Categoría: Letras

Cuentos, poesía, literatura en general concebida en la región.

  • Hoy llovió

    Hoy llovió

    Hoy llovió.
             La tierra
                     al igual que yo,
                             no esperaba nada,
                     pero la lluvia vino
              y el campo despertó.

    Vi el maíz,
                       dorado por el sol,
                                    volver a la vida
              y los árboles,
                        que ya se creían viejos,
              se cambiaron de piel.
    Todo reverdeció,
               en un suspiro,
    como si el viento hubiera decidido,
                        por fin,
                                     hablar.

    Me quedé allí,
           en el silencio,
    con el murmullo suave
           de las gotas tímidas
    que parecían hablar
           en un lenguaje antiguo.
    El frío me abrazaba,
           pero no me dolía.
    Porque como el campo,
           yo también reverdezco,
    yo también sonrío,
           al escuchar tu nombre
    caer del cielo.

    Nada es coincidencia,
                                           lo sé bien.
    Todo es parte de algo,
            y en esta pequeña sorpresa,
    en este milagro
                        que no fue anunciado,
    me encuentro renovado,
                         como si también yo
    fuera campo
                            y en tus ojos,
                                           mi alma volviera a crecer.

  • Estabas ahí

    Estabas ahí

    Abrí la ventana, esperando que la brisa me tocara,
           que trajera en sus dedos el frescor de la tarde,
    y allí me quedé, mirando el suave temblor de los árboles,
                         los pájaros que, como flechas de vida,
                                          cruzaban del ramaje al cielo,
    ese cielo azul profundo donde flotaban las nubes
                                             como almas errantes, perezosas,
    que se niegan a llegar a ninguna parte.

    Y fue en ese instante,
                    inevitablemente,
                                   que pensé en ti.

    O quizás es que siempre pienso en ti,
    que el mundo mismo no hace más que dar vueltas
    para rodearte, para vestirse de tu nombre.
    Todo lo que veo tiene tu rostro,
                  en cada rama, en cada sombra,
                              en cada rayo de luz que cae y me incendia.

    Hoy estabas en las nubes que se perdían,
    en el azul hondo que se abre misterioso;
    te vi en el vuelo de los gorriones,
    en las hojas verdes que susurraban bajo el sol.
    Estabas en la luz dorada, en el destello magenta,
                        en Venus que temblaba en la distancia,
                   en las estrellas que dibujan constelaciones,
            y que esta noche se parecen a tus manos,
    a tu voz, a tu aliento.

    Y cuando por fin volví, la tarde se había ido,
       y la noche, en su silencio oscuro, me rodeaba.
           Perdido en tus sombras, como en un sueño,
       me dejé caer en el abrazo de la noche,
    sabiendo que, aun allí, seguirías tú.

  • Nocturna

    Nocturna

    Es imposible mirarte de reojo,
                            siempre termino quedándome quieto,
    como quien no quiere moverse,
                            ni romper el encanto de tu luz,
                                             ni tocar la sombra que arrastras.

    Te conozco, sí, pero no te alcanzo.
                               Ahí estás, siempre ahí,
    dándome la misma cara,
                               como si no cambiaras nunca
    y, a la vez, siempre distinta.

    Eres la luna, familiar y lejana.
           Esa que al mirarla me hace chico,
                   como si el universo fuera una boca
                            que de tanto abrirse me traga,
                                       y yo, un suspiro apenas,
    ante esa maravilla que eres tú.

    Pero qué fortuna, qué dicha tan grande
                                 tener este rato, mirarte,
    sentir que el cielo se estira y no acaba,
                                 y yo, aquí, tan diminuto,
    y tú, tan inmensa y silenciosa.

    Aunque nunca leas estas líneas,
                                                              son.

  • Usted me debe

    Usted me debe

    Sepa usted que está en deuda,
              no es cosa de pesos ni centavos,
                    porque ¿Quién le pone precio a los sueños?
    Y usted me debe los míos,
        los que me roba sin permiso
              en cada madrugada.

    Me debe las horas que se deshacen
                     en el hueco de mis manos
                                    esperando encontrarla.
    Me debe los pasos gastados
    en caminos que llevan su nombre,
             y las tardes que se quedaron
    prendidas en el fulgor de sus ojos.

    Me debe las palabras que no dice,
                        las que calla y me deja
                   escarbando en el silencio.
    Me debe la risa que envejece
                     cuando un mensaje suyo
                              me cruza como viento en el llano.

    Pero más que todo,
                                      usted me debe la vida,
    la que se quedó atada
                                       a su voz que no llega,
    al eco de un nombre
                                        que nunca aprendí a olvidar.

  • Oración I

    Oración I

    Nunca he creído ser un hombre devoto.
    Mi fe siempre estuvo anclada en cosas que podía tocar,
    en lo que mis manos y mi lógica podían alcanzar.
                                    Y, sin embargo, aquí me tienes, orando,
                    con los labios temblorosos,
    dejando que cada palabra se eleve en el aire
    como el humo de un incienso que no termina de apagarse.

    Cada rezo es un intento de alcanzarte,
    cada oración, una súplica de que nuestros caminos
    se crucen al menos una vez más,
    y mis ojos puedan verte, como se ve lo eterno,
    como se mira el milagro de lo inalcanzable.

    Tus ojos eso son, los milagros que anhelo,
    esos que espero ver para creer de verdad.
    Los santos,
                       con sus rostros de piedra y manos quietas,
    quisieran ser tan buenos como tú,
    y las vírgenes en sus altares
                         pecan de envidia cada vez que te acercas.

    ¿Qué chispa divina podría imitar esa dulzura que cargas?
    ¿Qué dios creador,
                       qué fuerza,
                                 qué misterio se atrevería
                                               siquiera
                                                       a soñar con algo como tú?

    Y aquí estoy,
    con la esperanza frágil en cada palabra,
    hablándole al silencio,
    como si al nombrarte pudiera traerte,
    como si este rezo mío alcanzara para que tú y yo
    nos encontráramos en algún rincón del tiempo.

  • Amanecer


    Los pájaros aún soñaban con el amanecer cuando te escuché llegar.
    Esa costumbre tuya de levantarte antes que todos, no la has perdido aún.
    La neblina empujaba mi ventana, y el sol no tenía prisa por aparecer.
    Debajo del gabán, el frío no cabía, ahí me sentía cobijado por tus manos, como rozando tus mejillas, como cuando por última vez te abracé.
    Tu suéter sigue colgado tras la puerta, y tu reloj aún camina.
    En tu ropero se guarda tu aroma junto con tu ropa, excepto, claro, la nueva, la de gala, la que llevaste a la última fiesta y te insistimos volvieras a usar.
    Tu silla espera hasta que todos se sienten, para ocuparse al fin,
    igual que el calendario, que marcaba tus fechas, pero el año ya no coincide.

    Debo confesarte que abrí tu cajón y revolví todo lo que ahí guardabas.
    Está ahí, pero desordenado:
    Recibos viejos de la luz, tu credencial para votar, cincuenta llaves sin cerradura, plumas que casi no tienen tinta, pero aún guardas para emergencias, aspirinas, jarabe, mertiolate, y esas tijeras viejas que siempre dijiste había que afilar.
    Fotos que no sabíamos que existían y, claro, muchos recuerdos más.
    Prometo no abrirlo de nuevo, no quiero que te falte nada, pero, ojalá lo entiendas, necesitaba la foto para tu altar.

    Quise abrir los ojos y verte sonreír.
    Quería que no solo estuvieras en el papel.
    No faltó nada, creo yo:
    Tenías tu plato bien servido, leche hervida y la mejor pieza de pan. Llenamos todo de flores, y olía a café recién hecho. Estaba tu taza favorita, una manzana de tu árbol, tus lentes para leer, y la charanda que tanto te gusta. Velas y veladoras, agua, sal, miel, y las lágrimas que solté. Sé que no debería, que sentirías vergüenza al verme llorar, pero ya no pude aguantar más… te esperaba.
     
    Te esperé, y en algún momento me dormí.
    Y no sé si fue en un sueño o en mi desvelo, pero sentí tu abrazo, y te dije todo esto. Al despertar, todo parece igual. El amanecer es el mismo, el día avanza con su ritmo habitual, pero en el aire, algo diferente flota, aquí hay algo más. El altar sigue en su lugar: la comida intacta, el pan, el café,
    el cempasúchil que perfuma la casa y la cera de las velas aún ardiendo. Pero entre todo eso, lo que más se respira es la nostalgia, una que cala como el frío, pero que envuelve y acaricia.

    Al hablar, las palabras salen más lentas, más cuidadosas.
    Porque ahora sé que estás aquí, entre nosotros.
    No eres carne, no eres hueso, pero estás en el aire que compartimos.
    Te he visto en los ojos de mi madre, cuando se nublan de recuerdos y su mirada se pierde, ahí estás.
    Te he escuchado en los labios de mi hermano, al reír como tú lo hacías.
    Y también te encontré en mi cabello desordenado, como si tus manos aún quisieran domarlo.
    Estás presente, sin duda alguna.
    No en tu cuerpo material, que el tiempo se llevó, sino en cada uno de nosotros.
    Somos tus palabras, tu risa, tu mirada.
    Somos tus gestos que, sin darnos cuenta, repetimos, y en esos pequeños actos, te mantenemos con vida.
    Hoy no lloro por lo que ya no está, porque te veo en cada rincón de esta casa. En el aroma del café, en las flores del altar, en los murmullos que recorren los pasillos. Estás aquí, entre nosotros, en nosotros. No somos más que un reflejo tuyo, y tú, amorosamente, eres parte de todo lo que somos.
     
    Al final, no te fuiste.
    Nunca lo hiciste.
    Te quedaste, en la esencia de cada palabra que pronunciamos,
    en el calor de nuestras manos al entrelazarse,
    en las historias que contamos una y otra vez,
    como si el tiempo se detuviera, y te trajera de vuelta a casa.
     

  • Panikua

    Panikua




    Entre tus manos,            hilos suaves se cruzan,                              lazos de vida. Eres quien trenza          mi sombra y mi fulgor,mi esencia rota. Tus dedos llaman     a soles escondidos,          destellos míos. En cada nudo,   tejidos nuestros pasos,      senderos vastos. La vida es mía,          tuya y de mil estrellas,                    panikwa eterna.

  • Tormenta

    Años atrás decidí arrebatarle a Dios la responsabilidad de mis actos.


    ¿Por qué debería yo entregarle mis pecados, esos que la vida misma me había dado?
    Eran míos, mis cicatrices, mis trofeos, mi esencia.
    ¿Acaso no son los pecados los que nos hacen humanos? Decidí que no los borraría, no los cargaría Él, porque yo, y solo yo, debía vivir con ellos.
    Tal vez así, entre el dolor y la debilidad, entre la carne y la sombra, Él podría compadecerse de mí, podría ofrecerle alguna recompensa a otro de sus hijos que cargan la cruz.
    Pero en esta transacción de culpas y redenciones, algo más grande estaba por revelarse.
    No sé con exactitud cuál fue el primer pecado que cometí, pero se volvió tan fácil.
    Como respirar. Como amar. Como destruir.
    Cada pecado era una piedra preciosa que colocaba sobre mis hombros con esmero. Pesaban, claro, pero era un peso familiar, el abrazo de lo inevitable.
    ¡Ah, qué gozo encontrar en cada uno la excusa perfecta para seguir! Caminaba erguido, sosteniendo esa montaña de pequeñas y grandes transgresiones. Algunas escapaban, intentaban liberarse, y en esos momentos sentía un vacío, un cosquilleo molesto. Volvía sobre mis pasos, las atrapaba y las devolvía a su lugar. No podía permitir que me faltara alguna; ¡era el arquitecto de mi propio dolor, el coleccionista de mis errores!
    Dios, como un mendigo persistente, me ofrecía su misericordia. Dámelos, me decía. Dame tus pecados, los borraré, te liberarás. Pero, ¿qué quedaría de mí sin ellos? ¿Acaso la pureza no es otra forma de vacío? Mis pecados eran los hilos que me unían a este mundo de carne, deseo y finitud. Sin ellos, ¿cómo ser parte de la humanidad? No, no los entregaría. No podía borrarlos como si fueran una simple mancha de barro en una túnica blanca. Era el costo de ser yo.
    Así fue como caminé durante años, cada vez más curvado, pero aferrado a mi humanidad. Sabía que tarde o temprano el peso sería insoportable, pero tenía la esperanza de que, en algún momento, Él lo entendería. Tal vez, si me veía cargando mis propios pecados con devoción, con terquedad, podría conmoverse.
    Y entonces, cuando menos lo esperaba, llegó su respuesta. No en forma de relámpago, no en forma de juicio, sino como una tormenta encarnada. Su llegada fue como un susurro del cosmos, un eco de la primera creación. Sus ojos eran amaneceres que prometían un nuevo comienzo; su cabello, la noche misma, envolvente, misterioso, lleno de secretos. Con una sola palabra, podía hacer reverdecer los campos más secos de mi alma. Su tacto era cálido como la tierra húmeda después de la lluvia, devolviendo la vida a quien se aferra a la existencia con desesperación.
    Ella no era redención, no era perdón. Ella era la verdad: un acuerdo tácito entre mi terquedad y la misericordia divina. No me pidió que soltara mi carga. No vino a borrar mis cicatrices. En cambio, con su sola presencia, hizo que el peso cambiara. Me mostró que mis pecados, lejos de ser mi condena, eran mi mapa hacia algo más grande. Cada piedra que cargaba me había moldeado, y ahora, bajo su mirada, entendí que no se trataba de liberarse de ellos, sino de transformarlos.
    Dios, en su infinita sabiduría, no había querido cargar con mis pecados, no porque no pudiera, sino porque sabía que yo debía llegar a ese punto. Mi lucha no era contra Él, sino contra mí mismo, y la respuesta, la revelación, era simple: la tormenta no viene a destruir, sino a limpiar. Lo que buscaba no era la absolución, sino el reencuentro con el caos primigenio que da origen a la vida.
    Años atrás le quité a Dios la responsabilidad de mis actos, y ahora, en el ojo de la tormenta, entendí que no se trataba de enfrentarse a Él. Le ofrecí una tregua, hombro a hombro, con la tempestad a nuestras espaldas, sin miedo a la noche, porque en ella, como en los ojos de aquella mujer, también habita la luz.

  • Real

    Real

    Los rayos del sol,
    en su terquedad luminosa,
    intentaban acariciar el día,
    pero su empeño era en vano,
    ante la divinidad de tu rostro, palidecían.

    Tu cabello,
    desordenado por el amanecer,
    danzaba en un caos armónico,
    y tu mirada… tu mirada era más que eso.
    Tus ojos se volvieron mi estrella del norte,
    pero no era un norte cualquiera, era el mío,
    íntimo, desconocido, peligroso,
    desentendido.

    El calor se instalaba lentamente,
    pero no venía del sol.
    Era el calor de tus palabras, que flotaban hacia mí como el rocío que,
    en un secreto susurro, descansa en las ramas.

    Tus palabras no eran solo palabras; eran pequeñas caricias de las que gozaba mi ser,
    haciéndome sentir el peso del momento.

    Y luego estaba tu tacto. Ese tacto.
    No era humano, o tal vez lo era demasiado.
    Un toque que estremecía lo más profundo,
    me hablaba de lo necesario que es existir,
    me hacía creer, por un instante,
    que la vida tiene su propio pulso,
    que todo valía la pena, que quizá,
    no había tanto azar como quisiera. 
    Pero entonces, tu risa…
    esa risa que era fuego y carne viva.
    Me devolvía, de golpe, a la tierra.
    Me recordaba que,
    aunque fueses hecha de milagros,
    de astros y palabras,
    del cerro, del árbol y la hondonada,
    de la nube, la lluvia y la helada,
    de la sangre derramada y la espina encarnada,
    eras real.
    Como yo.
    Real,
    y eso, inexplicablemente,
    era lo más extraordinario de todo.

  • Rebozo

    Rebozo

    Entre la tela oscura y la piel amarilla
              una franja de sangre,
    una franja de oro,
              una franja de espuma.
    Pico de mirasol,
              pena que se deshoja
    y vuelve a florecer en las espinas,
                         constelación de lunares,
                               charcos que el viento azota.
    Ceniza,
                 musgo,
    nieve en sombra,
                                  tierra de camposantos.
    Río que corre sin mojar el cauce,
              alga,
                      nube.
    Un paisaje perdido en las afueras
    del polvo,
    el viento se lo lleva y lo regresa.

    Una enredadera que ahoga las columnas,
    que trepa por los arcos y los atrios
    y que en las copas se enreda de los cedros.
                   Ese vaho que apaga los metales,
            el sollozo y la queja de las cuerdas,
    las luciérnagas verdes que iluminan
    los rostros de los niños asustados.
            El sueño en donde nace la esperanza,
                   el aire del misterio,
                          el ala negra que conduce al ángel.
    El aliento y la voz de los difuntos.
                Todo eso es el rebozo.