaría hablar del Sïrikua (linaje) el origen de la familia, su historia y en sí la prolongación de la vida, el respeto que se le debe de tener a los integrantes
    de familia, a los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos, bisnietos,
    tataranietos, tíos, hermanos, primos, nueras, yernos; se hace énfasis en
    Jananharhikua (respeto) es uno de los rasgos característicos del P’urhépecha que
    se enseña con el ejemplo, a reconocer aceptar, apreciar y valorara las cualidades
    del prójimo.
    La enseñanza de Kaxumpikua es proceso que se va tejiendo desde el nacimiento
    del nuevo comunero a tener un buen comportamiento y al trascurrir el tiempo la
    comunidad da el reconocimiento de que es una buena persona, que es respetuoso,
    colaborativo, honorable, humilde, cortés, trabajador, sabio, prudente, hablar con
    propiedad y de bien vivir; serian una de las cualidades entre otras. Anchikurita
    (trabajo) es otro elemento que los abuelos enseñan con el ejemplo, desde temprana
    edad hay esta conducción de los hijos, nietos…ayudando a la familia en las diversas
    actividades y poco a poco van aprehendiendo estas maneras de vivir, más tarde
    todo este aprendizaje le será útil.

    Enseñanzas

    Marhuatspikua (servicio) esta enseñanza tiene fines de servir, primeramente, a su
    familia, barrio, comunidad y divinidades como una función social de ayuda mutua
    que cohesiona a la comunidad. Estos elementos: Parhankua, Marku Irekua
    Anapuecha, Sïrikua, Jananharhikua, Kaxumpikua y Marhuatspikua son unos
    de varios que los abuelos enseñan a las nuevas generaciones y se van forjando
    durante el trascurso de la vida, cuando ellos ya no están con nosotros, toma
    posesión por costumbre el nuevo enseñante (tata k ́eri) para seguir los pasos que
    han dejado nuestros antepasados; de esta manera estas enseñanzas conducen a
    la persona a vivir en comunidad, tomando de la mano el ejemplo de los mayores.

    En este proceso de enseñanza de los P’urhépechas entran en el camino de
    kurhánterani (obedecer) bajo un aprendizaje con significado entendiendo su rol
    dentro de la familia y comunidad, esta obediencia de los menores hacia los mayores (dentro y fuera de la familia) se vive con mucho respeto y no como un subordinado,
    porque de igual manera el respeto es de mayor a menor, en otras palabras, es
    mutuo. En la actualidad tendríamos que echar una mirada a nuestras comunidades
    para realizar una valoración en cuanto a si se siguen enseñando a las nuevas
    generaciones bajo estas características mencionadas, si los Tata k ́eriicha
    (abuelos) continúan con el papel de enseñar los legados de la cultura p’urhepecha,
    ¿Por qué esto tendría que ponerse en cuestionamiento? Primeramente, porque en
    nuestras comunidades las manifestaciones de las nuevas generaciones son muy
    diversas y poco favorables en vías de del buen vivir, en vivir en comunidad, en
    dialogar en familia, en ayudar, en servir, en ser respetuosos, en ser honorables entre
    muchos aspectos más.

    Desde arriba

    Otro aspecto, sería que en nuestras comunidades se ven autoridades sin buenas
    enseñanzas y con poca experiencia de vida, conduciéndose sin propiedad, podría
    decirse que son electas sin haber tomado en cuenta lo descrito al inicio. Estas
    observaciones tendrían que profundizarse con más importancia para indagar cuales
    serían las posibles causas de esta ruptura entre las enseñanzas de los abuelos y
    las nuevas generaciones, así como hacer una valoración acerca de este modo de
    vida si es funcional en esta era, o en su caso reafirmar este reencuentro entre los
    abuelos y las nuevas generaciones y fortalecerlas.

    T ́inskua.

  • Uenperikua

    Uenperikua

    Juraskan juachinkin k’amata ji xú jaraspkani uitsindikua…

    Caminé durante horas por el cerro y recorrí las yakatas para poder llegar hasta aquí, mi madre siempre me habló del fuego, fue mi primera enseñanza que tuve y el respeto que debíamos tener, todas las noches la veía guardar el fuego y en la mañana volver a encender para preparar la comida. Crecí y conocí las historias que me contaban como es el caso de miringo que mucha gente asegura tener contacto con ella pero hay alguien más que está entre los árboles y me sé su historia y aquí hablé pasando las yakatas donde me acosté y ahora tuve que volver…

    Xuri jaraska ambe úni japi janoni, k’uiripu ambe sési jantskantani jaki xú ambe úni japi xéntani joperu xuri jaraskateru. Jucheti iretaru jarasti ch’piri, janonkuasti xú ka arhisti k’aranda t’aresïchan ka janikuani uandapani, iamindu ambeksï k’amataxati, juchari úandakua paruxati ka p’indekuechani mirikuriani.
    Eranchini auandaru ka kánikua apárikuarhini jimpoca ataxati anatapuchani ka iamindu tsipiticha niraxati sïpakuarhini, achamasïcha noteru jakakusinti juchari jakakukuechan, ka inteni engaksi urápinarhicha jakakukuani juaka iamu tsipasti, achamasicha mintsitani mirixi usti.

    Uenperikua

    Tenía razón habían olvidado la humanidad los hombres, ya no sentían el amor por nuestra madre tierra donde vivimos. Danzas y ceremonias que agradecemos a los elementos de nuestra fe, la naturaleza que nos da la existencia, la naturaleza de dónde salimos, las más ancianas en sus brazos con su rebozo bailaban con nuestros ídolos para pedir la lluvia, ese gran respeto por el agua y la tierra, cuando había empezado la revolución los cerros dieron de comer a nuestros abuelos, siento ese sufrimiento por mis abuelos y la humildad que llamaban pobreza pues la pobreza nos mantuvo unidos para sobrevivir, la política y la religión siempre nos ha mantenido ignorantes y separado a los hermanos… si, recuerdo la noche que entré a la cueva a un costado de ese cerro y conocí los murciélagos volaron a mi alrededor y prendí fuego para soportar el frío cuando se acabó el fuego y las brasas se apagaron pinte mi cuerpo de negro con el tizne para volver a mi pueblo, y en mi corazón guarde el conocimiento que mis abuelos entregaron en sus pláticas, las historias que nos contaban de lo que escondían más allá de los árboles y barrancas; entre ellas estaba una planta, la abrace y me dicen que sus hojas tiene veneno debía volver a dónde está para entregar la ofrenda.

    Jucha p’urheecha

    Jikin xu jatsichixaka kamata, nana echerini intskusti ka jucha úskani ka uant’doskuarichini; ayankuakakin jucheti uandaniata enga jucheti mitsitaru jaka.
    Jucha p’urheecha ch’ururp’iresinga xukuparakua jimpo ka uandakua jimpo, ambeteru jaki jaropekua, ambeteru jaki kurankusperakua, jucha k’amataxaka juatechani ka chumaxati k’amatperani juchaecha…
    Un anciano miró el fuego y en sus palabras llenas de nostalgia habló de la humildad, cuando la gente se vestía con talegas donde venía la harina o comida para pollos y de niños eran felices sin conocer la ambición que ahora se adueñó de los hombres y la corrupción que hizo perder la humanidad. Ahora inventamos reglas de nuestra propia lengua y vestimenta, sin entender el regalo de dos culturas, un legado que fue floreciendo y durante siglos fortaleció una evolución cultural, dentro de este pleito
    seguirá el racismo por el color de piel o la barba, si nuestra cultura es belleza pura y extranjeros aprecian quienes somos.

    Jauarantakia ka niantakia jucheni, ambekin meni mirikuria; t’úri xú pakaraka ka tsikiakari sánderu, jiniani urepatin miringu eronkaxati t’uguini jinguni pakarati, engasi tsinariskaksi achamasicha p’ukuricha tsikintati, axunicha ka uakuicha ch’anati juchari juatecharu. Jucha ambe mitipin ikichakuani inteni turisïcha juaspti, jucha arhisingani ikichakua ochka xanarintaxati katamba uechani ka jak’akukua urápinaricheri juchari jakakukuechani interi kanarikua jatsikuantasti jimpoka uéksindi mirikutani nani uératinchi jurasïn.
    Jatsiskachi tanguarintani iamindu p’urheecha ka jurenperantanchi, uaripikuanchi jurak’uni ka jurinperantanchi juchari uinapikuani, uaripikua ka no sési jásï ambe juchantsïni jarankustati, iaminduecha iretecha uetarisïnti jurenkuarin ka juchacuchis úaka jurenpirantani. Engachi uandaka p’urhe ka engachi noteru úk’a uandáni, jopechi mitsitaru ka juchari erátsikuaru pasïnga mitikua juchari tati k’eratichere, ka úni jurenpirantani uandáni, xukuparani, anatapuchani ikarantani ka juchari ch’pirini urutantani noteruchi jurak’uperani.

    Mis palabras se quedaron en este cerro

    Me levanté para regresar a mi casa, el fuego nos espera a todos en nuestros hogares, nuestras abuelas y madres no han dejado que se apague con su sabía educación que debemos respetar, aún que a nuestra fe ancestral le pongan una máscara de un ser maligno de su cultura nosotros desconocemos a ese ser con cuernos y sacando la lengua.
    Las estrellas empezarán a brillar la noche llegará pronto y yo con la noche soñaré. La naturaleza es una obra de arte y rendimos culto a ella porque somos parte de la naturaleza; el cielo, la tierra y lo que hay debajo de la tierra.
    Tata juriata kanikua sesi xeska enga yásï xani sési tsandika ka ukani anchikuarini ka k’uiripuni exeni ka uandontskurhini, tata jurhiata engari anatapuchani ka uitsakua intsïaka uinapika ka k’eratiksi sanderu juchantsïni inskuni tariata ka jucha jirentani.
    Tariata kánikua sési xeska engatsïni iskuk’a jirentakua ka juankuachitsï janikuani sesitsï p’ikuastani enga jucha juatarhu ísï jamani jarak’a.
    Nana Echeri kanikua sési xesïnka engatsïni ísïkuni jaka akua ambe ka kánikua sési ambetsï tsikirachini, tsïtsïkichan ambe ka anatapuchani ambe engaksï akukua ambe jukaka, nana Echeri úsïnkani k’uini apondini ka nana kukutani eranchini.
    Ísï kanikua sési xeskani engani sési pikuastantaka engakin itsïmaka ka uinapintani. Ambeteru ioni jimpo janiakari ka tsikirakari asïpiti ambe ka mamaru jásï akukua ambe.
    Tata ch’piri jucheti eranarikueskari, sési p’ikuarherasinga engani xú jarak’a, k’umanchikuecharu jideskari tsipikua engatsïni kuntantaka iamindu ka ambetsï úa jaras’piratani, juchari mintsitaru ka erátsikuaru ch’eti tsipikua jarasti enga uruni jaka
    Ka menku ísï úruni jauati.

  • ¿P’urhépecha o Tarasco?

    ¿P’urhépecha o Tarasco?

    ¿Cómo llamamos a los habitantes originarios de Michoacán? Esta pregunta que parece sencilla ha desatado un intenso debate que lleva mucho tiempo sin resolverse. ¿Tarascos, P’urhépechas o quizás Michoaques? Cada bando tiene sus argumentos y evidencias históricas para defender su postura.

    Remontémonos al siglo XVI, cuando los conquistadores españoles llegaron a estas tierras. Según la Relación de Michoacán, un documento clave de esa época, algunos michoacanos llamaban “tarascue” (yerno) a los soldados españoles que se unían con sus mujeres. Los españoles creyeron que ese era el nombre del pueblo y así nació el término “tarascos”.

    Pero esperen, que la cosa no acaba ahí. Otro documento de 1579, la Relación de Cuiseo de la Laguna, cuenta una historia diferente. Según ancianos nonagenarios consultados, en la “gentilidad” (época precolonial) este pueblo se llamaba a sí mismo “purépecha”, que significa algo así como “gente” o “somos gente”.

    Desde entonces, ha habido un choque de trenes entre quienes defienden “tarasco” por su tradición histórica en documentos, y los que abogan por “purépecha” como un acto de reivindicación de la identidad nativa transmitida oralmente por generaciones.

    ¿Que va primero?

    Los defensores de “tarasco” también argumentan que “purépecha” tendría una connotación denigrante al equipararse con “macehual” o plebeyos en náhuatl. Pero los pro “purépechas” tienen sus contra-argumentos listos, asegurando que ese término abarca muchos más significados que sólo “gente del pueblo”.

    Otro dato curioso es que el fraile Maturino Gilberti, en el siglo XVI, en sus escritos solía llamar “lengua de Michoacán” al idioma nativo, pero cuando se refería a la gente usaba el término “purépecha”. ¿Confuso no? Gilberti también menciona el término “michoaque” para referirse a los habitantes, diferenciándolos de los mexicas.

    Y por si fuera poco, hay quien dice que según la Relación de Tiripitio, el idioma debería llamarse “lengua de Tzintzuntzan” porque era la sede del irecha o gobernante máximo en ese entonces.

    La discusión sigue viva hasta nuestros días. Cada vez más voces purépechas rechazan ser llamados “tarascos”, considerándolo hasta ofensivo. Insisten en que “p’urhépecha” es su verdadero nombre ancestral.

    El lenguaje define la realidad ¿o es al revés?

    Pero así como el término “salario” pervive aunque ya no se pague con sal, el lenguaje evoluciona con la realidad que lo rodea. No hay formas absolutamente “correctas” o “incorrectas”, sólo diferentes miradas sobre una misma historia diversa y rica.

    Quizás lo más importante sea comprender que un nombre no define una identidad, sino que es la identidad la que le da sentido al nombre. “Tarascos”, “P’urhépechas” y “Michoaques” son términos válidos porque representan la herencia cultural viva de Michoacán.

    En lugar de imponer o prohibir, deberíamos celebrar que esta discusión existe, porque nos recuerda el poder del lenguaje para moldear percepciones, pero también su cualidad dinámica para adaptarse a los cambios. Al final, lo que realmente importa es el respeto mutuo.

    Así que la próxima vez que visites Michoacán o te encuentres en medio de una discusión en redes con esta polémica ancestral, no creas que es algo nuevo. Escucha las distintas voces, disfruta de sus tradiciones y deja que sean ellos quienes te cuenten su historia con el nombre que mejor los represente.

    Fuentes:
    – Relación de Michoacán (Jerónimo de Alcalá)
    – Relación de Cuiseo de la Laguna
    – Dialogo de doctrina Christiana en la lengua de Mechuacan (Maturino Gilberti)