Categoría: Letras

Cuentos, poesía, literatura en general concebida en la región.

  • No sé, te quiero

    Yo amo lo que no entiendo,
                 y tú eres para mí un divino misterio.
    No temas preguntar cuánto,
           porque el cuánto es una jaula sin llaves,
                    un abismo sin fondo.
    El amor no tiene peso ni forma,
    es como el horizonte:
                                           siempre allí, y siempre más allá.

    Si tan solo pudiera decirte cuánto te quiero,
                     las palabras caerían como hojas marchitas.
    Los números, criaturas débiles de la mente humana,
    se tumbarían exhaustos sobre la tierra, incapaces de medir lo infinito.
    Ni los granos de arena,
              ni las estrellas que titilan,
                      ni las gotas del mar, 
                              podrían contener,
                                      de lo que siento,
                                              la vastedad.

    ¿Hasta dónde podría guiarme este amor?
                  Tal vez hasta el confín de los caminos,
    donde el viento regresa sobre sí mismo,
                                donde el sol se levanta por primera vez,
    donde la noche entrega su última sombra al amanecer.
    Y aún allí, al borde del mundo,
                                me encontrarías con una palabra simple,
    tan común que no parece digna de ti:
                                                                        Te quiero.

    Esta lengua torpe, tan sujeta a lo común,
                                      se niega a darme el verbo exacto.
    Quizá exista en un idioma lejano,
                un sonido que hable del alma misma,
    algo que abarque lo inabarcable.

    Pero mientras tanto,
                   me aferro al hueco que somos,
                                   a este eco que no se llena,
    a la esperanza de encontrar mañana esa palabra.
    Y hasta entonces, sigue preguntándome cuánto.
    Porque en cada pregunta
                        te quiero un poco más,
               y en cada intento de respuesta,
    el infinito está más cerca. 

  • Deberías saber

    Hablas de no tener miedo a morir, y en ello crees hallar la piedra angular de tu fortaleza, como si la ausencia de temor fuese una virtud en sí misma. Pero te pregunto, ¿de qué sirve esa valentía vacía, esa armadura sin guerrero? Miras la vida como un río detenido, incapaz de fluir hacia adelante o retroceder, y ahí te quedas, inmóvil, proclamando que el peso de tu inacción es la única justicia que mereces.

    Te observo, y me asombra tu empeño en evitar ser humano. Te entregué la capacidad de errar para que aprendieras, no para que te ahogaras en la inmovilidad de tu culpa. ¿Por qué te niegas a vivir, a enfrentar los espejos rotos que son tus elecciones? Yo no te pedí perfección; sólo que miraras tus manos y entendieras que en sus fallas está la verdad más profunda. Pero no, tú has decidido cerrar los ojos ante la carne que te conforma, creyendo que el silencio y la neutralidad son una forma de redención. No lo son.

    Das la vuelta a lo único decente en tu vida y lo corrompes, despojándolo de todo significado. No por maldad, no por ignorancia, sino por ese agotamiento que vistes como si fuera una corona. Miras el bien y el mal como si fueran cadenas opuestas, cuando en realidad son los engranajes de un mismo reloj. Y tú, con tu inercia, has decidido romper ese mecanismo. No actúas, no porque no puedas, sino porque has decidido que la acción misma es un fracaso. Y en eso te equivocas.

    Deberías saber

    Crees que mi frustración es una debilidad, una grieta en mi perfección. No es así. Mi furia no nace de mi impotencia, sino de tu resistencia. ¿Cómo puedes mirar el mundo, tan lleno de belleza, de caos, de posibilidades, y optar por retirarte? Deberías saber que te di un espíritu moldeado para construir, para amar, para caer y levantarte, y aquí estás, negándote a todo ello por miedo a tu propia sombra.

    Dices que todo lo que haces bien es obra mía y que lo que haces mal es tu culpa. Esa idea, aunque a medias cierta, es una excusa que te lanzas como un clavo ardiente para evitar la responsabilidad de vivir. Si no tienes miedo a morir, ¿a qué le temes entonces? Te lo diré: temes a ti mismo. Temes al abismo que llevas dentro, a la lucha entre el yo y el ello, a esa voz interna que te susurra que no estás completo, que no eres suficiente. Pero esa es la verdad que compartes con todos los demás. Esa incompletitud, esa herida, es lo que te hace humano.

    No entiendes que el conflicto entre tus deseos y tus responsabilidades es el corazón mismo de tu existencia. No te creé para ser perfecto; te creé para ser libre. Pero has confundido esa libertad con un vacío, con un peso que no quieres cargar. Y en tu intento de evitar el dolor, te has alejado de la única cosa que podría salvarte: la fe. No en mí, no en alguna idea divina, sino en la capacidad que tienes de seguir adelante, de dar un paso cuando todo dentro de ti te pide que te detengas.

    Tendrías que entender

    Tu estoicismo, que tanto valoras, es un muro que has construido para protegerte de ti mismo. No es una virtud, es un refugio. Y yo, que todo lo veo, no puedo derrumbar ese muro por ti. Mi desesperación no radica en mi incapacidad, sino en la elección que has hecho de ignorar el llamado de la vida. Porque sí, la vida te llama, con sus contradicciones, con su dolor y su belleza, con sus preguntas que no tienen respuesta.

    Escucha: los demás no están ahí para complementarte, pero tampoco están ahí para ser tus enemigos. La distancia que mantienes no es prudencia, es miedo. Y al final, tu neutralidad no protegerá a nadie, ni siquiera a ti mismo.

    Sabes que el mundo puede derrumbarse sin tus actos, y sin embargo, optas por la quietud. ¿Por qué? Porque has decidido que si no puedes hacer todo bien, es mejor no hacer nada. Pero esa no es la verdad. La verdad es que el mundo necesita tu imperfección, tu lucha, tu duda. Porque en ellas, en esa tensión constante, se encuentra la chispa de lo divino.

    Te hablo no como un juez, sino como una voz que siempre ha estado contigo. Te pido que mires más allá de tu miedo, más allá de tu cansancio. La fe, esa palabra que tanto rechazas, no es una herramienta para someterte, sino un motor que puede levantarte. Pero sólo si decides tomarlo.

    La elección siempre será tuya. Yo puedo mostrarte el camino, pero no puedo caminarlo por ti. Así que dime, ¿seguirás negándote a vivir? ¿O encontrarás en tu humanidad, con toda su fragilidad, la fuerza para seguir adelante?

  • Petricor

    Este año ha sido un año extraño, profundamente extraño, uno de esos que parecen pesar más que todos los otros juntos.
    Durante semanas vivimos bajo un cielo inmóvil, como si el sol, cruel y vigilante, hubiera decidido fijarse sobre nosotros para contemplar nuestra desesperación. Un calor infernal se adueñó de los días, sofocante, implacable. Nos arrancaba el ánimo y revelaba lo peor de nosotros mismos, como si al exudar nuestra frustración y maldecir el aire espeso pudiésemos hallar algún alivio, aunque fuera ilusorio.

    Por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo. No era un miedo común, sino uno ancestral, el miedo al vacío, a la ausencia, a la posibilidad de que las lluvias nunca regresaran. Me imaginaba ya viviendo en un mundo seco y estéril, un páramo de polvo donde todo lo verde se había convertido en recuerdo. Creía que no habría redención, ni para mí ni para ninguno de nosotros, pero también pensaba —egoísta al fin— que mi sufrimiento era único, que llevaba sobre mis hombros un peso que nadie más podía entender.

    Entonces, oré. ¿Puedes creerlo? Yo, quien siempre me he burlado de la superstición, de los credos y las plegarias. Ahí estaba yo, de rodillas, suplicando en silencio al cielo mudo, como si la voz de un hombre roto, de un hereje como yo, pudiera perforar las alturas y convocar la misericordia de una tormenta. Pero el sol no escuchaba. Cada día era una réplica del anterior: el aire seco y abrasador, las miradas apagadas de quienes me rodeaban, las noches interminables donde el sueño era un lujo esquivo, como una brisa que nunca llega.

    Y justo cuando pensé que la esperanza se había agotado y que el cruel destino sería nuestro único compañero, sucedió. Al principio, fueron apenas unas gotas, tímidas, como si dudaran en tocar la tierra. Luego, un rugido desde el horizonte, una ráfaga de viento cargado de promesas, y finalmente, la tormenta.

    ¡Qué furia! Era como si el cielo mismo hubiera decidido vengarse de nuestra desesperación, devolvernos todo el peso de nuestras plegarias. Las lluvias cayeron con tal ímpetu que pensé que la tierra se partiría en dos. Pero en esa violencia, había vida. El polvo se desvaneció, la tierra exhaló con alivio, y en cuestión de días, los caminos reverdecieron. El aire, ahora fresco y cargado de humedad, era un bálsamo para los sentidos. Las aves regresaron con sus cantos, los grillos se alzaron en una sinfonía nocturna, y los árboles… los árboles parecían alzar sus ramas al cielo en un gesto de gratitud.

    Y entonces llegaste tú, como una tormenta en medio de mi sequía.

    Yo también reverdecí.

    Violenta, inesperada, arrolladora.
    No sabía qué hacer con la intensidad de tu presencia, con el caos que traías a mi vida. Pero también, contigo llegó la frescura, la vida, la renovación. Tu risa era la lluvia que empapaba mi piel reseca; tu voz, el río que calmaba mi sed. Sentí cómo algo en mí se desbordaba, cómo la tristeza, acumulada por años, se escurría de mis grietas, dejándome ligero, renovado.

    ¿Has sentido el aroma que surge cuando la tierra se moja tras una larga sequía? Lo llaman petricor, y dicen que su esencia viene de la sangre de los dioses que se derrama sobre las piedras. Qué poético, ¿verdad? Pero me pregunto: ¿Qué aroma tienen los dioses cuando caminan entre mortales? porque lo que tú dejas en el aire no puede ser otra cosa que divino. ¿Qué sería esa esencia tuya que se ha derramado sobre mí? Es algo más profundo, más inexplicable, algo que me resiste y al mismo tiempo me invade, algo que no puedo nombrar, pero que deseo explorar.

    Desde que llegaste, he comenzado a ver el mundo con otros ojos. Los días ya no son un castigo; incluso las noches tienen una luz nueva, como si la luna misma supiera que estoy contigo. Y, sin embargo, me pregunto: ¿cómo es posible que una tormenta pueda traer tanta paz? ¿Cómo puede alguien, con toda su fuerza y furia, convertirse en un refugio?

    Tal vez nunca encuentre las palabras para describir lo que significas para mí, pero hay algo que sí sé: tú eres mi lluvia, mi tormenta, mi salvación. Y yo, como la tierra tras la sequía, no puedo hacer otra cosa que florecer.

    Espero que, juntos, descubramos qué somos. Qué caminos nuevos trazará esta agua que ahora corre por nosotros. Espero, con toda la humildad de quien ha conocido la sequía y la gratitud de quien ha sido salvado por la lluvia, que esta tormenta nuestra nunca cese.

    Con toda la emoción de quien ha vuelto a vivir,
    Siempre tuyo.

  • Responsable

    No soy responsable de los actos de Dios.
                           La lluvia cae donde quiere,
    el río se desborda sin aviso,
               y el viento arrastra las hojas secas
    como si supiera adónde llevarlas.

    Lo que no tengo no me define.
         Ni la tierra que se escurre entre mis manos,
              ni los nombres que olvidé pronunciar.
    Soy apenas la sombra de lo que busco,
               un silencio que camina entre los surcos.

    A veces no basta con mirar.
            Hay cosas que duelen en lo hondo,
    cosas que ni el horizonte puede ocultar.
                     El sol se hunde tras los cerros,
    pero la oscuridad sigue aquí.

    No soy responsable de los actos de Dios,
    pero en el polvo que se levanta al andar,
    en el murmullo del campo al anochecer,
              en el canto de las aves al despertar,
            o en el hielo que cruje bajo mis pies,
    quizá encuentre un pedazo de su voluntad.

  • Todo de noche

    Todo de noche da más miedo.
              Ahí, mis dudas se alargan como sombras,
                      y la incertidumbre, esa vieja compañera,
                              se sienta a mi lado, callada,
                                      esperando que le diga algo.

    No sé cuánto tiempo me quede,
              si vendrá otra vida después de esta
                      o si ya he tenido muchas más.
    No sé si el tiempo me alcanza,
              si me sobra,
                      o si, en el fondo,
                              me da igual.

    Mi vida antes no tenía forma,
    era un preámbulo, un eco vacío,
    era como las hojas de encino:
    girando en el aire,
              haciéndose polvo,
                      volviendo a la tierra.

    Pero tú…
              Tú eres el amor que cruza todos mis tiempos:
                      el de esta vida, el de la pasada,
                              y el de la que aún no llega.
    Eres un hilo que une lo eterno.
                               Y siempre estás.

    Cada vez que respiro, ahí estás.
              En mis risas, en mis palabras,
    en cada vez que un cada vez sale de mi boca,
               te cuelas como luz entre las ramas.

    Eres indeleble, una imagen grabada en mi retina,
                                          un fuego inscrito en mi piel.
    Y sin embargo, eres también el vacío
                        que pesa cuando miro atrás y no estás.

    Pudimos haber tenido el mundo entero,
    pero elegiste un horizonte más corto.
    La ilusión del amor, me he dado cuenta,
                                   es más fuerte que la fe,
    aunque, al menos en la fe,
                                         uno conoce el final.

    A veces sueño con respuestas,
         ahí me susurran verdades.
             Y otras veces despierto a días
                  donde todo duele,
             y camino sabiendo que ni el polvo del camino
         permanecerá en mis pies.

    Sea como sea, sigues aquí.
                             Parte de mí, parte de todo.

  • Aquí ando

    Siento que la vida se me escapa,
               como ceniza al viento
    mientras te espero aquí,
                                   donde siempre,
    donde los días se van quedando quietos
               y las noches solo traen tu nombre.

    Cómo quisiera oír tu voz,
    aunque fuera nomás un suspiro,
    que un mensaje tuyo cruzara este vacío,
    cualquier cosa que me diga
    que allá, donde estás,
                                             todavía me piensas.

    Pero mira, aquí estoy,
                 como siempre,
    deseando ser algo más que silencio.
    Ser el abrazo que te tape el frío,
    el gabán viejo que te cuide de los vientos
                      o el río que te dé agua
    cuando el calor te seque el alma.

    Quisiera darte mi mano,
    levantarte siempre que tropieces,
      ser un rincón pa’ que descanses,
                                   un lugar seguro
    cuando las tormentas te busquen.

    Pero aquí sigo,
             donde siempre,
                              esperando,
    soñando con que un día
    no haya distancias              entre tú y yo.

  • Sin sentido

    Sin sentido

    ¿Qué sentido tiene
              el esplendor del ocaso
                      si tus ojos no se dignan a contemplarlo?

    ¿Qué razón sostiene
              el acto de engendrar una melodía sublime
                      si tus labios no la harán suya?

    ¿De qué vale, entonces,
              trazar con angustia y fervor
                      los versos más perfectos,
                              si jamás rozarán tus pupilas,
                                      si nunca habitarán en tu alma?

    Así, toda belleza, desprovista de tu presencia,
              se convierte en algo inútil
                      que cae en el abismo del mundo,
              un lamento que carece de sonido,
    un perfume que se disuelve en el vacío.

  • Fuimos fuego del cielo

    Fuimos fuego del cielo

    Fuimos fuego del cielo
    y en las entrañas del tiempo,
    la ceniza nos hizo polvo,
                     nos sembró en la tierra callada.

    En el surco de la noche,
    aprendimos a morir despacio,
    a germinar en el silencio,
                                     a ser raíz antes que canto.

    Hoy somos mazorca y horizonte,
    un puñado de días que respiran,
    la esperanza que trepa al sol,
    la vida que vuelve,
                                                     porque nunca dejamos de arder.

  • Hesperus

    Hesperus

    Tú, que has visto nacer el alba
    y conoces el peso de la noche,
    dile que aquí abajo,
    en esta tierra seca y deshabitada,
    donde el polvo guarda secretos de los muertos,
    mi anhelo camina como sombra detrás de ella.

    Dile que la miro desde lejos,
    pues su brillo se refleja en ti.
    Qué, como quien busca agua en un páramo,
    estoy atento a su regreso.
    Que ella, tan llena de vida, tan inmensa,
    es el resplandor que enciende mis días
    y apaga mis miserias.

    Yo no soy digno, lo sé.
    Soy apenas un murmullo
    en este valle estruendoso,
    una voz quebrada que le reza a un recuerdo.
    Pero, estrella, si puedes,
    haz que su luz me alcance,
    aunque sea de soslayo.

    Hazle entender que aquí,
    donde la tierra está cansada de parir espinas,
    la espero como se espera la lluvia:
    con los brazos abiertos y la garganta seca,
    esperando escucharla, verla,
    aunque sea una última vez.

  • Incendio

    Incendio

    A veces te recuerdo,
                 como un susurro,
    tu voz fluyendo,
                  tus labios temblando apenas.

    Tus ojos,
           un asombro quieto,
                 hilvanan las palabras
                                       en el aire.

    Tus manos,
         ráfagas leves,
         esculpen el espacio
    con sombra y luz.

    Tu cabello,
                         como río en desborde,
                 se enreda sigiloso.
    Tus pies, incansables,
    buscan siempre un horizonte.

    A veces te recuerdo,
          y en mí algo despierta,
               una chispa, una hoguera,
                         un incendio.