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  • Un gran robo

    Un gran robo

    Un gran robo

    Había una vez un pueblo mágico donde la música era el aire que todos respiraban y las danzas el latido del corazón. Un lugar pintoresco donde talentosos artistas cantaban con voces de ángeles y bailarines de pies ligeros danzaban sobre las calles adoquinadas.
    En este pueblo singular vivía gente extraordinaria, un sastre que bordaba notas musicales con hilos de oro, una panadera cuyos panes olían a melodías recién horneadas, y un viejo artesano que tallaba la madera con los ritmos de tambores ancestrales. Eran guardianes felices de una cultura vibrante que habían atesorado por generaciones.

    Llegó el mal

    Pero un día, un hombrecillo taimado, Alfredo el Astuto, llegó furtivamente al pueblo. Con una sonrisa maliciosa y un gesto veloz, robaba las tradiciones con su bolsa encantada capaz de tragarse cualquier cosa. Silbaba una tonada y la música de las calles acudía a su bolsa como mosquitos a una lámpara. Chasqueaba los dedos y los trajes de danza más bellos caían en su saco mágico sin remedio.

    Alfredo trabajaba con una pandilla de rufianes espectrales, fantasmas hoteleros con aire engolado y demonios empresarios de mirada codiciosa. Juntos engañaban y embrujaban a los desprevenidos aldeanos para que entregaran sus tesoros culturales.

    Al principio nadie se percataba, hasta que un día un grupo de jóvenes descubrió al pícaro Alfredo robando los instrumentos de la banda municipal con todo y músicos. “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” gritaban, pero sus voces se apagaban misteriosamente, como si un hechizo les hubiera cerrado la boca.

    Por más que los adultos vigilaban, Alfredo siempre se escabullía con sus bolsillos repletos de cultura robada. Un día se llevó las recetas ancestrales de los panaderos. Al otro, los cuentos e historias de los abuelos contadores se esfumaban de sus memorias.

    Nadie sabía que hacer

    Finalmente, sólo quedaba un viejo músico ciego que tocaba su guitarra a la luz de la luna. Alfredo ya había robado todo lo demás. “Ni lo pienses, malandrín, esto es un gran robo” advirtió el anciano cuando oyó los furtivos pasos de Alfredo. Tocó una melodía en su guitarra mágica, y de repente todo el pueblo despertó. Rápidamente los más sabios del pueblo huyeron para encontrar la forma de detener al malvado Alfredo, se reunieron todos dentro de una escuela vacía y comenzaron a escuchar las ideas.
    “¿Por qué no difundimos nosotros mismos los detalles de nuestra cultura? Podemos apoyar a las comunidades para que creen sus propios canales de comunicación, como sitios web, redes sociales, podcasts, etc., donde puedan compartir su cultura de manera autónoma y sin intermediarios.”. Dijo un joven entusiasmado, pero todos negaron con la cabeza, “eso no funcionaría”, dijeron algunos.
    “¿Y si creamos alianzas y redes de colaboración entre las comunidades originarias, organizaciones culturales, instituciones educativas y autoridades locales para trabajar de manera coordinada en la difusión y preservación de la cultura de forma respetuosa?”, preguntó una muchacha tímida, “eso es todavía menos útil, nadie participaría”, le respondieron entre abucheos.
    “¡Ya sé!” dijo uno de los grandes pensadores “vamos a crear panfletos hechizados que lo hagan reflexionar, le diremos que está mal lo que hace y que además, ni siquiera pueden asistir todos los que quieren ”. Un murmullo de aprobación se extendió rápidamente y comenzaron a escribir.

    “¡Alfredo es un malvado ladrón de culturas!”

    decían los papeles que los habitantes de este pueblo repartían por todos lados, algunos aún sin leerlos ni reflexionarlos, rápidamente lo compartían con sus
    vecinos y pronto todo mundo estaba en la misma sintonía. Un pequeño niño, Pablo, aprovechando la confusión, invocó el espíritu de un abogado el cual demandó a Alfredo, pero no por el despojo cultural a su pueblo ni por el uso indebido de las artes tradicionales, sino por tocar una canción que según él había compuesto su padre, al parecer Pablo nunca aprendió a trabajar y hacer cosas por sí mismo.

    Los aldeanos se organizaron en un gran coro, cantando y danzando con una fuerza tan poderosa que las ventanas y puertas de la aldea comenzaron a temblar y resquebrajarse. Los fantasmas hoteleros salieron volando, los empresarios codiciosos huyeron despavoridos, y la bolsa encantada de Alfredo reventó como un globo, vomitando todas las tradiciones que había devorado tan codiciosamente.

    Con lágrimas en los ojos, Alfredo contempló aquella explosión de alegría, color y melodías que lo rodeaban. En ese momento se dio cuenta de que la verdadera magia no estaba en robar las tradiciones de otros, sino en atesorarlas y celebrarlas con el corazón. Arrepentido, Alfredo se unió a la gran fiesta, aprendiendo las danzas, cantando las canciones y compartiendo los viejos cuentos con un renovado aprecio.

    Desde aquel día, la cultura de ese mágico pueblo brilló con más fuerza que nunca, imbatible ante ladrones y codiciosos. Y por las noches de luna llena, dicen que aún se puede ver a Alfredo bailando alegremente junto a sus nuevos amigos, finalmente en paz con su espíritu reformado.

  • Andrea Zalapa y La Amargura

    Andrea Zalapa y La Amargura

    De las aulas del Tecnológico de Morelia a las cervezas artesanales de La Amargura, Andrea Zalapa ha recorrido un camino disruptivo y apasionante. Esta mujer originaria de Paracho, con raíces también en Los Reyes, Michoacán, estudió Ingeniería Bioquímica, una carrera difícil pero que, sin dudas, volvería a elegir “una y mil veces” pues ahí descubrió la creatividad para desarrollar productos.

    Y fue precisamente esa creatividad la que la llevó a incursionar en el mundo de la cerveza artesanal, a pesar de que inicialmente ni siquiera le gustaba la cerveza. “Estaba fascinada por el proceso bioquímico que había detrás”, comenta Andrea, quien empezó a estudiar, probar cervezas y elaborar sus primeras creaciones hasta que, junto con su familia, encontraron el nombre perfecto: La Amargura.

    El proceso

    El proceso creativo detrás de las cervezas de La Amargura es único y espontáneo. Andrea se inspira en los sabores, olores y personalidad que desea plasmar en cada estilo, buscando siempre representar su pueblo en las etiquetas y los sabores. “Soy muy espontánea y mi método de medición es el tanteo”, explica.

    Pero la cerveza no es el único emprendimiento de esta ingeniera. Durante la pandemia, nació Sïrankua, su línea de cosméticos naturales. “Empezamos este proyecto con amigas para visibilizar la cosmética ancestral y medicina tradicional, pero sobre todo a precios justos y concientizando sobre el impacto ambiental”, relata Andrea.

    Andrea Zalapa y La Amargura

    Un día típico en su vida como emprendedora y cervecera artesanal comienza con ejercicio y café. Por las mañanas se dedica a La Amargura, lavando botellas, barriles y elaborando cerveza, mientras que por las tardes se enfoca en Sïrankua, completando pedidos y formulando nuevos productos.

    Sin embargo, el camino no ha sido fácil para Andrea, quien ha tenido que enfrentar retos como mujer en industrias tradicionalmente dominadas por hombres. “Empezó siendo difícil, ya que era de las poquitas cerveceras en Michoacán o al menos de las que se aventó al ruedo con tan poquito tiempo de experiencia”, recuerda. A sus 22 años, sentía cómo la hacían “chiquita” entre tantos cerveceros y llegaba a escuchar comentarios horribles sobre su cerveza y sobre ella misma, haciéndola sentir que debía dejar de hacer cerveza. Pero su perseverancia y orgullo la llevaron a continuar.

    La constancia

    Hoy, Andrea organiza eventos como el Amargo Fest edición morras, con el objetivo de dar a conocer la cultura cervecera y empoderar a las mujeres en esta industria. “El saber que hay mujeres cerveceras me hace sentir acompañada y por lo tanto también el impulsarnos la una a la otra, es necesario”, afirma.

    Además, busca visibilizar a las emprendedoras y creadoras, resaltando el valor de sus productos y creaciones. En cuanto a La Amargura Taproom Bar, ofrece un espacio lleno de bonitas experiencias, cerveza, comida y música, creando un ambiente armónico donde los clientes se vayan “con un mundo nuevo en la cabeza”.

    La próxima edición del Amargo Fest edición morras promete ser un evento emocionante, con cerveza artesanal hecha por mujeres, comida, emprendedoras, creadoras, artistas, cantantes y poetas. Habrá juegos, actividades y la oportunidad de convivir y apoyar este proyecto.

    Emprendedora

    Andrea no solo ha logrado combinar su formación como ingeniera bioquímica con su pasión por la cerveza artesanal y los cosméticos naturales, sino que también ha enfrentado desafíos en cuanto a la distribución y comercialización de sus productos. Pero su determinación la ha llevado a planear una expansión este año, con el objetivo de abarcar más mercado en Michoacán y fuera del estado, aumentando la producción de La Amargura y Sïrankua.

    Con ingredientes locales como el nurite y los frutos rojos, técnicas tradicionales e innovadoras, y un equipo de trabajo en constante crecimiento, Andrea Zalapa ha demostrado que la química y la cerveza artesanal pueden ser una combinación ganadora. Su legado en Michoacán es una cerveza única y de calidad, así como una comunidad de emprendedoras y creadoras que encuentran en ella una voz y un apoyo invaluable.

  • Aguaturmas Blancas: Cuentos P’urhépechas

    Aguaturmas Blancas: Cuentos P’urhépechas

    Las comunidades p’urhépechas han preservado celosamente su legado a través de la tradición oral. Ahora, un nuevo libro de cuentos busca plasmar en letras esta vasta sabiduría ancestral. “Aguaturmas blancas” es la primera obra literaria de Esteban Sevastián, un escritor oriundo de Las Encinillas, una pequeña ranchería p’urhépecha de la región serrana de Michoacán, perteneciente al municipio de Tangamandapio.

    Sobre el autor

    Esteban, el menor de doce hermanos de una familia humilde y tradicional, cuenta que desde niño estuvo inmerso en las labores del campo sembrando y vendiendo leña junto a su padre. Pero fueron las entrañables historias de su abuelo Dionisio las que sembraron en él la semilla de la palabra. “Mientras leñaba, estiraba alambre o caminaba al monte, mi abuelo me contaba la historia del mundo; sabía qué era cada animal antes de ser animal, a reconocer el piar de los pájaros, el comportamiento de las hormigas o el aullido de los coyotes. Él lo sabía todo, quería ser como él, crear mundos en la cabeza de otras personas por medio de la palabra. Él fue mi mayor inspiración e influencia”, rememora con nostalgia.

    Tras estudiar Ciencias Teológicas y Filosóficas, además de formarse como escritor, Esteban decidió regresar a sus raíces con la firme intención de aportar su grano de arena a la preservación del acervo cultural p’urhépecha. El fruto de ese anhelo es “Aguaturmas blancas”, una colección de diecisiete relatos cuidadosamente hilvanados a lo largo de ocho años, en los que se entrelazan las experiencias cotidianas, tradiciones, creencias, luchas y singular cosmovisión de estos pueblos milenarios.

    Sobre el libro

    “Este libro toca las historias y experiencias cotidianas de las comunidades p’urhépecha de la región, ofreciendo una cosmovisión de la vida de los pueblos; en las tradiciones, las relaciones familiares, las creencias culturales, la lucha contra la adversidad, la supervivencia y la muerte”, describe Esteban sobre los diversos temas que aborda su obra.

    Las palabras cobran vida a través de las diecisiete ilustraciones creadas por la artista Jessica García Huipe, cuyo estilo de líneas limpias evoca belleza y contemplación. “Las ilustraciones se interpretan por sí mismas aunque tengan como base los relatos. Poseen una estética y un estilo particular”, comenta el autor.

    A diferencia de otros libros con fines didácticos o moralistas, Esteban aclara que su intención no es adoctrinar. “Los relatos no son pretenciosos, no contienen ninguna intención de enseñar tal o cual cosa, qué es bueno o malo. En este sentido, el amor, el odio, el bien, el mal, la vida, la muerte, los dioses y demonios tienen la misma dignidad; las virtudes, los vicios no me toca juzgarlas”, afirma.

    Aguaturmas Blancas: Cuentos P’urhépechas

    La obra fue editada de manera independiente por Santi-Ediciones, pues según el propio Esteban, “este libro se forjó como una necesidad de expresar, de decir que los p’urhépechas seguimos aquí. No como hace 500 años, ni siquiera como hace 50, estamos aquí cargando nuestro pasado híbrido, junto a la modernidad del mundo pero ahora queremos hablar con nuestra propia voz, en medio de nuestra realidad”.

    Quienes deseen sumergirse en este universo literario cuyas raíces se hunden en el tiempo, podrán adquirir “Aguaturmas blancas” en preventa con un precio especial hasta el 20 de abril, fecha en que se realizará la presentación oficial en la Casa de la Cultura de Tangamandapio. El 26 de abril habrá una segunda presentación en la Casa de la Cultura del Valle de Zamora. Posteriormente, el libro estará disponible en plataformas como Amazon.

    Un libro que se vive

    “Me aventuro a decir que más que leerse, es un libro que se vive junto a los personajes. Igualmente, entre los relatos contiene palabras en p’urhépecha con la intención de que al final, quien no lo hable pueda identificar algunas palabras, en este sentido puede ser pedagógico, aunque no es el objetivo principal”, comparte Esteban, invitando a los lectores a emprender esta enriquecedora travesía por la cultura viva de su pueblo.

    Con “Aguaturmas blancas”, Esteban no solo rinde homenaje a sus ancestros y sus enseñanzas, sino que aspira a que esta obra sea el inicio de un camino de difusión más amplio de las voces p’urhépechas. “Tengo la ambición de poder presentar el libro en la mayoría de los centros culturales que poseen las comunidades p’urhépecha, espero sea posible”, augura esperanzado.

  • Las paredes si hablan: Nahir Alonso

    Las paredes si hablan: Nahir Alonso

    A la corta edad de 20 años, Bernardo Nahir Alonso Bejar ya se ha labrado un nombre como un destacado artista purépecha. Oriundo de San Felipe de los Herreros, un pequeño poblado en Michoacán, este talentoso autodidacta encontró su vocación en la creación de murales comunitarios que retratan y enaltecen la rica herencia cultural de su pueblo ancestral.

    La pasión de Nahir por el dibujo floreció desde la infancia. Careciendo de acceso a cursos formales, pulió sus habilidades trabajando en rótulos publicitarios mientras seguía practicando incansablemente. “No tomé ningún curso o taller lo cual me hubiera ayudado mucho más, pero en la comunidad no había nada de esto”, recuerda. Fue con sus propios ahorros que finalmente pudo hacer realidad su sueño de pintar su primer mural. “No esperaba nada a cambio, todo era por amor al arte.”

    La inspiración

    Las fuentes de inspiración de Nahir emanan de las propias entrañas de la cultura michoacana a la que rinde homenaje. Sus murales dan voz y rostro a los compositores, artesanos, músicos y los entrañables pireris, íconos vivientes de la música purépecha. “Me gusta mucho la música purépecha y la mayoría de mi trabajo trata de ellos”, afirma con orgullo.

    El proceso creativo de Nahir comienza con una exhaustiva inmersión en la comunidad donde trabajará. “Para poder comenzar, primero tengo que investigar sobre la comunidad para así plasmar esa idea a la pared, escuchar pirekuas si se trata de algún pireri o ver la elaboración de las artesanías si se trata de algún artesano”.

    Su técnica involucra realizar numerosos bocetos a mano alzada, antes de trasladarlos meticulosamente a la pared utilizando una vibrante paleta cromática inspirada en la bandera purépecha. “Me gusta utilizar los colores de la bandera purépecha y cuando no lo hago trato de utilizar colores que tengan mucho contraste”, detalla.

    Pero lo que más disfruta Nahir es la interacción con la comunidad durante la creación de sus murales. “Trato de que me cuenten su trayectoria, cómo aprendieron, anécdotas y si les gustaría que los jóvenes siguieran con ese legado”, comparte sobre las entrevistas que realiza previo a inmortalizar a sus personajes.

    La reacción de la gente al ver su trabajo es lo que más lo motiva. “Disfruto la reacción de la comunidad y más que nada la de la persona plasmada, ya que no se le avisa y se puede notar su expresión al ver que se le está dando importancia o valor a lo que se dedica”. Esta conexión tan personal ha creado un profundo vínculo entre sus murales y la gente. “La comunidad cuida mucho ese mural, no lo rayan, no lo ensucian y lo protegen. Ahí se nota la importancia que tiene para ellos.”

    Las paredes si hablan: Nahir Alonso

    Con una sólida trayectoria construida mural a mural, Nahir tiene ambiciosos planes a futuro. “Me gustaría salir a otro estado o país para dar a conocer nuestras raíces a través de murales más grandes, como edificios enteros. También hacer exposiciones sobre las danzas de Michoacán en cuadros.”

    Este joven artista vislumbra su camino artístico como “un trabajo evolutivo, el cómo fue evolucionando desde dibujos a lápiz, rótulos, pinturas, hasta la actualidad que son los murales”. Una evolución que sin duda continuará expandiendo sus horizontes creativos, pero manteniendo intactas sus raíces purépechas y su inquebrantable compromiso con el arte comunitario.

  • ¡Jijo Tronco Llorón!

    ¡Jijo Tronco Llorón!

    Le sucedió a un leñador en un mayo de calores. Tata Melchor se levantó, el horizonte era apenas una línea lechosa, tomó su morral de hita con la piedra de asentar, un machete, fósforos, una botella de agua y se alzó el hacha al hombro; le gritó a sus hijos:

    “¡Miguel, Bibiano, levántense! Me alcanzan en el cerro con los burros”. Y dando grandes zancadas se fue.

    Cuando entró al monte el sol ya asomaba la cabeza amarilla y se lamentó diciendo: “¡Mal allá!”, y apretó el paso. Muy cerca de los tepetates encontró un pequeño tronco; paró, colgó el sutupo en un árbol y sacó la botella, glu, glu, glu, “!ah!, qué bueno sabe este alcohol para calentarse, aquí mi vieja no puede estar chingando”, dijo en voz alta. Se decidió a leñar en aquel lugar. Se escupió las manos, se las restregó y tomó el hacha; apenas la iba a levantar cuando escuchó una voz que decía: “No me vayas a dar muy fuerte”.
    Entonces paró y miró alrededor, pero nada. Pensó que era el apuro del chamaco que venía en camino y empuñó de nuevo. El filo venía en el aire cuando oyó: “¡ay, ay, ay!”. Esta vez le voló un pedazo de tecata y estiró el cuello para observar por encima del jaral, nada. Se rascó la nuca y creyó que las panzas por alimentar lo estaban chiflando. Sin pensar mucho, le dio otro hachazo y entonces escuchó claramente:
    “¡Me cortas!”. Giró el pescuezo hacía el camino, seguro de que era su hijo Bibiano, el más laracoso, pero nada de nuevo. Entonces aventó el trozo a un lado y gruñó: “¡Jijo tronco llorón!”. Buscó otros palos alrededor y, en un dos por tres, completó el viaje.
    ¡Guau, guau, guau! se oyó el ladrido de la Golondrina a lo lejos, espantando pájaros, ardillas, coyotes y el sosiego del monte. Bibiano y Miguel asomaron por el camino encaramados en los burros que mascaban hojas. Le entregaron al leñador diez tacos de frijoles y dos chiles y, mientras almorzó, ellos cargaron las bestias. Ya de regreso Melchor le entregó a Miguel el tronco gritón.

    —Se lo llevas a tu mamá para lumbre —ordenó.
    Los hijos del leñador fiu, fiuu silbaron por las calles del pueblo hasta que doña Luisa salió y les compró las cargas de leña. Luego corrieron corrieron para su casa hambreados, Bibiano apenas cruzó el cerco de su casa, le entregó el leño a su madre. “Para calentar tortillas, amá”, le murmuró y se acomodó en la chimenea.

    La esposa del leñador metió enseguida el tronco al fogón acompañado de un ocote encendido. “Vayan a lavarse las manos y regresan a comer”, ordenó. Sacó de un agujero de la pared una cuajada de queso, tomó un bocado apresurada y la escondió de nuevo. A poco llegaron los niños con el griterio; se acomodaban en los bancos cuando se escuchó un murmullo y luego un grito: “¡Me quemo, me quemo!”.
    —¿Quién está de burlón? —preguntó la mamá con el cucharón en la mano.
    Los hijos del leñador se miraron despistados, pues sólo escuchaban los borborigmos de las tripas.
    —No mientan porque les va a salir cuerno y cola como antes de que se bautizaran —los amenazó la esposa del leñador con la frente arrugada.
    —¡Aaaj! fui yo, fui yo —se quejó el pedazo de madera mientras caía al suelo con la punta encendida.
    La esposa del leñador cayó sobre la silla porque el susto le aflojó los huesos. Sus hijos corrían de un lado a otro echándole agua al palo.
    —Es un tronquito mágico, ¿nos lo podemos quedar? —preguntaban brincando. Y se empanzonaron de tanta alegría que se les olvidó el hambre.
    Después de discutir toda una tarde, el leñador dijo: “Mientras no trague, se puede quedar”.

    Para mala suerte, resultó que este tronquito si comía y mucho. Se zampaba hasta dos platos de frijoles con cebolla y guajes por una boca torcida que le había formado Miguel con una cuchillo chimuelo. Bibiano se encargó de formarle el resto del cuerpo, le injertó ramas de níspero y durazno como patas y manos, estos prendieron rápidamente porque se la pasaba zambullido en los arroyos. Pronto se le miró correr y correr por el llano volando papalotes.
    Pero como les decía, Tronquito, era muy comelón. Y por las noches a escondidas, dejaba la cocina sin un triste garbanzo. Una noche, mientras iba a la cocina, Golondrina, la perra, que dormía junto a la puerta de la cocina, le avisó: “Anoche escuché decir a Melchor, que si sigues comiéndo tanto, te van a regalar”. Pero Tronquito no le hizo caso, saltó por encima y devoró la canasta de piloncillos.

    Por la madrugada comenzó a llorar. “Se me quema la panza”, decía. Entonces la esposa del leñador le coció altamisa para el dolor de barriga. “¿Te comiste los piloncillos, verdad?”, le preguntó la esposa del leñador. “No”, contestó. De pronto le salió una cola y dos cuernos y Tronquito se asustó mucho. “Estás mintiendo”, le gruñó enojada. “Pero le di a Miguel y Bibiano”, señaló quedito. “¿Es verdad eso?”, le gritó a sus hijos. “¡A que no!”, alegaron. Y en eso les saltó cuernos y cola también.
    —Ya ven, por hacer cosas a escondidas —los sermoneó.
    —También él toma alcohol a escondidas —habló Tronquito, señalando al leñador.
    —¡No es verdad! —exclamó Melchor y le asomaron las puntas en la frente.
    —Y tú también comiste cuajada de queso a escondidas —le dijo Tronquito a la esposa del leñador.
    —¡No, no, es, es…! —respondió tartamuda, mientras le salían los cuernos y la cola.
    —¡Lero, lero; lero, lero! ahora todos nos tenemos que bautizaaar —tarareaba Tronquito, saltando por todos lados con brotes de durazno y níspero.
    Esto sucedió en casa de un leñador en un mayo de calores.

  • Tú sí, tú no

    Tú sí, tú no

    Tú sí, tú no. Recordemos esas peleas de niños en la primaria. Los insultos y descalificaciones iban desde lo tierno hasta lo absurdo: “Tú no tienes un perro como el mío”, “A mí sí me van a comprar lo que pedí”, “Tu mamá no te hace comida como la mía”, “Tú sí, tú no”. Es comprensible que siendo tan pequeños, los niños se dijeran ese tipo de cosas. Después de todo, hablaban de lo que tenían y lo que creían que el otro no.

    Sin embargo, lo incomprensible es que, varias décadas después, habiendo pasado ya algunas generaciones y teniendo a gente mayor y sabia cerca, se caiga en esos mismos argumentos absurdos para descalificar a los demás.

    Tú sí, tú no

    Hace un tiempo, comenzamos una pequeña dinámica para conocer más sobre las comunidades purépechas que nos rodean. Como invitarlos directamente a proporcionar información no funcionó, decidimos hacerlo en forma de torneo. Entonces, vimos a gente muy emocionada invitando a familiares y vecinos a votar por su comunidad. Incluso, páginas de autoridades o instituciones lo compartieron. No obstante, también nos topamos con una montaña de comentarios confrontacionales, sin ser una sorpresa para nadie.

    Entendemos bien ese cariño por la comunidad, por la tierra de uno. Pero ese sentimiento patriótico, donde buscamos exaltar lo que vemos y tenemos en casa, termina muchas veces deformado, dando paso a insultos sin sentido. ¿Por qué la gente cree que es tan sencillo como decir “Yo sí soy y tú no”? ¿Qué les hace pensar que tienen el derecho a decir si alguien tiene o no la capacidad para hacer o decir algo? ¿Por qué creen que unos tienen más valor que otros? Hablo de la gente que cree que algo es o no purépecha según sus propios criterios. Pero, ¿cómo determinamos qué es purépecha y qué no lo es?

    Definiendo lo purépecha

    Hace algunos años, le dije a un amigo que tenía la intención de hacer música purépecha, pero no sabía si podía hacerlo. Él me respondió: “¿Por qué no? Si eres purépecha, la música que hagas también lo será. Porque, ¿qué más sería? ¿Africano? ¡Si naciste en este pueblo de la meseta!”.
    Entonces, me asaltó otra duda: ¿qué es y qué no es purépecha? Si hubiera nacido en Estados Unidos o Honduras, teniendo los mismos padres y familia, ¿sería gringo o catracho? Si alguien de allá nace aquí, ¿es automáticamente purépecha? Conozco a muchos nacidos en el norte que con orgullo se llaman purépechas sin dudar.

    ¿Por no hablar la lengua que se hablaba en la provincia de Michoacán a la llegada de los españoles, soy asiático? ¿Si un chino aprende ese idioma, es ya purépecha? Porque esos mismos que han nacido más al norte también hablan inglés, y eso no les impide sentirse como si llevaran toda su vida aquí. Dicen siempre “no basta con vestirse un solo día o solo para la foto”, pero te lo dicen hombres que andan diario con tenis, mezclilla y gorra. Como si ellos, defensores de la tradición, estuvieran exentos de ello cuando lo comentan. 

    Pero si no es donde naces, o los padres que tienes o la lengua que hablas o la forma en que vistes ¿qué te hace o no purépecha ante los demás?

    Ser, vivir o pertenecer

    Hay una frase popular atribuída al filósofo Confucio: No me preguntes de dónde vengo, sino adónde voy. Esta frase sugiere que la identidad y pertenencia no se define únicamente por los orígenes, sino por el camino que uno elige seguir. Y es que el estilo de vida purépecha no se define por nacer o vestir de uno u otro modo, sino por la manera en que uno lo lleva presente todos los días, con sus valores, sus obligaciones, sus conocimientos y con la responsabilidad que representa el no dejar que se pierda eso que hemos aprendido de nuestros ancestros. 

    ¿De qué sirve hablar la lengua purépecha si la usarás para desprestegiar a los demás?
    ¿De qué sirve la vestimenta purépecha si portándola vas a tratar mal a quién no la usa?
    ¿De qué sirve haber nacido en este territorio si no lo vas a defender de quien solo viene a lastimarlo?

    ¿De qué sirve ser hijo de padres purépechas si faltando al respeto a tu prójimo vas a deshonrarlos?

    Yo nunca me olvido, aunque ande lejos, que soy indio de raza purépecha puro de Michoacán. Tata Chendo Estrada plasmó en su pirekua ese sentimiento de manera correcta al hablar de su casita vieja, de adobe y tirinda, horcones de encino, tejamanil de pino y cerca de piedra. 
    Logró poner en mi mente una imagen clara de la que fuera casa de mi abuelo. Pude imaginar como debió ser esa sensación suya al volver a donde creció, ¿qué culpa tuvo él de que sus padres ya no hablaran purépecha y no le pudiesen enseñar? la misma que tengo yo supongo. 
    Esa misma culpa que tiene aquel que nació del otro lado de la frontera porque sus padres se fueron allá a buscar una mejor vida. 

    Sin lengua, sin vestimenta, sin territorio, pero con el orgullo siempre latente. 

  • A falta de una nación p’urhépecha

    A falta de una nación p’urhépecha

    Cuando era estudiante de teología leía un suceso histórico que, en primera instancia, me pareció absurdo y ridículo, pero después me instaló en una reflexión, pues hasta lo absurdo y ridículo se vuelve atractivo al paso del tiempo porque nos da luces de una realidad histórica. El caso en concreto era este: en 1453 mientras los turcos invadían Constantinopla, los monjes de Bizancio discutían sobre temas como cuántos miles de ángeles cabían de pie en la punta de un alfiler o si las mujeres tenían alma. La teología revelada y la teología natural tiene vastos caminos, dentro del catolicismo, por ejemplo, es válido discurrirlos en el pensamiento, debatirlos en un aula de clase, pero por ningún motivo llevarlo a la práctica pastoral o a la escritura, para ello está la dogmática, una especie de unidad doctrinal que da funcionalidad a la institución. 

    Con este ejemplo pretendo iluminar o, más bien dicho, desenredar nudos en mi cabeza. Esto me causa cierta contradicción porque soy, o al menos pretendo ser, un p’urhépecha en reivindicación. Sería más apropiado buscar un modelo tradicional de nuestros pueblos nativos, pero, dada mi poca experiencia dentro de las comunidades de gran tradición, pensé en hacer uso de textos sobre la historia de nuestros pueblos, pero dichos relatos están escritos por frailes o son de tradición occidental y la reivindicación de los pueblos contienen un fuerte matiz para regresar a la religiosidad de nuestros antepasados; dado el atolladero decidí usar el anterior modelo porque al final me situaría en el mismo lugar. 

    Soy un p’urhé buscando pertenencia.

    En mi andar no he tenido suerte, he seguido con detenimiento algunos movimientos, pero al tiempo me reservo mi participación porque no veo un objetivo claro; me evoca esa conmoción que despertaban los escarabajos peloteros en mi niñez, los sísifos en el reino de los insectos. Los miraba empujar con paciencia bolas de estiércol entre la maleza, los contemplaba y seguía varios metros atraído por la curiosidad, nunca supe su destino. Esa experiencia me dejó la secuela de buscar una funcionalidad a las cosas, algo que admiro de la Iglesia católica y Maquiavelo. 

    En este andar he advertido diversas líneas de pensamiento e ideología. 

    Está el esfuerzo de algunas diócesis y arquidiócesis de inculturación y vindicación, traduciendo el misal al p’urhépecha, insertando elementos propios de los pueblos originarios con reservas y dudas de no estar adorando al demonio. Allí los líderes son sacerdotes, algunos ignorantes de la lengua y su cosmovisión, pero gustan colocarse coronas, panes y cuanto objeto alistonado. Dicen que Dios ya habla nuestra lengua, pero ¿cuándo no lo ha hecho? ¿Quién tiene el monopolio de Dios? Elementos folklorizados se han injertado al paso de los años con explicaciones forzadas, pero como se reza por allí: “Los curas pusimos las costumbres y las podemos cambiar”.  

      Otros luchan por resucitar la cosmovisión de nuestros antepasados, aquí podemos ver y experienciar celebraciones como el Año Nuevo y el Fuego Nuevo P’urhépecha, la deidad del sol y la guerra, Kurhíkaueri (Curicaueri, Curicaveri). Coloco las demás acepciones en atención a las personas que se agobian sino se escribe como lo conocen o les agrada, absurdo, claro está, como el cristiano que perdió la fe cuando supo que Jesús no nació el 25 de diciembre. No distingo si este grupo busca retomar la religión como tal, una espiritualidad o una conmemoración ritualista del ciclo agrícola. Hasta ahora no existe una teología p’urhépecha oficial, este movimiento no está libre del sincretismo y del subjetivismo sensorial. 

    Otras luchas​

    Los grupos de carácter sociopolítico han adelantado en aspectos como el autogobierno  y el presupuesto directo en las comunidades más grandes, dando como resultado un carácter más formal a los consejos comunales, dejando, en cierto desamparo a las comunidades más pequeñas. La preocupación es que se lucha con la ideología de un indigenismo puro que ya no existe y no volverá. Enjuician la religión católica sin tomar en cuenta que los p’urhépechas han absorbido la doctrina de los frailes a su manera y forma. Basta con ver sus festividades anuales y su fe en la religiosidad popular. 

    No estamos lejos de asemejarnos a los bizantinos, gastando nuestra energía en cuestiones triviales y frívolos. Y como todos los movimientos son discutibles, nos censuramos unos a otros, enjuiciándonos desde el ámbito personal; dentro de la seguridad de un colectivo o comunidad; desde la prepotencia académica, destripando la cultura, la lengua y la sabiduría de los abuelos o desde la comodidad extranjera, señalando un proceso cultural de los pueblos que ya no viven y sienten en carne propia. 

    Hay mucho quehacer en la autocrítica como pueblos p’urhé pero será en otra oportunidad; mientras, sigamos abriendo caminos angostos y no veredas amplias donde todos podamos caminar sin perdernos; dejo aquí lo propio.  

  • La Miringua y el olvido

    La Miringua y el olvido

    A lo largo del tiempo, una historia puede transmitirse de generación en generación, de un pariente a otro, de un amigo a un vecino, y con cada relato, esta historia se moldea, adaptándose a los tiempos y a quien la comparte. La Miringua siempre me pareció una historia intrigante, un ser que se aparecía a los trasnochadores, engañándolos y haciéndolos perderse, dejándolos dormidos en las aceras al amanecer. Pero, como siempre sucede, cada quién le da un significado distinto, entre lo sobrenatural y el simple olvido.

    Mirikurhini o mirinharhini, olvidar u olvidarse, una palabra que ha sido castellanizada como Miringua, evoca un estado de inconsciencia temporal, un olvido momentáneo que va más allá en el contexto de nuestros pueblos.

    Los orígenes

    Existen dos posibles orígenes prehispánicos para la Miringua. En uno de ellos se asocia con la nahua Cihuacóatl, mencionada en las narraciones de Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de la Nueva España, y en el otro, se habla de una diosa femenina, posiblemente Xaratanga, diosa de la luna, la fertilidad y el agua del lago, según los textos de Historia general de las cosas de Nueva España y Mitología Tarasca de José Corona Núñez.

    De igual manera que Cihuacóatl para los mexicas, Xaratanga presagia el fin trágico de los habitantes de la zona purépecha. La otra opción se trata de la tradición de otorgarle al lago sacrificios humanos, pues se consideraba que era la forma de alimentar a la diosa de la creación, rejuvenecerla al repetir el sacrificio mítico inicial que vemos en las culturas de Mesoamérica y asegurar la continuación de los ciclos naturales. De esta forma la Miringua nacería de la necesidad de seguir recibiendo sacrificios.

    Pero describir a la Miríngua es complicado, pues para algunos, es como una niebla densa que desorienta al caminante perdido, o toma la forma de un ave, un perro o incluso una mujer. No existe una forma definida de caracterizarla (o caracterizarlo, según algunos testimonios que le atribuyen rasgos masculinos), pero lo que sí es seguro es que provoca olvido.

    En la región de Zacapu se le concibe a la Miringua como una especie de alucinación que hace que uno se pierda cuando anda en el monte; se le conoce como “la que lleva”. Puede ser una ilusión óptica o auditiva, una voz arrastrada por el viento o la imagen de un animalito que llama la atención.

    Acá en mi comunidad no deja que la gente explore ciertos puntos del bosque porque los espanta, además protege a los animales del cerro y apaga pequeños incendios forestales ocasionados por el hombre, tengo una anécdota muy buena de hace más de 15 años en un incendio forestal del cerro grande donde lo escuché llorar y lamentarse por no poder hacer nada al ver cómo el fuego destruía todo a su paso, eran las 9 de la noche y veníamos bajando del cerro después de andar todo el día apagando el fuego y no lograrlo, venía bajando cansado y cuando lo escuché me dieron ganas de llorar a su lado y una gran impotencis al no poder hacer más. El incendio duro dos días más hasta que mandaron helicópteros y si se consumió una buena parte del cerro.

    ¿Nos lleva o nos vamos?

    Hay numerosos testimonios sobre encuentros con la Miringua, quizás hayas escuchado alguno o incluso hayas tenido una experiencia similar sin poder explicarla. ¿Te llevó o te fuiste? ¿Qué harías si escucharas una voz llamándote en medio del bosque, si una neblina te cubriera, si un perro negro te guiara o si una silueta entre las calles te alcanzara? La incertidumbre y el misterio que rodea a la Miringua continúan intrigando a aquellos que se aventuran a explorar su historia.

    En mi pueblo, Opopeo, a un lado de Santa Clara del Cobre, la miringua es descrita de varias formas, pero en todas coincide que te lleva por los bosques y te pierdes, todas las anécdotas de los pobladores coinciden en que pierdes la noción del tiempo y el espacio, y cuando vuelves en si, ya estás muy lejos, algunos son sacados de lo más espeso del bosque por sus perros. Es descrita como un ave o una especie de espíritu en los árboles, que te le lleva a veces por su olor.

    En mi pueblo San Ángel Zurumucapio la Miringua se dice que se lleva a los borrachos.Ven a una mujer guapa que les habla y se los va llevando. Cuando ya agarran la onda están en un barranco, en el cerro, todos sucios o espinados porque se van caminando por lo más feo.

    Yo recuerdo que aquí en Comanja decían que perdía a los hombres en el cerro, a los borrachos también, que seguían una muchacha y cuando reaccionaban ya estaban en los linderos de otra comunidad. Un ex compañero me dijo que a su abuelo un día borracho lo llevo a la laguna de aquí y el señor reaccionó cuando sintió el agua a las rodillas y se fue a su casa.

  • Con mazorca te pago

    Con mazorca te pago

    Con mazorca te pago

    Existe el concepto de “trueque” como el intercambio de bienes y servicios sin mediar la
    intervención de dinero 1 . Sin necesidad de ampliar el concepto, el trueque hace referencia meramente al intercambio, a momentos específicos en los que los individuos tenían la oportunidad de intercambiar productos de su interés. Dicho sistema de comercio tiene remotos antecedentes, sin embargo por consideración al presente artículo, sólo se ha hecho mención el concepto para tener una base respecto al tema central. El presente artículo nos dará una experiencia de conocimiento sobre una época donde a causa de diversas necesidades la comunidad de estudio se vio obligado a usar el intercambio o trueque para
    solucionar los problemas del momento.
    Hay una diferencia muy notoria para esta ocasión de trueque, el cual se explicara a continuación.

    Orígenes

    https://cms.uerani.com.mx/beta/2024/02/22/la-ensenanza-de-los-abuelos/Haciendo una breve delimitación de espacio y tiempo, hablemos de los P´urhépecha
    en el actual territorio del estado de Michoacán, más aun en la subregión que corresponde a
    la “Meseta P´urhépecha” donde a causa de diferentes factores como las grandes
    desigualdades que los pueblos indígenas han enfrentado, los problemas económicos a causa
    de labores mal remunerados y la marginación en todos los servicios; surge un concepto
    muy básico pero que solucionó el problema de pagos a servicios de la cotidianidad. Xanini
    jimpo maiamukani (con mazorca voy a pagarte).
    Resultará poco creíble la idea de que hace algunos años se logró acordar el pago de
    productos básicos usando el maíz como dinero. Es decir; podías llevar una o dos mazorcas
    dependiendo el intercambio.
    Remontémonos a Nurío, comunidad indígena perteneciente al municipio de
    Paracho, en el estado de Michoacán, donde recordaremos los tiempos de antaño donde el
    maíz jugó un papel muy importante en un momento de crisis. No se pretende hacer creer
    que el maíz solo ha sido importante en un determinado tiempo y sobre todo para dicha
    comunidad. Hay que reconocer que el maíz ha sido elemento fundamental desde las
    sociedades prehispánicas, sin embargo; no se le ha dado el mismo valor hoy en día.
    Recordemos a través del presente artículo aquellos tiempos donde el maíz era tan valioso
    que incluso se usó como dinero.

  • La enseñanza de los abuelos

    La enseñanza de los abuelos

    Hacia Sesi Irekani

    En la cultura P’urhépecha las enseñanzas están depositadas en las abuelas para
    las mujeres y en los abuelos para los hombres, ellas y ellos tienen la responsabilidad
    de orientar a las futuras generaciones sobre los modos de vida de su cultura y su
    comunidad.
    Este legado es una peculiaridad en la cultura P’urhépecha a lo largo de su historia,
    para esto tendríamos que abordar varios elementos que se desarrollan dentro de la
    comunidad, en este caso tendremos que mencionar algunas de ellos, iniciare con el
    termino Parhankua (fogón) que es el sitio donde se reflexiona sobre la vida, donde
    se orienta y se corrige a la familia.

    Marku Irekua Anapuecha (familia) el cual conlleva al comunero a vivir en familia, así como su importancia en la comunidad y esto nos trasladaría hablar del Sïrikua (linaje) el origen de la familia, su historia y en sí la prolongación de la vida, el respeto que se le debe de tener a los integrantes
    de familia, a los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos, bisnietos,
    tataranietos, tíos, hermanos, primos, nueras, yernos; se hace énfasis en
    Jananharhikua (respeto) es uno de los rasgos característicos del P’urhépecha que
    se enseña con el ejemplo, a reconocer aceptar, apreciar y valorara las cualidades
    del prójimo.
    La enseñanza de Kaxumpikua es proceso que se va tejiendo desde el nacimiento
    del nuevo comunero a tener un buen comportamiento y al trascurrir el tiempo la
    comunidad da el reconocimiento de que es una buena persona, que es respetuoso,
    colaborativo, honorable, humilde, cortés, trabajador, sabio, prudente, hablar con
    propiedad y de bien vivir; serian una de las cualidades entre otras. Anchikurita
    (trabajo) es otro elemento que los abuelos enseñan con el ejemplo, desde temprana
    edad hay esta conducción de los hijos, nietos…ayudando a la familia en las diversas
    actividades y poco a poco van aprehendiendo estas maneras de vivir, más tarde
    todo este aprendizaje le será útil.

    Enseñanzas

    Marhuatspikua (servicio) esta enseñanza tiene fines de servir, primeramente, a su
    familia, barrio, comunidad y divinidades como una función social de ayuda mutua
    que cohesiona a la comunidad. Estos elementos: Parhankua, Marku Irekua
    Anapuecha, Sïrikua, Jananharhikua, Kaxumpikua y Marhuatspikua son unos
    de varios que los abuelos enseñan a las nuevas generaciones y se van forjando
    durante el trascurso de la vida, cuando ellos ya no están con nosotros, toma
    posesión por costumbre el nuevo enseñante (tata k ́eri) para seguir los pasos que
    han dejado nuestros antepasados; de esta manera estas enseñanzas conducen a
    la persona a vivir en comunidad, tomando de la mano el ejemplo de los mayores.

    En este proceso de enseñanza de los P’urhépechas entran en el camino de
    kurhánterani (obedecer) bajo un aprendizaje con significado entendiendo su rol
    dentro de la familia y comunidad, esta obediencia de los menores hacia los mayores (dentro y fuera de la familia) se vive con mucho respeto y no como un subordinado,
    porque de igual manera el respeto es de mayor a menor, en otras palabras, es
    mutuo. En la actualidad tendríamos que echar una mirada a nuestras comunidades
    para realizar una valoración en cuanto a si se siguen enseñando a las nuevas
    generaciones bajo estas características mencionadas, si los Tata k ́eriicha
    (abuelos) continúan con el papel de enseñar los legados de la cultura p’urhepecha,
    ¿Por qué esto tendría que ponerse en cuestionamiento? Primeramente, porque en
    nuestras comunidades las manifestaciones de las nuevas generaciones son muy
    diversas y poco favorables en vías de del buen vivir, en vivir en comunidad, en
    dialogar en familia, en ayudar, en servir, en ser respetuosos, en ser honorables entre
    muchos aspectos más.

    Desde arriba

    Otro aspecto, sería que en nuestras comunidades se ven autoridades sin buenas
    enseñanzas y con poca experiencia de vida, conduciéndose sin propiedad, podría
    decirse que son electas sin haber tomado en cuenta lo descrito al inicio. Estas
    observaciones tendrían que profundizarse con más importancia para indagar cuales
    serían las posibles causas de esta ruptura entre las enseñanzas de los abuelos y
    las nuevas generaciones, así como hacer una valoración acerca de este modo de
    vida si es funcional en esta era, o en su caso reafirmar este reencuentro entre los
    abuelos y las nuevas generaciones y fortalecerlas.

    T ́inskua.