Solo buscaba una excusa, un pretexto cualquiera para pedirte una foto, no porque me faltaran, ni porque mi memoria se haya desgastado como el paso de los días.
No es que mi retina olvide el color de tu sonrisa, ni que el eco de tu risa se pierda en los rincones del tiempo.
Pero hay algo en cada imagen, una promesa suspendida, un respiro atrapado entre lo efímero y lo eterno. Con solo mirarla, puedo volver a aquel instante, a ese espacio donde tu sonrisa llenaba cada rincón del mundo.
Y es que, en el fondo, no buscaba una foto más, sino la llave para regresar al momento en que existías como si el tiempo no pasara, como si tu risa fuera el latido que marcaba mi destino.
Así que sí, tenías razón, solo buscaba un pretexto para vivirte otra vez, una y otra, en la eternidad de lo que fuiste y serás en mis recuerdos.
Qué lenta se mueve la rueda del sol, cuando el alma despierta sofocada por la prisa febril de la vida. La neblina aún se siente espesa, separa aún el sueño del día. Y ese corazón que no late, sino aletea, como si la vibración de su impulso fuera más ave que músculo, más espíritu que carne. Tu mirada, tierna y extenuada por la vigilia, tu tacto frío como la tierra, aunque en tu entraña arde una hoguera, un fuego latente que ni la noche puede extinguir. Aletea, sí, pero no solo en su centro. Ese aleteo vibra también aquí, en el aire que nos envuelve. Es un colibrí, ¡como tú!. Sus plumas, como las tuyas, son tan suaves como la brisa. Tu mirada sugiere la delicadeza y, temo que debo admitirlo ahora, la destreza de un dios que cinceló tu ser con paciencia infinita. Te deslizas con gracia, ligera, como si temieras perturbar la quietud que reina en esta habitación, pero en tu paso, que pesa menos que el silencio, hay una fuerza inquebrantable.
Su presencia es un bálsamo inesperado, una alegría que irradia como el sol en los rincones más oscuros, levantando el polvo de mis recuerdos, haciendo crujir las paredes de mi encierro. Es imposible no sonreír al verle, al verte. Eres colibrí, más allá de la criatura alada, el eco que la naturaleza envía para recordarnos su magia. Una belleza de jade vibrante y obsidiana discreta, pero también de fuego que no se apaga, de pasión contenida, en cada palabra que se forma sin ser dicha. Tu voluntad, firme como la roca, se oculta bajo esa fragilidad aparente. El colibrí bate sus alas sin descanso, sosteniendo su vida en un constante desafío, y así eres tú, suspendida entre lo que se ve y lo que no, entre lo tangible y lo místico. Y, al igual que él, te quedas. No como una simple visitante, sino como una presencia permanente, que se posa sobre mis ramas, tejiendo tus días con la misma intensidad que el amanecer. Fuerza no solo de cuerpo, sino de espíritu, que perdura en la calma y en la tormenta, que hace de tu paso [de mí paso] por este mundo algo más que gozoso.
En la mitología indígena, los personajes dejan ver, mezclados, los dos sexos. Así Cuerauáperi significa también “creador”, por eso la oración del credo en tarasco dice: “…auándaeri ca echérieri Cueráhperi…” O sea, creador del cielo y de la tierra. La Relación escribe Cuerauáperi; Gilberti, Cuerauáhperi; y el tarasco moderno, Cueráhperi, por lo menos en la Sierra de Michoacán, y también en este último se le da el significado masculino. Pero la palabra parece ser la misma, aunque la partícula ua que falta en el tarasco moderno, agrega el significado de “en el vientre”. Es decir; crear en el vientre; lo cual sí da una connotación de femenino a la palabra antigua.
Xaratanga
En la niebla del alba, tu nombre resuena, Xaratanga, diosa de la vida y la luz, Como el sol que besa la tierra fértil, Como la luna que guía el camino nocturno.
Tus cabellos son las aguas que danzan, Entre los juncos que acarician la orilla, Mientras el viento susurra tu canción, Nutriendo los campos con tu aliento sagrado.
Xaratanga, madre de la cosecha, Tus manos siembran estrellas en la noche, Y el cielo se inclina en reverencia, Bajo la mirada serena de la luna.
El sol, tu amante eterno, se desliza, Entre las montañas y los valles verdes, Derramando su fuego en la piel de la tierra, Despertando la vida que en ti florece.
En cada flor, en cada árbol erguido, Tu espíritu danza con la brisa suave, Fertilizando la tierra que nos sostiene, Bajo la mirada clemente del cielo infinito.
Tu esencia, Xaratanga, es la fuente, De la vida que fluye en la sangre del mundo, Un canto sagrado que nunca se apaga, En el corazón de la naturaleza eterna.
Cuerauáperi
Cuerauáperi significa, literalmente, “la que desata en el vientre”, es decir, “la que hace nacer”. Pero, cosa curiosa, los tarascos concebían la muerte como “desatarse”. Cuando alguien moría, decían “…así es como han querido los Dioses, que ya murió y se desató allá, murió en la guerra, hermosa muerte es…” Y el verbo cuerani significa “desatar, morir”. Por todo lo anterior, Cuerauáperi es una deidad de la Vida y de la Muerte. Así pues, la palabra Uarhi, que viene de uarhiri (muerte), es usada para definir a una mujer que ha dado a luz, dando a entender que es una persona que se ha desatado en el vientre.
Entre las ancestrales cumbres que circundan el lago de Pátzcuaro, donde los espíritus milenarios de un pueblo olvidado aún parecen acechar entre la niebla, se alza un ominoso peñasco conocido como Querenda-angápeti, la Piedra del Templo. Pues en este agreste paraje los sabios ancianos veneraban en otros tiempos a los Tirípeme, temibles hermanos de la deidad primigenia Curicaueri, el Señor del Fuego Eterno.
Las leyendas que han sobrevivido a los estragos del olvido cuentan que estos dáimones elementales moraban en las cinco míticas mansiones cósmicas desde donde regían con puño de hierro los destinos del firmamento, la tierra y las tinieblas subterráneas que cobijan el mundo de los muertos. Chupi-tirípeme, el Azul, extendía su oscuro cetro sobre las aguas primordiales del orbe. Sus hermanos Tirípeme-quarencha, Tirípeme-thupuren, Tirípeme-xungápeti y Tirípeme-caheri vigilaban respectivamente los puntos cardinales del este, oeste, norte y sur, ungidos con los colores del ocre sangriento, la blancura humeante, el resplandor amarillo y las tinieblas etruscas más negras que la noche eterna.
Curicaueri, Dios Solar
Mas su reinado de horror no se circunscribía al éter infinito, pues desataban sus furias también sobre la faz de la tierra que osaban hollar los hijos del Anahuac. Cuentan las crónicas que una anciana mendiga tuvo la desdicha de encontrarlos en forma corpórea cuando vagaban por la sabana al caer la noche. Al posar mis enturbiados ojos de milenaria sobre sus espantosas fauces y miembros tentaculares, serpenteantes como las escamosas colas de las Gorgonas, la infeliz enloqueció de terror, implorando con alaridos desgarradores la misericordia del propio Curicaueri, padre de las llamas primigenias.
Aquellos impíos que han horadado los subterráneos secretos de Querenda-angápeti en pos de riquezas aborígenes aseguran haber divisado los jeroglíficos blasfemos que narran los ritos propiciatorios con que los purépechas adoraban a los Tirípeme. Se dice que, en las noches de plenilunio sangrante, legiones de iniciados semidesnudos, cubiertos de espeluznantes escarificaciones, entonaban cánticos de aborrecible arcaísmo mientras arrojaban infantes de pálidas carnes al cráter del peñasco humeante… todo para aplacar a esas intratables potencias primordiales que aún alientan desde los ignotos repliegues del cosmos, aguardando el día en que la razón humana quede extinguida por completo bajo su matriarcal abyección.
Pues son entes de pesadilla venidos de las tinieblas antecósmicas, cuando el caos primigenio alentaba con miasmas letales previas al alumbramiento de la primera estrella. Sólo un loco o un etnarca sacrílego osaría profanar las cavernas ocultas tras los muros de Querenda-angápeti, donde los horrendos efigies anidaron en la noche milenaria aguardando su hora de volver a campar al despuntar la prístina edad olvidada…
Desde las cúes
Bajo la guía de Curicaueri, los ancianos sacerdotes encendían las hogueras rituales en los tres cúes del templo mayor, aguardando la epifanía del Señor del Fuego. Y cuando las brasas alcanzaban su cúspide candente, los iniciados entonaban cánticos en la antigua lengua tarasca para atraer su mirada ígnea. Curicaueri descendía entonces entre nubes de humo, materializándose en forma de un anciano de rostro encendido que portaba los símbolos de su culto: las tenazas curvas y el calabazo donde moraban las brasas eternas.
Aquellos que contemplaban su terrible semblante sólo entre visiones oníricas eran consumidos por la locura. Pues quienes osaban mirar de frente la faz del Gran Fuego jamás volvían a ser los mismos, quedando marcados por el estigma de haber atestiguado una verdad cósmica demasiado antigua y terrible para la mente humana.
Para complacer a sus dáimones ígneos, los purépechas ofrendaban desde mantas y alimentos hasta la propia sangre, pues se creía que el humo que emanaba de las piras rituales era el único vínculo con las deidades astrales. En las noches de sacrificio, alaridos desgarradores hendían el aire mientras los presuntuosos oficiantes arrojaban cautivos al fuego bramante para que su carne y sus vitales hálitos se convirtieran en vapores gratos a las fauces de Curicaueri y sus espantosos hermanos.
Fatídico destino
Los infortunados que quedaban marcados por el hierro de los sacerdotes para el sangriento rito del autosacrificio eran destinados a sustraer su propia sangre con cuchillos de obsidiana y verterla en temblorosos hilillos al fuego, pues se decía que las deidades bebían los rubíes líquidos que manaban de las heridas de los fieles. Ni los más ancianos e impíos chaman podían mirar de frente las siniestras danzas que ejecutaban los espectros de los Tirípeme entre las ondulantes llamas de los cúes…
Tan sólo los recios guerreros y monarcas eran dignos de obtener la gracia de la cremación ritual tras su muerte, para que sus almas fueran readmitidas en el seno abrasador de las deidades de fuego. El humo que se elevaba de las piras funerarias de los tálamos era el único pasaje que permitía a los espíritus abrigarse de nuevo en las entrañas de Curicaueri.
Toda esta demoníaca liturgia quedó extinguida con la llegada de los invasores españoles, cuyas armas de fuego y doctrina aborrecible barrieron de la faz de la tierra a los ancestrales ídolos purépechas. En los días previos a su destrucción, los ancianos tarascos presenciaron con pavor cómo las llamas del principal altar se apagaban sin razón aparente, augurio de que Curicaueri y sus blasfemos hermanos habían abandonado aquellas tierras malditas, dejando atrás un mundo que pronto sería invadido por las sombras del olvido…
Rubí Huerta es la voz poética que engalana con orgullo sus raíces purhépechas. Esta incansable mujer ha consagrado su vida a promover y fortalecer su lengua materna, convirtiéndose en baluarte de la cultura ancestral de su pueblo.
Formada como historiadora por la Universidad de Guadalajara, Rubí también es lingüista y comunicadora en Voz de la Cultura Purépecha, además de docente del Departamento de Idiomas de la Universidad Michoacana. Su quehacer cotidiano está pletórico de acciones encaminadas a mantener viva la llama del legado purépecha.
Ya sea realizando documentales, participando en foros, congresos y coloquios nacionales e internacionales, o impartiendo cátedra, Rubí despliega su pasión arrolladora por engrandecer el idioma de sus antepasados.
Rubí Huerta y la palabra que brota
Pero donde su alma realmente se sublima es en la poesía. Autora de dos libros, esta mujer de letras ha dejado su impronta lírica en numerosos encuentros y festivales a nivel nacional. Una muestra más del profundo compromiso que la une a su cultura.
En 2014, su amor por las raíces purépechas alcanzó cumbres aún más elevadas al traducir a su lengua materna una antología de Octavio Paz para el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Un hito que reafirma su condición de guardiana de los saberes ancestrales.
Rubí Huerta es el canto milenario que perdura, la voz indoblegable que no permite que la cultura purépecha caiga en el olvido. Es la heredera y custodia de un legado intangible, pero inmortal. Una mujer que encuentra en las palabras el vehículo perfecto para honrar a sus antepasados y labrar un sendero más luminoso para las futuras generaciones.
Eska jurhíata enka kuatarhka t’íntskani, ka uénani iurhíri aparhini, jimajkani, kurhákuarhsïndi eska kúskakua ambe uandákuecha, enka echerirhu uératini jurhájka. Ka uénasïndiksï étskurhintani eska turhíri parhanguarhu ka erajkutasïndijtsïni, ka menderujtsïni tsípekua íntskuntani. Ísï nitamasïndi, t’upúri enka ójchakurhajka tsípiti ka uarhírichani charhárakua enka jákundijka, aparhikua, iurhíri ka no jánhaskuarhikua enka uétarhinchka katsïkuni imani ambe enkakï xani ióni antsïkupuka echerio isi, ma iriepita ka t’amu ekuatsï tembini ka sánderu.
Uinháchakua “echeri ka sesi irekua” p’amesïndi iásï jamberi, iretecha enka kénditanaka, sïpákuanksï, uándikuanani, no xarátanhantani jimájkani jamberi kurhájkuarhinaxati ka uinhámarhini.
¿Nena kurhánkuni uandániata no jánhaskakua imeecheri enkaksï ánchikuarijka ka uarhípani jima enka noterhu imeecherika echeri enkaksï iúsïnharhintajka aparhita kuakantskapani?
Tarhíata enka p’uniatapka juatecharhu, ambe enka jirhéjtanajka iurhìri úkuarhitapasïndi, jimbosï enka nema uarhíjka, arhísïndiksï eska nika ia imeri jirhéjtakua ka iurhíri imeri noteru xanhárasïndi.
Jimájkani, ánimecha enkaksï ánimaterkuka, nóteru anhánatakua eska tarhíata enka p’uníntskajka, ka enka uandákua no kurhánkukuarhka janirhsïndi kuakarhani echerini ka úni eska tsïuataka ambe, tsïntasïndi menderu.
¡uárhi ch’piri!
¡uárhi janikua!
¡uárhi uandákua!
¡uárhi tsípekua!
¡uárhi uarhíkua!
¿Uarhíkua?
¿Jauá ma jurhíatikua enka niaraka jima enka mintsíkuarhintaka pínhaskakuarhu?
¿Exeakasï iretani ma enka sesi irentskua jauaka, enka tatá jurhíata jikuarhantaka sesikua íntsantani? Enka niaraka ima jurhíatikua, jimájkani ima jurhíatikua uarhíatiksï… pínhandintati.
He visto nacer y morir más de quinientos soles, generaciones que van muriendo, dejando el campo libre a los que vienen después cuerpos que se descomponen y se vuelven polvo.
Así ha pasado…
Ha quedado la memoria en palabras que son carbones encendidos, que salen de la boca de quienes aún la nombran.
Cada sonido en las lenguas que habitan y que han resistido, fantasmas y misterios, una gramática de fiestas y entierros.
Calles que se nombran, ríos que se secan, bosques que se incendian, templos en ruinas.
Mujer es la mujer que regresa de la muerte una y otra vez, como el sol resurge cada día, ilumina, da calor y vida.
Mujeres que no son nombradas en la historia de sus pueblos, las que con el tiempo han ido desapareciendo por el hambre implacable de la muerte, las que, entre el fogón, voltean al cielo para contar las estrellas de sus muertos las que no han dejado de dar vida y ser vida.
Limpian los ríos donde han de bañarse, bordan sus huanengos hacen humear la chimenea de sus trojes, talegos de maíz azul que bajan de sus tapancos manos que moldean las ollas y mientras todo eso pasa van bordando la historia, hacen sus telares y cargan en sus rebozos la esperanza ellas, hechas de barro fino que resisten en el polvo, no en la carne que torna a la tierra.
Siempre han estado aquí, conocen de estos lugares, aunque han sido sepultadas entre los escombros el pasado, su destino ha sido permanecer, reconstruir su pueblo y resurgir.
Como el sol cuando se cansa de alumbrar, comienza a sudar sangre, y en ese momento, se escuchan voces armoniosas impregnadas de tierra melancólica. Y vuelven a encenderse como brazas en el fogón y nos alumbran, nos vuelven a dar vida. Así ha pasado, nubes de polvo cubren a vivos y muertos el olor a pólvora, el sudor, la sangre y el afán desesperado de romper las cadenas por más de 500 años en sus territorios.
El grito “tierra y libertad” sigue doliendo hoy en día, sus pueblos despojados, robados, matados, desaparecidos desde entonces no se ha dejado de reclamar y exigir.
¿Cómo comprender la angustia y desesperación de los que viven adheridos a la tierra, trabajando, muriendo en ella sin ser dueños de los surcos que van regando con su sudor?
Los vientos que soplan a los bosques, lo que se respira se va convirtiendo en sangre, por eso cuando alguien muere dicen que se le fue el aliento y su sangre deja de correr.
Entonces las almas que son pura alma, sin cuerpo como los vientos que soplan, cuyas voces misteriosas no podemos comprender hacen llover humedecen la tierra hasta que se hace fértil y nuevamente vuelven a resurgir.
¡mujer fuego!
¡mujer lluvia!
¡mujer palabra!
¡mujer vida!
¡mujer muerte!
¿Muerte?
¿Algún día llegará al lugar de reposo eterno de la quietud?
¿Veremos un pueblo apacible bañado de generosidad por el sol?
En un mundo donde la hegemonía cultural y lingüística a menudo silencia las voces de las minorías, surge un proyecto importante que busca dar un espacio a la poesía escrita por mujeres en lenguas no dominantes. Originaria, un encuentro bienal de mujeres poetas, se prepara para su segunda edición, con el objetivo de contribuir a la difusión de la creación contemporánea y dar voz a narrativas contra-hegemónicas.
“Originaria nació en 2018 principalmente de identificar las sutiles violencias que se ejercen hacia la población indígena en los ámbitos urbanos, académicos y ‘no indígenas’ en general”, explica una de las organizadoras. “Consideramos que estas violencias tienen origen en el desconocimiento y la ignorancia por parte de aquellxs que no conviven y desconocen la diversidad lingüística y cultural” del país. Es por ello que Originaria se propone crear espacios de encuentro donde la poesía sea el puente para generar diálogos y aprendizajes colectivos.
Por la segunda edición
El segundo encuentro Originaria se llevará a cabo del 23 al 26 de mayo de 2024 en Pátzcuaro, Michoacán, en sedes como El Gran Calavera, La Jacaranda, Yolihuani y la Isla de la Pacanda. La elección de este lugar no es casual, ya que los organizadores consideran que Pátzcuaro, con su rica historia y tradición indígena, es el escenario idóneo para este evento.
La importancia de un encuentro como este radica en visibilizar la diversidad lingüística y literaria existente en México, así como facilitar los mecanismos de distribución y obtención de literatura contemporánea realizada por mujeres escritoras de territorios marginados. “Este encuentro otorgará la posibilidad de visibilizar la diversidad lingüística y literaria actual existente en nuestro país y facilitará los mecanismos de distribución y obtención de literatura contemporánea realizada por mujeres escritoras que realizan su quehacer desde estos diversos territorios cognitivos”, afirman las organizadoras.
Más allá de la lectura de poesía, el programa del encuentro incluirá mesas de conversación y reflexión sobre las lenguas, espacios de escucha de las poetas e intercambio de experiencias. Incluso se suman voces de la cultura afro-mexicana, con el objetivo de sumar la mayor diversidad posible a la reflexión. “En esta edición se suman dos compañeras promotoras de la cultura afro en México, eso con el objetivo de sumar a la reflexión la mayoría de voces existentes y vivas posibles”, explican.
23 al 26 de mayo de 2024
“Les invitamos a que asistan a este encuentro, a conocer a sus compañeras, dialogar con ellas, pero sobre todo deseamos invitar a las personas monolingües a darse un espacio de escucha y acercamiento a otras lenguas de este país”, concluyen las organizadoras, enfatizando la importancia de este tipo de espacios para el empoderamiento y visibilización de las mujeres en el campo de la poesía.
Originaria surge como una iniciativa crucial para dar voz a las mujeres poetas que escriben desde fuera de la hegemonía cultural y lingüística, abriendo nuevos caminos para la exploración y el diálogo intercultural. Su segunda edición promete ser un evento transformador que contribuirá a la riqueza y diversidad de la escena literaria mexicana.
Luna de mis antepasados radiante cómo el anillo de aquellas bellas promesas, percibes tu mi profundo sentimiento: en los ojos más bellos, en la huella de otros tiempos.
Guardiana de la noche tu caminar es tan lento tras el brillar del sol, pero con el tiempo se hallarán y se amarán; noche sitibundo y sangrienta, he de cubrir con lienzos rojos.
Blanca es tu esplendor como aquellos aretes lunares esbeltas en mujeres P’urhepechas: mujeres delicadas cuál flor blanca en los cerros más grandes, ahí donde brilla la luz del ocaso.
Plata es tu piel o luna creciente, figura perfecta y feraz, siembro mi semilla: fertilidad a mi tierra, florecer de la vida. Se eleva súplica.
Madre astrífera miles de estrellas te rodean; estrellas resplandecientes, cúmulo de mis sueños, reflejados al mirar de tu belleza, ahí donde alumbras de noche como si fuera de día.
Había una vez un pueblo mágico donde la música era el aire que todos respiraban y las danzas el latido del corazón. Un lugar pintoresco donde talentosos artistas cantaban con voces de ángeles y bailarines de pies ligeros danzaban sobre las calles adoquinadas. En este pueblo singular vivía gente extraordinaria, un sastre que bordaba notas musicales con hilos de oro, una panadera cuyos panes olían a melodías recién horneadas, y un viejo artesano que tallaba la madera con los ritmos de tambores ancestrales. Eran guardianes felices de una cultura vibrante que habían atesorado por generaciones.
Llegó el mal
Pero un día, un hombrecillo taimado, Alfredo el Astuto, llegó furtivamente al pueblo. Con una sonrisa maliciosa y un gesto veloz, robaba las tradiciones con su bolsa encantada capaz de tragarse cualquier cosa. Silbaba una tonada y la música de las calles acudía a su bolsa como mosquitos a una lámpara. Chasqueaba los dedos y los trajes de danza más bellos caían en su saco mágico sin remedio.
Alfredo trabajaba con una pandilla de rufianes espectrales, fantasmas hoteleros con aire engolado y demonios empresarios de mirada codiciosa. Juntos engañaban y embrujaban a los desprevenidos aldeanos para que entregaran sus tesoros culturales.
Al principio nadie se percataba, hasta que un día un grupo de jóvenes descubrió al pícaro Alfredo robando los instrumentos de la banda municipal con todo y músicos. “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” gritaban, pero sus voces se apagaban misteriosamente, como si un hechizo les hubiera cerrado la boca.
Por más que los adultos vigilaban, Alfredo siempre se escabullía con sus bolsillos repletos de cultura robada. Un día se llevó las recetas ancestrales de los panaderos. Al otro, los cuentos e historias de los abuelos contadores se esfumaban de sus memorias.
Nadie sabía que hacer
Finalmente, sólo quedaba un viejo músico ciego que tocaba su guitarra a la luz de la luna. Alfredo ya había robado todo lo demás. “Ni lo pienses, malandrín, esto es un gran robo” advirtió el anciano cuando oyó los furtivos pasos de Alfredo. Tocó una melodía en su guitarra mágica, y de repente todo el pueblo despertó. Rápidamente los más sabios del pueblo huyeron para encontrar la forma de detener al malvado Alfredo, se reunieron todos dentro de una escuela vacía y comenzaron a escuchar las ideas. “¿Por qué no difundimos nosotros mismos los detalles de nuestra cultura? Podemos apoyar a las comunidades para que creen sus propios canales de comunicación, como sitios web, redes sociales, podcasts, etc., donde puedan compartir su cultura de manera autónoma y sin intermediarios.”. Dijo un joven entusiasmado, pero todos negaron con la cabeza, “eso no funcionaría”, dijeron algunos. “¿Y si creamos alianzas y redes de colaboración entre las comunidades originarias, organizaciones culturales, instituciones educativas y autoridades locales para trabajar de manera coordinada en la difusión y preservación de la cultura de forma respetuosa?”, preguntó una muchacha tímida, “eso es todavía menos útil, nadie participaría”, le respondieron entre abucheos. “¡Ya sé!” dijo uno de los grandes pensadores “vamos a crear panfletos hechizados que lo hagan reflexionar, le diremos que está mal lo que hace y que además, ni siquiera pueden asistir todos los que quieren ”. Un murmullo de aprobación se extendió rápidamente y comenzaron a escribir.
“¡Alfredo es un malvado ladrón de culturas!”
decían los papeles que los habitantes de este pueblo repartían por todos lados, algunos aún sin leerlos ni reflexionarlos, rápidamente lo compartían con sus vecinos y pronto todo mundo estaba en la misma sintonía. Un pequeño niño, Pablo, aprovechando la confusión, invocó el espíritu de un abogado el cual demandó a Alfredo, pero no por el despojo cultural a su pueblo ni por el uso indebido de las artes tradicionales, sino por tocar una canción que según él había compuesto su padre, al parecer Pablo nunca aprendió a trabajar y hacer cosas por sí mismo.
Los aldeanos se organizaron en un gran coro, cantando y danzando con una fuerza tan poderosa que las ventanas y puertas de la aldea comenzaron a temblar y resquebrajarse. Los fantasmas hoteleros salieron volando, los empresarios codiciosos huyeron despavoridos, y la bolsa encantada de Alfredo reventó como un globo, vomitando todas las tradiciones que había devorado tan codiciosamente.
Con lágrimas en los ojos, Alfredo contempló aquella explosión de alegría, color y melodías que lo rodeaban. En ese momento se dio cuenta de que la verdadera magia no estaba en robar las tradiciones de otros, sino en atesorarlas y celebrarlas con el corazón. Arrepentido, Alfredo se unió a la gran fiesta, aprendiendo las danzas, cantando las canciones y compartiendo los viejos cuentos con un renovado aprecio.
Desde aquel día, la cultura de ese mágico pueblo brilló con más fuerza que nunca, imbatible ante ladrones y codiciosos. Y por las noches de luna llena, dicen que aún se puede ver a Alfredo bailando alegremente junto a sus nuevos amigos, finalmente en paz con su espíritu reformado.
Le sucedió a un leñador en un mayo de calores. Tata Melchor se levantó, el horizonte era apenas una línea lechosa, tomó su morral de hita con la piedra de asentar, un machete, fósforos, una botella de agua y se alzó el hacha al hombro; le gritó a sus hijos:
“¡Miguel, Bibiano, levántense! Me alcanzan en el cerro con los burros”. Y dando grandes zancadas se fue.
Cuando entró al monte el sol ya asomaba la cabeza amarilla y se lamentó diciendo: “¡Mal allá!”, y apretó el paso. Muy cerca de los tepetates encontró un pequeño tronco; paró, colgó el sutupo en un árbol y sacó la botella, glu, glu, glu, “!ah!, qué bueno sabe este alcohol para calentarse, aquí mi vieja no puede estar chingando”, dijo en voz alta. Se decidió a leñar en aquel lugar. Se escupió las manos, se las restregó y tomó el hacha; apenas la iba a levantar cuando escuchó una voz que decía: “No me vayas a dar muy fuerte”. Entonces paró y miró alrededor, pero nada. Pensó que era el apuro del chamaco que venía en camino y empuñó de nuevo. El filo venía en el aire cuando oyó: “¡ay, ay, ay!”. Esta vez le voló un pedazo de tecata y estiró el cuello para observar por encima del jaral, nada. Se rascó la nuca y creyó que las panzas por alimentar lo estaban chiflando. Sin pensar mucho, le dio otro hachazo y entonces escuchó claramente: “¡Me cortas!”. Giró el pescuezo hacía el camino, seguro de que era su hijo Bibiano, el más laracoso, pero nada de nuevo. Entonces aventó el trozo a un lado y gruñó: “¡Jijo tronco llorón!”. Buscó otros palos alrededor y, en un dos por tres, completó el viaje. ¡Guau, guau, guau! se oyó el ladrido de la Golondrina a lo lejos, espantando pájaros, ardillas, coyotes y el sosiego del monte. Bibiano y Miguel asomaron por el camino encaramados en los burros que mascaban hojas. Le entregaron al leñador diez tacos de frijoles y dos chiles y, mientras almorzó, ellos cargaron las bestias. Ya de regreso Melchor le entregó a Miguel el tronco gritón.
—Se lo llevas a tu mamá para lumbre —ordenó. Los hijos del leñador fiu, fiuu silbaron por las calles del pueblo hasta que doña Luisa salió y les compró las cargas de leña. Luego corrieron corrieron para su casa hambreados, Bibiano apenas cruzó el cerco de su casa, le entregó el leño a su madre. “Para calentar tortillas, amá”, le murmuró y se acomodó en la chimenea.
La esposa del leñador metió enseguida el tronco al fogón acompañado de un ocote encendido. “Vayan a lavarse las manos y regresan a comer”, ordenó. Sacó de un agujero de la pared una cuajada de queso, tomó un bocado apresurada y la escondió de nuevo. A poco llegaron los niños con el griterio; se acomodaban en los bancos cuando se escuchó un murmullo y luego un grito: “¡Me quemo, me quemo!”. —¿Quién está de burlón? —preguntó la mamá con el cucharón en la mano. Los hijos del leñador se miraron despistados, pues sólo escuchaban los borborigmos de las tripas. —No mientan porque les va a salir cuerno y cola como antes de que se bautizaran —los amenazó la esposa del leñador con la frente arrugada. —¡Aaaj! fui yo, fui yo —se quejó el pedazo de madera mientras caía al suelo con la punta encendida. La esposa del leñador cayó sobre la silla porque el susto le aflojó los huesos. Sus hijos corrían de un lado a otro echándole agua al palo. —Es un tronquito mágico, ¿nos lo podemos quedar? —preguntaban brincando. Y se empanzonaron de tanta alegría que se les olvidó el hambre. Después de discutir toda una tarde, el leñador dijo: “Mientras no trague, se puede quedar”.
Para mala suerte, resultó que este tronquito si comía y mucho. Se zampaba hasta dos platos de frijoles con cebolla y guajes por una boca torcida que le había formado Miguel con una cuchillo chimuelo. Bibiano se encargó de formarle el resto del cuerpo, le injertó ramas de níspero y durazno como patas y manos, estos prendieron rápidamente porque se la pasaba zambullido en los arroyos. Pronto se le miró correr y correr por el llano volando papalotes. Pero como les decía, Tronquito, era muy comelón. Y por las noches a escondidas, dejaba la cocina sin un triste garbanzo. Una noche, mientras iba a la cocina, Golondrina, la perra, que dormía junto a la puerta de la cocina, le avisó: “Anoche escuché decir a Melchor, que si sigues comiéndo tanto, te van a regalar”. Pero Tronquito no le hizo caso, saltó por encima y devoró la canasta de piloncillos.
Por la madrugada comenzó a llorar. “Se me quema la panza”, decía. Entonces la esposa del leñador le coció altamisa para el dolor de barriga. “¿Te comiste los piloncillos, verdad?”, le preguntó la esposa del leñador. “No”, contestó. De pronto le salió una cola y dos cuernos y Tronquito se asustó mucho. “Estás mintiendo”, le gruñó enojada. “Pero le di a Miguel y Bibiano”, señaló quedito. “¿Es verdad eso?”, le gritó a sus hijos. “¡A que no!”, alegaron. Y en eso les saltó cuernos y cola también. —Ya ven, por hacer cosas a escondidas —los sermoneó. —También él toma alcohol a escondidas —habló Tronquito, señalando al leñador. —¡No es verdad! —exclamó Melchor y le asomaron las puntas en la frente. —Y tú también comiste cuajada de queso a escondidas —le dijo Tronquito a la esposa del leñador. —¡No, no, es, es…! —respondió tartamuda, mientras le salían los cuernos y la cola. —¡Lero, lero; lero, lero! ahora todos nos tenemos que bautizaaar —tarareaba Tronquito, saltando por todos lados con brotes de durazno y níspero. Esto sucedió en casa de un leñador en un mayo de calores.
A lo largo del tiempo, una historia puede transmitirse de generación en generación, de un pariente a otro, de un amigo a un vecino, y con cada relato, esta historia se moldea, adaptándose a los tiempos y a quien la comparte. La Miringua siempre me pareció una historia intrigante, un ser que se aparecía a los trasnochadores, engañándolos y haciéndolos perderse, dejándolos dormidos en las aceras al amanecer. Pero, como siempre sucede, cada quién le da un significado distinto, entre lo sobrenatural y el simple olvido.
Mirikurhini o mirinharhini, olvidar u olvidarse, una palabra que ha sido castellanizada como Miringua, evoca un estado de inconsciencia temporal, un olvido momentáneo que va más allá en el contexto de nuestros pueblos.
Los orígenes
Existen dos posibles orígenes prehispánicos para la Miringua. En uno de ellos se asocia con la nahua Cihuacóatl, mencionada en las narraciones de Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de la Nueva España, y en el otro, se habla de una diosa femenina, posiblemente Xaratanga, diosa de la luna, la fertilidad y el agua del lago, según los textos de Historia general de las cosas de Nueva España y Mitología Tarasca de José Corona Núñez.
De igual manera que Cihuacóatl para los mexicas, Xaratanga presagia el fin trágico de los habitantes de la zona purépecha. La otra opción se trata de la tradición de otorgarle al lago sacrificios humanos, pues se consideraba que era la forma de alimentar a la diosa de la creación, rejuvenecerla al repetir el sacrificio mítico inicial que vemos en las culturas de Mesoamérica y asegurar la continuación de los ciclos naturales. De esta forma la Miringua nacería de la necesidad de seguir recibiendo sacrificios.
Pero describir a la Miríngua es complicado, pues para algunos, es como una niebla densa que desorienta al caminante perdido, o toma la forma de un ave, un perro o incluso una mujer. No existe una forma definida de caracterizarla (o caracterizarlo, según algunos testimonios que le atribuyen rasgos masculinos), pero lo que sí es seguro es que provoca olvido.
En la región de Zacapu se le concibe a la Miringua como una especie de alucinación que hace que uno se pierda cuando anda en el monte; se le conoce como “la que lleva”. Puede ser una ilusión óptica o auditiva, una voz arrastrada por el viento o la imagen de un animalito que llama la atención.
Acá en mi comunidad no deja que la gente explore ciertos puntos del bosque porque los espanta, además protege a los animales del cerro y apaga pequeños incendios forestales ocasionados por el hombre, tengo una anécdota muy buena de hace más de 15 años en un incendio forestal del cerro grande donde lo escuché llorar y lamentarse por no poder hacer nada al ver cómo el fuego destruía todo a su paso, eran las 9 de la noche y veníamos bajando del cerro después de andar todo el día apagando el fuego y no lograrlo, venía bajando cansado y cuando lo escuché me dieron ganas de llorar a su lado y una gran impotencis al no poder hacer más. El incendio duro dos días más hasta que mandaron helicópteros y si se consumió una buena parte del cerro.
¿Nos lleva o nos vamos?
Hay numerosos testimonios sobre encuentros con la Miringua, quizás hayas escuchado alguno o incluso hayas tenido una experiencia similar sin poder explicarla. ¿Te llevó o te fuiste? ¿Qué harías si escucharas una voz llamándote en medio del bosque, si una neblina te cubriera, si un perro negro te guiara o si una silueta entre las calles te alcanzara? La incertidumbre y el misterio que rodea a la Miringua continúan intrigando a aquellos que se aventuran a explorar su historia.
En mi pueblo, Opopeo, a un lado de Santa Clara del Cobre, la miringua es descrita de varias formas, pero en todas coincide que te lleva por los bosques y te pierdes, todas las anécdotas de los pobladores coinciden en que pierdes la noción del tiempo y el espacio, y cuando vuelves en si, ya estás muy lejos, algunos son sacados de lo más espeso del bosque por sus perros. Es descrita como un ave o una especie de espíritu en los árboles, que te le lleva a veces por su olor.
En mi pueblo San Ángel Zurumucapio la Miringua se dice que se lleva a los borrachos.Ven a una mujer guapa que les habla y se los va llevando. Cuando ya agarran la onda están en un barranco, en el cerro, todos sucios o espinados porque se van caminando por lo más feo.
Yo recuerdo que aquí en Comanja decían que perdía a los hombres en el cerro, a los borrachos también, que seguían una muchacha y cuando reaccionaban ya estaban en los linderos de otra comunidad. Un ex compañero me dijo que a su abuelo un día borracho lo llevo a la laguna de aquí y el señor reaccionó cuando sintió el agua a las rodillas y se fue a su casa.