Categoría: Letras

Cuentos, poesía, literatura en general concebida en la región.

  • Letanía

    Letanía

    Las letanías tienen su origen en los primeros siglos de la cristiandad. Son una forma de oración que consiste en una serie de peticiones y súplicas que se rezan en procesiones y servicios religiosos. Las letanías se caracterizan por ser un diálogo entre los sacerdotes y los fieles. El sacerdote reza una oración y los fieles responden con una súplica o petición. 
    Quienes han asistido a distintos tipos de ceremonias religiosas quizá hayan escuchado alguna de estas letanías, como la Lauretana, donde en una parte de la misma se enumeran prerrogativas de la Virgen María representadas por imágenes como Espejo de Justicia, Arca de la Alianza, etc. 

    Este sábado mientras estaba descansando en la Huatapera de Santa Clara del Cobre por alguna razón recordaba esta letanía y pensé ¿y si se adaptara a algo más nuestro? ¿y si esta oración fuese más local? Ya no pensada desde una perspectiva católica pero si utilizando la estructura que popularizaron. 
    Bueno, presento aquí esta versión. 

    I. Invocaciones Iniciales

    Padre, concédenos tu guía.
     Madre, concédenos tu consejo.
      Padre, infúndenos comprensión.
       Madre, óyenos con tu visión.
        Madre, enséñanos el camino.

    II. Invocación al Creador de la Tierra

    Padre, guardián de la tierra, de los volcanes y de los ríos,
    concédenos la sabiduría para encontrar el sendero. 

    III. Misterios Sagrados de la Vida

    Madre, portadora de la semilla sagrada,
     Espíritu del agua y del fuego,
         Sagrada unión de la tierra y del cielo.

    IV. Invocación a Naandi Kuerajperi

    (a quien también llamamos, en su faceta de “Madre del telar”, Ireri)

     Naandi Kuerajperi,
     habla por nosotros.
     Madre del maíz sagrado,
     Madre de la tierra fértil,
     Madre de la semilla de la vida,
     Madre del fuego sagrado,
     Madre de la obsidiana,
     Madre del trabajo honrado,
     Madre del respeto ancestral,
     Ireri del telar,
     Luz de los volcanes,
     Resplandor de los ríos,
     Esencia de los lagos,
     Aliento de los bosques,
     Sustento del maíz,
     Fuerza del fuego,
     Sabiduría de la madera,
     Claridad del agua,
     Beso de la lluvia,
     Guía en el trabajo,
     Consejo en la tradición,
     Visión en la semilla,
     Llama de la inspiración,
     Refugio en la tierra,
     Hoguera de la sabiduría,
     Semilla de nuestra abundancia,
     Altar de la sabiduría ancestral,
     Manantial de dignidad,
     Flor de la tradición,
     Pilar de nuestras raíces,
     Canto de nuestros ancestros,
     Puerta al horizonte,
     Lucero del amanecer en la sierra,
     Remedio de la tierra que nos sana,
     Cobijo de los olvidados en la comunidad,
     Consuelo de los caminantes,
     Apoyo de quienes siembran con el corazón,
     Guía de las almas de nuestros abuelos,
     Custodia de la memoria de nuestros pueblos,
     Maestra de la sabiduría antigua,
     Consejera de los guardianes del saber,
     Sostén de los laboriosos de la tierra,
     Protectora de las hierbas sagradas,
     Luz que une a la comunidad,
     Esperanza en tiempos de incertidumbre,
     Iniciadora de la renovación,
     Portadora de la paz en el espíritu colectivo.

    V. El Maíz Sagrado

    (eco del “Cordero de Dios”, ahora símbolo del maíz, núcleo de la vida)

     Maíz sagrado, que siembras vida en nuestros caminos,
     guíanos, Padre.

     Maíz sagrado, que haces brotar nuestro espíritu,
     escúchanos, Padre.

     Maíz sagrado, que abres la senda del trabajo y del respeto,
     concédenos tu visión.

    VI. Petición Final a Naandi Kuerajperi

     Ruega por nosotros, Naandi Kuerajperi,
     para que seamos dignos de la sabiduría y la abundancia de la tierra.

    VII. Oración

    Padre, escúchanos.
    Madre, guíanos.
    Padre, ilumínanos.
    Madre, acompáñanos.

    Padre Sol, fuerza del cielo,
    guíanos en nuestro andar.
    Madre Luna, guardiana de la noche,
    muéstranos el camino.
    Espíritu del Fuego, que purifica y transforma,
    haznos fuertes.
    Viento que lleva la palabra,
    danos visión.
    Agua que da vida a los pueblos,
    refresca nuestro corazón.
    Tierra fértil que nos sostiene,
    enséñanos el respeto.
    Montañas sagradas, testigos del tiempo,
    dennos sabiduría.
    Ríos que cruzan los valles,
    llévennos con su fluir.
    Lagos donde duerme el cielo,
    reflejen en nosotros la verdad.
    Bosques donde habita el espíritu,
    dennos su aliento.
    Maíz, alimento sagrado,
    nutre nuestro ser.
    Fuego del fogón,
    caliéntanos con su llama.
    Lluvia que besa la tierra,
    haz crecer nuestra esperanza.
    Madera que nos da hogar,
    haznos raíces firmes.
    Trabajo de nuestras manos,
    enséñanos la constancia.
    Palabra que une a los pueblos,
    haznos justos y sinceros.
    Madre que miras desde la noche,
    cubre nuestro sueño con tu manto.
    Padre que enciendes cada aurora,
    despiértanos con tu luz.
    Que el fuego de la vida no se apague en nosotros.
    Que el río del conocimiento nunca deje de fluir.
    Que la lluvia de la comprensión riegue nuestro espíritu.
    Ruega por nosotros, Madre Luna.
    Guíanos, Padre Sol.
    Para que caminemos con respeto y sabiduría.

    Padre del día y Madre de la noche,
    concédannos la fuerza del maíz,
    la claridad del agua,
    la resistencia de la montaña,
    la calidez del fuego
    y la humildad de la tierra.

    Que nuestro andar sea digno de nuestros ancestros,
    que nuestra palabra sea firme y verdadera,
    y que nuestro corazón nunca olvide
    que somos hijos del sol y la luna,
    hijos del agua y la tierra,
    hijos del trabajo y la comunidad.

    Ka Isïstia

  • De papel y música

    Andaba por San Felipe en una fiesta, tras pasar de aquí a allá, terminé por sentarme un rato, y alguien me contó la historia, junto al fogón. Decía que era verdad, que él mismo había visto los restos de confeti entre las piedras y que, si uno caminaba de noche por el cerro, podía escuchar la tambora retumbando entre las jaras.

    —Tú no me crees —dijo el viejo—, pero así pasó.

    Y comenzó a contarme la historia de Gabriela.

    I

    Gabriela nació en una canoa, flotando en las aguas de Cocón, cuando la luna estaba en todo su esplendor. Su madre, dicen, la vio venir al mundo entre árnica y nurite, mientras la corriente la mecía con la suavidad de un arrullo. Desde niña tuvo la risa fácil y un corazón abierto como el horizonte. Ya más grande, el mezcal le hizo segunda.

    Aprendió pronto que la vida se baila y mejor aún si se toca el violín, y ella lo tocaba con el alma. Las cuerdas bajo sus dedos soltaban notas que llenaban de colores los rincones grises del mundo. Las flores en el lago se abrían más pronto cuando ella tocaba, y los borrachos dejaban la botella para ponerse a bailar. Era una mujer de fiesta, de convites, de largas charlas alrededor del fuego, en un tronquito o donde fuera.

    Cuando creció, Gabriela se volvió más hermosa que la luna reflejada en el agua. Su cabello negro caía como cascada sobre sus hombros, y sus manos, siempre ligeras, sabían bordar, hacer tortillas y arrancar de las cuerdas de su violín los lamentos más dulces. Pero, más allá de la música, era una amiga fiel, de esas que están siempre dispuestas a brindar por la vida.

    Fue en un fandango donde conoció a Luis David. Serio al principio, huraño, casi esquivo, con la mirada afilada y las palabras medidas. Pero cuando agarraba un instrumento, cualquiera que fuera, se transformaba. No había cuerdas, teclas o metales que no supiera hacer sonar. De pronto, su conversación se extendía como un camino sin fin, saltando de una idea a otra con la rapidez de un venado en la montaña. Gabriela, que amaba la música tanto como la amistad, supo en ese instante que había encontrado un compañero para la vida.

    II

    Una noche fueron a tocar a una fiesta en Zacán. Había música, risas, aguardiente y baile hasta que el sol amenazó con salir. Nadie sabe por qué, pero en algún punto Gabriela se alejó del bullicio y comenzó a subir el cerrito. Tal vez buscaba ver desde lo alto las luces de la fiesta, echarle un ojo desde ahí al Paricutín o tal vez fue el viento quien la llamó con su susurro. Lo cierto es que subió, y cuando estuvo en la cima, sintió que el aire la empujaba, como si quisiera arrancarla del suelo.

    Entonces cayó.
    Y el agua la tragó.

    Cuando despertó, su piel ya no era piel, sino papel de china, delgado y frágil como las flores de cempasúchil de noviembre. Sus huesos no eran de carne y médula, sino de carrizo hueco. En su cabeza, enredadas entre sus cabellos, aparecieron flores y cohetes de colores.

    Intentó gritar, pero en lugar de voz, de su boca salió el estallido de ristras y cohetones. Su pecho tembló con el eco de la tambora, sus pasos retumbaban como tubas y, a cada movimiento, el suelo se llenaba de confeti.

    Quiso llorar, y su llanto sonó como un clarinete triste, deslizándose por el viento hasta perderse en la noche.

    III

    Entonces escuchó el trombón.

    Era un sonido grave y ronco, como si la tierra misma hablara, como si desde el fondo de los cerros despertaran antiguas voces llamándola por su nombre. Gabriela asomó la cabeza entre las ramas y vio una melena rizada moviéndose a lo lejos.

    Era Luis David.

    El chino andaba por ahí con su trombón al hombro, refunfuñando entre dientes:

    —Pinchi Gaby, ¿pa’ dónde se fue?

    Había estado buscándola toda la noche, sorteando la maleza con pasos firmes, siguiendo un rastro que solo él parecía ver. En su mente, la fiesta aún seguía, pero algo en su pecho le decía que debía encontrarla, que no podía dejarla ir. Era hombre de corazón grande, de esos que no abandonan a los suyos, y aunque su seriedad a veces lo hacía parecer distante, la verdad era que pocas personas en este mundo sabían escuchar como él. Conocía la tristeza de la gente y también sus silencios; sabía leer miradas y entender palabras nunca dichas.

    Gabriela quiso responderle, pero cuando abrió la boca, su risa explotó en luces de colores. Luis David se quedó helado.

    —¿Quién anda ahí?

    El viento se llenó de murmullos. Gabriela corrió hacia él, cada paso dejando atrás un rastro de papel picado y chispas. La tierra bajo sus pies tembló con un ritmo desconocido, y cada vez que su cuerpo se movía, sonaba un acorde invisible en la noche.

    Luis David echó a correr, pero al voltear, la reconoció al instante. Aún entre la negrura del monte, entre los destellos de confeti y el fulgor del papel de china, supo que esos ojos eran los mismos. Los había visto tantas veces, iluminados por la música, por la risa, por la vida misma.

    Su pecho se apretó.

    El trombón cayó de su hombro, pero él no lo sintió.

    Frente a él estaba Gabriela, hecha de luz y fiesta, como si la misma noche la hubiera convertido en su hija. Pero seguía siendo ella. En su mirada seguía ardiendo la misma chispa.

    IV

    Respiró hondo y lo pensó todo con calma.

    —No sé qué chingados te pasó, Gaby, pero sé cómo arreglarlo.

    Se acercó. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de nervios.

    —Te voy a dar un beso —dijo—, así se arreglan las ranas en los cuentos, ¿no?

    Y la besó.

    El mundo se detuvo un instante. No se oía otra cosa que la respiración fuerte, la música a lo lejos ahogada y los ruidos que el cerro hace siempre.

    Cuando Luis David abrió los ojos, se sintió ligero. Su piel se volvió de papel, su cuerpo de carrizo. Su melena rizada se llenó de listones de colores.

    —No chingues, Gaby, ahora yo también soy mojiganga.

    Al principio se quedó pasmado. Su ceño se frunció, su boca se torció en una mueca de desconcierto. Pero entonces vio a Gabriela, viéndose a sí misma en sus brazos, tocando su cara de papel, mirando sus manos de carrizo. Y cuando ella comenzó a reír, algo en su pecho se aflojó.

    Primero fue un resoplido, luego una risa baja, después una carcajada que retumbó con la fuerza de una trompeta en plena fiesta. Se miraron, aún temblando, aún maravillados por el absurdo de la situación, y sin pensarlo dos veces, se tomaron de las manos y comenzaron a bailar.

    Giraron y saltaron, dejando una estela de colores en el aire, hasta que el cielo empezó a aclarar. Cuando los primeros rayos del sol tocaron sus rostros, sintieron un cosquilleo recorrer sus cuerpos. Sus huesos volvieron a ser carne, sus cabellos se deshicieron de los listones y el viento arrastró el último puñado de confeti al horizonte.

    Se quedaron mirándose, jadeantes, con las mejillas encendidas por la risa.

    —Vámonos, antes de que se acabe la fiesta —dijo Gabriela.

    Se apresuraron a bajar el cerro, recogieron sus instrumentos y corrieron de nuevo hacia el fandango, con el eco de su risa aún flotando en el aire.

    Dicen que si caminas de noche por el cerro, aún puedes escuchar la tambora retumbando entre las jaras.

     

  • Que las palabras me sepulten

    Que las palabras me sepulten

    ¡Que las palabras que se enroscan
    como serpientes en mi garganta
    jamás encuentren escape!
    Que sus lenguas de tinta me estrangulen lentamente,
    que sus sílabas se afiancen como grilletes de plomo
    alrededor de mis pulmones hasta robarme el último hálito.
    Prefiero mil veces ser consumido por la marea de versos no nacidos,
    ahogado en un océano de frases no pronunciadas,
    antes que sucumbir al filo implacable de tu lengua,
    cuya crueldad es tan fría como la indiferencia que emana de tus ojos vacíos.

    Deja que la pira de mi prosa arda con una intensidad desesperada,
    que mi cuerpo sea cenizas llevadas por los vientos del olvido,
    antes que mi existencia se pierda bajo el polvo insensible de tu memoria.
    Cada línea que se queda atrapada,
    cada rima que se retuerce como un insecto moribundo en la penumbra de mi mente,
    es un recordatorio de que la vida se escapa de mí en un goteo constante,
    lento e inexorable.

    No hay tinta que fluya ni plumas que tracen;
    no hay horas malditas ante el blanco de la página
    que espera ser profanada por el alma del escritor.
    Sin embargo, dentro de mí,
    las letras se amontonan como ruinas de una civilización perdida,
    construyendo laberintos de significado donde se oculta mi cordura.
    Las palabras, esas infames traidoras,
    se arrastran como espectros por las grietas de mi conciencia,
    clamando por nacer, por romper las cadenas del silencio
    que yo mismo he sellado con la cera negra de la desesperación.

    ¿Será que estas frases no pronunciadas son el germen de mi destrucción,
    la señal de que mi espíritu no pertenece ya a este mundo?
    Quizá sea mi destino ser devorado por el hambre insaciable
    de una prosa que jamás verá la luz,
    un sacrificio para las sombras que crecen en mi pecho.
    Porque no hay redención ni sosiego en esta prisión de palabras no dichas,
    sólo el eco interminable de mi tormento que resuena como un lamento eterno.

    Siento que mis latidos, cada vez más molestos,
    no son sino golpes de martillo
    contra el barro frágil que compone este corazón malherido.
    Late con una terquedad insensata,
    como si ignorara que está hecho de cerámica horneada,
    destinada a quebrarse con el más leve contacto con lo desconocido.
    Y, sin embargo, cada pulsación parece un presagio,
    un eco hueco que resuena en las cámaras vacías de mi pecho,
    amenazando con desgarrar el fino velo
    que separa mi ser del desasosiego.

    Las grietas comienzan a formarse,
    pequeñas fisuras que serpentean como raíces de un árbol maldito.
    Por ellas se asoma la verdad, esa criatura esquiva
    que no encuentra lugar en la oscuridad que habita en mí.
    ¿Qué podría ver alguien más en estas fracturas,
    en estas heridas abiertas por el roce de una nueva vida?
    Tal vez un mapa de mi ruina, o quizá el rastro de un viajero perdido
    en un desierto de emociones desgastadas.

    El barro que soy —esa sustancia humilde,
    moldeada con manos temblorosas y fuego implacable—
    no está hecho para resistir las tormentas del espíritu.
    Cada grieta es un recordatorio de mi fragilidad,
    de la inevitable descomposición que me aguarda.
    Pero hay algo perversamente hermoso
    en el modo en que estas fisuras se ensanchan,
    dejando entrever las sombras que se arremolinan dentro de mí.
    Sombras que no son oscuridad pura, sino un mosaico de recuerdos,
    deseos insatisfechos y esperanzas que tiemblan como hojas en un vendaval.

    ¿Qué monstruo o qué redentor
    encontrará su reflejo en estas grietas abiertas?
    Es imposible saberlo. Sólo sé que el latido continúa,
    implacable y voraz, llevando consigo fragmentos de mi ser,
    desmoronando con cada pulso el precario equilibrio que alguna vez creí tener.

    Si pudiera detenerlo, lo haría;
    si pudiera tomar mis propias manos
    y sellar las grietas con un pacto de silencio, no dudaría.
    Pero el barro se resiste,
    el fuego que me dio forma también dejó cicatrices,
    y las palabras que pugnan por liberarse se convierten
    en dagas que cortan mi lengua antes de llegar al aire.

    En este estado de agonía latente,
    me doy cuenta de que las grietas no son el final,
    sino el principio de algo más.
    Son portales hacia un territorio que no conozco,
    un reino donde el olvido y la memoria danzan en un vals macabro.
    Y mientras este corazón de barro cocido se fragmenta,
    pienso que tal vez no hay redención
    para los que vivimos entre las sombras de lo no dicho,
    sólo el consuelo de ser consumidos
    por las brasas de nuestra propia fragilidad.

     

  • El día que conocí al Diablo

    Hace poco conocí al Diablo, y ya que me dio el permiso de hacerlo, les voy a contar como fue. 

    Lo había visto en otras ocasiones, era de lo más común. Le gusta pasearse por la calle de la amargura buscando algún desobediente borrachito que atormentar con una cruda, golpetea las ventanas con sus nudillos haciendo que los jóvenes no concilien el sueño cuando sabe que deben madrugar o susurra cizañases a los oídos de los enamorados para ver con regocijo como pelean. Uy, cuanta maldad, podrá algún ingenuo pensar, pero es qué el Diablo si es malo, pero no es el malo que provoca guerras o desastres naturales, unas son del hombre y los otros de la tierra. El Diablo es en cambio, más sencillo, disfruta los pequeños detalles de la vida, sobre todo, aquellos que conllevan sufrimiento para los demás, pero un sufrimiento suave, cotidiano, así que cuando lo estás pasando mal, pero no tan tan mal, es porque él está detrás, es un chingaquedito dicen por ahí.

    Lo conocí en una de esas caminatas a mi casa donde por costumbre voy hablando de lo que me pasa. En medio de una frase algo gastada noté que me veía desde el otro lado de la calle. Me molestó un poco que me espiara, sabía que lo hacía pero nunca me había interrumpido con palabras. Y no, no fue grosero, al contrario, se portó bastante cortés, de esas veces que alguien es tan amable que te es imposible ignorarlo para no quedar mal. 

    -Buenas noches Eduardo, espero no interrumpir -dijo mientras mi cara de hartazgo aparecía- pero te escuché hablar y quise saludar. 

    -No te preocupes, no interrumpes, buenas noches. 

    -¡Ay!, pero ¿Qué perturba tu paz? Si hace unos minutos hablabas jovial, ¿te ofendí? -preguntó con su siniestra sonrisa. 

    -Para nada, pero normalmente no saludas y no quisiera desconfiar…

    -No, no, no, tú tranquilo, no te pongas suspicaz, es solo que te oí hablar pero pensabas en otra cosa y quería saber si te podía ayudar. 

    -Ándale… ¿Desde cuando el Diablo ayuda? ¿A poco ya haces caridad? 

    -No claro que no, va contra mis principios no se te olvide, es solo que me aburro un poco y nunca está de más querer trabajar. 

    Se sentó en la banqueta y extendió su brazo izquierdo señalando donde me podía sentar. Ahora que lo pienso bien, esa cara de estoy-haciendo-esto-pero-sin-ganas-de-hacerlo-la-verdad, pareció divertirlo más que incomodarlo, ahí debí sospechar que todo esto no era casual. 

    -Pues bien, te oí hablar de planes, de ideas y demás -dijo agitando su mano como apartando todo eso- pero pensabas en que ya no tenías la emoción que otras veces habías mostrado. ¿Qué te hizo cambiar? -con una mano sujetó su muñeca, descansó sus brazos sobre sus piernas y hasta su espalda se relajó, pinche Diablo, estaba esperando escuchar todo mucha atención. 

    -¿Para qué te lo digo si ya lo sabes? Hasta llegué a pensar que habías sido tú.

    -Oh no, claro que no, y no porque no me hubiera gustado, pero uno se ocupa de repente y la verdad no he encontrado un buen reemplazo -dijo alzando las cejas y mirando hacia el cielo estrellado. 

    -Creo que entonces solo me quiero adelantar ahora a los planes, o por lo menos a que fallen -contesté sinceramente. 

    -Bien ahí muchacho con ese pensamiento tan realista, pero aguas, que se convierte en pesimismo. 

    -Que va, ¿por qué habría de ser pesimista? Solo es ser precavido.

    -Claro, claro, precavido -se rascó arriba de la sien y continuó- yo solo digo que, si me permites hacer esta publicidad, te puedo ayudar.

    -¿Y a cambio de qué? -dije un poco más exaltado- Porque con tus negocios ya no se sabe, y eso de vender el alma no sé ni como está…

    -¡Ja!, como si las almas tuvieran valor, ni que se tratara del gas. No, si te voy a cobrar, pero no es como que me tengas que dejar algo o perderlo todo. Pues si, es negocio, pero yo me ofrecí a ayudar. Digamos que solo te voy a cobrar el material. 

    -Ah, que barato está el boleto al infie…

    -¡No! -me interrumpió- ni siquiera ahí vas a parar.

    -Entonces cuéntame, ya estoy aquí, nada me cuesta escuchar.

    -Vamos a verlo como un juego, porque ya sabes que a mi me gusta apostar -sacó de algún lugar un revoltijo de notas y una pluma, pasó las hojas a una en blanco y se dispuso a apuntar- ¿Cuántas horas al día duermes?

    -Cuando no estás chingando con la ventana, molestando a los perros para que ladren o invitando a hacer fiestas en mi calle… Unas cuatro horas si bien me va. 

    Me miró, sonrió como quien acaba de recibir un cumplido y anotó. Tarde ya era, así que daba igual apurarme o no, así que ya me iba a dejar llevar. 

    -Muy bien, ¿y las ganas de morirte cuantas veces al día te dan?

    -Ah ya veo, también revisas mi Whatsapp -se me subió la vergüenza a la cara, nunca nadie me lo había mencionado así- pues no creo que se puedan contar, siempre son las mismas ¿no?

    -Si, si, tienes razón -hizo unos garabatos como de doctor y siguió- ¿A cuantas personas les cuentas lo que te pasa?

    -Uhm, pues no sé, quizá unas cinco o seis que son de confianza.

    Chasqueó la lengua algo incrédulo, pero igual lo anotó. Cruzó las piernas y apoyó sobre ellas sus papeles, esto parecía una versión rara del censo de población. 

    -Si pudieras tener cualquier cosa -se aclaró la garganta para sonar casi solemne- y estoy hablando de cualquier cosa eh, la fama o la riqueza o el poder y todo eso ¿Qué pedirías?

    Yo miraba la pared de ladrillo de la casa de enfrente, y todas esas palabras puedo jurar que se veían proyectadas ahí. Recuerdo entrecerrar los ojos para distinguirlas mejor, como si eso fuera a darme una respuesta a lo que sería mi hipotético deseo. Se me atravesó por la cabeza ese asunto de la fama, ser conocido por todas partes por mi obra o por mi gracia, y qué debería sentirse eso de tener fans y entregar firmas que tuvieran un valor. Pero me vi también siendo acosado, juzgado y hasta odiado por gente que no sabría de donde salí, imaginé el horror de ver mi imagen replicada cientos de miles de veces y tener que soportarla y así ese deseo se esfumó. 

    El diablo me miraba atento, era obvio que sabía lo que pensaba porque no me apresuró a contestar, estaba disfrutando eso, ¡disfrutaba hacerme dudar!. 

    Pensé entonces en la riqueza, en como sería eso de no preocuparse por gastar. ¿Te imaginas? Yo pudiendo comprar todo lo que siempre había soñado, sin carencias ni nada. El torrente de imágenes comenzó a llegar, cámaras y autos, casas y viajes, novedades y lujos, y luego, otra vez se comenzó a opacar. ¿A quién iba a fotografiar con todo ese equipo o con quien iba a manejar?, ¿A que hora viviría en una de esas casas si me la pasaría de aquí para allá? y ¿Quién me querría acompañar?, ¿para qué tendría lo más nuevo, lo más brillante, si no podría en nadie confiar?. Claro, no más viajes a la tienda a buscar comida en descuento, al fin una almohada decente y no rellena de ropa vieja, no más preocuparse por si hay agua caliente o no, pero tampoco habría con quien perderse horas hablando y riendo al buscar las ofertas, ni con quien dormir juntito para descansar o con quien ahorrar agua en una sola ducha. Y amargamente me reí. 

    ¿Y el poder? ¿sería capaz de negarme al poder?. Cuantos antes de mi habrán deseado todo el poder, y ahora se me ofrecía así, sin más, en una banqueta apenas iluminada por un foco amarillento. Pero la voz dentro de mi cabeza se cayó, no quiso enumerar las posibilidades, porque sabe bien que el poder no es negociable, que jamás va a ceder sin pelear.

    -Vaya, creí que sería una pregunta fácil -dijo el Diablo un poco decepcionado- son los deseos más pedidos, aunque claro, también quedan algunos más como la vida eterna o la paz -dijo poniendo los ojos en blanco- y ese montón de cositas que uno ve en las películas. ¿Me vas a decir que tú eres especial y que no te dejas llevar por lo mundano? Digo, no te voy a juzgar pero como que a ti no te queda eso de ser… -entrecerró sus ojos y movió su cabeza de lado a lado como tratando de encontrar la palabra correcta.

    -¿Mamón? Pues no, pero conociéndote, y conociendo lo que ha pasado, no creo que ese tipo de deseos acarreen solo cosas buenas.

    -Y dale con los clichés, ya te lo dije, eso es de películas y esto es un negocio. -se inclinó un poco más hacia el frente y me miró desafiante- Pero si te interesa el talento, el amor, la venganza y cualquiera de esas cosas más oscuras, también se pueden cumplir.

    -No gracias, creo que eso lo podría lograr solo ¿no? O sea, un deseo al Diablo debe ser para algo que no sea tan fácil de lograr.

    -Si bueno, tampoco es como que la tengas tan fácil en esas cosas ¿o si? 

    Otra vez me reí, ya más por amargura que por una diversión verdadera. 

    -Pues no, la verdad no, pero no veo caso a desear alguna de esas cosas. A mi me gustaría más algo como, no sé, solo ser bueno ¿sabes? Es decir, quiero hacer muchas cosas si, pero tampoco es como que quiera ser el mejor y tal cosa ¿de donde sacaría inspiración si fuera el mejor en lo que hago?

    Por primera vez, el Diablo se notó interesado, no sé si solamente no leyó las cosas antes de que las dijera o era una sorpresa genuina. 

    -Entonces, si entendí bien ¿quieres ser bueno pero no tan bueno? ¿deseas ser mediocre? 

    -Vamos a decir que si. 

    -Digo, si quieres te puedo curar de esos pensamientos tan idiotas, también entra como deseo…

    -Pero es que no son pensamientos idiotas, es solo que, si yo no me detuviera a admirar a nadie y en cambio tuviera todas las miradas en mi, lo que hago ya no tendría sentido. 

    -No creí decir esto hoy pero, cuéntame más -dejó de lado sus notas, apoyó los codos sobre sus rodillas y su cabeza sobre sus manos y atento me miró. 

    -A ver, existen canciones grandiosas, óperas increíbles, sinfonías maravillosas, y están inspiradas en muchas cosas, no siempre en lo perfecto, y el hecho de que sus creadores no hayan alcanzado la perfección, no quiere decir que sus obras sean menos válidas ¿no? -hizo una pequeña mueca e inclino la cabeza como diciendo que estaba de acuerdo- creo que con todo lo que se crea es así. Uno puede hacer cosas muy buenas aunque no necesariamente sea el mejor, y no es necesario ser el mejor o hacer lo mejor, porque al final, para todo hay público. Ahora bien, no te voy a negar que a veces quiero tener o hacer más cosas, pero no porque no lo logre mi vida es miserable. Aunque falle muchas veces, eso me ayuda a que, cuando al fin lo logre, sienta satisfacción. 

    -Ya, pero ¿Cuándo se volvió esto un discurso motivacional?

    -Bueno, tú empezaste con lo raro ¿no?

    -Tienes razón, continúa.

    -La cosa es que, si tuviera todo si me perdería de los momentos buenos, esos momentos que hacen que todo tenga sentido. ¿Cómo podría decir cual es mi mejor foto si todas son las mejores? Uno tiene que superarse todo el tiempo, si ya no tuviera que esforzarme para hacerlo, pues ya no tendría caso hacer nada. Y con el amor y la venganza no me meto porque, ni uno ni otro me dejaría bien parado a mi. 

    -Entiendo, huyes del karma.

    -¿O sea que el karma es real?

    -No, tampoco, pero es un decir. 

    -Ah bueno. Pues no sé, no se me antoja ningún deseo de esos.

    -Tus razones son válidas supongo, pero pues algo tienes que desear, si no ¿Cómo haremos trato?

    Faltaba poco para las doce, me dolía la rodilla y quería solo recostarme y ya. Estiré las piernas y me acomodé más cerca de la pared que estaba tras de mi.

    -Solo hay una cosa que se me ocurre que puedo pedirte, pero no quiero trampas de esas que siempre hay, quiero que me digas cuanto me va a costar. 

    -Pues dime que quieres y te digo el costo. 

    -La verdad, solo quiero ser yo. Quiero hacer lo que me gusta, sea bueno en ello o no. Quiero conocer gente y lugares, pero no quiero dejar a quienes ya tengo ni vivir en otro lugar. Quiero poder descansar por las noches y jugar sin preocupaciones, quiero poder estar siempre para todos y que todos sepan que así será. Y un día, no sé bien cuando, me quiero morir, pero eso si, dejando todo en orden. Nada más. Nada extraordinario, solamente lo que podríamos considerar normal, porque admítelo, nada de esto lo ha sido. 

    El Diablo anotó todo lo que dije con su fea letra de doctor. Guardó sus cosas y me lanzó una de esas miradas extrañas, como cuando ves que algo en tu casa se rompió y sabes que a ti te van a culpar.

    -Ya lo pediste y negocios son negocios. Te voy a dar eso que pides, esa vida tranquila y en paz.

    -Suena bien, pero ya dime ¿Cuál es el trato?

    Se levantó, se sacudió el polvo de las piernas. Se estiró un poco y tensó su espalda antes de hablar. 

    -Te voy a dar eso, y tal vez un poco más -me miró una última vez sonriendo y comenzó a desvanecerse- pero a cambio, vas a sufrir de ansiedad.

    Y en esa calle apenas iluminada con la luz amarillenta, desapareció. Solo quedamos en la calle su risa, la mía y un “pinche Diablo culero” que no le alcancé a soltar de frente.

  • Ahora sueño despierto

    El sueño se llevó lo que quedaba,
    horas enredadas bajo el costado,
    el hambre, un animal desesperado,
    se devoró a sí misma y se ocultaba.

    El sol, cansado, al horizonte hablaba,
    un hilo gris de luz deshilachado;
    mi cuerpo, por los sueños desgastado,
    ni para descansar fuerza encontraba.

    Mas no importó. De pronto fui consciente:
    te sueño con los ojos bien abiertos,
    te digo lo que callo entre la gente.

    Y en esa soledad de manos frías,
    guardo lo que el silencio no se lleva:
    tu rostro, suspendido entre los días.

  • Rebozo II

    Del ombligo, sagrado nudo de la vida,
    se alza un hilo que danza con el sol,
    tejido en oro y sombra, en seda ungida,
    un manto que abraza cuerpo y corazón.

    Pluma sutil, que al vuelo se despliega,
    igual que la flor al campo su color,
    así el rebozo, en su trama, se entrega,
    pues en cada fibra se guarda el amor.

    Oh, luz divina, que a su paso acaricia,
    descubre la piel, mas la guarda también,
    como un velo que al alma da delicia,
    cálido abrazo que envuelve el Edén.

    Y en cada hebra que del telar se enreda,
    vive el susurro de un tiempo ancestral,
    el canto de manos que nunca se queda,
    que teje al rebozo como arte inmortal.

    Tú que llevas su peso y su ternura,
    ¿acaso no sientes la voz del ayer?
    Es la pluma, la flor, la luz, la dulzura,
    del rebozo que, eterno, se enreda en tu ser.

  • Ola

    Veía el océano de un azul profundo levantarse ingrávido,
                 directo hacia la orilla.
    Vi esa ola inmensa romperse contra las rocas,
                 y su furia se extendió,
    se hizo mil millones y una piezas de bravura.

    Me sentí entonces pequeño,
                                     mínimo,
                                     débil,
                                     sin palabras,
    con la respiración congelada.
    Un escalofrío,
           un presagio,
                 me recorrió entero.
    Pensaba en la fuerza tan impresionante
    que sería necesaria para ello,
    para mover apenas una fracción de aquello.
    Pensé en el frío,
           en el viento,
    en lo sobrecogedor del momento.
    Veía el destello,
                 aún no escuchaba el trueno.

    Y solo pude pensar en ti.
    Había visto esta misma fuerza en tu mirada,
    y aunque era un espectáculo bello y aterrador,
                                       no se comparaba contigo.
    Y no,
           no te temo,
                 aunque seguro tiemblo.
    Porque eres mar,
                 tormenta,
                             incendio.
    Eres magia,
           superstición,
    el dogma,
           el milagro.
    Eres nube,
           rayo,
                 viento,
                       niebla
                             y hielo.

    Eres el instante que se vuelve tempestad,
                 todo detienes,
                             todo impregnas.
    Eres el rugido que lo precipita todo
    y el silencio que le sigue a la nada.
    Eres el misterio
                       ¿de qué horizonte?
    un abismo de luz
                       y sombra
    que me llama
                       y me ahoga.

    No hay tregua contigo,
           y no la quiero.
    Porque en tu caos
           encuentro orden,
                 en tu furia,
                       la calma que no busco
                 pero que me encuentra.
    Eres el fuegoo
           que me consume
    y me da forma,
           la ola que rompe
    y reconstruye mis fronteras.

    Y aún así,
                       no logro abarcarte.
    Eres todo y más.
    Eres el grito de la tierra,
                       el susurro del mar.
    Y yo, un simple testigo,
    me pierdo en la inmensidad
    de ser pequeño ante ti.

  • ¿Piensas en mi?

    ¿Tú piensas en mí
    como yo pienso en ti?
    No, claro que no.
                     Estoy seguro de que no.

    Tu mente va por caminos que no conozco,
                                   corretea entre los montes,
    se pierde en el brillo del horizonte,
    allí donde yo ni siquiera alcanzo a mirar.
           Tus pensamientos son amplios,
    como las tierras que nunca acaban,
                 y los míos, en cambio,
                              no tienen otro destino que tú.

    No te culpo.
    No es un reproche, no podría serlo.
    Lo entiendo bien.
    A ti el tiempo se te escapa de las manos,
    se te va con las cosas grandes,
    con aquello que pesa en la vida.
    Y yo, yo tengo tanto tiempo,
                               tanto y tan vacío,
                               que puedo llenarlo contigo.

    Así me la paso,
    buscándote entre las palabras que me dejaste,
    dándoles vueltas como si fueran piedras en el río.
    Las tomo, las giro, las acaricio.
           Trato de aprenderlas,
                 de masticarlas,
                       de saber qué querías decir,
                             si es que querías decir algo.
    Y mientras tanto,
                          tú sigues allá,
    donde no alcanzo,
                       sin tiempo para detenerte en mí.

    Pero insisto, no es reclamo,
    ¿cómo podría serlo?
    Lo entiendo, las vidas no se viven igual para todos.
    Tú tienes manos para lo concreto,
                       para lo que se hace y se queda.
    Y yo, yo apenas tengo sueños.
           Sueños y estas ganas de
                 ahogarte en palabras
                       que no sé si te llegan,
                 de escribirte en un papel
           que tú nunca vas a leer.

    Sé que dentro de ti hay cosas
    que no alcanzo a entender,
    cosas que se escapan
    como el agua entre los dedos.
    Pero eso tampoco importa.
           A mí me sobra tiempo.
                 Me sobra tanto que
                       hasta los silencios que dejas,
                             los he aprendido a llenar con tu ausencia.

    A veces pienso que
              eres como ese viento que sopla
                      y no se deja atrapar.
    Pasas rozándome,
    dejándome el frío en las manos,
    pero nunca te quedas.
    Y yo, como un tonto,
              me quedo quieto,
                      esperando,
    deseando que algún día cambies de rumbo,
                      que te detengas siquiera un momento.

    Me pregunto si alguna vez te detendrás.
    Si algún día mirarás hacia atrás y me verás allí,
    esperando entre las sombras.
              Pero quizá ni siquiera eso.
                      Quizá lo mío es cargar con esta espera,
                              con esta certeza de que tus pasos no vuelven,
                                      de que tus ojos miran siempre hacia adelante.

    Y aun así,
    no puedo soltar la esperanza,
    tonta como es.
    Porque, aunque no quieras,
    aunque nunca vuelvas,
    yo te he plantado dentro de mí
    como si fueras un árbol.
    Y no importa cuánto crezcas
    o qué tan lejos se extiendan tus ramas,
    yo seguiré aquí, cuidándote
    desde esta distancia que tú ni siquiera notas.

    Hay días en que me pregunto si te inventé.
    Si lo que pienso que eres
                no es más que un sueño mío,
                          un reflejo que creé para no estar tan solo.
    Pero luego vuelves a aparecer,
                          como un rayo de luz
    que se filtra entre las nubes,
                          y todo vuelve a doler,
                                          como siempre.

    Y aun con todo,
                no me arrepiento.
    Porque hasta este dolor que me dejas
                                              me da vida,
                me recuerda que estoy aquí,
                                                        esperando.
    Por eso me pregunto:
                                           ¿piensas en mi?

  • No es ausencia

    No sé si llamarle ausencia,
           cuando en cada rincón de esta casa
                 andas dejando tu sombra prendida.
    El aire se llena de tus pasos,
                                                       aunque no los escuche;
    y las paredes murmuran tu nombre,
                       sin que yo se los pregunte.

    No estás lejos.
    No hay distancia entre el recuerdo
                    y el peso de tu risa,
                                  que se queda aquí,
    como si hubiera hecho nido.

    Tu voz no se apaga,
                    sigue rondando entre los días,
    mezclándose con mi propio pensamiento,
    como si fueras el hilo que sostiene mi silencio.

    No sé si esto sea ausencia.
    ¿Cómo llamarle falta
                  a quien nunca se va del todo?
    ¿Cómo sentir vacío
                  cuando tu presencia se instala
                  como una luz tenue,
                  que no busca alumbrar,
    pero tampoco deja de estar?

    Tú, que no estás,
                       pero siempre eres.
    Diario partes
    y al mismo tiempo te quedas.
    No, no es ausencia.
                    Es otra forma de estar,
                                  una que no conoce fronteras
                                                ni cuerpos, ni tiempo,
    somos, porque nos tenemos.

  • En sus ojos

    Habráse de inventar palabra cierta,
    que abarque lo que en los ojos se contiene,
    pues si el mirar parece que sostiene,
    hace más: abre el alma y la despierta.

    En ellos, mundo entero se derrama,
    amor y odio, soledad y flama
    espejo fiel de toda humanidad,
    faro en la niebla o fuego que nos llama.

    ¿Qué hacen los ojos, pues, que no es mirada?
    Son puerto, donde el alma halla su guía,
    y libro, donde vive escrita la jornada.

    Son llave de la vida y su sentido,
    un mar profundo en calma o agonía,
    que revela el ser y su latido.