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  • Erongarícuaro

    Erongarícuaro

    Fundación y Significado Ancestral

    Erongarícuaro, cuyo nombre deriva del purépecha Erongarhikuarhu (lugar de espera), fue fundado aproximadamente en 1324 por el líder Curátame, en pleno corazón del Imperio Tarasco. Su posición estratégica a orillas del Lago de Pátzcuaro le otorgó un papel crucial como puerto para el imperio, alcanzando su apogeo hacia 1440, cuando fungía como un importante enlace comercial y cultural.

    Con la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, Erongarícuaro comenzó a transformarse bajo el dominio europeo. En 1540, el pueblo quedó asignado a la encomienda de Juan Infante, y pronto se convirtió en un centro importante para la colonización y la evangelización de la región. En 1567, los franciscanos iniciaron la construcción del templo y convento de Nuestra Señora de la Asunción, una edificación que, después de años de trabajo, se consolidó como uno de los monumentos religiosos más significativos de la zona.

    La Cruz Atrial y el Misterio del Espejo de Obsidiana

    La cruz atrial de Erongarícuaro es, sin duda, uno de sus elementos más intrigantes. Aunque no hay documentación oficial que atribuya el diseño de esta cruz al surrealista André Breton, es evidente que su influencia dejó una huella indeleble en la tradición local. La cruz, con su estética única y detalles que evocan un simbolismo profundo, es reconocida como una pieza que mezcla influencias prehispánicas y coloniales de manera única.

    Cuenta la tradición oral que la cruz original albergaba en su centro un espejo de obsidiana, un detalle que escandalizó a las autoridades religiosas de la época y que, eventualmente, llevó a su destrucción durante la Guerra Cristera en los años 1920. Para los purépechas, la obsidiana era un material sagrado que representaba el vínculo con sus dioses, por lo que su inclusión en un símbolo cristiano era un claro sincretismo cultural que desafiaba los ideales religiosos de la época.

    Un Refugio para el Arte Surrealista

    Erongarícuaro adquirió fama internacional en la década de 1940, cuando el pintor surrealista Gordon Onslow Ford compró un antiguo molino en el pueblo. La propiedad de Onslow Ford pronto se transformó en un refugio para artistas e intelectuales, quienes, atraídos por la tranquilidad y el misticismo de este rincón michoacano, hicieron de él un espacio de creatividad y experimentación artística.

    Entre los visitantes ilustres de Onslow Ford estaban Remedios Varo y Leonora Carrington, figuras prominentes del surrealismo que encontraron en Erongarícuaro un lugar perfecto para inspirarse y desarrollar sus obras. Las reuniones en el molino eran célebres; en ellas, se compartían ideas, se exploraban conceptos y se celebraba el arte en su estado más puro y libre. La magia de Erongarícuaro, con sus atardeceres dorados y sus leyendas ancestrales, se convirtió en un componente esencial de las creaciones de estos artistas.

    Transformación y Modernidad: De Comunidad Indígena a Municipio

    A pesar de su relevancia histórica y artística, fue hasta 1831 cuando Erongarícuaro obtuvo el estatus de municipio, consolidando su autonomía dentro del estado de Michoacán. A lo largo de los siglos, este pueblo ha sabido mantener su identidad purépecha y su esencia mística, resistiendo las transformaciones políticas y sociales que han marcado a México.

    Hoy, Erongarícuaro sigue siendo un destino atractivo para quienes buscan inspiración en la naturaleza, la historia y el arte. Con cada visita, el pueblo parece revelar nuevos secretos, desde la enigmática cruz atrial hasta sus paisajes encantadores y su gente hospitalaria. Es un lugar donde el tiempo parece detenerse, invitando a quienes llegan a descubrir en sus calles, sus templos y su lago, un universo único donde la historia y el arte se encuentran en cada rincón.

  • Oración I

    Oración I

    Nunca he creído ser un hombre devoto.
    Mi fe siempre estuvo anclada en cosas que podía tocar,
    en lo que mis manos y mi lógica podían alcanzar.
                                    Y, sin embargo, aquí me tienes, orando,
                    con los labios temblorosos,
    dejando que cada palabra se eleve en el aire
    como el humo de un incienso que no termina de apagarse.

    Cada rezo es un intento de alcanzarte,
    cada oración, una súplica de que nuestros caminos
    se crucen al menos una vez más,
    y mis ojos puedan verte, como se ve lo eterno,
    como se mira el milagro de lo inalcanzable.

    Tus ojos eso son, los milagros que anhelo,
    esos que espero ver para creer de verdad.
    Los santos,
                       con sus rostros de piedra y manos quietas,
    quisieran ser tan buenos como tú,
    y las vírgenes en sus altares
                         pecan de envidia cada vez que te acercas.

    ¿Qué chispa divina podría imitar esa dulzura que cargas?
    ¿Qué dios creador,
                       qué fuerza,
                                 qué misterio se atrevería
                                               siquiera
                                                       a soñar con algo como tú?

    Y aquí estoy,
    con la esperanza frágil en cada palabra,
    hablándole al silencio,
    como si al nombrarte pudiera traerte,
    como si este rezo mío alcanzara para que tú y yo
    nos encontráramos en algún rincón del tiempo.

  • Hortelanos

    Hortelanos

    Hace varias semanas que una idea ronda en mi mente. Asistí a un evento en Uruapan donde varios artistas participaron, entre ellos un grupo de Hortelanos del Barrio de Santa María Magdalena. Sus máscaras hechas de guajes, sus capotes de palma, sus sombreros y demás parafernalia artesanal me parecieron profundamente intrigantes. No era la primera vez que los veía, pero en esta ocasión les acompañaba una narración que añadía otro nivel de profundidad a la experiencia.

    Recordé el pasaje del evangelio de Juan, cuando María Magdalena, al buscar a Jesús en el sepulcro, se encuentra con alguien que confunde con el hortelano. Jesús le dice:

    Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

    San Juan 20:15-18

    Jesús había sido sepultado en un jardín, un lugar rodeado de plantas y árboles, lo cual era común en los cementerios de la época. Era natural que hubiera un hortelano cuidando aquel espacio de descanso y reflexión, pero la confusión de María no parece solo una coincidencia.

    Mientras escuchaba la narración de los Hortelanos de Santa María Magdalena y admiraba sus máscaras de guaje, empecé a notar conexiones que me resultaron interesantes. Los guajes, un recurso natural de la región, son comúnmente usados para crear máscaras que representan rostros de animales, algunos de los cuales pueden encontrarse entre las hortalizas de los campos. Al igual que los Itzingos del barrio de San Pedro, estos personajes encuentran inspiración en los animales de la tierra, seres que se mueven en las sombras de las raíces.

    Relación con la tradición purépecha

    Puede decirse que todos los animales que viven bajo la tierra eran considerados por los tarascos como representantes de los dioses de la muerte, máxime cuando devoraban las raíces, como los topos, y producían la muerte de los plantíos.

    Mitología Tarasca Pag. 99

    Aquí es donde comenzó mi reflexión. En la cosmovisión tarasca, ciertos animales subterráneos eran considerados mensajeros de los dioses de la muerte, especialmente aquellos que devoraban las raíces, como los topos, pues dañaban los cultivos y, en cierto modo, traían “muerte” a la tierra que tanto costaba cultivar. Es curioso pensar en el paralelismo entre esta visión y la imagen bíblica del sepulcro en un jardín, donde la vida y la muerte están tan estrechamente conectadas.

    ¿Será acaso muy rebuscado imaginar que estas imágenes, el hortelano y los ciclos de vida y muerte, podrían guardar alguna resonancia entre ambas culturas? Los animales que devoran los cultivos y el “jardinero” que custodia el sepulcro de Jesús podrían ser símbolos de la transición entre la vida y la muerte, tanto en la tradición bíblica como en la tarasca. Quizá solo sea una coincidencia, o quizá ambas historias reflejen la misma fascinación humana por los ciclos de la naturaleza, donde la vida siempre brota de la muerte, y donde cada final es, en realidad, un nuevo comienzo.

    Esta idea, la del “jardinero” como guardián de estos ciclos, me sigue intrigando. ¿Podría una historia haber influido en la otra? O, más allá de influencias directas, ¿será que los símbolos de vida y muerte que surgen de la tierra son, en el fondo, universales? Tal vez, como los Hortelanos del Barrio de Santa María Magdalena, todos buscamos entender nuestra conexión con la tierra y los misterios de lo que está oculto, tanto en la tierra como en la vida misma.

     

    Acá un pequeño documental de Alfonso Silva Pacheco sobre los Hortelanos del Barrio de la Magdalena que no se pueden perder.

  • Amanecer


    Los pájaros aún soñaban con el amanecer cuando te escuché llegar.
    Esa costumbre tuya de levantarte antes que todos, no la has perdido aún.
    La neblina empujaba mi ventana, y el sol no tenía prisa por aparecer.
    Debajo del gabán, el frío no cabía, ahí me sentía cobijado por tus manos, como rozando tus mejillas, como cuando por última vez te abracé.
    Tu suéter sigue colgado tras la puerta, y tu reloj aún camina.
    En tu ropero se guarda tu aroma junto con tu ropa, excepto, claro, la nueva, la de gala, la que llevaste a la última fiesta y te insistimos volvieras a usar.
    Tu silla espera hasta que todos se sienten, para ocuparse al fin,
    igual que el calendario, que marcaba tus fechas, pero el año ya no coincide.

    Debo confesarte que abrí tu cajón y revolví todo lo que ahí guardabas.
    Está ahí, pero desordenado:
    Recibos viejos de la luz, tu credencial para votar, cincuenta llaves sin cerradura, plumas que casi no tienen tinta, pero aún guardas para emergencias, aspirinas, jarabe, mertiolate, y esas tijeras viejas que siempre dijiste había que afilar.
    Fotos que no sabíamos que existían y, claro, muchos recuerdos más.
    Prometo no abrirlo de nuevo, no quiero que te falte nada, pero, ojalá lo entiendas, necesitaba la foto para tu altar.

    Quise abrir los ojos y verte sonreír.
    Quería que no solo estuvieras en el papel.
    No faltó nada, creo yo:
    Tenías tu plato bien servido, leche hervida y la mejor pieza de pan. Llenamos todo de flores, y olía a café recién hecho. Estaba tu taza favorita, una manzana de tu árbol, tus lentes para leer, y la charanda que tanto te gusta. Velas y veladoras, agua, sal, miel, y las lágrimas que solté. Sé que no debería, que sentirías vergüenza al verme llorar, pero ya no pude aguantar más… te esperaba.
     
    Te esperé, y en algún momento me dormí.
    Y no sé si fue en un sueño o en mi desvelo, pero sentí tu abrazo, y te dije todo esto. Al despertar, todo parece igual. El amanecer es el mismo, el día avanza con su ritmo habitual, pero en el aire, algo diferente flota, aquí hay algo más. El altar sigue en su lugar: la comida intacta, el pan, el café,
    el cempasúchil que perfuma la casa y la cera de las velas aún ardiendo. Pero entre todo eso, lo que más se respira es la nostalgia, una que cala como el frío, pero que envuelve y acaricia.

    Al hablar, las palabras salen más lentas, más cuidadosas.
    Porque ahora sé que estás aquí, entre nosotros.
    No eres carne, no eres hueso, pero estás en el aire que compartimos.
    Te he visto en los ojos de mi madre, cuando se nublan de recuerdos y su mirada se pierde, ahí estás.
    Te he escuchado en los labios de mi hermano, al reír como tú lo hacías.
    Y también te encontré en mi cabello desordenado, como si tus manos aún quisieran domarlo.
    Estás presente, sin duda alguna.
    No en tu cuerpo material, que el tiempo se llevó, sino en cada uno de nosotros.
    Somos tus palabras, tu risa, tu mirada.
    Somos tus gestos que, sin darnos cuenta, repetimos, y en esos pequeños actos, te mantenemos con vida.
    Hoy no lloro por lo que ya no está, porque te veo en cada rincón de esta casa. En el aroma del café, en las flores del altar, en los murmullos que recorren los pasillos. Estás aquí, entre nosotros, en nosotros. No somos más que un reflejo tuyo, y tú, amorosamente, eres parte de todo lo que somos.
     
    Al final, no te fuiste.
    Nunca lo hiciste.
    Te quedaste, en la esencia de cada palabra que pronunciamos,
    en el calor de nuestras manos al entrelazarse,
    en las historias que contamos una y otra vez,
    como si el tiempo se detuviera, y te trajera de vuelta a casa.
     

  • Panikua

    Panikua




    Entre tus manos,            hilos suaves se cruzan,                              lazos de vida. Eres quien trenza          mi sombra y mi fulgor,mi esencia rota. Tus dedos llaman     a soles escondidos,          destellos míos. En cada nudo,   tejidos nuestros pasos,      senderos vastos. La vida es mía,          tuya y de mil estrellas,                    panikwa eterna.

  • Tata Alfredo Melchor Victoriano

    Tata Alfredo Melchor Victoriano

    “Que bonito gorrioncillo xanika sesi arhika pireni”.

    01/03/1947~20/10/2024

    Tata Alfredo ka Nana María sesi arhiperati ma namoni jurhia i parhajpini jimpo.

    Tata Alfredo, nacido en Tarecuato, cantautor de pirekuas como: Male Dominguita, Tumbi Sapichu Norteñu, Gorrioncituech, Juya Juya, Tarecuato anapuech uachech, entre decenas más; nos ha dejado este domingo por la mañana. Era el último integrante con vida de los iniciadores del Conjunto Los Gorrioncitos de Tarecuato.

    El viernes por la tarde platicaba con tata Alfredo y recordaba con alegría que el nombre de Los Gorrioncitos de Tarecuato, se los puso don Francisco Elizalde García, allá por el año 1979, cuando cada domingo se presentaban a la XEZM en la ciudad de Zamora a cantar sus pirekuas, junto a Roberto Mateo (Silandro), Juan Ventura e Isidro Blas. Ese mismo año grabaron un disco con varios temas que se han popularizado en toda la región.

    A lo largo de los años el  Conjunto recibió varios premios, admirando siempre esa jubilosa melancolía que describe su primer fonograma.

    Tata Alfredo es reconocido y respetado por ser un gran cantautor. Ayer fue su última presentación en la comunidad de Acachuen, con el nuevo grupo naciente de mismo nombre.

    Su legado que perdurará siempre, comenzó con la ilusión de un campesino y una guitarra vieja de 15 pesos. Gracias Tata Alfredo Melchor, por hacer con tus pirekuas, embriaguez y refugio de las penas de toda una generación. Te quedamos en deuda…

    Esteban Sevastian Valencia

    Con respeto a la familia Melchor Manzo

  • Tormenta

    Años atrás decidí arrebatarle a Dios la responsabilidad de mis actos.


    ¿Por qué debería yo entregarle mis pecados, esos que la vida misma me había dado?
    Eran míos, mis cicatrices, mis trofeos, mi esencia.
    ¿Acaso no son los pecados los que nos hacen humanos? Decidí que no los borraría, no los cargaría Él, porque yo, y solo yo, debía vivir con ellos.
    Tal vez así, entre el dolor y la debilidad, entre la carne y la sombra, Él podría compadecerse de mí, podría ofrecerle alguna recompensa a otro de sus hijos que cargan la cruz.
    Pero en esta transacción de culpas y redenciones, algo más grande estaba por revelarse.
    No sé con exactitud cuál fue el primer pecado que cometí, pero se volvió tan fácil.
    Como respirar. Como amar. Como destruir.
    Cada pecado era una piedra preciosa que colocaba sobre mis hombros con esmero. Pesaban, claro, pero era un peso familiar, el abrazo de lo inevitable.
    ¡Ah, qué gozo encontrar en cada uno la excusa perfecta para seguir! Caminaba erguido, sosteniendo esa montaña de pequeñas y grandes transgresiones. Algunas escapaban, intentaban liberarse, y en esos momentos sentía un vacío, un cosquilleo molesto. Volvía sobre mis pasos, las atrapaba y las devolvía a su lugar. No podía permitir que me faltara alguna; ¡era el arquitecto de mi propio dolor, el coleccionista de mis errores!
    Dios, como un mendigo persistente, me ofrecía su misericordia. Dámelos, me decía. Dame tus pecados, los borraré, te liberarás. Pero, ¿qué quedaría de mí sin ellos? ¿Acaso la pureza no es otra forma de vacío? Mis pecados eran los hilos que me unían a este mundo de carne, deseo y finitud. Sin ellos, ¿cómo ser parte de la humanidad? No, no los entregaría. No podía borrarlos como si fueran una simple mancha de barro en una túnica blanca. Era el costo de ser yo.
    Así fue como caminé durante años, cada vez más curvado, pero aferrado a mi humanidad. Sabía que tarde o temprano el peso sería insoportable, pero tenía la esperanza de que, en algún momento, Él lo entendería. Tal vez, si me veía cargando mis propios pecados con devoción, con terquedad, podría conmoverse.
    Y entonces, cuando menos lo esperaba, llegó su respuesta. No en forma de relámpago, no en forma de juicio, sino como una tormenta encarnada. Su llegada fue como un susurro del cosmos, un eco de la primera creación. Sus ojos eran amaneceres que prometían un nuevo comienzo; su cabello, la noche misma, envolvente, misterioso, lleno de secretos. Con una sola palabra, podía hacer reverdecer los campos más secos de mi alma. Su tacto era cálido como la tierra húmeda después de la lluvia, devolviendo la vida a quien se aferra a la existencia con desesperación.
    Ella no era redención, no era perdón. Ella era la verdad: un acuerdo tácito entre mi terquedad y la misericordia divina. No me pidió que soltara mi carga. No vino a borrar mis cicatrices. En cambio, con su sola presencia, hizo que el peso cambiara. Me mostró que mis pecados, lejos de ser mi condena, eran mi mapa hacia algo más grande. Cada piedra que cargaba me había moldeado, y ahora, bajo su mirada, entendí que no se trataba de liberarse de ellos, sino de transformarlos.
    Dios, en su infinita sabiduría, no había querido cargar con mis pecados, no porque no pudiera, sino porque sabía que yo debía llegar a ese punto. Mi lucha no era contra Él, sino contra mí mismo, y la respuesta, la revelación, era simple: la tormenta no viene a destruir, sino a limpiar. Lo que buscaba no era la absolución, sino el reencuentro con el caos primigenio que da origen a la vida.
    Años atrás le quité a Dios la responsabilidad de mis actos, y ahora, en el ojo de la tormenta, entendí que no se trataba de enfrentarse a Él. Le ofrecí una tregua, hombro a hombro, con la tempestad a nuestras espaldas, sin miedo a la noche, porque en ella, como en los ojos de aquella mujer, también habita la luz.

  • Reina de los Juaquiniquiles

    Reina de los Juaquiniquiles

    La Reina de los Juaquiniquiles: Un Legado del Barrio de la Magdalena

    El barrio de la Magdalena en Uruapan, Michoacán, mantiene viva una tradición cargada de significado e historia: la elección de su ireri, conocida en esta comunidad como la Reina de los Juaquiniquiles. Esta denominación se distingue del resto de los barrios de Uruapan, donde las jóvenes elegidas para guiar a las aguadoras en sus rituales son conocidas simplemente como ireris. La Reina de los Juaquiniquiles encarna no solo la responsabilidad de encabezar el ritual de las aguadoras, sino también un profundo vínculo con la identidad del barrio y su cultura ancestral.

    Las aguadoras del barrio de la Magdalena, junto con las de los otros barrios de Uruapan, participan en el ritual de conservar el vigor del río Cupatitzio y asegurar la salud de las familias de la región. Este ritual, abandonado en la década de 1930 y recuperado con el tiempo, ha crecido hasta convertirse en un evento clave para la vida comunitaria. En la actualidad, más de 700 aguadoras desfilan en procesión, portando cántaros adornados y ataviadas con vestimentas tradicionales que varían según el barrio. Lo que une a todas estas mujeres es su compromiso con la tradición y su papel en mantener viva la espiritualidad de sus antepasados.

    La Pirekua de la Reina de los Juaquiniquiles

    Uno de los elementos más singulares del barrio de la Magdalena es la pirekua dedicada a su Reina de los Juaquiniquiles, una composición atribuida al músico Teodoro Vicente Lemus. Esta canción, interpretada en purépecha, refleja el orgullo y la identidad que emanan de esta figura. Según relata Don Joaquín Bautista, la pirekua surgió de un encuentro que tuvo el compositor en la Ciudad de México con una joven que él creía conocer. Tras ser ignorado en varias ocasiones, Teodoro decidió escribir una canción que plasmara la belleza de la joven y, al mismo tiempo, le recordara su origen humilde y su identidad purépecha.

     

    La letra de la pirekua dice:

    “Reina de los juaquiniquiles, reina de los juaquiniquiles,
    no te avergüences, no te avergüences,
    eres hija de la Magdalena.
    Aunque tienes la cara bonita,
    aunque tienes bonito nombre,
    al cabo eres de Uruapan.
    No te hagas del rogar,
    no te hagas orgullosa;
    pues de cualquier modo eres tarasca,
    aunque te digan bien,
    al cabo eres de Uruapan.”

    Este canto, que resuena entre las calles de Uruapan, es un recordatorio de que la grandeza de una persona radica no solo en su apariencia o en el reconocimiento externo, sino en el orgullo de sus raíces. La Reina de los Juaquiniquiles representa a las mujeres del barrio que, con humildad y devoción, participan en el ritual que da vida al río Cupatitzio y a la comunidad.

    El barrio de la Magdalena, con su pirekua, su reina y su grupo de aguadoras, sigue fortaleciendo el tejido cultural de Uruapan, manteniendo viva una tradición que sigue siendo relevante para las nuevas generaciones.

    https://youtu.be/XL1fh4DEueE
  • Real

    Real

    Los rayos del sol,
    en su terquedad luminosa,
    intentaban acariciar el día,
    pero su empeño era en vano,
    ante la divinidad de tu rostro, palidecían.

    Tu cabello,
    desordenado por el amanecer,
    danzaba en un caos armónico,
    y tu mirada… tu mirada era más que eso.
    Tus ojos se volvieron mi estrella del norte,
    pero no era un norte cualquiera, era el mío,
    íntimo, desconocido, peligroso,
    desentendido.

    El calor se instalaba lentamente,
    pero no venía del sol.
    Era el calor de tus palabras, que flotaban hacia mí como el rocío que,
    en un secreto susurro, descansa en las ramas.

    Tus palabras no eran solo palabras; eran pequeñas caricias de las que gozaba mi ser,
    haciéndome sentir el peso del momento.

    Y luego estaba tu tacto. Ese tacto.
    No era humano, o tal vez lo era demasiado.
    Un toque que estremecía lo más profundo,
    me hablaba de lo necesario que es existir,
    me hacía creer, por un instante,
    que la vida tiene su propio pulso,
    que todo valía la pena, que quizá,
    no había tanto azar como quisiera. 
    Pero entonces, tu risa…
    esa risa que era fuego y carne viva.
    Me devolvía, de golpe, a la tierra.
    Me recordaba que,
    aunque fueses hecha de milagros,
    de astros y palabras,
    del cerro, del árbol y la hondonada,
    de la nube, la lluvia y la helada,
    de la sangre derramada y la espina encarnada,
    eras real.
    Como yo.
    Real,
    y eso, inexplicablemente,
    era lo más extraordinario de todo.

  • Rebozo

    Rebozo

    Entre la tela oscura y la piel amarilla
              una franja de sangre,
    una franja de oro,
              una franja de espuma.
    Pico de mirasol,
              pena que se deshoja
    y vuelve a florecer en las espinas,
                         constelación de lunares,
                               charcos que el viento azota.
    Ceniza,
                 musgo,
    nieve en sombra,
                                  tierra de camposantos.
    Río que corre sin mojar el cauce,
              alga,
                      nube.
    Un paisaje perdido en las afueras
    del polvo,
    el viento se lo lleva y lo regresa.

    Una enredadera que ahoga las columnas,
    que trepa por los arcos y los atrios
    y que en las copas se enreda de los cedros.
                   Ese vaho que apaga los metales,
            el sollozo y la queja de las cuerdas,
    las luciérnagas verdes que iluminan
    los rostros de los niños asustados.
            El sueño en donde nace la esperanza,
                   el aire del misterio,
                          el ala negra que conduce al ángel.
    El aliento y la voz de los difuntos.
                Todo eso es el rebozo.